Yo soy Jonathan Ruiz Torre y durante este siglo he investigado sobre personajes disruptivos en Norteamérica. Me leyeron en Milenio, Reforma, El Financiero... y ahora en El Economista.
No me paguen en dólares
Por favor, en pesos mexicanos. Hasta nuevo aviso. Si me deben algo, no me vayan a pagar en dólares en lo que los estadounidenses aclaran qué demonios está pasando en la Casa Blanca.
Donald Trump cumple un año de regreso en la presidencia y, desde entonces, el dólar perdió 13% frente al peso mexicano, 12% frente al real brasileño y otro tanto frente al euro. La moneda que durante décadas fue refugio hoy se desliza como si también estuviera en campaña.
Una de las razones es tan técnica como simple: los bancos en Estados Unidos pagan cada vez menos intereses a quienes ahorran. Y eso no ocurre por accidente.
En principio —ojo con ese “en principio”— responde a lo que hace su banco central, la Reserva Federal, la institución encargada de imprimir y distribuir dólares. Por ley, su tarea es usar ese poder para acelerar o frenar la economía. Cuando hay demasiado dinero circulando y los precios se disparan, subir tasas enfría el ánimo. Cuando la economía se desacelera, bajarlas anima el gasto.
Hoy la Fed considera que la economía va bien y ha reducido la tasa que cobra a bancos como Citi. Resultado: los bancos pagan menos a los ahorradores y cobran menos a los deudores. Menos incentivos para guardar dinero, más ganas de gastarlo. Menos intereses por pagar, más compras. Más compras, una economía que “se ve” mejor. Y una economía que se ve mejor suele traducirse en más votos para el partido del presidente, justo en un año electoral.
Trump persigue eso. El problema es que la bonanza puede ser artificial.
Cuando todos gastan porque el crédito es barato, los saldos se inflan y los atrasos llegan puntuales. ¿Cómo anda su tarjeta?
Por eso existe un grupo dentro de la Reserva Federal encargado de decidir con cautela si las tasas deben seguir bajando. Lo encabeza Jerome Powell, quien efectivamente las ha reducido durante los últimos 12 meses: del rango de 4.75–5.00% al de 3.50–3.75%.
Para Trump eso es insuficiente. Lleva meses exigiendo que bajen aún más, incluso hasta 1%. Algunos analistas creen posible un descenso adicional, quizá a 3%. Pero una tasa de 1% sólo se ve en crisis profundas, como la pandemia, cuando se pisa el acelerador sin mirar el parabrisas.
Y entonces ocurrió lo inaudito.
El Departamento de Justicia, bajo el gobierno de Trump, lanzó una investigación criminal contra Powell. El propio presidente de la Fed respondió que se trata de una táctica de intimidación para forzarlo a bajar las tasas.
La ironía es elegante: fue el mismo Trump quien lo nominó en 2017. Hoy parece cansado de un funcionario que se ampara en la independencia del banco central.
La investigación presiona a Powell, pero sobre todo al sistema. Y amenaza algo que en Estados Unidos era sagrado: que el banco central tome decisiones sin recibir llamadas nocturnas del presidente.
Ese tipo de escenas son comunes en países con instituciones frágiles. No en el país cuya moneda sostiene buena parte del comercio mundial.
Más presión política sobre la Fed implica más miedo a una mayor devaluación del dólar. Y cuando el miedo aparece, el dinero busca refugios viejos y nuevos. El oro vuelve a cotizar en máximos históricos.
No es recomendación de inversión, pero por si acaso, ayer volví a comprar un poco de Bitcoin: ronda los 95 mil dólares tras tres días de escalada.
Y por si faltara algo, Trump también lanzó otra granada esta semana: un tope a las tasas que los bancos pueden cobrar a sus clientes. Suena noble, hasta que uno recuerda que eso puede dinamitar el modelo de negocio bancario, hundir acciones y abrir la puerta a una crisis financiera.
Así que insisto.
Páguenme en pesos.
Al menos hasta que quede claro cómo exactamente espera Trump que todo este relajo termine beneficiando a su país. Por ahora, se parece más a una campaña electoral financiada con la estabilidad del dólar.
Y esas, casi siempre, las termina pagando alguien más.