Charlas Iglesia ETP | Pastores Luis Salas y Jeannette Noguera, Iglesia ETP

La Iglesia de hoy esta enfrentando uno de los problemas más terribles de todos los tiempos en su historia, LA TOLERANCIA Y LA ALCAHUETERÍA. Desde el comienzo Dios ha anhelado un Pueblo que sea Su Pueblo y que Dios sea su Dios; para que esto ocurra es necesario que la iglesia sea transformada conforme al carácter de Dios.

Para poder entender el Código de Redención es necesario ir a los inicios, a los tiempos del Éxodo; El pueblo Hebreo (El pueblo de Dios) fue sometido a tributos y a esclavitud y opresión, los amargaron con dura servidumbre y los hicieron servir con dureza en toda labor del campo y en todo su servicio los obligaban con rigor.

Nace Moisés, al que Dios designó para sacar a Su pueblo (Israel) de la esclavitud, crece y ve a sus hermanos en duras tareas, mata a un Egipcio que maltrataba a uno de los suyos y por temor a que Faraón lo mate huye de Egipto hacia la tierra de Madián.

Muere el rey de Egipto y los hijos de Israel gemían a causa de la servidumbre y clamaron y subió a Dios el clamor de ellos con motivo de su servidumbre y oyó Dios el gemido de ellos y se “Acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob y miró Dios los hijos de Israel y los reconoció”.

Dios llama a Moisés estando apacentando las ovejas de su suegro Jetro, sacerdote de Madián, en el monte Horeb, monte de Dios y el Angel de Dios se le aparece en una llama de fuego en medio de una zarza… Se identificó como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob y le dijo: He visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto…Y toma la decisión de libertarlos. 

Muchos de los que están aquí, que forman parte del pueblo espiritual de Dios, necesitan ser reconocidos por Dios, y hoy están clamando por causa del Egipto que se ha introducido en sus vidas, su hogar y su familia y hoy te invito a que levantemos nuestra voz y clamemos a cuello tendido: “Señor mira mi aflicción, reconóceme como tu pueblo, ayúdame, sácame de la esclavitud en la que estoy…” Dios ha visto la aflicción de su pueblo y ha oído el clamor a causa de nuestros exactores, ha conocido nuestras angustias y ha descendido hoy para librarnos de mano de todos nuestros enemigos.

El código de la Redención consta de:

El Misterio de la Cruz: Muerte para Redimir

Entender la Cristología es, en esencia, entender el Evangelio; sin embargo, muchos llenan las bancas sin comprender la magnitud de la Cruz. Dios, en su naturaleza eterna, no tiene principio ni fin, pero se hizo visible y ocupó un cuerpo humano con un propósito sagrado: poder ser herido. Si Cristo no se hace hombre, no puede participar de la muerte, y es precisamente esa entrega la que hace a Dios aún más grande ante nuestros ojos.

Vivimos en una cultura que busca el crecimiento pero le huye a la muerte; el miedo humano se resume en esa palabra. Pero el Señor vino con un diseño claro: se hizo hombre para poder morir y murió para poder redimir. ¿Por qué este sacrificio extremo? Porque sobre nosotros pesaba una demanda judicial del tribunal del cielo que exigía el cumplimiento de una ley tajante: "Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro." — Romanos 6:23 (RVR1960)

Sin Cristo como nuestra redención, lo perderíamos todo para siempre. Por eso se manifestó el misterio de la piedad: para que en ese madero, Aquel que es eterno pagara nuestra deuda y nos devolviera la esperanza.

Hoy muchos ostentan cruces, pero carecen de la doctrina de la cruz. Debemos entender que, en su origen, la cruz no era más que una herramienta de tortura y vergüenza; miles murieron en ellas antes y después de Cristo, pero fue Aquel que se entregó en ese madero quien la hizo memorable y gloriosa para nosotros. Por eso, mantener a un Cristo colgado en una cruz hoy es una ofensa directa a la Resurrección y una victoria indirecta para el enemigo, quien intenta susurrar que la obra no se consumó. Pero la Palabra es contundente: "No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor." — Mateo 28:6 (RVR1960)

Pablo, un hombre de linaje y poder, entendió que el Evangelio no se mezcla con méritos humanos ni filosofías baratas. Mientras el mundo intentaba (y sigue intentando hoy) convertir la cruz en una decoración eclesiástica o en una ley de hombres, Pablo fue tajante al declarar que nuestra única jactancia es el sacrificio que nos separa del sistema del mundo:

"Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo." — Gálatas 6:14 (RVR1960)

La cruz jamás fue un símbolo estético; es el escenario de la gloria donde el instrumento de vergüenza se convirtió en nuestra mayor victoria.

