Exclusivas de La Gaceta
Durante mucho tiempo contamos la llegada de un hijo como una historia que ocurría casi exclusivamente en el cuerpo de las mujeres. Y tenía sentido. El embarazo transforma el cuerpo, altera hormonas, modifica rutinas y hasta remodela el cerebro. Todo eso está documentado, estudiado y forma parte del relato cultural que aprendimos sobre la maternidad. Pero hay una parte de la historia que quedó durante años fuera de escena: los hombres también cambian.No se trata solamente de una transformación emocional ni de una decisión asociada a nuevas formas de crianza. La ciencia viene acumulando evidencia de algo bastante más profundo: la paternidad también modifica el cerebro de los hombres.Quizás una de las ideas más arraigadas que heredamos sea que los hombres ayudan mientras las mujeres cuidan. Que la conexión materna es biológica y la paterna una construcción posterior. Como si existiera un instinto maternal y, en el mejor de los casos, una voluntad paternal.Los estudios más recientes obligan a revisar esa mirada. El antropólogo estadounidense Lee Gettler, director del Laboratorio de Hormonas, Salud y Comportamiento Humano en la Universidad de Notre Dame en Indiana descubrió que los hombres comienzan a experimentar cambios hormonales incluso antes del nacimiento de sus hijos. Durante el embarazo de sus parejas disminuyen sus niveles de testosterona, una hormona habitualmente asociada a la competencia y la agresividad.La explicación resulta fascinante. Lejos de ser un problema, esa disminución parece funcionar como una preparación biológica para el cuidado.Los padres que muestran una caída más pronunciada de testosterona suelen involucrarse más en la crianza, responden con mayor sensibilidad al llanto de los bebés y participan más activamente en las tareas de cuidado durante los primeros años.La biología, en otras palabras, parece estar empujándolos hacia la ternura. También aumenta la oxitocina, conocida popularmente como la "hormona del amor". Es la misma sustancia química que suele asociarse al parto, la lactancia y el vínculo entre madre e hijo. Sin embargo, los estudios muestran que también se incrementa en los padres cuando sostienen a sus bebés, juegan con ellos o simplemente pasan tiempo a su lado.La relación funciona como un círculo virtuoso: cuanto más contacto existe, más oxitocina se libera; y cuanto más oxitocina circula, mayor es el deseo de interactuar y cuidar. La conexión no aparece mágicamente. Se construye. Pero mientras se construye, el propio cuerpo colabora.Quizás por eso otro descubrimiento resulte todavía más provocador: los cerebros de los padres primerizos también cambian. La psicóloga estadounidense, Darby Saxbe, realizó resonancias antes y después del nacimiento de un hijo, y encontró modificaciones en áreas vinculadas con la atención, la empatía y la interpretación de señales sociales. Es decir, el cerebro se adapta para responder a las nuevas demandas de la crianza.Saxbe lo describe como una especie de segunda adolescencia. Una etapa de reorganización neuronal en la que el cerebro se vuelve más flexible para incorporar nuevas responsabilidades y formas de vincularse.La comparación no es exagerada. La llegada de un hijo obliga a aprender un lenguaje completamente nuevo: interpretar llantos, anticipar necesidades, detectar señales mínimas de malestar o bienestar. Es un entrenamiento emocional permanente.Sin embargo, hay un detalle que aparece en la investigación de Sarah Hrdy, la primatóloga estadounidense que escribió “Father Time”: estos cambios no son automáticos.Existe una regla sencilla. Cuanto más participa un padre, más se activa esta transformación.Los hombres que asisten a controles médicos, acompañan el embarazo, toman licencias, sostienen a sus bebés y comparten el cuidado muestran cambios más profundos que quienes permanecen al margen.La biología parece ofrecer una capacidad. Pero necesita ser ejercida. Y ahí aparece quizás la enseñanza más importante de toda esta evidencia científica. Durante décadas discutimos si los hombres podían involucrarse más en la crianza. Tal vez la pregunta correcta sea otra: ¿qué sucede cuando no les damos la oportunidad?Porque si la paternidad también transforma cuerpos, hormonas y cerebros, entonces las licencias por paternidad dejan de ser un beneficio laboral para convertirse en una herramienta de salud familiar. La presencia temprana se convierte en una inversión afectiva con efectos concretos sobre madres, padres e hijos.Los cambios culturales de los últimos años nos acostumbraron a escuchar que los padres deben involucrarse más. La ciencia empieza a mostrar algo diferente. Están biológicamente preparados para hacerlo.Quizás una de las herencias más difíciles de abandonar sea esa vieja idea de que el cuidado pertenece naturalmente a las mujeres. La naturaleza, al parecer, tenía otros planes.