Diccionario sonoro que recoge los nombres, historias y lugares protagonistas de la emocionante aventura que representa la música contemporánea desde su creación a la actualidad. Más información: march.es/contemporanea
El piano de casa tiene el teclado en mal estado y solo puede tocar las notas más bajas y las más altas. Poco problema para un niño de siete años que vive con su madre y su padrastro y que en siete años más va a escribir sus primeras obras. A los 20 años se traslada a la capital para estudiar en el conservatorio bajo la maestría de Heino Eller, compositor estonio a quien se atribuye la fundación de la música sinfónica estonia contemporánea. De su pupilo, Eller recuerda. "Parecía que cuando se sacudía las mangas se le caían las notas".
La brillantez del joven Pärt se manifiesta en la composición de 'Nekrolog', la primera obra dodecafónica en la historia del país.
Fama y reconocimiento y también el primer choque ideológico. El régimen soviético acusa a Pärt de mimetizarse con la decadencia occidental. En estos tiempos existen partituras ilegales.
En 1960, consumada la ocupación de Estonia por la URSS hace ya 20 años, la censura considera que cierta música suena demasiado moderna y excesivamente religiosa. Ha partido del neoclasicismo de Shostakovich o Bartók, el dodecafonismo y el serialismo de Schoenberg. La religión es el otro componente que determina la personalidad de un cristiano ortodoxo como él, autor en 1968 de 'Credo', culmen de su periodo experimental e inspiración directa del 'Preludio en Do mayor' de Johann Sebastian Bach y, ante todo, muestra manifiesta de fe.
'Credo' es una pieza collage escrita para piano, coro y orquesta en la que se enfrentan una masa atonal contra una tonal que sigue el esquema del 'Preludio en do mayor' del 'Clavicordio bien temperado'. La obra se estrena en un programa compartido con la 'Sinfonía de los salmos' de Stravinsky, que también incluye texto bíblico en latín, pero la censura pasa por alto la propuesta del de San Petersburgo y se ceba con Pärt. El Soviet prohíbe su pieza durante más de diez años. Después de 'Credo' viene un gran silencio, un hiato de ocho años roto eventualmente por su 'Tercera sinfonía', obra de transición fechada en 1971, que Pärt aprovecha para el estudio de canto gregoriano, canto llano y polifonía vocal, y, por cierto, para un acercamiento mayor a la Iglesia ortodoxa rusa, a la que se une.
"No hay una línea que divida religión y vida, es todo lo mismo", afirma el estonio sobre su fe. Marca su regreso 'Für Alina', una obra de 1976 en la que Pärt utiliza la técnica "tintinnabuli", término que procede de una palabra onomatopeya latina "tintinnabulum", que alude al sonido que hacen las campanitas.
1980 supone un vuelco en la vida de Arvo Pärt, quien se exilia con su familia. Primero, Viena –se nacionalizó austriaco–, después Berlín. Estrecha lazos con el sello FM, al que se debe la popularización de su trabajo a escala internacional. Llama la atención de la gran pantalla, para la que producirá bandas sonoras tan populares –como 'La delgada línea roja' o 'Los amantes del Pont-Neuf'– o para el cine español –'La morte rouge'– de Víctor Erice, 'Soldados de Salamina', de David Trueba, o 'Elegy' de Isabel Coixet.
La música de Pärt es fundamentalmente un ejercicio estético en el que el compositor hace partícipe al auditorio de su búsqueda y de su hallazgo. Asistir a la música de Pärt es una experiencia de lo sagrado. "Si no es ponerse en oración –escribe el crítico Joaquín Jesús Sánchez–, al menos sí que es asistir a una. Y me parece que es sincero. Ocurre que me creo a Arvo Pärt cuando me habla de Dios.
Escuchamos Für Alina, una obra de piano con rango de obra maestra de su siglo.