Charlas Iglesia ETP | Pastores Luis Salas y Jeannette Noguera, Iglesia ETP


Lucas 15:11 en adelante

La historia de un amor incomprensible

La historia que estamos por leer es conocida para toda la iglesia, pero hoy quiero que conozcas más el corazón de Abum (término utilizado por Jesús en lengua Aramea cuando hablaba con Dios, término similar en Griego de Abba) y además enseñarte algunos aspectos de esta parábola que Jesús narró.

Con esta parábola, Jesús quiso re enfocar la atención del mundo religioso de su época a la esencia del corazón de Dios.

Lucas 15:11-13 (RVR1960) "También dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada, y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente."


La desfachatez de pedir la herencia

Esta historia nos muestra el día a día de una familia: un padre, dos hijos, una finca, mucha abundancia y mucho trabajo. Pero, de un momento a otro, el hijo menor tiene la desfachatez y el atrevimiento de pedirle a su padre su parte de la herencia en vida.

Al pedir esto, está comprometiendo incluso la economía de su padre, ya que al dividir la herencia, el anciano tiene que entregar una gran parte de su patrimonio. Pensemos por un momento en el dolor que le causó; el padre pensaba que su hijo estaba feliz trabajando a su lado, y de pronto recibe este golpe de exigirle lo suyo. Esto nos hace entender que, cuando el muchacho regresa, lo que queda en la finca es realmente la parte del hijo mayor. Las implicaciones son muy fuertes, en el fondo es decirle a su padre: "no me importa cómo sobrevivas en tu vejez, yo quiero mi mundo, mi vida, mis derechos, lo mío; no me importas tú". 

El hijo menor hizo exactamente lo opuesto a este mandato: deshonró a su padre al máximo nivel, tratándolo como si ya no le importara su vida.

Al romper ese mandamiento, automáticamente se desconectó de la promesa. Por eso la historia da un giro tan drástico: como no honró a su padre, no le fue bien. Perdió su dinero, perdió su dignidad y terminó en la ruina deseando comer lo que le daban a los cerdos.

La iglesia tiene que entender que honrar a los padres y a Dios no es solo un tema de reglas o respeto, sino de protección y bendición para nuestro propio futuro. 

¿Cuántas veces hacemos nosotros lo mismo? Nos acercamos exigiendo nuestros derechos, buscando nuestras bendiciones y “nuestra parte”, pero olvidándonos por completo de cuidar nuestra relación con quien nos lo da todo. “Hoy en día la falta de honra a los padres está acabando con la vida de los hijos, llevándolos a brotes de maldición, enfermedad, ruina, dolor, sufrimiento; La Palabra dice en Efesios 6:2-3 “Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.”


La seducción de una ciudad lejana

Cuando trato de averiguar qué pasó en el corazón de este muchacho, me lo imagino en sus años de juventud, trabajando duro de sol a sol, limpiando establos y recogiendo cultivos. Su padre pensaba que estaba formando a un heredero, pero no sabía que, en el fondo, alguien le había robado el corazón a su hijo.

El plan estaba amañado; cuando pidió la herencia, ya sabía a dónde ir: a una ciudad distante, lo más lejos posible de su papá. Me lo imagino recostado en la cerca de la finca, viendo a la gente pasar y escuchando historias sobre la ciudad de la diversión, ese lugar donde la vida comienza justo cuando el sol se oculta. Al ver las luces de esa ciudad noche tras noche, comenzó a soñar. Poco a poco, su corazón se fue despegando de su padre, sin darse cuenta de que, al hacerlo, perdía su propia identidad. Creía que no tenía nada, pero en realidad lo tenía todo en el amor de su papá.

La lejanía con el Padre no comienza con un viaje físico, sino con una mirada constante hacia lo que el mundo ofrece. Es la tragedia de olvidar quiénes somos y menospreciar el amor incondicional por culpa de un espejismo.


El origen de nuestro valor y propósito

Esta historia del hijo pródigo, en la cual él pierde la conexión con su padre, es nuestra propia historia. A veces, teniéndolo todo, te dejas engañar por la seducción del enemigo que te susurra: "No necesitas depender de tu Padre para llegar a alguna parte, puedes hacerlo por ti mismo". Al dejarte seducir y rebelarte, pierdes el vínculo y tu propia identidad.

