Charlas Iglesia ETP | Pastores Luis Salas y Jeannette Noguera, Iglesia ETP

Quiero que hoy pongamos toda la atención a un evento que ocurrió con Jesús y dos mujeres totalmente opuestas: María a los pies del Señor, Martha en medio de sus ocupaciones diarias, alejada totalmente del Señor, con una vida espiritual pobre y con un sin número de actividades.

Dice Lucas 10:38-42 "38 Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. 39 Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. 40 Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. 41 Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. 42 Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.”

Jesús interviene en esta escena y nos dice algo radical: hay una sola cosa por la que realmente debemos preocuparnos. No nos dice que hay diez, ni siete, ni cuatro. Solo una. A lo largo de los evangelios, vemos que a Jesús no le impresionan las actividades de los hombres; A Él le agradan las personas que saben establecer sus prioridades y no solo el hacer por hacer.

Hoy te pregunto: ¿Cuáles son tus prioridades? ¿A qué le estás dando verdaderamente el primer lugar en tu vida? Algunos viven obsesionados con mantenerse activos, pero ese exceso de actividad —ese afán de querer cumplirle a todo el mundo— te está llevando a perder efectividad. Te metes en tantas cosas al mismo tiempo por no saber decir "no", que al final del día terminas dándote cuenta de que no haces bien ni lo uno ni lo otro.

La cultura de hoy nos vende la mentira de que tener una agenda a reventar y vivir permanentemente ocupados es sinónimo de éxito. ¡Gran error! Nos hacen creer que si no nos queda ni un hueco en el día, si no tenemos tiempo para jugar con los hijos o para sentarnos a comer tranquilos, entonces somos personas eficaces. Pero la realidad es que una vida verdaderamente vacía es aquella que está llena de movimiento desde la mañana hasta la noche, corriendo de un lado a otro solo para mantener a los demás contentos.

Si no tienes una mañana tranquila, si perdiste el espacio para preparar un buen café y sentarte a disfrutarlo en paz, o si ni siquiera te permites el lujo de aburrirte un ratico para dejar que la mente divague, has perdido la quietud. Y no lo olvides: los grandes descubrimientos y las mejores decisiones de la vida nacen de la quietud, no del ruido de las exigencias de la gente.

Jesús lo dijo: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar." (Mateo 11:28, RVR1960)

Cristo tiene el poder de darte verdadero descanso, pero mientras sigas concentrado en cumplir las expectativas de los demás, tu vida no va a avanzar. Hay batallas que son buenas, pero tú no tienes que pelearlas todas. Sencillamente, no puedes decirle "sí" a todo el mundo.

¿Y sabes por qué nos cuesta aplicar este principio? Porque en el fondo, nuestro mayor problema es querer quedar bien. Ese afán de decirle que sí a todos y de estar metidos en todo nace de una profunda necesidad de aprobación.

Parece que hoy en día somos especialistas en agradar a todos menos a Dios. Nos obsesiona tanto cumplir las expectativas y llenar las necesidades de la gente, que perdemos de vista a quién debemos rendirle cuentas de verdad...

Quiero contarles un momento específico de lo que vivió un hombre que todos conocemos “Moisés”

En Números 20:12 (RVR1960) "Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado."

Esta fue una dura sentencia para quienes habían acompañado al pueblo casi 40 años; aguantando, caminando y ayudando. Pero, lastimosamente, en ese momento se perdió el foco, se perdió el enfoque y se perdieron los estribos.

Intentar agradar a los hombres a costa de tu relación con Dios es el peor error que puedes cometer. Cuando cedes a la presión de quedar bien, de hacer lo que el mundo te exige y de decir solo lo que otros quieren escuchar, terminas alejándote de tu propósito. Te vas perdiendo hasta llegar a un punto ciego, a un punto de no retorno... tal como le ocurrió a Moisés.

Las consecuencias de agradar al sistema

El asunto es que cuando tratas de agradar a las personas por encima de a Dios, la historia no termina ahí: siempre hay graves consecuencias. Quien vive intentando agradar al sistema, al jefe, a los empleados o a la familia, termina cediendo en sus principios y acabas haciendo lo que no debes solo por encajar. Estás priorizando la opinión y la comodidad de los demás por encima de tu convicción.

