Génesis 3:1 “La cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?”.
Uno de los mayores conflictos espirituales que vivimos no está afuera, sino aquí, en el oído. No en lo que vemos, sino es lo que oímos. Porque todo lo que gobierna nuestra vida entra primero por una voz. Hay momentos en las que pareciera que la vida entera se convierte en un coro de voces: unas gritan, otras susurran, unas prometen, otras confunden; voces externas que nos dicen que la vida es nuestra, que la identidad está en la apariencia, que la Palabra de Dios es anticuada, que no necesitamos de nadie más; y voces internas que nos aplastan con culpa, que nos dicen que lo que hicimos no tiene perdón, que no vale la pena intentarlo de nuevo, que mejor nos escondamos y dejemos de luchar. Pero ninguna de esas voces viene del cielo. Son voces que buscan una sola cosa: controlar el oído para controlar la vida.
Y en medio de este ruido moderno —ruido de redes sociales, ruido de información, ruido de tecnología— hay un mensajero oculto. Un mensajero que nunca se cansa, un mensajero que repite ideas, que moldea pensamiento, que influye emociones y que fácilmente puede convertirse en una autoridad falsa: “Las redes sociales”, no son solo una herramienta, son un púlpito. La tecnología no es solo un avance: es un predicador. Y ese predicador no siempre anuncia verdad. Produce adicción, obsesión, superficialidad, ideologías torcidas y pensamientos fragmentados, por eso muchos la llaman “arma de distracción masiva”, y, tristemente, muchos cristianos la consumen igual que el mundo, escuchan más su voz que la de Dios. Por eso la pregunta del Espíritu sigue siendo relevante: ¿A quién estás escuchando?, porque de la voz que escuchamos depende la vida que vivimos.
Y esta batalla que tú y yo vivimos hoy no es nueva. Se libró por primera vez en el huerto del Edén. La Escritura nos dice en Génesis 3:1-9 que, cuando Dios puso a Adán y Eva en el huerto, ellos conocían una sola voz: la voz del Señor. No había muerte, no había enfermedad, no había confusión, no había distracción. La única voz que sonaba era la del Creador. No sabemos cuántos años pasaron en esa condición, quizá siglos enteros, pero lo que sí sabemos es que, mientras el hombre solo escuchó a Dios, todo estuvo en orden.
Un día apareció una voz nueva. Una voz que no tenía historia con ellos. Una voz que nunca había creado nada. Una voz que no tenía autoridad. Una voz que no tenía amor. Solo tenía astucia. Y esa voz encontró un oído dispuesto. Y lo primero que hizo no fue ordenarlos, no fue gritarles, no fue atacarlos… fue hablarles. Satanás no necesitó un ejército, ni una tormenta, ni un desastre… solo necesitó una voz. Y lo primero que cuestionó no fue el fruto, ni el huerto, ni el propósito… cuestionó la palabra de Dios: “¿Conque Dios os ha dicho…?”
El enemigo siempre buscará entrar por el oído. Porque la guerra espiritual no se pierde cuando pecamos; se pierde cuando escuchamos lo que no deberíamos escuchar. Eva nunca había hablado antes de ese momento. La primera vez que Eva levantó su voz fue para responderle a la serpiente. La serpiente no solo la tentó; le ofreció voz y voto, le ofreció una opinión independiente, una voz que se levantaba sin obediencia, sin cobertura y sin sujeción, en otras palabras, se levantaba en rebeldía contra “El Creador”. La voz de Eva se escuchó por primera vez, cuando prestó su oído para escuchar lo incorrecto. Y lo único que Eva tenía que decir era un rotundo “No”.
