Mientras miles de familias sobreviven con una sola comida al día y enfrentan apagones de hasta 40 horas, los nuevos “influencers” del régimen postean desde mansiones con clínicas privadas, ropa de diseñador y luz solar ininterrumpida.
“En la Cuba de hoy hay dos países: uno que mastica desesperación y otro que postea desde la opulencia”. Así lo describe Rolando Cartaya, investigador de la Fundación para los Derechos Humanos de Cuba, al referirse a la profunda desigualdad que asfixia a la isla.
La crisis es alimentaria, energética y moral. En el último mes, se han registrado personas desmayadas en la calle por hambre, familias que se saltan una o dos comidas diarias, y otras que pasan días completos sin comer.
Pero mientras tanto, del otro lado de la pantalla, herederos del poder postean desde el confort. El “nuevo influencer” con apellido Castro muestra ropa de diseñador, dentaduras perfectas y viajes de lujo. Viven en repartos como Siboney, donde abundan paneles solares, clínicas privadas, vaquerías y alimentos cultivados para ellos. Allí el apagón no existe.
La reacción ciudadana ha crecido: más de 200 protestas en julio, muchas de ellas desafiando directamente al Estado. En al menos tres casos, los manifestantes bloquearon calles. Otros enfrentan penas de 4 a 8 años de prisión por tocar calderos pidiendo “corriente”.
“Es un sistema draconiano para castigar, pero la gente está aún más contestataria”, concluye Cartaya.