Exclusivas de La Gaceta
Cumplí 50 años hace unos días y pensé en una sola cosa: el Halley. Tarda unos 76 años en volver por estos pagos. Pero el asunto no es suyo. Como se dice ahora: “No sos vos, soy yo”. Lo que importa es la cantidad de historia que nosotros hacemos entre dos de sus visitas. Halley acelera, claro, pero mucho menos que nosotros. Reconstruyamos un poco las vidas de los dos Halley.El físico y astrónomo del que el cometa heredó el nombre fue, digamos, Edmund Halley. Pero ojo: aquí aparece la primera enorme curiosidad. En verdad, no sabemos muy bien cómo se llamaba. Su apellido aparece en los registros de siete maneras: Hailey, Hayley, Haley, Haly, Halley, Hawley y Hawly. La ortografía inglesa todavía no estaba fijada, pero él tampoco ayudaba. Firmó Edmund veintidós veces, Edmond apenas tres y alguna vez Edmundus, en latín. Ni siquiera sabemos con seguridad cómo pronunciaba su apellido. Hoy, la pronunciación más habitual rima con valley. El hombre que dedujo que tres cometas eran uno solo nunca pudo hacer lo mismo con su propio nombre.Pero Halley no se convirtió solamente en cometa. Con un nombre tan inestable, parece haberse propuesto buscar regularidades en todas las cosas que se movían. En 1686 publicó el primer mapa de los vientos dominantes en los mares tropicales. Un mapa que no dice dónde está el viento, porque el viento no se queda en ninguna parte, sino por dónde acostumbra pasar.Después se sumergió dentro de una campana de buceo que recibía aire desde la superficie. Una enorme campana de aire en las profundidades. El experimento le dejó uno de los primeros casos registrados de barotrauma del oído medio. Una gran idea, salvo para sus oídos. Y no terminó ahí. También imaginó que la Tierra era hueca y que las auroras boreales eran vapores luminosos que escapaban de su interior. Le inventó un aire al planeta por dentro.En 1705 comparó las apariciones del cometa de 1531, 1607 y 1682. Donde todos habían visto tres visitantes distintos, él vio un solo cuerpo que regresaba. Calculó que volvería alrededor de 1758, una fecha que ya quedaba fuera de su alcance. La noche de Navidad de 1758, un astrónomo aficionado encontró al cometa en el cielo. La cuenta había salido bien.¿Y si nos ponemos en el lugar del cometa?Quizás no le sorprendería haber sido temido. Al pobre lo señalaron como anuncio de pestes, guerras y derrotas. Apenas veían un cuerpo celeste nuevo y barbudo, corrían, rezaban y cerraban las puertas.Lo que sí puede haberlo desconcertado es haber advertido que quienes lo observaban ya no miraban solamente hacia arriba. También se miraban entre ellos, admirados de su propia astucia. Ya no parecían decir «llegó un nuevo presagio», ni siquiera «ahí está», sino «teníamos razón». Quizás el cometa pensó que su regreso les importaba menos que el hecho de haber acertado.A la vuelta siguiente ya debe haber estado seguro de que lo esperaban. Tal vez entonces llegó a creer que, en adelante, se esforzarían por mostrarle en cada regreso su mejor imagen. El cometa se convirtió un poco en una medida de nuestras vidas. Debe de haber escuchado más de una porteñada del tipo «Mirá, pibe, ojo que yo tengo dos Halley», para hacer valer la experiencia, o «a ese le falta un Halley», directamente para descalificar.Volverá en 2061. Pienso que no puede evitar cierto entusiasmo y algo de miedito cuando imagina qué encontrará. O a quién. Debe saber que esto de la humanidad es bastante, bastante volátil.