Charlas Iglesia ETP | Pastores Luis Salas y Jeannette Noguera, Iglesia ETP

"Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas." Mateo 6:33

Existe una verdad que debemos asimilar profundamente: la justicia del hombre jamás podrá compararse con la justicia de Dios, son naturalezas opuestas y para entenderlo, primero debemos identificar los tres tipos de justicia que operan en el mundo:

  1. La Justicia del cielo: Es la justicia perfecta, basada en el carácter de Dios y en Su Palabra. No busca complacer, sino establecer lo que es recto ante Dios.
  2. La Justicia Humana: Es limitada, subjetiva y muchas veces manipulable. Se basa en leyes terrenales que cambian y en el juicio de hombres que fallan.
  3. La Justicia de las tinieblas: El mundo de las tinieblas tiene su propio concepto de justicia. El diablo opera bajo una estructura donde intenta distorsionar lo bueno y lo malo, usando la legalidad para acusar y destruir. Es vital entender que incluso en el mundo espiritual de oscuridad hay un orden de "justicia" (o legalidad) que el enemigo usa para reclamar derechos sobre nuestra vida cuando ignoramos las leyes del Reino de Dios.
Existe un versículo que todos conocemos y abrazamos como una promesa de provisión, pero que pocas veces analizamos en su dimensión legal: "Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas."Mateo 6:33 (RVR1960).

Solemos enfocarnos en las "añadiduras", pero debemos poner la lupa en la condición: buscar el Reino y Su justicia. Las añadiduras no son automáticas; son una consecuencia de buscar la justicia del Reino, por tanto, debemos entender que la justicia que perseguimos no es la humana, sino la del Reino de los Cielos.


La Justicia del Reino y su Constitución

El primer punto fundamental es este: La justicia que buscamos no es humana, para entender esto, debemos comprender el concepto de "Reino". Todo reino se rige por una Constitución. Es imposible determinar qué es justo o injusto si ignoramos la ley que nos gobierna. Para vivir en justicia es imperativo conocer la Ley del Reino.

Donde existe una Constitución, existen personas constituidas para velar por su cumplimiento. En el Reino de Dios, los ministerios no son solo títulos eclesiásticos, sino figuras legales.

Efesios 4:11: "Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros." Estos ministerios han sido establecidos por Dios como agentes de la ley espiritual. Su función principal es cuidar y enseñar la justicia del Reino, asegurando que el pueblo de Dios camine bajo los principios constitucionales del Cielo.


El Desconocimiento de las Leyes Celestiales

Conocemos a fondo las leyes de nuestra nación, pero a menudo ignoramos las leyes del Reino de los Cielos. Si los ministros han sido constituidos como agentes para cuidar la justicia divina, cabe preguntarnos: ¿Realmente conocemos la Constitución del Cielo? ¿Entendemos cómo operan sus leyes?


El Caso de Abraham: En Génesis 18:22-25, vemos un ejemplo claro de lo que sucede cuando no comprendemos el funcionamiento legal del Reino. Abraham se acerca al Señor con un argumento basado en su propio concepto de justicia: “¿Destruirás también al justo con el impío? [...] El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?”

Para entender este escenario, debemos recordar el contexto: tres hombres visitan a Abraham. Dos eran ángeles y el tercero era el Señor. Mientras los ángeles se dirigen a Sodoma y Gomorra con una misión clara, Dios se queda con Abraham. Los ángeles ya iban en camino para ejecutar la destrucción y rescatar a Lot. Dios no se acercó a Abraham para pedirle su opinión o para abrir un espacio de negociación; Él vino a notificarle Su decisión.

Cuando no entendemos cómo funciona el Reino, cometemos el error de intentar negociar sobre algo que ya ha sido decidido. Dios le notificó Su decisión, y Abraham empezó a regatear: si hay 50 justos, 45, 40... hasta llegar a 10. En cada paso, Abraham se iba quedando sin elementos legales, porque su argumento se basaba en una suposición y no en la realidad de lo que ocurría en las ciudades de Sodoma y Gomorra.

Resulta asombroso ver a un hombre hablándole de justicia a Aquel que él mismo llama "El Juez de toda la tierra". Es, como dice el dicho, “querer enseñarle a bailar al trompo”; Abraham intentó darle clases de justicia al Juez.

Abraham llegó a decirle: "Lejos de ti el hacer tal... nunca tal hagas". En su osadía, le estaba sugiriendo a Dios que, si destruía la ciudad, Su carácter de Juez quedaría en entredicho. Abraham perdió porque se quedó sin elementos sólidos y porque estaba pidiendo mal.