Quiero hacer un paréntesis para hablar de lo que ocurrió en Lucas 4; Lucas 4:3 “Entonces el diablo le dijo, si eres el hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan. Jesús le respondió, escrito está, no sólo de pan vivirá el hombre”. ¿Sabe qué me llama la atención? Que satanás no le importó el ayuno de Jesús. Cuando Jesús tuvo hambre, él se presentó. Él no llegó antes de que Jesús comenzara a ayunar para evitar que Jesús ayunara, no, Jesús estaba ayunando. Jesús estaba con Dios y a Satanás no le importaba eso, a él le importaba destruirle la identidad por medio de una simple duda “Si eres el hijo de Dios…”.
¿Sabe qué estaba haciendo Satanás? Estaba hablándole al oído cuando ninguna otra voz le hablaba. Satanás llega al desierto a tentar a Jesús queriendo establecer un diálogo, “Si eres…”, fue una pregunta desafiante.
¿Cuántas veces has caído porque el diablo te desafía y tu caes en su juego? Cuando el diablo viene a hacerte una pregunta desafiante, tenemos que aprender a decir “NO”. Satanás vino a decirle a Jesús “Si eres el hijo de Dios” y Jesús le dijo “No voy a hacer lo que tú me pides”, “No voy a caer en tu juego”, “No voy a prestarte el oído”, “Yo no creo lo que tú dices”.
- El problema más grande no es la serpiente, ni Satanás; es el oído.
- La fe viene por el oír, pero la incredulidad también.
- La obediencia entra por el oír, pero la rebeldía también.
- La santidad entra por el oír, pero la caída también.
Y muchos de los dolores que hoy arrastramos son consecuencia de haber escuchado una voz que nunca debimos permitir. Muchas lágrimas, muchas heridas, muchos errores se habrían evitado con un “no” a tiempo. No al pecado, no a la relación equivocada, no a la conversación equivocada, no a la tentación que parecía pequeña. Pero no supimos decir no, porque queríamos agradar, porque queríamos encajar, porque no queríamos incomodar. Y cuando no decimos no, terminamos diciendo un “sí” que nos lleva a la destrucción.
El problema más grande que tenemos está en nuestro oído. La fe viene por el oír, pero la incredulidad también viene por el oír, y todo lo que nosotros tenemos que aprender es decirle a lo que viene a hablarnos a nuestro oído es un “No rotundo”, no le preste el oído al diablo, si tu oído no es basurero, no permitas que nadie te eche basura. Hay momentos donde uno tiene que aprender a decir a la gente “No”. Nuestra identidad está en Cristo, pero hemos escuchado tantas cosas a las que no le dijimos “no”, y hemos perdido la identidad en Cristo.
La serpiente hizo con Eva lo mismo que hace hoy. Primero sembró duda: “¿Conque Dios dijo…?” Luego sembró negación: “No morirán.” Y finalmente sembró mentira contra el carácter de Dios: “Dios no quiere darte lo mejor; te quiere limitar.” Ese es el espíritu que sigue operando en este tiempo. La voz que dice: “Esto no es tan malo”, “Sigue tu propio corazón”, “Haz lo que sientes”, “Tu cuerpo es tuyo”, “No necesitas obedecer”, y cuando dejamos entrar esas voces, inevitablemente terminamos como Adán y Eva: viendo lo agradable a los ojos, deseando lo que no debemos, tomando lo que Dios prohibió, comiendo lo que parecía inocente, y después sintiendo la vergüenza que viene después del pecado.
La gracia, el amor y la bondad de Dios fueron cuestionados por la serpiente y Adán y Eva mordieron el anzuelo. Pero, contrario a lo que la serpiente sugirió, Dios está lleno de gracia, amor y bondad y Su carácter se demuestra cuando vuelve a hablarles, luego de lo que habían hecho: “Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?» Génesis 3:8-9.
En medio de su pecado, Dios los buscó y les habló una vez más. Y aún cuando habló palabras duras pero justas contra su desobediencia, también les dio la promesa de traer redención a la humanidad: “Pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; Él te herirá en la cabeza, Y tú lo herirás en el talón”, Génesis 3:15.