Tú vienes del aliento del padre, él fue el que sopló en nosotros y nos hizo seres humanos, y tenemos dignidad porque venimos de Dios, porque venimos de él. Él es tu fuente, él es el que te da propósito y te da identidad. Cuando tú estás conectado con él, recibes el sentido, propósito, fuerza y sueños de Dios que le dan sentido a tu vida. Pero cuando te rebelas contra él, pierdes el tesoro más grande. Y aunque el pródigo peleó por una cosa material porque lo material le había robado el corazón, en realidad perdió lo más valioso que era la amistad de él con su padre.

La Palabra nos recuerda en Santiago 1:17 (RVR1960): "Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación."

Todo lo bueno y perfecto desciende a ti de parte de Dios tu padre, quien creó todas las luces de los cielos, él nunca cambia ni varía como una sombra en movimiento. Él es perfecto, él es luz, él es tu fuente, él es tu defensa, él es tu abogado, él es tu Dios, él es tu padre, tu mejor amigo, él es tu refugio, él es tu casa, él es tu Señor. Y el pródigo nunca entendió que desligarse del Padre, lo perdió todo, porque el que tiene al padre lo tiene todo.

Qué triste cuando peleas por cosas, porque quieres que el padre te dé cosas a costa de él, cuántas veces buscas bendiciones sin darte cuenta de que, el que tiene al dador de las bendiciones lo tiene todo. Si tú has probado cualquier cosa buena y edificante, probaste un regalo que sólo viene de Dios. El tener el amor de un padre, de una madre, lo inventó Dios. El poder tener el beso de una amada, lo inventó Dios. El besar a un hijo en la frente, lo regaló Dios. Tu salud la regala Dios, la bendición en los negocios lo regala Dios, el salir en la vida adelante es un regalo de tu Padre celestial. Cuenta tus bendiciones porque detrás de esas bendiciones está tu Padre celestial.

La peor tragedia humana no es perder cosas materiales, sino perder nuestra identidad y nuestro propósito al desconectarnos de nuestra única fuente de vida: nuestro Padre celestial. El que tiene al Padre, lo tiene absolutamente todo.


La ilusión del mundo y la verdadera miseria

El hijo pródigo pensó que la vida era hacer lo que le daba la gana, lejos de la obediencia. Pero quien se desliga del amor del Padre, se somete a la esclavitud de sus propios deseos.

Lucas 15:14-16 (RVR1960) "Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba."

Regresa no como un noble, sino como un reo: sucio, rapado y maloliente. El mundo nos engaña haciéndonos creer que vivir alejados de Dios es libertad, pero nos encadena a la búsqueda de fama y de posesiones. Nos pone a competir con todos para demostrar que valemos algo, dejándonos desnudos y en miseria espiritual. El que busca identidad en las cosas del mundo sufre del síndrome del hijo pródigo: vive tratando de comprar valor a través de cosas.

Terminó cuidando cerdos —el trabajo más maldito e inmundo para un judío en aquella época—. Le llegaron a parecer manjares las comidas podridas de los animales. No hay cuadro más gráfico de la vida espiritual: cuando sacas a Dios de la ecuación, te quedas completamente vacío.

Alejarse del amor del Padre no te hace libre; te encadena a un mundo donde tu valor se mide por lo que tienes, y cuando te quedas sin nada, el mundo te desecha, dejándote en la miseria más profunda.


El milagro del arrepentimiento

Lucas 15:17-18 (RVR1960) "Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre..."

Ese, iglesia, es el milagro más asombroso que un ser humano puede experimentar. Es ese instante glorioso en el que, después de haber despreciado a Dios, después de haber malgastado hasta la última gota de tus bendiciones revolcándote en el mundo, una luz resplandece de golpe en medio de tu noche más oscura. Es cuando algo se quiebra por dentro, entras en razón y declaras: "Hay una mejor manera de vivir. Yo no pertenezco a este fango, yo no nací para comer esta basura. ¡Yo sé que todavía tengo un Papá!"

Escúchame bien: una sola decisión cambia tu historia para siempre. No puedes viajar al pasado para borrar tus malas decisiones; no puedes deshacer lo que ya se rompió. Pero hoy tienes el poder de hacer el acto más valiente de todos: arrepentirte, dar media vuelta y comenzar a caminar en dirección a casa.

No importa qué tan profundo sea el hoyo, ni cuánta basura del mundo tengamos encima; un solo momento de claridad espiritual y una decisión valiente de dar media vuelta son suficientes para reescribir nuestro destino en los brazos del Padre.


El abrazo incondicional

Lucas 15:20 (RVR1960) "Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó."

