Charlas Iglesia ETP | Pastores Luis Salas y Jeannette Noguera, Iglesia ETP

Deuteronomio 2:25 “Hoy comenzaré a poner tu temor y tu espanto sobre los pueblos debajo de todo el cielo, los cuales oirán tu fama, y temblarán y se angustiarán delante de ti”.


Dios nos ha dado 3 promesas de bendición para este año, las hemos llamado las “3R", las voy a mencionar porque es importante recordarlas y declararlas: 

Zacarías 9:12  "Volveos a la fortaleza, oh prisioneros de la esperanza; hoy también os anuncio que os restauraré el doble". Este versículo llama al pueblo a regresar a su refugio, con la promesa de que Dios les devolverá el doble de sus sufrimientos, reconociendo que su fortaleza está en la esperanza y en Dios. 

Joel 2:25 “Y os restituiré los años que comió la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta, mi gran ejército que envié contra vosotros”. La Restitución es la devolución de lo que fue robado o perdido por causa de un ataque o una plaga. Dios menciona específicamente a los "devoradores" (Oruga, Saltón, revoltón y langosta). 

Jeremías 31:16-17 (NTV) “No llores más, porque te recompensaré —dice el SEÑOR—. Tus hijos volverán a ti desde la tierra lejana del enemigo. Hay esperanza para tu futuro —dice el SEÑOR—. Tus hijos volverán a su propia tierra”; (TLA) “Pero Dios le dice: «Sécate las lágrimas, ya no sigas llorando ni pierdas la esperanza. Tus hijos serán restaurados y restituidos; volverán del territorio del enemigo, y tu sufrimiento se verá recompensado. Te juro que así será”. El SEÑOR le pide a su pueblo que deje de llorar porque habrá una recompensa por el sufrimiento, por el dolor, por todo lo que han padecido y todo lo que han orado y nuestros hijos serán restaurados y restituidos, hay esperanza para nuestro futuro y que volveremos a las promesas, vendrá la restauración y redención que Dios tiene reservada para nosotros. 

Lo importante de estas 3 promesas es que Dios las confirma mediante dos palabras:

Ezequiel 12:22-28 “… Diles, pues: Se han acercado aquellos días, y el cumplimiento de toda visión. Porque no habrá más visión vana, ni habrá adivinación de lisonjeros en medio de la casa de Israel. Porque yo Jehová hablaré, y se cumplirá la palabra que yo hable; no se tardará más, sino que en vuestros días, oh casa rebelde, hablaré palabra y la cumpliré, dice Jehová el Señor. … Así ha dicho Jehová el Señor: No se tardará más ninguna de mis palabras, sino que la palabra que yo hable se cumplirá, dice Jehová el Señor”. El énfasis final del pasaje es: "En vuestros días". Esta es la clave del cumplimiento. Dios no está esperando a que las circunstancias cambien para cumplir Su promesa; Él cumple Su promesa para que tus circunstancias cambien. Cuando Dios dice "no se tardará más", está estableciendo un punto de inflexión. Es el momento donde la Palabra escrita (Logos) se convierte en una realidad tangible en tu historia personal.

Isaías 46:9-13 (NTV) “… Todos mis planes se cumplirán porque yo hago todo lo que deseo. Llamaré a una veloz ave de rapiña desde el oriente, a un líder de tierras lejanas, para que venga y haga lo que le ordeno. He dicho lo que haría, y lo cumpliré. Escúchame, pueblo terco, que estás tan lejos de actuar con justicia. Pues estoy listo para rectificar todo, no en un futuro lejano, ¡sino ahora mismo! Estoy listo para salvar…”.

La Biblia muestra de que, desde el momento en que Dios entrega una promesa, se levantan enemigos con nombre propio para resistir su cumplimiento. No son figuras abstractas, son oposiciones reales que marcan etapas del camino. La Escritura no registra estos enemigos solo como hechos históricos, sino como tipos espirituales que siguen manifestándose en la vida del creyente actual. Aunque los nombres cambien, las estrategias permanecen.