Dios anticipaba la redención a través de Cristo, quien vencería a la serpiente, el pecado y la muerte. Jesús es ese mismo Dios que, en medio de nuestros pecados, nos sigue hablando, buscando y nos pregunta hoy: «¿Dónde estás?».
Y esa voz sigue resonando hoy, en medio de todas las voces modernas, en medio del ruido, en medio del pecado, en medio de la confusión, hay una sola voz que es vida, una sola voz que es verdad, una sola voz que nunca cambia: la voz de Jesús, la voz del Buen Pastor, la voz que dio Su vida por las ovejas, la voz que guía, restaura y levanta.
Por eso hoy la pregunta no es cuántas voces escuchas, sino cuál de todas las voces gobierna tu corazón, hoy el Señor vuelve a caminar cerca de ti y te pregunta con amor y con autoridad:
¿Dónde estás? ¿Dónde está tu oído? ¿Dónde está tu identidad? ¿Dónde está tu obediencia? Porque de todas las voces que existen, solo una da vida eterna: La voz de Cristo.
Ministración, oración final:
Padre amado venimos delante de ti en el nombre de Jesús nombre que sobre todo nombre reconociendo que sin ti nada somos, venimos con hambre, con sed, con necesidad de ti, tú dijiste que donde hay dos o tres reunidos en tu nombre ahí estás tú y yo sé que tú estás aquí, yo sé que estás escuchando y sé que tú ves lo que nadie más ve, tú conoce mi interior y sabes que no quiero seguir igual, sabes lo que callo, sabes lo que cargo, sabes lo que me duele y por eso hoy me presento ante ti como soy.
Señor, yo no quiero seguir atado, ya no quiero vivir arrastrando cadenas que tú rompiste en la Cruz, ya no quiero esconder lo que me está destruyendo por dentro, hoy me presento delante de ti sin máscaras, sin reservas, sin excusas y te pido con todo mi corazón, libérame, libérame del temor que me detiene, de las dudas que me apagan, de los pensamientos que me encadenan, libérame de las palabras que me marcaron, de la culpa que me persigue de los errores que ya puse en tus manos pero que aún me pesan; Rompe cadenas en mi carácter, en mis hábitos, en mi mente, en las decisiones que he tomado lejos de tu voluntad, rompe con lo que me quita el hambre espiritual, con lo que enfría mi fe, con lo que me separa poco a poco de tu presencia, quita lo que me contamina por dentro, sana lo que está herido, arranca lo que el enemigo sembró en secreto.
Hoy te entrego todo, mis pensamientos, mis recuerdos, mi historia, hazme libre de verdad, una libertad profunda, porque si el Hijo me libertare seré verdaderamente libre y yo lo creo y lo recibo y lo declaro en el nombre de Jesús; Soy libre, libre en mi mente, en mis emociones, en mi alma, hazme libre, te lo pido mi Dios en el nombre de Jesús, hazme libre del temor que me paraliza, de la ansiedad que me roba la paz, de las dudas que me hacen sentir lejos de ti, hazme libre de los pensamientos repetitivos, de las heridas que me hicieron perder la confianza, de la voz del enemigo que me susurra mentiras cuando estoy solo, toca mi interior Señor, libérame del enojo acumulado, del resentimiento escondido, de la amargura que he disfrazado de indiferencia, libérame de toda raíz que no sembraste tú, rompe los hábitos que me alejan de ti, esas decisiones que me ataron, cancela toda dependencia emocional, toda relación tóxica que me roba vida espiritual, todo apego que me aparta de tu voluntad, desata mi alma Señor, hazme libre del pecado oculto, de la doble vida, de la apariencia.
