Roberto Marrero, exsecretario de la Asamblea Nacional y ex preso político del régimen de Nicolás Maduro, habla desde la experiencia límite: la cárcel, el exilio y la certeza de que la reconstrucción de Venezuela no será solo económica, sino moral y espiritual.
Marrero pasó más de 500 días detenido en los calabozos del SEBIN, un período que, asegura, marcó su vida y redefinió su visión sobre la represión y el silencio internacional frente a la tragedia venezolana.
“Tengo un agradecimiento personal con el presidente Donald Trump”, afirma. “Estando yo preso, mi caso fue el preso político que tuvo más repercusión internacional en cuanto a sanciones”.
Ese respaldo, asegura, fue inmediato y contundente. “A la semana, mi esposa y mi hermana estaban reunidas en el Salón Oval, atendidas por el presidente Trump. Él le dio volumen y apoyo a mi caso, que al final del día es la causa de todos los presos políticos”.
Marrero no esquiva la polémica y marca distancia con la actual administración estadounidense. “Habrá formas que no les gusten a algunos, sin duda. Pero me gustan más esas formas que las de Joe Biden, que entregó a los sobrinos, que entregó a Al-Asad”, dice con dureza.
Sobre su tiempo en prisión, admite que hubo momentos de verdadero temor. “El 30 de abril tuve miedo. Vi a Leopoldo, vi a Guaidó, vi algunos militares. Cuando me di cuenta de que eran Guardia Nacional, entendí que faltaba el componente real para un quiebre. Esa noche fue muy dura, con traslados, requisas, momentos complicados”.
Por eso insiste en que la transición no puede postergarse. “Los presos políticos son la reserva moral democrática de Venezuela. Hay que liberarlos a todos, absolutamente a todos. Y que los exiliados puedan volver, hacer política, reconstruir”.
Marrero advierte que el desafío mayor no será económico. “El país económico es fácil de reconstruir. El país social también. El país político no. Queda herido, quebrado. Hay que avanzar hacia una transición, hacia una amnistía, hacia la reparación de las víctimas”.
Y concluye con una idea que atraviesa su testimonio: “No solo hay que reconstruir un país. Hay que curar el alma. Curarnos el alma como sociedad. Porque sin eso, no hay regreso a casa posible”