Romanos
8:15 “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción...”
Definición
Hablamos de identidad constantemente, pero parece que el concepto se nos escurre entre los dedos. Si hoy te pregunto: "¿Quién eres?", lo más probable es que me des tu nombre. Y eso es correcto, pero piénsalo bien: si mañana te cambiaran el nombre por otro, tú seguirías estando ahí. Seguirías siendo tú. Entonces, la identidad no puede ser solo una etiqueta.
A veces creemos que nuestra identidad radica únicamente en lo que se puede medir: en nuestra huella digital, en nuestros datos biométricos o en la imagen que nos devuelve el espejo. Y aunque tu físico y tu apariencia son parte de ti, la verdadera identidad es algo mucho más profundo que una foto de documento o una firma.
Para entenderlo de verdad, miremos la raíz. La palabra identidad nace de la unión de dos raíces: "Ídem", que significa "lo mismo", y el sufijo "tas", que se refiere a una "cualidad o condición".
Identidad es la cualidad de ser el mismo; es la condición de permanecer siendo el mismo a pesar de las circunstancias, es esa esencia inalterable que no depende de dónde estés, con quién estés o qué tengas puesto. Identidad es, sencillamente, la capacidad de no dejar de ser tú.
Los diversos "yo" y el diseño de Dios
Si identidad significa "que yo soy yo y nada me puede cambiar", entonces tenemos un problema grave: dentro de cada uno de nosotros conviven muchos "yo" en conflicto. Está ese "yo" que la cultura moldeó a su antojo, pero que no es el diseño original de Dios; existe el "yo" que nuestros padres proyectaron sobre nosotros, pero que tampoco es el plan que el Cielo tiene para nuestra vida y además, lidiamos con un "yo" llamado espíritu, un "yo" llamado carne y un "yo" llamado alma. La vida entera se nos va en esa búsqueda agotadora de intentar descifrar: ¿quién soy yo realmente?
Pero escucha esto, porque es aquí donde muchos se confunden, hay quienes dicen con ligereza: "Yo soy así, y Dios me ama como soy" Estás equivocado, Dios te ama porque Su amor es inmutable, no porque ame todo lo que hay en ti. Dios no ama lo perverso, no ama lo profano, ni tiene comunión con el pecado, Dios te ama a ti porque, por encima de tus fallas, Él ve en ti la imagen de Su Hijo.
Esa es tu verdadera identidad, el día que aceptaste a Cristo como tu Salvador, Su imagen quedó sellada en tu corazón; Cuando el Padre te mira, no ve tu confusión ni tus máscaras; ve en ti la cualidad de ser el mismo, ve la imagen de Jesús, tu identidad no es lo que tú has construido, es lo que Dios depositó en ti a través de Su Hijo.
Identidad vs. Función y Estatus
Como creyentes, ha llegado el momento de abrazar la identidad real que Dios nos otorgó. Servir a Dios es hermoso, pero hemos cometido un error peligroso: confundir el servicio con la identidad, escucha bien esto: "Yo no sirvo para llegar a ser alguien; yo sirvo porque ya soy alguien" Mi identidad no es ser pastor; yo desempeño la labor de pastor porque, primero, soy hijo de Dios. Antes de que Dios me llamara a un púlpito, Él me llamó Su hijo.
El mundo nos empuja a depositar nuestra identidad en funciones, en roles o en un estatus que hoy está y mañana no. Decimos: "Yo soy próspero". Pero te pregunto: si esa prosperidad desaparece mañana, ¿desaparece también quién eres tú? Si tu identidad se tambalea cuando cambian tus circunstancias, entonces no era identidad. Porque la identidad es inmutable; no cambia, no se oxida, no depende del saldo en tu cuenta bancaria.
Esto nos lleva a una pregunta de examen para el alma: ¿Eres tú mismo donde quiera que vas, o cambias de forma según el lugar donde estés? Si necesitas convertirte en otra persona para encajar, si dejas de ser tú para que los demás te acepten, entonces no tienes identidad; lo que tienes es un disfraz. Y vivir tras un disfraz es la señal más clara de una profunda crisis de identidad. Si necesitas aparentar lo que no eres para que te amen por una mentira, es porque todavía no has descubierto el valor de quién eres para tu Padre.
El Eje de la Vida: Identidad y Propósito
Es asombroso comprender que, para un hijo de Dios, la identidad es el eje sobre el cual gira toda su existencia. Existe un orden divino que no podemos alterar: la identidad siempre antecede al propósito. Muchos viven agotados intentando hacer para llegar a ser, cuando la realidad es que tú solo puedes hacer algo con autoridad cuando sabes quién eres. Cuando tu identidad está firme, tu propósito se aclara.