Aprender cómo funciona el Reino es, en esencia, aprender a orar, muchas veces nuestras oraciones no son contestadas porque van en contra de las leyes establecidas por Dios. Él nunca violará Su propio orden; Él vela por Su Palabra para que se cumpla, no por nuestros deseos personales. Dios sabía lo que era justo en Sodoma, pero para Abraham, la justicia de Dios parecía una injusticia.

Debemos entender este principio fundamental: La justicia no complace, en un juicio, jamás el juzgado, el demandante o el testigo quedan plenamente complacidos. La justicia no está diseñada para dar satisfacción emocional, sino para establecer lo que es debido.

Si pides justicia esperando que Dios satisfaga tus deseos o tus sentimientos, probablemente te sentirás defraudado. La justicia divina busca el orden y la verdad, no la aprobación del hombre.

Muchos claman: "¡Señor, hazme justicia!", pero en realidad lo que esperan es que Dios los complazca. Debemos entender una verdad fundamental que cualquier experto en leyes conoce: La justicia jamás satisface plenamente a las partes. En un tribunal terrenal, el que demanda siempre quiere una condena mayor y el acusado siempre espera una sentencia menor. Es imposible que ambos salgan felices.

Si pides justicia esperando que Dios satisfaga tu necesidad de venganza, ya has perdido el caso. La justicia no está diseñada para satisfacer el ego o el dolor del hombre.

  • A veces el demandante se amarga con Dios porque espera un "rayo del cielo" sobre su ofensor y no sucede nada.
  • A veces el juzgado se enoja porque siente que la disciplina de Dios es demasiado dura para "lo poco que hizo".
Cuando Dios no responde según nuestro capricho, terminamos amargados, enojados o incluso blasfemando, sin entender que Dios ya respondió, pero Su respuesta no alimentó nuestro odio o nuestra sed de venganza; La justicia no es venganza, la justicia es dar a cada uno lo que merece.

Abraham presentó un caso basado en argumentos que no eran sólidos ya que mientras él intentaba negociar la ciudad por unos supuestos justos, Dios ya estaba sacando de allí a los únicos que realmente lo eran. Abraham abogaba por un escenario inexistente; estaba presentando un caso perdido ante un Dios justo.

No pierdas tu tiempo presentando casos que no tienen fundamento legal en el Reino, interceder no es simplemente gritar u orar con fuerza, interceder es examinar la validez de nuestra petición. Si pedimos por alguien que Dios ya ha decidido juzgar por su falta de arrepentimiento, nuestra oración no tendrá eco. Debemos alinear nuestros argumentos con la realidad del Cielo, no con nuestras suposiciones humanas.

La justicia de Dios jamás será comprendida plenamente por la mente humana. Lo que para Abraham parecía una injusticia (la destrucción de Sodoma y Gomorra), para Dios era el ejercicio perfecto de Su justicia. Debes entender que Dios no se deja manipular por sentimientos ni por deseos de venganza disfrazados de piedad. Dios es lento para la ira, pero cuando el proceso llega a su sentencia, es porque el tiempo de la misericordia ha sido agotado por el pecado persistente.

Aquí es donde debemos tener sumo cuidado, en la justicia humana, el juez se limita al caso en cuestión, pero en la Justicia Celestial, en el momento en que pides un juicio, el primero en ser auditado eres tú mismo, cuando pides justicia contra otro, el Cielo activa una revisión de tus propios libros, si pides una un favor especial para tu prójimo, asegúrate de que tu propia vida soporte esa misma medida, en el Reino, pedir justicia es autorizar una auditoría sobre tu propia integridad.

Cuando alguien solicita intercesión, es necesario indagar antes de presentar el caso ante Dios. No podemos usar nuestro tiempo delante del Señor presentando peticiones que Él no desea escuchar, o peor aún, defendiendo causas que nos pueden ganar Su enemistad.

En la Biblia, vemos incluso ocasiones donde Dios mandó a callar a quienes venían a apelar por otros sin entender el trasfondo legal del caso, por eso es vital aprender a orar bajo los principios del Reino:

El Caso de Jeremías que intentó interceder en varias ocasiones por el pueblo de Judá, que estaba sumido en la idolatría y la injusticia, sin embargo, llegó un punto en que Dios le dio una orden que parece contradecir toda nuestra lógica de oración: "Tú, pues, no ores por este pueblo, ni levantes por ellos clamor ni oración, ni me ruegues; porque no te oiré." Jeremías 7:16 (RVR1960)

¿Cuál era el trasfondo legal aquí?

