Diccionario sonoro que recoge los nombres, historias y lugares protagonistas de la emocionante aventura que representa la música contemporánea desde su creación a la actualidad. Más información: march.es/contemporanea
OLIVIER MESSIAEN
Compositor y organista (Aviñón, 10 de diciembre de 1908 – París, 27 de abril de 1992).
Olivier Eugène Prosper Charles Messiaen es hijo de literatos: su padre, Pierre Messiaen, es profesor y traductor de Shakespeare; su madre, Cécile Sauvage, es poetisa. Dos poemas suyos, de hecho, profetizarían el futuro artístico del músico; eso asegurará Messiaen acerca de ‘L’âme en bourgeon’ y ‘Tandis que la terre tourne’, escritos previamente a su nacimiento. Sea como sea, él comienza su formación como organista y compositor con once años, bajo la tutela de Paul Dukas, Marcel Dupré, Maurice Emmanuel y Charles-Marie Widor, en el Conservatorio de París.
Publica su primera obra aún siendo estudiante: ‘Préludes pour piano’. Ocho preludios en los que se atisba su interés por los ritmos palindrómicos —no retrogradables—, y los modos de transposición limitada. En 1931, ocupa el puesto de organista en la Iglesia de la Santa Trinidad de París y, durante ese año, escucha por primera vez un gamelán, conjunto instrumental de percusión indonesio. Esto despierta su gusto por la percusión y la tímbrica de los instrumentos no occidentales.
Como en tantos otros músicos de su generación, la II Guerra Mundial determina su biografía. Durante la caída de Francia por la invasión de la Alemania nazi, Messiaen es encarcelado como prisionero de guerra. En su cautiverio compone ‘Quatuor pour la fin du temps’; obra para piano, violín, violoncello y clarinete. Son los instrumentos que tiene a su alcance, y que un guardia del campo, de nombre Karl-Albert Brüll, pone a su disposición. Emociona saber que esa pieza, que es la que ahora está sonando, se estrena el 15 de enero de 1941, con interpretación de cuatro músicos prisioneros, en el campo ‘Stalag VIII-A’ en Görlitz, Baja Silesia. Esta música conmueve tanto a Brüll que este se decide a falsificar la documentación necesaria para liberar a Messiaen.
De vuelta en París, comienza a trabajar como profesor de armonía y composición en el Conservatorio, puesto que mantiene hasta 1978 (y, por cierto, oficio que también ejercerá en Darmstadt entre 1950 y 1953). Su alumnado va a incluir nombres tan importantes como Pierre Boulez, Yvonne Loriod, Karlheinz Stockhausen, Iannis Xenakis, Ida Gotkovsky, William Bolcom y George Benjamin.
En estos días también escribe su libro ‘Técnica de mi lenguaje musical’, que aparece en 1944. Este lenguaje se basa en la utilización de ritmos complejos y de armonías y melodías propias de los modos de trasposición limitada, que él mismo configura. Acerca de los aspectos que definen la obra de Messiaen, citaremos su hondo catolicismo –perfectamente conciliado con el hinduismo– y su gran conocimiento del canto de los pájaros, que incorpora por primera vez en el ‘Cuarteto para el fin del tiempo’ y que figura en toda sus obras posteriores a 1950. Pero no nos anticipemos.
A mediados de los 1940, después de componer un tríptico sobre la leyenda de ‘Tristán e Isolda’ que dedica al amor humano como contraposición al amor divino –ciclo que comprende ‘Harawi. Chant d’amour et de mort’, ‘Turangalîla Symphonie’ y ‘Cinq rechants’–, Messiaen experimenta con la música concreta y el serialismo que, desde la experimentación de modos y otros elementos, lleva a su terreno para generar sonoridades propias.
Forma parte de su sensibilidad la sinestesia: para él la música no es tonal, modal o serial, sino con color o sin color. “Yo hablo con frecuencia del color, pero este no existe más que gracias a nuestros ojos. Igualmente, los músicos hablan del sonido, pero el sonido solo existe gracias a nuestros oídos”, cuenta en una entrevista al crítico Claude Samuel.
Puede entenderse hasta qué punto este talento de la sinestesia enriquece su imaginario si consideramos el gusto del compositor por la naturaleza y los pájaros, en particular. Transcribe sus trinos en obras como ‘Réveil des oiseaux’ (1953); obra para piano y orquesta que se compone casi íntegramente de cantos que se pueden escuchar entre la medianoche y el mediodía en el macizo del Jura, al Norte de los Alpes.
Otro elemento que hace reconocible a Messiaen es el uso de la simetría en sus obras. A través de ella relaciona armonía, tiempo, ritmo y tonalidad; y así, desarrolla alguno de los elementos propios de su lenguaje musical, como los ritmos palindrómicos en combinación con secuencias armónicas, los ritmos por adición y las duraciones cromáticas.
‘La transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo’ (1969) es una obra para siete instrumentos solistas –piano, cello, flauta, clarinete, xilorimba, vibráfono y marimba–, orquesta de 109 músicos, y coro de 100 voces. Hasta ese momento, ningún compositor del siglo XX ha compuesto para tal cantidad de músicos. La obra se estructura en 14 movimientos divididos en dos partes de siete, llamados ‘Septénaires’, que meditan sobre la Transfiguración de Cristo.
Durante el trascurso de la obra la percusión solista es tratada como emulación del gamelán balinés y los textos, que pertenecen al Evangelio, a la ‘Suma Teologica’ de Santo Tomás de Aquino, y a otros textos bíblicos, parecen recordar a un oratorio. Sin embargo, el tratamiento de las voces no es individual, ni dramático, y los recitativos, de carácter grupal, son el estilo vocal más destacado.
Otra colosal obra en el haber de Messiaen es ‘Saint-François d’Assise’, encargo para la Ópera de París en 1975, que tarda ocho años en concluir. Se encarga de su desarrollo al completo, desde el libreto hasta la orquestación. En el momento de su estreno se especula con que puede ser su obra de despedida, pero aún queda por llegar una colección mayor de piezas de órgano, ‘Livre du Saint Sacrement’, y otras piezas para piano y orquesta. La última obra de Messiaen queda inconclusa a su muerte. Se trata de ‘Concert à quatre’ (para flauta, oboe, piano y orquesta). Ya ausente Messiaen completa la orquestación del último movimiento su esposa, la pianista Yvonne Loriod.
El canto de los pájaros fascina a Messiaen desde muy joven, desde aquellos días en que estudia con Paul Dukas, y este se empeña en que sus pupilos «escuchen a los pájaros». Cuatro décadas después, en 1952, solicitan a Messiaen una pieza para flauta para ser interpretada en los exámenes de acceso al Conservatorio. Él, que sostiene que los pájaros son los mejores músicos, entrega este ‘Le merle noir’, pieza para flauta enteramente basada en el canto del mirlo.