Mitos y más

Los vampiros no morían con el sol: la historia completa del mito, de los muertos que volvían a casa en las aldeas de Serbia a Drácula de Bram Stoker y Nosferatu.
En la novela de Bram Stoker, Drácula pasea por Piccadilly un día de calor, y en dos siglos de historias de vampiros la luz del día no mató a ninguno. Lo inventó una película en 1922. Esta es la historia completa del vampiro, contada desde los informes que escribieron junto a las tumbas abiertas los funcionarios y cirujanos del emperador de Austria.
En este episodio: el vampiro de las aldeas, hinchado y colorado, que volvía a casa; el gallo, el mijo y las hoces de las tumbas de Polonia; el muerto con mucha sed de Míconos; el campesino de Kisiljevo que volvió a pedirle los zapatos a su viuda; Arnold Paole, la estaca y el gemido; el informe que se leyó en toda Europa; la cucharada del verdugo; lo que de verdad pasaba en las tumbas; la noche de Villa Diodati y lord Ruthven; el conde Wampyr que se convirtió en Drácula; las reglas de Van Helsing; Nosferatu y el primer rayo de sol; la última página de Drácula; y lo que Voltaire y Marx vieron en el vampiro.
▶ También en vídeo: https://youtu.be/_letL37m1ew
📝 Y por escrito, con todas las fuentes: mitosymas.com
🏛️ Los muertos que beben sangre para hablar, en la Odisea: Hades y Perséfone no son una historia de amor: https://share.transistor.fm/s/26395fc4
🔥 Otro miedo que llenó Europa de papel, las brujas de Zugarramurdi: https://share.transistor.fm/s/0d735eb8
⏱️ CAPÍTULOS
0:00 El vampiro que paseaba de día
1:12 Quién lo dejó por escrito
1:37 El vampiro de las aldeas
3:48 Míconos, 1700: un muerto con mucha sed
5:12 Kisiljevo: el muerto que pidió sus zapatos
7:03 Medveđa y Arnold Paole
9:23 Europa se vuelve loca de papel
10:35 Qué pasaba de verdad en las tumbas
11:06 Villa Diodati: nace el vampiro aristócrata
12:53 Bram Stoker y el conde Wampyr
13:48 Drácula a pleno sol en Piccadilly
15:43 Nosferatu: la película que inventó la regla
17:47 Hollywood y el amanecer
18:15 La última página de Drácula
19:06 Voltaire, Marx y lo que te chupa hoy
20:39 El sol nunca fue el problema
📚 FUENTES
· El informe de Kisiljevo (Wienerisches Diarium, 1725): de.wikisource.org
· El Visum et Repertum de Medveđa (1732), con las notas de Harenberg: de.wikisource.org
· Tournefort, Relation d'un voyage du Levant: archive.org
· John Polidori, The Vampyre (1819): gutenberg.org
· Bram Stoker, Dracula (1897): gutenberg.org
· Las tumbas «de vampiro» de Drawsko (PLOS ONE, 2014): journals.plos.org
· Paul Barber, Vampires, Burial, and Death (Yale, 1988)
· Voltaire, «Vampires» (1772): fr.wikisource.org
📖 https://mitosymas.com
☕ Al vampiro de las aldeas le bastaba con volver a su casa. Si te ha gustado este episodio y quieres que sigamos desenterrando mitos, puedes apoyarme invitándome a un café: mitosymas.com/#/portal/support
★ Support this podcast ★

¿Qué es Mitos y más?

Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.

Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.

¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.

Una tarde de finales de septiembre,

en pleno Londres,
un hombre alto y delgado,

de nariz ganchuda y labios muy rojos,

se queda mirando a una muchacha con un
sombrero enorme que espera sentada en un

coche de caballos.

Hace calor,

el sol aprieta, y la gente pasa a su
lado sin saber que es el conde Drácula.

Así lo escribió Bram Stoker en 1897.

Su vampiro se pasea de día.

Pierde fuerzas, eso sí,
pero el sol no le quema.

Durante casi dos siglos
de historias de vampiros,

la luz del día no mató a ninguno.

Eso lo inventó una película.

Hoy te cuento entera la
historia de los vampiros,

desde los muertos que volvían a casa en las
aldeas de Serbia hasta el cine de Berlín

donde un vampiro se deshizo por
primera vez con un rayo de sol.

Y te aviso de una cosa.

El vampiro original no se parece
en nada al que tienes en la cabeza.

No tenía castillo, ni capa, ni colmillos.

Era un vecino muerto, hinchado y colorado,

que volvía de noche a
pedirle cosas a su familia.

Por el camino vas a ver a un carnicero
buscando un corazón en la tripa equivocada,

a un cirujano del ejército abriendo tumbas
en pleno enero y a una viuda que pleiteó

hasta que un juez mandó
destruir una película entera.

Un apunte antes de empezar,
porque explica muchas cosas.

Los campesinos que creían en
estos muertos no escribieron nada.