  • La Ruptura del Pacto: Judá había violado sistemáticamente las cláusulas del pacto con Dios. Legalmente, el contrato estaba roto por parte de ellos.
  • La Persistencia en el Delito: Mientras Jeremías oraba, el pueblo seguía sacrificando a otros dioses. No había "materia legal" (arrepentimiento) para que Dios pudiera aplicar misericordia sin violar Su propia justicia.
  • El Juicio ya Sentenciado: Dios ya había dictado sentencia (el cautiverio). Apelar en ese momento era ir en contra de una sentencia firme basada en leyes que el pueblo conocía y despreció.
La justicia divina es una balanza perfecta que no se detiene, por eso, debemos ser extremadamente cautelosos al presentarnos ante Dios para exigir juicios contra otros, ya que la Constitución del Reino es clara sobre este principio: "No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido." Mateo 7:1-2 (RVR1960)

Antes de llegar delante de Dios reclamando: "¡Señor, mira cómo me tratan!", es necesario hacer una pausa. ¿Cómo has tratado tú a los demás? Debemos entender que lo que hoy experimentamos y llamamos "maltrato" podría no ser una injusticia ajena, sino el resultado de nuestra propia siembra. La justicia divina busca la verdad, no nuestra satisfacción personal. Antes de pedir que Dios intervenga a tu favor, asegúrate de que tu propia vara no sea la que te esté midiendo en este momento.

Debemos entender que la justicia de Dios nunca funcionará como la justicia humana. El hombre tiene una memoria selectiva; olvida sus propias faltas mientras señala las ajenas. Pero Dios no olvida. Puedes olvidar lo que sembraste, pero la tierra no olvida la semilla, cuando pides un juicio implacable para otro, estás firmando una autorización para que el Cielo sea igual de implacable contigo.


El Juicio de Salomón: La Espada que Revela el Corazón

La Bíblia narra la historia de las dos mujeres que se presentaron ante el rey Salomón, ambas vivían en la misma casa, ambas habían dado a luz, pero uno de los bebés había muerto durante la noche. La disputa era desgarradora: "Ella me robó al niño mientras yo dormía porque el suyo murió aplastado", decía una; "¡Mientes! El niño vivo es el mío", replicaba la otra.

Era un caso complejo: dos argumentos válidos, dos personas alegando lo mismo, sin testigos, sin pruebas y sin elementos físicos para decidir.

Salomón, bajo una sabiduría sobrenatural, manda a buscar una espada. Fíjate bien: cada vez que hay un juicio divino, se tiene que sacar la Espada, que representa la Palabra de Dios ya que solo la Palabra tiene el filo necesario para separar la verdad de la mentira.

Salomón da una orden que parece cruel: "Partan al niño vivo a la mitad y denle una parte a cada una". En ese momento, la verdadera intención de ambas mujeres salió a la luz:

  • La que reclamaba justicia basándose en su propio dolor y envidia gritó: "¡Pícalo! Ni para ti ni para mí, que lo partan".
  • Pero la verdadera madre, movida por un amor que prefiere perder antes que destruir, suplicó: "¡No lo maten! Entréguenselo a ella, pero déjenlo vivir".
Salomón no necesitó más pruebas, Él supo de inmediato quién era la madre, la Espada no se usó para herir al niño, sino para cortar el disfraz de las emociones y revelar quién tenía el derecho legal basado en el amor.

En la corte del Cielo, la victoria se le entrega a aquel que tiene un corazón capaz de sacrificarse, de soltar el derecho a la venganza y de confiar en que el Juez sabe proteger la vida. No te confundas: Dios no se deja manipular por reclamos ruidosos; Él responde al corazón que se rinde ante Su voluntad.

Debemos reconocer una realidad cruda: la justicia de este mundo es manipulable: En el sistema humano, un abogado con suficiente habilidad puede ganar un caso que ya estaba perdido; un argumento "chispa" o una presentación elocuente pueden torcer la balanza. Peor aún, sabemos que en las cortes terrenales el dinero y el poder a menudo compran sentencias. El más astuto es quien suele prevalecer.

Pero en la Justicia Divina, las reglas cambian por completo. En este tribunal no necesitas ser elocuente; de hecho, ni siquiera tienes que hablar. Mientras caminas por la tierra, tu caso ya está siendo procesado en el Cielo.