Siempre me he imaginado a ese papá, asomado todos los días por la ventana, con la mirada clavada en el horizonte, mirando hacia esa ciudad que le había robado a su muchacho. Y de repente, cuando vio esa silueta cojeando a lo lejos, derrotada y sucia, ese hombre rico, respetado y bien puesto, no aguantó las ganas. No le importó el protocolo, no le importó el "qué dirán" de los criados ni de los vecinos; se levantó el manto y salió corriendo. Porque escúchame bien: cuando de misericordia se trata, Dios no se queda de brazos cruzados esperando a que tú llegues hasta donde Él está. Él sale corriendo, te alcanza en el camino, te envuelve en un abrazo y te susurra al oído: "Te estaba esperando". El corazón de Dios Padre nunca, jamás, deja de latir por nosotros.

El hijo venía ensayando un discurso, traía un plan de negociaciones bajo el brazo para pagar su deuda, pero el Padre, con un beso, le tapó la boca. El arrepentimiento es arrepentimiento, y el perdón es perdón. No tienes que intentar reparar nada con tus propias fuerzas, porque la gracia no se compra ni se paga con obras. Dios nos recibe hoy con la firmeza protectora de un padre, pero también con la dulzura infinita de una madre que consuela al hijo que había perdido el camino.

La gracia no espera a que te limpies: corre hacia ti y silencia tu culpa con un abrazo. El amor de Dios no es pasivo ni rencoroso; no exige penas ni negociaciones para perdonar. Antes de que podamos pedir disculpas o tratar de saldar nuestra deuda con obras, Su misericordia nos alcanza y restablece nuestra posición de hijos.

Y para confirmar este amor inagotable que nos envuelve, miremos lo que nos dice el Señor:


No se puede comprar el amor del Padre

Dios no te busca por lo que puedas hacer por Él; Dios te busca, sencillamente, porque eres "Su hijo". Muchas veces queremos ganar puntos con Dios mediante buenas obras, largas oraciones y mucho servicio. Muchas veces hemos tratado de comprar Su amor, pero hoy tienes que aprender algo fundamental: la gracia se recibe sin pagar absolutamente nada, o simplemente no la tienes.

Quizás tú que me escuchas eres alguien que trata de ganar el amor de Dios acumulando puntos, o vives mendigando el reconocimiento de otros para sentir que vales algo. O quizá estás como el hijo pródigo, despilfarrando lejos de casa lo que el Señor te entregó. Sea cual sea tu caso, hoy te invito a recordar esto: hubo Alguien que también salió de Su casa en el cielo, pero no lo hizo por rebelión; salió por puro amor para buscar a los que estábamos perdidos. Jesús dio absolutamente todo en una cruz por ti, y resucitó para llevarnos de regreso directo al corazón del Padre.

Hoy es el día para rendirse. Deja de pelear, suelta tus cargas y, simplemente, déjate envolver por Su inmenso abrazo de gracia y perdón.

La historia del hijo pródigo, es en realidad la historia del Padre pródigo, el que derrocha amor por sus hijos: El que lo dio todo, el que dio perdón y el que restauró, porque así de inmenso es nuestro Padre. Esa historia es el reflejo exacto de nuestra salvación.

Los que salimos de casa sin razón somos nosotros. Pero hubo Alguien que también salió de Su casa en el cielo; Él salió por puro amor al Padre para buscar a los que se habían perdido. Y Él entregó todo lo que el Padre le había dado, dándose absolutamente todo en una cruz, hasta la última gota de sangre por ti. Y al tercer día, resucitó de entre los muertos para tomarnos de la mano y llevarnos de regreso al corazón de nuestro Padre.

Si estás cansado de buscar en el mundo, en tus propios placeres y en tus rabietas. Si estás cansado de tu rebelión contra Dios y hoy te das cuenta de que Él, con lazos de amor, te trajo hasta aquí. Si hoy quieres regresar al corazón de Dios Padre, entregarle tu vida y deja que Él te cubra con su manto de perdón y misericordia.

Levanta tu voz: Papá, yo regreso a ti. Recíbeme, límpiame, enséñame a caminar como tu hijo, porque eso es lo que soy. Gracias por hacerme tu hijo. Me arrepiento de querer ganar mi valor con cosas; hoy simplemente recibo tu amor. Enséñame cómo vivir bajo tu techo, que todo lo que salga de mí sea por amor y no por temor. Gracias porque soy tu hijo amado. Yo sé quién soy: soy amado y te tengo a ti, mi Padre. Tú eres mi identidad, tú eres mi herencia, tú eres mi Dios. En el nombre de Jesús, amén."


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