  • El primer gran enemigo fue Faraón, rey de Egipto. Aunque Dios había prometido la tierra a Abraham, su descendencia terminó esclavizada. Faraón representa el poder que oprime y se resiste a soltar lo que Dios quiere liberar. “Después dijo Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto… y he descendido para librarlos” (Éxodo 3:7–8). Aun viendo las señales, Faraón endureció su corazón. “Mas yo endureceré el corazón de Faraón, y multiplicaré mis señales y mis maravillas” (Éxodo 7:3). Faraón hoy representa todo sistema, pensamiento o autoridad que retiene al creyente en esclavitud, aun después de haber oído la voz de Dios. Son ataduras mentales, pecados normalizados, miedos heredados y estructuras que se niegan a soltar lo que Dios quiere liberar. Faraón sigue diciendo: “¿Quién es Jehová para que yo oiga su voz?” (Éxodo 5:2).
  • Una vez fuera de Egipto, se levantó Amalec, el primer enemigo militar en el desierto. Amalec atacó sin aviso, por la retaguardia, cuando el pueblo estaba débil. Representa la oposición constante contra la fe que apenas comienza. “Y vino Amalec y peleó contra Israel en Refidim” (Éxodo 17:8). Amalec hoy se manifiesta como el ataque persistente contra la fe débil. Aparece en momentos de cansancio, desgaste espiritual y desánimo. Amalec no enfrenta cuando hay fuerza, sino cuando hay agotamiento. Por eso la victoria no depende de la espada, sino de manos levantadas y dependencia de Dios (Éxodo 17:11).
  • Más adelante, Israel encontró la resistencia de Edom, descendientes de Esaú, quienes se negaron a permitir el paso. Edom hoy es la oposición que nace de relaciones cercanas: heridas familiares, comparaciones, resentimientos antiguos y conflictos no resueltos. Edom no viene de lejos; viene de la misma sangre. Es la voz que dice: “por aquí no pasarás”, recordando viejas rivalidades. “Entonces Edom salió contra él con mucho pueblo, y mano fuerte” (Números 20:20).
  • Luego apareció Balac, rey de Moab, quien no peleó con espada, sino con maldición espiritual, llamando al profeta Balaam. Balac hoy representa la guerra espiritual encubierta: palabras, decretos, opiniones y juicios lanzados para detener el avance del creyente. Es la intención de maldecir lo que Dios ya bendijo. Pero la promesa permanece firme: “No hay agüero contra Jacob, ni adivinación contra Israel” (Números 23:23).
     
    • “Ven pues ahora, te ruego, maldíceme este pueblo” (Números 22:6). Pero Dios frustró ese intento. “¿Cómo maldeciré al que Dios no maldijo?” (Números 23:8).
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Este recorrido revela una verdad espiritual profunda: “El mundo espiritual es hostil” y cada enemigo aparece en una etapa distinta del camino, y cada victoria prepara al pueblo para la siguiente. La promesa no cambia, nunca estuvo en duda, pero el camino hacia su cumplimiento siempre estuvo marcado por oposición. No para destruir al pueblo, sino para formarlo, afirmarlo y enseñarle a depender de Dios.






Cada uno de estos enemigos revela que no todo ataque es frontal, y que no toda oposición viene de la misma manera. Algunos atacan el cuerpo, otros la mente, otros las relaciones y otros el espíritu.

Y es precisamente después de haber enfrentado estas resistencias, que la iglesia está preparado para victorias mayores, porque Dios no solo lo conduce a la promesa, sino que lo transforma en el camino.

Pero hoy me voy a detener en un enemigo llamado Sehón, rey de Hesbón, llamado espiritualmente “el que arrasa, el que destruye, el opositor, el que barre con violencia”.

