Maduro enfrenta hoy un escenario de cerco total. Por un lado, la administración Trump lo presiona con un dispositivo naval; por el otro, con un cerco jurídico que permite a la justicia de Estados Unidos intervenir en Venezuela al no reconocerlo como jefe de Estado legítimo, así lo explica Antonio de la Cruz, analista y presidente de Interamerican Trends.
El régimen intenta resistir con gestos calculados: liberar parcialmente presos políticos, reforzar la lealtad militar y denunciar agresiones externas para mantener cohesión interna. Sin embargo, el debilitamiento es evidente: perdió apoyo militar y político, y sus opciones se reducen.
La recompensa de 50 millones de dólares sobre su cabeza convierte a Maduro en un hombre que no puede dormir. Cualquier general, miembro de su círculo o incluso mercenarios ven en su entrega no solo dinero, sino también la posibilidad de negociar con Estados Unidos y garantizar su futuro.
Hoy, para Maduro, quedarse en el poder resulta más costoso que abandonarlo. Ya no cuenta con el respaldo internacional que esperaba, ni Rusia ni Colombia se alinean. Estados Unidos lo considera un usurpador, un jefe de cartel y líder de una organización terrorista. Por eso, advierte De la Cruz, la presencia militar estadounidense no es solo intimidación: hay una misión especial en marcha y Maduro lo sabe. Sus horas están contadas.