Padre, necesito ser restaurado desde lo profundo, renueva mi corazón, restaura mi espíritu y enciende en mí lo que el enemigo apagó, hoy te pido libertad, una libertad que se note en mi manera de hablar, en mi manera de pensar, en mi manera de vivir, porque cuando tú liberas no queda una sola cadena, no queda una sola atadura, sólo queda tu presencia y tu paz reinando sobre todo, libérame Señor porque yo quiero caminar contigo sin nada que me amarre, sin cargas, sin sombras, sin cadenas, sólo contigo, sólo con tu presencia.
Padre, hay cosas que no comenzaron conmigo, pero me han perseguido por años, hay batallas que no pedí, pero me las encontré desde que nací y entiendo que esto no es sólo una lucha personal, también es una lucha espiritual que viene de generaciones y si tú me has traído hasta aquí es porque llegó el momento de romper con todo eso, no vine a continuar lo que otros dejaron pendiente, vine a cerrar ciclos, a romper maldiciones, a levantar una nueva historia y declarar que en mi vida, en mi casa y en mi descendencia ya no se repite lo mismo.
En el nombre de Jesús rompo toda maldición generacional, canceló toda palabra que fue soltada sobre mi vida, mi casa y mi descendencia, anulo toda declaración contraria que se repitió por años, hoy digo basta, basta la ruina repetida, basta el fracaso constante, basta la enfermedad, basta al abandono, a la violencia, al rechazo, lo que otros no pudieron vencer yo no lo heredo, yo no lo acepto y no lo paso a los que vienen después de mí, hoy se rompe todo pacto oculto, toda consagración satánica, todo altar que fue levantado fuera de tu voluntad, Santo Espíritu, entra en cada rincón de mi casa, toda influencia maligna, todo espíritu que opera en lo oculto queda sin legalidad, declaró que mi casa es territorio del cielo, mi familia le pertenece a Cristo, mi historia no termina en maldición, mi historia comienza con redención y a partir de hoy no se repite lo viejo, se levanta lo nuevo, porque yo no soy lo que viví, no soy lo que perdí, no soy lo que dijeron, soy lo que tú formaste con tus manos, lo que redimiste con tu sangre, lo que sellaste con tu Espíritu, hoy lo confieso con fe, soy hijo del Dios vivo, soy perdonado, soy lavado, soy escogido, soy libre, soy tuyo.
Declaro que ya no cargo condenación, que la culpa no me define y que lo que me rompió, no tiene más poder sobre mí, tú me has dado una nueva identidad y no fue con palabras, fue con sangre, la cruz es mi fundamento, la resurrección es mi victoria, tu presencia es mi garantía.
Renuncio a toda comparación, a toda inseguridad, a toda etiqueta que el mundo me puso y abrazo lo que tú me has llamado a ser, soy instrumento en tus manos, porque tu Espíritu me dio identidad.
Padre, tú has escuchado cada palabra, has visto cada lágrima y has respondido con poder, no tengo que ver para creer porque ya lo creo, ya lo recibí, hoy se rompieron cadenas, se cerraron puertas que el enemigo había abierto y se activó un nuevo tiempo sobre mi vida, gracias Señor porque cuando nadie veía lo que yo estaba viviendo, tú si lo veías todo y no sólo lo viste, viniste a buscarme en medio de mi batalla, gracias por tu fidelidad, gracias por tu presencia, gracias porque mientras el enemigo me quería ver caer, tú me estabas levantando, hoy celebro la libertad que me diste, celebro la paz que ahora siento, celebro que el fuego se ha encendido otra vez y no lo voy a dejar apagar, aunque vengan días difíciles, aunque las pruebas no se detengan de inmediato, yo ya sé quién soy y ya sé quién va conmigo, no camino en duda, camino en fe, no camino en temor, camino en tu palabra, lo que tú ya comenzaste y si tú empezaste la obra tú la vas a terminar, así que levanto mi voz, levanto mis manos y te doy la gloria, porque tu eres mi Dios fiel, porque Su propósito en mi, sigue intacto y lo que Él comenzó lo va a terminar, en el nombre de Jesús, Amén y Amén.