Si tienes clara tu identidad, no caminas a ciegas. Sabes cuál es tu rol, comprendes tu desempeño y tienes la certeza de qué espera Dios de ti. Conocer quién eres en Él no es un lujo, debería ser la meta principal de cada creyente¿Y saben por qué? Porque si alguien es enemigo acérrimo de tu identidad, es el diablo. Al enemigo le aterra que descubras quién eres, porque sabe que una persona sin identidad es alguien a quien puede manipular a su antojo. Si no sabes quién eres, el enemigo literalmente puede hacer contigo lo que quiera.
Los Cinco Enemigos de la Identidad
Para destruirnos, el enemigo no siempre usa ataques frontales; a menudo usa estrategias sutiles para erosionar nuestra esencia. He identificado cinco armas específicas que él utiliza para robarte tu identidad. A partir de ahora, vamos a desenmascararlas una por una:
La Orfandad
Vamos a detenernos en el enemigo más peligroso de todos: la orfandad. Dice la Biblia en Romanos 8:15: "Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que habéis recibido un espíritu de adopción como hijo por el cual clamamos ¡Abba, Padre!" (RVR1960)
Aunque la Palabra nos asegura que fuimos adoptados y que tenemos una identidad nueva, la realidad es que muchos seguimos luchando contra un espíritu de orfandad. Vivimos en una generación de hogares rotos y, como suelo decir, de "huérfanos con padres vivos". Son personas que crecieron con un padre presente físicamente, pero ausente en su función; una paternidad que no se ejerció correctamente deja una orfandad que crece silenciosa en el corazón.
Hay quienes se sienten huérfanos porque fueron rechazados, abandonados o cargan con el peso de haber sido llamados "un error". Quizás para tus padres biológicos apareciste en el tiempo equivocado o en la agenda equivocada, pero escucha esto: para Dios, tú eres un propósito eterno. La orfandad se manifiesta cuando vivimos buscando desesperadamente la aprobación de los demás; cuando el alma mendiga un abrazo o un beso porque tiene un vacío de paternidad que nada en este mundo ha podido llenar.
Mentalidad de Huérfano vs. Mentalidad de Hijo
El gran peligro de no erradicar la orfandad es que terminamos viviendo en dependencia de los hombres, desconectándonos de la presencia constante de Dios. La mentalidad de huérfano te engaña diciéndote que tienes que "trabajar por amor". Te pregunto hoy: ¿Todavía sientes que tienes que esforzarte para que te amen?
Este es uno de los traumas de la niñez que hemos trasladado a la vida espiritual. Hay personas que sirven en la iglesia solo para que el pastor los note, o para sentirse útiles y recibir un mensaje de texto de felicitación, eso no es servicio, eso es orfandad; El que es hijo no hace nada para "ganarse" el amor, el que es hijo sirve porque sabe que ya es amado. El huérfano sirve para que lo amen, el que es hijo sirve porque el amor del Padre ya lo desbordó.
El huérfano nunca echa raíces porque vive mendigando afecto, se va de las iglesias diciendo que "no lo atendieron", cuando el verdadero problema es que busca en los hombres lo que solo el Padre puede darle, cuando eres hijo, entiendes que el amor de Dios es suficiente.
El Espíritu de Adopción y el grito del "Abba"
¿Cómo saber si el espíritu de esclavitud te tiene atrapado? Si tu vida está marcada por el miedo, la culpa y la condenación constante, eres esclavo de tus pensamientos y de las caídas del pasado, pero el espíritu de adopción te otorga una posición legal de hijo, la identidad te da derecho a la herencia.
Jesús, siendo el unigénito, se convirtió en el primogénito para no avergonzarse de llamarnos hermanos. Ese espíritu de adopción es el que nos permite clamar "Abba o Abum", esa palabra aramea cargada de ternura que significa "Papá" o "Papito mío". Cuando entiendes que Dios es tu Abba o tu Abum, la mentalidad de mendigo se muere. Si Él es mi Padre, tengo acceso; si Él es mi Padre, yo puedo. Deja de creer que Dios te está castigando. Mira la cruz: si entregó a Su propio Hijo por ti, ¿cómo puedes dudar de Su amor?
El Engaño
Génesis 3:5 dice: "Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios...".
El enemigo es un estratega del engaño, su objetivo no es quitarte la identidad, sino hacerte creer una versión falsa de ella. Hoy vemos a tantos jóvenes y adultos perdidos, sin saber quiénes son, atrapados en una mentira por falta de claridad. El engaño comienza cuando el enemigo ataca el carácter de Dios para que tú dudes de tu posición como hijo. Te susurra que Dios no es transparente, que te quiere mantener limitado o ignorante, tal como lo hizo en el Edén.