En Deuteronomio 2:24-36, encontramos una de las lecciones más crudas y necesarias para el creyente de hoy. Dios le ordena a Moisés avanzar, pero en el camino hacia la promesa se interpone un obstáculo llamado Sehón, rey de Hesbón.

Cuando abrimos Deuteronomio 2, no estamos viendo a un pueblo desorientada, sino a una generación que ha sido formada en el desierto. Cuarenta años de caminar sin atajos, cuarenta años de aprender que las promesas de Dios no anulan los procesos. Los que ahora están de pie no son los mismos que salieron de Egipto con euforia y miedo; son los hijos de una generación que no supo confiar, y por eso quedó atrás.

Es en ese momento cuando Dios les habla con una orden directa: levántense, crucen el arroyo de Arnón y enfrenten lo que está delante de ustedes. Del otro lado no hay tierra vacía ni bienvenida amistosa; hay un reino establecido, una estructura de poder consolidada y un rey llamado Sehón, gobernante de Hesbón. Sehón no es un obstáculo menor, es la representación de un sistema que se opone al avance del pueblo de Dios.

Moisés intenta una vía pacífica. Envía mensajeros con palabras medidas, ofrece pagar por comida, por agua, por el derecho de pasar. No busca guerra, busca avanzar hacia la promesa, pero hay momentos en los que la prudencia humana entra en conflicto con el diseño divino. Sehón no responde con diálogo, sino con resistencia. No permite el paso, sale al encuentro con su ejército y convierte el camino en un campo de batalla.

La Escritura nos deja ver algo que incomoda, pero que es necesario entender: Dios endurece el corazón de Sehón. No para provocar una injusticia, sino para revelar una verdad. Hay estructuras, sistemas y oposiciones que no fueron diseñadas para convivir con el propósito de Dios. No todo se puede negociar. No todo se puede atravesar con diplomacia. Hay conflictos que existen precisamente porque el avance del Reino siempre incomoda a los reinos establecidos.

Cuando Israel finalmente entra en combate, sucede lo inesperado. El enemigo que parecía dominante cae. El reino que infundía temor es desmantelado. El texto bíblico es enfático en mostrar que no quedó nada intacto, era una lección espiritual: lo que no se confronta termina gobernando; lo que no se arranca de raíz regresa con más fuerza.

Este pasaje nos confronta con una realidad que muchas veces evitamos aceptar. El camino hacia lo que Dios prometió no es un mundo pasivo ni amistoso. Avanzamos en medio de resistencia, oposición y sistemas opuestos a nuestra fe. La iglesia no vive en un entorno cómodo, sino en un mundo hostil.

Por eso este texto no es solo historia antigua. Es una radiografía espiritual de nuestra realidad. Así como Israel tuvo que entender que no todo se esquiva y no todo se negocia, nosotros también debemos discernir que seguir a Dios implica confrontar un entorno que no fue diseñado para facilitarnos el camino, sino para probarnos. El mundo no siempre se opone porque hagamos algo mal, sino porque estamos avanzando en la dirección correcta.

El primer gran error que cometemos frente al mundo espiritual es intentar dialogar con lo que Dios mandó a destruir. Dios fue específico en el verso 24: "Entra en guerra con él". Sin embargo, vemos a un Moisés que, quizás por temor a la fama de Sehón, cuyo nombre significa "el que barre o arrasa con violencia", decide enviar mensajeros de paz.

Moisés intentó negociar comida, agua y libre tránsito, intentó comprar con plata lo que Dios ya le había entregado por gracia a través de la guerra. El problema del creyente es que muchas veces no escucha la instrucción completa. Queremos hacer la guerra bajo nuestros términos, no bajo los de Dios. Queremos ser "diplomáticos" con un infierno que no sabe de diplomacia. El diablo tiene milenios de experiencia derrotando a hombres que creyeron que podían razonar con el pecado.