Dios es tan grande que estuvo dispuesto a perder Su vida para que nosotros tuviéramos vida; perdió Su lugar de gloria para darnos a nosotros un lugar ante el Padre. Sin embargo, el drama de hoy es que se habla demasiado de lo que el cristiano puede poseer y muy poco de lo que Cristo ya consumó. Hemos cambiado la predicación de la Redención por una psicología barata y "píldoras de optimismo" que solo alimentan el ego. La prédica moderna gira en torno al "yo", a cómo sentirme bien, cuando el mensaje bíblico gira en torno a cómo morir al pecado.

¿Qué es la Cruz? La Cruz es muerte. Es el escenario donde el sacrificio y el arrepentimiento le ganan la partida al deseo humano. Por eso el mundo no la entiende, pero para nosotros es la fuente de autoridad:

"Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios." — 1 Corintios 1:18 (RVR1960)

La Cruz es el único poder que me permite morir a lo que yo soy para vivir para Aquel que me salvó. Si Jesús dejó Su trono para morir por mí, ¿cómo me atrevo yo a no morir a mis gustos para agradarlo a Él? La Cruz no es una sugerencia, es el poder para transformarme, para renunciar a la iniquidad y para abandonar lo que Dios aborrece. A todo aquel que dice "no puedo", el Código le responde: necesitas el Evangelio de la Cruz. Porque el seguimiento de Cristo tiene una condición innegociable:

"Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame." — Lucas 9:23 (RVR1960)

 

La Sangre: El Precio Innegociable de Nuestra Libertad

Llegamos a la esencia misma del Evangelio: la Sangre. Este es el mensaje que define nuestro destino eterno; o nos lleva al cielo o nos hace perderlo todo. El apóstol Pedro nos llama a un temor reverente, recordándonos que nuestra libertad no tiene una etiqueta de precio humana. No fuiste rescatado con oro ni con plata, que son cosas que perecen y se devalúan, sino con la divisa más alta del Reino: "Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir... no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación." — 1 Pedro 1:18-19 (RVR1960)

Nuestra herencia vacía y esa vana manera de vivir no se podían pagar con lo que el hombre cuenta con sus manos. Fue necesaria la Sangre Preciosa de Cristo, un sacrificio que jamás fue un "Plan B" de emergencia, sino el diseño eterno de Dios manifestado hoy por amor a nosotros. ¡Nuestra esperanza no descansa en un mártir derrotado, sino en el Dios vivo que levantó a Cristo después de que Su sangre fuera derramada para nuestra redención!

Pecar contra un Dios Santo no es un error de cálculo; es un riesgo eterno. El pecado no respeta vocación ni estatus social, y cuando se vuelve continuo, nos expone al castigo divino. Su naturaleza es perversa: nos engaña haciéndonos creer que somos la excepción a la ley; nos decepciona con promesas de satisfacción que terminan en fraude; es destructivo con nuestras familias y nuestro futuro; y finalmente, trae muerte. La Palabra es cortante: "El alma que pecare, ésta morirá." — Ezequiel 18:20 (RVR1960); "Porque la paga del pecado es muerte." — Romanos 6:23 (RVR1960)

¿Qué poder puede frenar esta sentencia? Solo la Sangre de Jesucristo. Desde el Génesis, cuando Adán y Eva pecaron teniendo todo a su favor, Dios estableció el código: para cubrirlos, tuvo que morir un animal y derramar su sangre, ”Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió." — Génesis 3:21 (RVR1960), desde aquel primer sacrificio en el Edén, el principio es inamovible: para ser salvos, debe haber derramamiento. El pecado tiene un costo altísimo, y ese precio solo se paga con sangre.

El perdón jamás ha sido gratuito; siempre ha requerido muerte. Lo que recordamos en la Cena del Señor no es un rito, es la Sangre de Cristo que produce salvación. Este plan redentor se sostiene sobre cuatro columnas legales que solo la Sangre puede activar:

  • Redención: Fuiste comprado de nuevo. Ni el oro ni la plata sirven para pagar tu deuda con el cielo; solo la "sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha" (1 Pedro 1:18-19, RVR1960) pudo rescatarte de esa vana manera de vivir.
  • Reconciliación: El pecado te hizo enemigo de Dios, pero la Sangre unió lo que estaba quebrado, "haciendo la paz mediante la sangre de su cruz" (Colosenses 1:20, RVR1960) para presentarte santo ante el Padre.
  • Justificación: Es el veredicto divino de "Inocente". No es por lo que tú hagas, sino por lo que Él hizo: "estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira" (Romanos 5:9, RVR1960). Rechazar a Cristo es rechazar al único que puede quitar tu culpa.
  • Santificación: A diferencia de las anteriores, este es el proceso diario. Necesitamos Su purificación una y otra vez, porque Jesús "para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta" (Hebreos 13:12, RVR1960). Si confesamos, Su sangre nos limpia hoy mismo de toda maldad.
El pecado es un asunto de tal gravedad que la única moneda que pudo pagarlo fue el Hijo unigénito de Dios. Por eso, la Cruz no es un recordatorio de "Semana Santa" ni un evento para conmemorar una vez al año, se trata de un Dios Santo que, conociendo de antemano nuestra naturaleza pecaminosa y la separación eterna que nos esperaba, decidió intervenir con un plan radical.

Cristo no solo sufrió; Él murió para que hoy tú y yo tengamos una relación viva con el Padre, no es una religión de ritos, es una vida de acceso continuo. Aun cuando fallamos en nuestra debilidad, el Código de la Redención sigue activo: somos perdonados porque Su amor y el poder de Su sangre son inagotables, el sello de esta verdad es contundente: "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros." — Romanos 5:8 (RVR1960). Vivir el Evangelio es entender que cada día dependemos de ese madero y de ese amor que nos rescató cuando no teníamos nada que ofrecer.


La Resurrección: De la Desesperanza a la Victoria Viva

Cualquiera que lea la Biblia hoy debería creer en la resurrección, pero la realidad es que para los discípulos fue el reto más grande de su fe. Jesús se lo advirtió: "moriré, pero resucitaré", pero ellos nunca lo entendieron; sus expectativas de un Mesías político les cegaron el corazón. Por eso, tras la crucifixión, se fueron deshechos y sin esperanza. La prueba más clara de su incredulidad es que las mujeres fueron al sepulcro con especias para embalsamar un cadáver, no a esperar un Rey.

Incluso cuando hallaron la piedra removida, a los discípulos les pareció una locura. ¡Y eso que habían visto Sus milagros por tres años! Esa misma ceguera afligió a los de Emaús, que caminaban junto a Él quejándose porque "esperaban que las cosas fueran distintas", o a Tomás, que exigió tocar para creer. Sin embargo, cuando la realidad de la tumba vacía los alcanzó y aceptaron que Cristo vivía, esa desesperanza se transformó en un fuego que sacudió al mundo entero. "No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor." — Mateo 28:6 (RVR1960)

Todo cambió cuando la resurrección dejó de ser una teoría y se volvió una realidad viva. Jesús lo prometió: al irse, enviaría al Espíritu Santo para morar con, en y sobre nosotros. Y hoy la promesa sigue vigente: si aceptas que Jesucristo es el Hijo de Dios, que murió y resucitó por ti, tu vida será transformada radicalmente.

Nuestra seguridad no depende de nuestra bondad, sino de Aquel que está sentado a la diestra del Padre intercediendo por nosotros. La Biblia es clara: si has fallado, no estás solo en el juicio: "Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo." — 1 Juan 2:1 (RVR1960)

Tu salvación es eterna y Él ya está preparando tu lugar. Mientras otras religiones visitan la tumba de un profeta muerto, nosotros servimos al Hijo de Dios que vive y obra en el corazón. Nuestra esperanza es real: tendremos un cuerpo glorificado como el de Jesús —visible, tangible y perfecto— acondicionado para la nueva creación y la vida eterna. "En la casa de mi Padre muchas moradas hay... voy, pues, a preparar lugar para vosotros." — Juan 14:2 (RVR1960); ”Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna." — Juan 3:16 (RVR1960)

Él venció la muerte, y esa es la única prueba definitiva que necesitamos para confiarle nuestra eternidad. Pero el Código de la Redención no es solo para el más allá; es para el hoy. Él tiene un propósito y un plan específico para ti; te ha dotado de dones y talentos para que tu vida sea fructífera aquí y ahora. Él es quien hace latir tu corazón y es la fuente misma de tus días.

No vivas más en tus propias fuerzas. Entrega hoy tu vida al Señor y permite que el Espíritu Santo te guíe para vivir de tal manera que, cuando llegue el momento de partir, no haya temor en tu alma. Ya eres parte de la herencia de Dios con destino al cielo, pero no te presentes ante Él con las manos vacías. ¡Vive cada segundo para dar honra y gloria a Su nombre hasta que Él mismo te llame a Su presencia! "Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén." — Romanos 11:36 (RVR1960)

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