En el Trono Celestial la estructura es perfecta:

  • El Juez Justo está sentado en Su trono.
  • El Abogado (Jesucristo) está a Su diestra, intercediendo con base en Su propia sangre.
  • El Espíritu Santo actúa como el perito que escudriña lo más profundo del hombre.
Aquí es donde muchos perdemos el caso. Puedes estar de rodillas, usando palabras hermosas y piadosas, clamando: "¡Señor, hazme justicia! ¡Hazme justicia!". Pero mientras tus labios dicen eso, el Espíritu Santo —que conoce tus verdaderas intenciones— presenta la evidencia real ante el Padre y dice: "Mira lo que realmente hay en su corazón: no busca justicia, lo que está gritando por dentro es: Venganza."

En el Reino no valen las apariencias ni la "elocuencia" para hablar. Puedes engañar al pastor o al juez de la nación, pero no puedes engañar al Espíritu que traduce tus gemidos y tus intenciones. La justicia divina no se basa en lo que expresas con la boca, sino en la verdad que el Espíritu encuentra en tu interior. Antes de pedir justicia, asegúrate de que tu corazón no esté pidiendo venganza, porque en el Cielo, esa es la única evidencia que se toma en cuenta.


La Renuncia a la Justicia Propia

Para caminar en el Reino, el primer requisito es un acto de rendición legal. El apóstol Pablo lo dejó escrito con una claridad asombrosa: "Y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe." Filipenses 3:9 (RVR1960)

  • ¿Sabes qué nos está pidiendo el Señor? Que renunciemos a nuestra propia justicia. Tus ideas de lo que es "justo" a menudo están empañadas por tu dolor, tu orgullo o tu cultura. Renuncia a tu concepto de justicia, porque muchas veces lo que crees que es justo, ante el tribunal de Dios no tiene fundamento.
Hay un versículo que a pocos les gusta predicar porque no ofrece regalos, sino que exige carácter: "En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios." 1 Juan 3:10 (RVR1960). ¿Quieres saber de quién es hijo alguien? Es sencillo: mira si es justo y si ama a su hermano. Esa es la prueba de ADN del Reino.



Integridad: La Verdadera Llave de la Bendición

Hoy muchos buscan prédicas de "prosperidad y bendiciones rápidas", esperando que las llaves de la bendición les caigan del cielo sin esfuerzo. Pero la verdadera bendición no es un truco de magia; es una consecuencia legal de la integridad.

La Biblia no dice que la bendición caiga porque sí. Dice que si guardamos Sus mandamientos y caminamos en fidelidad, la bendición nos alcanzará sin que la pidamos. Serás bendito en tu entrada y en tu salida; la bendición está condicionada a nuestra integridad.

Ser justo es tratar a los demás como quieres ser tratado. Ser justo es ser paciente cuando otros fallan, recordando que Dios ha sido paciente contigo. Si haces justicia y amas a tu hermano, estás manifestando tu herencia como hijo de Dios. Esa es la justicia que abre las puertas del Cielo y desata las añadiduras de la tierra.

Para cerrar esta enseñanza, debemos entender que la justicia no es solo una carga o una regla; es la naturaleza misma de nuestro Rey: "Porque Jehová es justo, y ama la justicia; El hombre recto mirará su rostro." Salmos 11:7 (RVR1960)

Dios ama al dador alegre, pero ama aún más a aquel que practica la justicia del Reino. Cuando decidimos buscar Su justicia antes que la nuestra, activamos un protocolo de bendición que la Biblia describe como "añadidura". En el Reino de los Cielos, la justicia es la llave maestra.


Cinco Promesas de Retribución

Si decides caminar en la justicia de Dios, tu expediente legal ante el Cielo garantiza lo siguiente:

  1. La Justicia trae Salvación Familiar: Noé fue hallado justo, y por su causa, toda su familia fue preservada. La justicia de un hombre puede alcanzar a toda su casa.
  2. La Justicia trae Preservación: A Lot lo sacaron de Sodoma antes de la destrucción, no porque fuera perfecto, sino porque Dios lo consideraba justo. La justicia lo libra de la condenación que cae sobre otros.
  3. La Justicia trae Retribución: Job lo perdió todo en un proceso de prueba, pero como se mantuvo justo, el Cielo emitió una orden de retribución y le fue devuelto el doble de lo que tenía.
  4. La Justicia es la Llave de la Bendición: Cuando eres justo, ya no tienes que perseguir la bendición; la bendición te persigue a ti. Es una consecuencia legal.
  5. La Justicia confirma la Paternidad: El justo no solo es bendecido o amado, sino que es reconocido como hijo de Dios.
En esto conocerá el mundo quiénes son los hijos de Dios: en la práctica de Su justicia. No busques que el mundo te dé la razón, busca que el Cielo te dé el derecho. Nuestro sello de identidad como ciudadanos del Reino debe ser, por encima de todo, practicar Su justicia en cada área de nuestra vida.


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