Vivimos en la época donde más gente conoce de Dios, pero menos gente conoce a Dios, nos han enseñado facetas: conocemos a "Rafa" (el que sana), pero cuando la sanidad no llega en nuestro tiempo, el engaño nos hace dudar de Su amor; Nos enseñaron a amar una faceta, pero no a confiar en el Dios por carácter. El enemigo usa la comparación como trampa: "Aquel es próspero y tú no; por lo tanto, Dios no te ama". ¡Eso es un ataque frontal a tu identidad!
Debes entender que Dios es omnipotente, pero sobre todo es Soberano, Él hace lo que quiere, cuando quiere y porque quiere; Él no tiene que pedirle permiso a nadie para ser Dios. Nuestra identidad debe ser tan firme que podamos decir: "Voy a adorar a Dios aunque me dé o no me dé lo que espero, porque Su amor no depende de mis peticiones concedidas". No permitas que el engaño nuble tu mente culpando a tus padres o a tu pasado por lo que te falta, levanta la mirada y reconoce a un Padre que, por encima de cualquier circunstancia, ya te lo ha dado todo.
El Temor
En Génesis
3:10 leemos la consecuencia inmediata de la caída: "Tuve miedo porque estaba desnudo y me escondí".
El temor es el lenguaje de la esclavitud, sabemos que somos esclavos de algo —específicamente del pecado— cuando vivimos con el pánico constante de ser descubiertos, el temor tiene un solo objetivo: hacer que te escondas de Dios y de aquí se desprende una pregunta: ¿Por qué le tenemos temor al Padre? ¿Por qué en tantos lugares se ha enfatizado en un Dios que castiga y hemos dejado de lado Su amor que abraza? Vivimos presos de este sentimiento, y donde el temor gobierna, la identidad se debilita hasta desaparecer.
La Biblia es clara: lo único que tiene el poder de echar fuera el temor es el amor, Dios no le tiene miedo a tu inmundicia; al contrario, Él es el experto en limpiarla; Él conoce tus zonas más oscuras, incluso aquellas que tú mismo todavía no has descubierto; Todos llevamos dentro lo santo, lo humano y lo profano, pero tu condición actual no asusta a Dios, Su amor es tan inmenso que puede entrar en tu caos, como lo hizo en el Génesis, y transformar tu desastre en un paraíso.
Deja de culparte por errores que Dios ya perdonó y olvidó, tener memoria de lo que fuimos no es para vivir condenados, sino para que sea un testimonio extraordinario de que Su gracia y Su misericordia siempre fueron mucho más grandes que nuestra grieta, nuestra falla y nuestro pecado.
La Comparación
Romanos 9:21: “¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” (RVR1960)
Recuerda algo, tú eres una vasija en las manos de Dios, sin importar si hoy te están usando para una tarea extraordinaria o para una labor común. El gran problema es que hemos cometido el error de vincular nuestra identidad a nuestra capacidad o a nuestro oficio, Dios te diseñó, te puso nombre y te dio una utilidad única. ¿Por qué te comparas si sigues siendo una vasija? El uso que se le da a un objeto no determina su esencia.
Deja de medirte con la vara de otro, si el de al lado canta con excelencia y tú apenas lo intentas, eso no altera tu valor; ante los ojos del Padre, sigues siendo exactamente lo mismo: Su hijo. La comparación es un veneno que te hace despreciar tu propio diseño, Dios nunca te llamó a ser una copia de nadie más, en Su libro eterno, ya estaban escritas todas las cosas que Dios iba a hacer contigo y a través de ti. Mi oración constante es esta: "Señor, que no se quede una sola línea de lo que diseñaste para mí sin que yo la viva, no quiero la vida de nadie más, por más brillante que parezca; lo que quiero es que el libro que lleva mi nombre en el cielo se cumpla totalmente en la tierra” Salmos 1
39:16 “"Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas” Quiero que entiendas algo: La comparación mata la gratitud y alimenta la inseguridad.
La Voz del Enemigo
Llegamos al último obstáculo, aquel que intenta sembrar la duda en el momento de mayor necesidad. En Mateo 4:3 leemos "Y acercándose el tentador le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan."(RVR1960)
Fíjate en la estrategia: el diablo no atacó el hambre de Jesús, atacó Su identidad. "Si eres Hijo...". No le permitas al enemigo susurrarte al oído para poner en duda lo que Dios ya afirmó sobre ti. Es verdad que no puedes evitar oír la voz de las tinieblas en este mundo, pero lo que sí puedes —y debes— evitar es creerle; No tienes el poder de callar al diablo cada vez que quiera hablar, pero tienes toda la autoridad para negarte a obedecerle.
El discurso del enemigo siempre será el mismo: intentará convencerte de que no vales, de que tu pasado te define o de que "no eres nada". Pero en ese preciso momento, tú tienes que levantarte con la autoridad del Reino y responderle: "Soy hijo". Tu victoria no está en discutir con el enemigo, sino en recordar quién es tu Padre.