Dios nos ordena exterminar los enemigos que se mueven por ciertas áreas de nuestra vida no por crueldad, sino por presciencia. Lo que para ti es futuro, para Dios es pasado. Él ya vio que si hoy dejas "viva" una pequeña raíz de amargura, en veinte años esa raíz será el árbol que ahorque tu vida, tu familia, tu ministerio. Dios se antecede al tiempo y regresa a tu presente para advertirte. El guerrero fuerte no es el que más sabe, sino el que menos ignora las instrucciones del Espíritu.

Uno de los puntos más profundos de esta enseñanza radica en la protección. La armadura descrita en la Biblia cubre el frente, pero deja la espalda descubierta. Al enemigo se le da la cara, jamás la espalda. Cuando intentas evadir la batalla, te vuelves vulnerable, pero hay algo más grave: en tu espalda llevas la aljaba, donde se guardan las saetas, que representan a tus hijos según el Salmo 127:4-5 “Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud. Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos”. Si tú no le haces frente al gigante del divorcio, de la escasez o de la mentira, ese gigante atacará tu espalda, es decir a tus hijos; lo que tú no venzas, tus hijos lo tendrán que pelear. Lo vemos en Abraham: él mintió sobre su esposa; luego Isaac mintió sobre la suya; Jacob creció en la mentira. Solo fue hasta la cuarta generación, con José, que ese enemigo fue finalmente derrotado. No permitas que tus hijos hereden las batallas que tú tuviste miedo de terminar.

Finalmente, cuando Israel dejó de negociar y entró en guerra, la victoria fue total. El versículo 34 es contundente: "Exterminamos a hombres, mujeres y niños... no dejamos ninguno vivo".

Este radicalismo espiritual es lo que rompe los ciclos. Muchos creyentes dan vueltas en el desierto durante décadas, no porque Dios no quiera bendecirlos, sino porque no han derrotado lo que Dios les mandó a vencer hace años. Tu bendición está retenida detrás del gigante que te niegas a enfrentar. Cuando el pueblo de Dios alineó su oído al de Dios, y no al de sus propias emociones, Sehón —el que arrasaba con todo— fue el que terminó arrasado. La paz con el mundo es guerra con Dios; pero la guerra contra las tinieblas es lo que establece la verdadera paz en tu territorio.

Sehón representa ese pecado, hábito o situación que "barre" con tu paz y "arrasa" con tu avance. No es un enemigo que parece al azar, es un enemigo territorial, por lo tanto surge la pregunta: ¿Cuánto tiempo más vas a postergar la batalla que te dará acceso a tu Tierra Prometida, las promesas que Dios te entregó para este año 2026?

Ministración: Padre Celestial, Me presento ante Ti en el nombre poderoso de Jesús. Gracias por Tu Palabra que hoy despierta mi espíritu y me quita el velo de la pasividad.

Señor, te pido perdón por las veces que he sido como Moisés en el desierto, intentando negociar con lo que Tú ya habías condenado. Perdóname por intentar comprar con mis fuerzas una paz que solo viene de la obediencia radical.

Hoy, por la autoridad de Tu Palabra:

Ordeno que se rompan los ciclos: Todo desierto causado por evadir la batalla se termina ahora. No daré una vuelta más; enfrento al gigante con Tu respaldo.

Extermino la herencia de derrota: Corto todo hilo de mentira, de divorcio, de escasez y de vicio que ha pasado de generación en generación. Lo que mis ancestros dejaron vivo, yo lo ejecuto hoy por el poder de la sangre de Cristo.

Sello mi retaguardia: Cubro mi espalda y mi descendencia. Declaro que mis hijos son saetas de victoria y no blancos del enemigo.

Gracias, Dios, porque Tú antecediste mi tiempo. Tú ya viste mi victoria y hoy me das la fuerza para caminar en ella. Salgo de este lugar no a esperar un ataque, sino a tomar posesión.

En el nombre del Capitán de las Huestes, Jesucristo. ¡Amén y Amén!

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