Lo que sabemos de ellos
lo apuntaron otros,

gente de fuera que llegaba al pueblo
con orden de averiguar qué pasaba,

funcionarios del emperador de Austria,

cirujanos militares, un botánico francés.

Vieron los cuerpos con sus propios
ojos y lo dejaron todo por escrito.

Cuando una cosa se cuente de dos maneras,

te lo diré.

Empecemos por el vampiro de verdad,

el de las aldeas.

En los Balcanes, en Polonia, en Rumanía y
en Grecia se contaba más o menos lo mismo

con nombres distintos.

Los rusos le decían upir,
los serbios vampir,

los rumanos strigoi,
los griegos vrykolakas.

En todas partes era alguien conocido,

un muerto del pueblo enterrado hacía unas
semanas que no se había quedado quieto.

Se volvía vampiro el
que se quitaba la vida,

el que moría sin bautizar o el
que había andado en brujerías,

y bastaba con que un gato saltara por
encima del cadáver mientras lo velaban.

Por eso al muerto no se le
dejaba solo ni una noche.

Cuando volvía, volvía a casa.

Se echaba encima de los que
dormían hasta ahogarlos,

rompía los muebles, se bebía el vino.

Si al cabo de un tiempo lo desenterraban,

lo que encontraban no era
un señor pálido y elegante.

Era un cuerpo hinchado, rojo o amoratado,

con sangre en la boca y en la nariz,

todavía envuelto en su sudario.

A una mujer que en vida había
sido muy flaca la encontraron,

según el informe, más gorda que nunca.

Aquel muerto salía de noche, sí,

pero el día no le hacía nada.

En Macedonia se contaba que andaba desde
un par de horas antes de medianoche hasta

que cantaba el primer gallo, y que al
oírlo se volvía a meter bajo tierra.

Por eso a veces se esparcían
granos de mijo sobre el cadáver,

para que, si salía, perdiera el tiempo
recogiéndolos uno a uno y le pillara el alba.

El amanecer le mandaba a casa.

En ningún sitio se dice que le quemara.

Para que no volviera había remedios.

Clavarle una estaca en el corazón,

de fresno, de espino o
de roble según la región.

Cortarle la cabeza.

Quemarlo y echar las cenizas al río.

En Polonia, los arqueólogos han
encontrado tumbas de hace trescientos o

cuatrocientos años con una hoz de hierro
apoyada sobre el cuello del muerto,

para que, si intentaba levantarse,

se cortara él solo.

En una de ellas, una muchacha joven con
una cofia de seda llevaba además un candado

cerrado en el dedo gordo del pie.

En otro cementerio polaco analizaron
los huesos de cinco enterrados con hoz,

y no eran forasteros.

Eran gente del pueblo,
enterrada por sus propios vecinos,

seguramente de los primeros que
caían cuando llegaba una epidemia.

El primer forastero que dejó por escrito
una de estas exhumaciones era un botánico.

Se llamaba Tournefort, viajaba por el
Egeo por encargo del rey de Francia,

y en el invierno de
1700 estaba en Míconos.

Allí habían matado en el campo a
un campesino huraño y pendenciero,

y a los dos días del entierro empezó a
decirse que de noche entraba en las casas,

volcaba los muebles, apagaba las lámparas
y abrazaba a la gente por la espalda.

Esperaron nueve días,
como mandaba la costumbre,

y al décimo lo desenterraron.

Al carnicero del pueblo,
un hombre ya mayor y bastante torpe,

le tocó sacarle el corazón, y empezó
abriéndole el vientre hasta que alguien le

avisó de que por ahí no era.

El cadáver olía tan mal
que quemaron incienso,

y el humo, mezclado con aquella peste,

solo consiguió calentarles más la cabeza.

Quemaron el corazón en la playa,

y no sirvió de nada, porque el muerto siguió
rompiendo puertas y vaciando jarras de

vino, y Tournefort apunta que
era un muerto con mucha sed.

Clavaron espadas en la tumba, hasta que
un albanés les explicó que con espadas

cristianas no, que la empuñadura tiene
forma de cruz y no deja salir al diablo del

cuerpo.

Al final quemaron el cadáver
entero en una pira con brea,

en la punta de un islote,
el primer día de enero de 1701.

Tournefort lo resume como una
verdadera enfermedad del cerebro.

Yo le doy la razón a medias, porque también
fue una manera de hacer algo cuando la

gente moría y nadie sabía por qué.

Veinticuatro años después, el miedo ya
tiene un nombre que va a dar la vuelta a

Europa.

Estamos en 1725, en Kisiljevo, una aldea
de la frontera militar de Austria con los

turcos, en lo que hoy es Serbia.

Allí había muerto diez semanas antes
un campesino llamado Petar Blagojević.

En solo ocho días murieron
nueve personas del pueblo,

jóvenes y viejas, de una enfermedad
que duraba veinticuatro horas.

Antes de morir, todos contaron que Pétar
había ido a verlos mientras dormían,

se les había echado encima y
les había apretado el cuello.