He visto a muchos fracasar por seguir el consejo equivocado, por vivir pendientes de lo que el otro dijo, pensó o señaló. Hoy vengo a confrontarte con estas preguntas:

  • ¿Qué importa que la gente ya no quiera caminar contigo?
  • ¿Qué importa que a la gente le moleste la verdad que estás diciendo?
  • ¿Qué importa si te critican por estar siempre hablando del Señor?
Es mil veces mejor agradar a Dios que a los hombres, es mejor agradar a Dios que ceder ante un sistema corrupto que va en decadencia. Hoy en día, por agradar al empleado, le permiten hacer lo que le da la gana; por agradar a los hijos, los hijos terminan gobernando la casa. ¡No! Vamos a tomar la Biblia y vamos a decidir agradar a Dios por encima de cualquiera.

Grábate esto: cuando agradas a Dios, te va bien; cuando agradas a los hombres, siempre te pagan mal. Preocuparte por la aprobación de los demás silencia la voz de Dios en tu interior. Empiezas a escuchar tantas voces y opiniones —que si fulano dijo esto, que si mengano piensa aquello— que terminas haciendo una mescolanza en tu cabeza y perdiendo tu rumbo.

Hoy vengo a decirle a la iglesia: vamos a tener carácter para que podamos escuchar la voz de Dios en el corazón.

Caminar en la ruta de agradar a los demás termina haciéndole daño al propósito que Dios te ha dado. Deja de vivir del qué dirán. Deja de preocuparte por complacer a quienes te rodean. Tu única prioridad debe ser que tu vida le agrade a Dios; lo que piensen los demás no tiene por qué gobernar tus decisiones.

Cuando te paras firme en tus convicciones y aprendes a decir "no", algunos se van a alejar. Hay quienes prefieren huir antes que recibir corrección, y terminan aparentando ser lo que no son. Entiende esto: hay muchos que hablan muy lindo, pero viven muy mal.

El que brilla por fuera es porque tiene talento, pero el que brilla por dentro es el que tiene carácter. No impresiona una buena labia ni la apariencia externa; lo que verdaderamente sostiene tu vida es tener al Espíritu de Dios adentro. Un talento sin carácter te convierte en una persona dañina. Abundan los que tienen a Dios en la boca pero no en el corazón, aquellos que te hablan bonito pero te traicionan cuando ya no te necesitan; son sencillamente Judas disfrazados de Pedro.

Hoy debes tomar una decisión radical: ¡Vas a agradar a Dios! Tu casa agradará a Dios. Tu familia, tu matrimonio y tus hijos agradarán a Dios por encima de la opinión de cualquier hombre. 

La historia de Moises: El costo de agradar a la multitud

Te voy a mostrar lo que le pasó a Moisés en Números 20. Esta es una de las historias más tristes del Antiguo Testamento. El gran líder, el que luchó, el que aguantó las constantes quejas del pueblo y lidió con ellos casi 40 años para llevarlos a la tierra prometida, lo perdió todo en un instante por ceder a la presión de la multitud.

¿Qué estaba pasando exactamente ese día? La congregación se quedó sin agua. Se amotinaron y le reclamaron a Moisés, quejándose de que iban a morir de sed en el desierto junto con su ganado. La presión sobre el líder era aplastante. Agradar a la gente significa correr a satisfacer sus demandas para apagar el incendio del momento, y eso fue exactamente lo que hizo tropezar a Moisés.

Dios le había dado una instrucción clara y directa: tomar la vara, reunir a la congregación y hablarle a la roca a la vista de todos para que diera agua. Pero Moisés estaba saturado por los gritos y la exigencia de la gente. Quiso resolver el problema rápido para calmar la revuelta. En lugar de obedecer a Dios y hablarle a la roca, se dejó llevar por la frustración de la multitud y la golpeó dos veces.

Aquí está el gran engaño de tratar de agradar a los hombres: el agua brotó, el ganado bebió y el pueblo quedó completamente satisfecho. La multitud consiguió lo que quería, pero Moisés quedó en graves problemas. Por alterar la instrucción y no santificar al Señor delante de los israelitas, Dios le dictó la sentencia más dura de su vida: no entraría a la tierra prometida.

Este es el peligro de ceder: cuando tú alteras el diseño de Dios para agradar a la gente, la gente aplaude y queda contenta, pero el cielo se entristece. Muchos de nosotros terminamos satisfaciendo las exigencias de otros a costa de nuestra propia ruina espiritual. Hay personas que prefieren agradar a un cliente o a un jefe antes que a Dios, justificándose con un: "Pero es que de pronto pierdo el trabajo". Te aseguro esto: es mil veces preferible enfrentar la molestia del hombre que perder el respaldo de Dios. Él siempre honrará tu obediencia. 

