Exclusivas de La Gaceta
Borges aborrecía el fútbol. Despreciaba las pulsiones que despertaba. No vio la final del 78. No podía verla por el deterioro progresivo de su vista que solo le permitía percibir manchas de colores, luces y sombras. Sin embargo, cuando un acontecimiento despertaba su curiosidad pedía que prendieran el televisor y que alguien le narrara lo que allí se transmitía. Lo hizo el 20 de julio de 1969, cuando llegó el hombre a la Luna. Pero la tarde de 1978 en que la selección argentina se consagró campeona del mundo no tuvo interés alguno. Horas después -recordó hace unos días Marcelo Gioffré - un periodista le dijo: “Les ganamos a los holandeses”. “Bueno –replicó Borges-, yo no siento que le haya ganado a Erasmo de Róterdam”.Borges, para muchos, le terminaría ganando a Erasmo en un hipotético ranking histórico de quienes construyen ideas y estética con palabras. Para rematar, después de la muerte del escritor argentino, una compatriota suya conquistaría el corazón de un príncipe holandés y luego el de una nación que la adoptaría como reina.Campaña “anti-Messi”: por qué el caso expone la vulnerabilidad de todos en las redesEl autor de El Aleph fue a Suiza a morir, un país alejado de los fanatismos que lo ahuyentaban. Murió el 14 de junio de 1986, y desde ese día ingresó a un panteón que tornó perimidas las discusiones que lo tenían como protagonista en vida. Ocho días después, Diego Maradona hizo la jugada y el gol más estéticos de la historia del fútbol.A partir de entonces la Argentina quedó asociada a estas dos figuras con innumerables contrastes. El mayor escritor de una época y un artista exquisito en el manejo de una pelota con los pies. Así como Borges no podía distinguir la genialidad de Maradona, seguramente este último no podía apreciar plenamente la del primero. Y eso se repitió en quienes no lograban entender la pasión que desata la arbitrariedad de establecer que 22 jugadores deben disputar una pelota para marcar tantos dentro de dos rectángulos enmarcados por tres postes y una línea de cal sobre el pasto. ¿Por qué ese juego se transformó en un extraordinario catalizador de emociones, en disparador de celebraciones catárticas y multitudinarias, en espejo de identidades nacionales? Otros se preguntan por el misterio de la conmoción interior que genera la combinación de ciertas palabras plasmadas en hojas de papel. ¿Por qué esos malabarismos lingüísticos, desprovistos de fines prácticos, impulsan a tantos a persistir con esas inutilidades y hace que millones se sientan transformados definitivamente?En 1965, Borges decidió viajar a Santa Fe, impulsado por su amiga María Esther de Miguel, para dar una charla a un grupo de estudiantes del colegio La Inmaculada, convocado por un profesor de literatura de 28 años, un jesuita que se llamaba Jorge Bergoglio. Borges terminó prologando un libro de cuentos escritos por esos chicos santafesinos e inició una amistad con el religioso, tejida a través de periódicas charlas en su departamento de la calle Maipú. “Hay algo que me alarma un poco; tiene tantas dudas como yo” le dijo, entre risas, Borges a Roberto Alifano. “Solo un hombre de espiritualidad puede escribir así”, dirá, a su vez, Bergoglio sobre el escritor que se definía agnóstico.Mia Khalifa volvió a apuntar contra Argentina y se burló de Enzo Fernández tras el Mundial 2026Hincha fanático de San Lorenzo, Bergoglio sí veía los mundiales. Gozó el del 86 –“un poeta en la cancha con fragilidades fuera de ella” dijo sobre Maradona- pero después de la final de Italia 90 prometió no verlos más. “No es bueno para el corazón”, concluyó. Cumplió hasta el final –recibió a un grupo de pilotos de Alitalia mientras se desarrollaba el último partido de Qatar- y dejó alguna definición: “Cuando el fútbol deja de ser un juego, pierde su alma”.La torre más visiblePocos días después del primer aniversario de la muerte de Borges y del “gol del siglo” nacía en Rosario Lionel Messi. Por ese entonces Mahatir Mohamad, un médico malayo que se había convertido en primer ministro de su país, pensó que debía impulsar una obra que, quebrando un record de altura, colocara a Malasia y a su capital en el mapa de un mundo que sabía poco de su existencia. Para eso convocaría a César Pelli, de cuya cabeza surgieron la Petronas, las torres gemelas que cumplieron el objetivo.Borges, Maradona, Francisco y Messi son nuestras Petronas.La argentinidad se interpreta, globalmente, en buena medida a través de ellas. De estas torres, hoy la de Messi es la más visible. Y en las últimas semanas, también la más aclamada, y la más cuestionada.En la etapa clasificatoria del Mundial, el jugador deslumbró al mundo con su vigencia. Desafiando la lógica del paso del tiempo, con 39 años se convertía en el goleador del campeonato y rompía la marca histórica de todos los anteriores. Después de la victoria argentina ante Egipto, Tom Brady –el jugador más destacado de la historia del fútbol americano– dijo que la remontada liderada por Messi podía superar a la que él había encabezado en el Super Bowl contra los Atlanta Falcons, la más recordada de la historia de su deporte. Múltiples testimonios de muchos de los más calificados analistas y de los mayores referentes de los más distintos deportes convergieron en una idea: Messi era el mayor exponente de todas las disciplinas deportivas de la historia.Rosalía pidió disculpas tras la polémica con Argentina: "Perdón, no leí lo que ponía"Paralelamente, aficionados de todo el mundo se deslumbraban con el espíritu celebratorio de los hinchas argentinos. Lo que veían en las canchas y, a través de las redes y los medios, en las expresiones de las calles argentinas. También se extendía una mirada conspirativa que planteaba ventajas otorgadas por la FIFA al equipo argentino para potenciar los beneficios económicos del campeonato. A eso se sumaron críticas a supuestas actitudes racistas o de falta de ética deportiva en hinchas y jugadores. Actores, periodistas, economistas y escritores como Samuel L. Jackson, Piers Morgan, Daron Acemoglu o Arturo Pérez-Reverte cuestionaron, con distintos decibeles, a la Selección. Pero la reacción antiargentina fue, sobre todo, impulsada por un aluvión algorítmico que se alimentó de resentimiento, descontextualización y prejuicios que transformaron –en el ecosistema digital- al Messi ídolo en supervillano.Samuel L. Jackson, Pedro Pascal, Niall Horan y más: la lista de los famosos que apuntaron contra la Argentina tras el MundialLos argentinos, mientras tanto, lidiamos con el vacío y la desazón provocadas por la resaca de la borrachera mundialista. Es la amargura de la derrota, el fin de la fiesta dionisíaca y el regreso a la planicie de la cotidianidad. Pero hay, en el fondo, algo mucho más profundo.“Borges no perdió el Nobel, fue el Nobel el que se perdió a Borges” dijo el escritor sueco Lars Gustafsson. Muchos se perdieron en su momento la posibilidad de apreciar los textos, las jugadas o la prédica de Borges, Maradona y Francisco, capturados por impugnaciones que se contrabandearon de un terreno a otro. Algo de eso les pasa a muchos ahora con Messi. Ruidosas y triviales discusiones no les permiten asimilar el privilegio de haber sido testigos contemporáneos del probable “último baile” de un genio deportivo que, durante las últimas dos décadas, hizo algo nunca antes visto. Y que quizás nunca más volvamos a ver.