Cuando tu intención principal es agradar a los hombres, vivirás como un esclavo de lo que piensan de ti. Hoy quiero ser muy directo con cada familia y con la iglesia: la vida cristiana no es un concurso de popularidad. No fuiste llamado para ganarte el premio a la simpatía o para ser el más carismático frente a los demás; fuiste llamado para cumplir y vivir con carácter lo que dice la Palabra del Señor.

Tomar decisiones correctas muchas veces va a molestar a tus hijos, pero tú no fuiste puesto en esa casa para ser popular con ellos, fuiste puesto para ser su autoridad y su ejemplo. Dios no te llamó a complacer a la gente, te llamó a agradarlo a Él. Grábate esto en el corazón: si tu vida le agrada a Dios, el aplauso o el rechazo del resto del mundo pierde total importancia.

Quiero mostrarte dos aspectos de aquel que siempre busca quedar bien con los hombres:

1. Pagarás un alto precio: El verso que leímos revela la dura sentencia de Dios: "Por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado." Imagina la escena: casi tres millones de personas, junto con sus niños y su ganado, gritando desesperados por agua al mismo tiempo.

Moisés estaba al límite. El Señor le dio una instrucción de calma: "Ve y háblale a la roca". Pero la presión de la multitud pudo más. Moisés perdió la paciencia, tomó su vara y golpeó la roca.

¡Y empezó a salir agua! Los niños estaban felices, los animales bebiendo y la gente aplaudiendo a su líder. A simple vista, el problema estaba resuelto. Pero aquí hay un principio espiritual inquebrantable: nunca podrás agradar a Dios si haces las cosas a tu manera. El pueblo quedó contento, pero Moisés se metió en el mayor problema de su vida.

Agradar a las personas dándoles rapidito lo que piden tiene un precio altísimo. ¿A qué costo estás permitiendo en tu casa cosas que sabes que están mal? A veces te justificas diciendo: "Es que mi hijo es el que me ayuda económicamente". No te engañes, el cielo te respaldará con mucho más si tienes el carácter para poner los límites correctos. Entre más permisivo te vuelves para no incomodar a otros, más se aleja la presencia de Dios de ti; tu corazón se enfría y empiezas a ver el pecado como algo normal.

Moisés alteró solo un poco la instrucción, y el Señor le dijo: "No entras a la tierra prometida". Entiende esto: la obediencia parcial es desobediencia total. Moisés le rogó y le suplicó a Dios, pero el Señor le ordenó que no le hablara más de ese asunto. Brotaba agua en abundancia, todos estaban saciados y celebrando, pero Moisés estaba pagando un costo irreversible.

Yo no quiero tener a mi familia contenta mientras mi corazón se arruga de dolor ante Dios. Yo quiero ir con mi familia al cielo y pararme firme para decir: "Mi casa y yo serviremos a Jehová".

2. Pagas con la deformación del propósito: Cuando buscas la aprobación de la multitud, el propósito original que Dios diseñó para ti se deforma. El plan era que Moisés entrara a la tierra prometida, que él mismo viera el fruto tras 40 años de desierto. Pero por ese acto de complacencia, el Señor le dijo: "Ya no eres tú, es Josué. Tú morirás antes de que ellos entren".

El Señor estaba profundamente dolido porque su líder de confianza no lo honró delante del pueblo. Y aquí está la gran ironía de la vida: los mismos a los que intentas agradar hoy, son los que se alegrarán cuando fracases. Esa misma multitud por la que Moisés golpeó la roca, es la primera que te da la espalda y te critica cuando caes.

¡No golpees más la roca por nadie! Ve a la Biblia y aférrate a lo que dice Dios. Es escalofriante pensar que, mientras el pueblo recobraba las fuerzas y celebraba el agua, el alma de Moisés se hacía pedazos en absoluto silencio.

Lo único por lo que vale la pena vivir en esta tierra es por agradar a Dios. Él es el único que jamás te pagará mal. Cuando pasas tu vida intentando mantener a todos felices, el que pierde el gozo y la paz de su alma eres tú. La gente quedará satisfecha, pero tú quedarás en ruinas.

Claro que era más rápido y fácil golpear la roca. Ya lo había hecho años atrás y había funcionado. Pero esta vez la instrucción era diferente. Por irse por el camino fácil para silenciar las quejas de la gente, Moisés alteró todo su destino.

Quiero que te lleves esta pregunta en el corazón para terminar: ¿Cuántas tierras prometidas has sacrificado por agradar a los demás? Si necesitas la aprobación de las personas, esa misma gente que intentas complacer terminará envenenando tu vida.



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