Hubo algo más.

Su viuda contó que su marido había vuelto
una noche a casa a pedirle sus zapatos.

Después de eso, ella se marchó del pueblo.

De todo el caso, a mí es
lo que más me inquieta.

No pide sangre ni venganza.

Vuelve a su casa, que para eso es suya,

y pide sus zapatos.

Los vecinos le dijeron al
funcionario del emperador que,

si no les dejaba abrir la tumba,

se iban todos del pueblo.

El funcionario fue con ellos.

Abrieron la tumba, y lo que
vio lo dejó por escrito.

El cuerpo no olía.

Salvo la nariz, que se
le había hundido un poco,

estaba entero.

Le habían crecido el pelo y la barba,

se le habían caído las uñas
viejas y tenía otras nuevas,

y la piel de encima, blanquecina,

se le había desprendido,
y debajo había salido otra fresca.

En la boca, escribe,

vio no sin asombro sangre fresca.

Afilaron una estaca y se
la clavaron en el corazón.

Salió muchísima sangre, fresca,

también por los oídos y por la boca,

y el funcionario añade que pasaron
otras señales salvajes que,

por respeto, prefiere no contar.

Luego quemaron el cuerpo.

Mandó su informe a Viena, y un periódico
de la capital lo publicó el veintiuno de

julio de 1725.

Es la primera vez que la palabra aparece
impresa en una lengua del oeste de Europa,

o por lo menos la primera que se conoce,

y aparece como algo que dicen otros:

personas a las que ellos llaman Vampyri.

El caso que lo cambia todo
llega siete años más tarde,

en otro pueblo serbio de la frontera,

Medveđa, junto al río Morava.

Empieza con un soldado.

Arnold Paole era uno de los campesinos
armados que guardaban la frontera,

y contaba a menudo que años atrás,

en la parte turca de Serbia,
le había atormentado un vampiro,

y que se había librado de él comiendo tierra
de su tumba y untándose con su sangre.

Un día se cayó de un carro de
heno y se rompió el cuello.

A las pocas semanas, varios vecinos
empezaron a decir que Arnold volvía y los

atormentaba, y murieron cuatro.

A los cuarenta días lo desenterraron.

Estaba entero.

Le salía sangre fresca por los ojos,

por la nariz y por los oídos, tenía
la camisa y el sudario empapados,

y se le habían caído las uñas y la piel,

y le habían salido otras nuevas.

Le apoyaron una estaca en el pecho,

a la altura del corazón, y la clavaron.

El muerto soltó un
gemido que oyeron todos.

Lo quemaron ese mismo día, y a sus
cuatro víctimas les hicieron lo mismo.

Pero Arnold no solo
había atacado a personas.

También había atacado al ganado,

y en el pueblo se había comido
la carne de esos animales.

Cinco años después,
en el invierno de 1731,

empezaron a morir otra vez,
diecisiete personas en tres meses.

Una muchacha se despertó gritando a
medianoche porque un chico muerto hacía un mes

la había agarrado del cuello.

Murió a los ocho días.

Esta vez mandaron a un
cirujano del ejército,

Johann Flückinger,
con otros dos cirujanos.

Llegaron en pleno invierno y
abrieron las tumbas una por una.

Si cuentas los cuerpos que
aparecen en su informe,

salen dieciséis.

Once estaban, como dice él,
en estado de vampiro,

enteros, con sangre líquida,
con piel y uñas nuevas.

Cinco se habían podrido
como se pudre cualquiera.

Y fíjate en una cosa.

Todo eso se hizo de día, con las
tumbas abiertas y los cuerpos a la luz,

y ninguno se deshizo.

A los once les cortaron la cabeza,

los quemaron y echaron
las cenizas al Morava.

A los otros cinco los
volvieron a enterrar.

El informe se firma en Medveđa
el siete de enero de 1732,

y lleva un título en latín que
quiere decir visto y comprobado.

No es una habladuría de aldea.

Es un documento militar, firmado por
tres cirujanos del ejército imperial,

que dice que hay muertos que
no se pudren y que sangran.

En marzo ya se estaba leyendo en Londres.

Europa se volvió loca, aunque de papel.

En dos años salieron más de una docena
de libros y folletos solo en alemán,

discutiendo si los vampiros existían,

si eran cosa del diablo o si los muertos
podían masticar dentro de sus tumbas.

Un teólogo alemán que publicó el informe
de Medveđa en 1733 le añadió una nota al

margen que suena casi a broma, que habría
que cortarles la cabeza a los grandes

vampiros injustos y vivos,
y dejar en paz a los muertos.

El asunto llegó hasta la
emperatriz María Teresa.

En 1755, en un pueblo de Silesia,

habían desenterrado y quemado a una mujer
muerta poco antes de Navidad porque no

estaba podrida.

La emperatriz mandó a dos médicos,

y su médico de cámara
escribió el dictamen.

En él cuenta que el verdugo juraba que,

al trocear los cuerpos,
la sangre salía a chorro.

Luego,

con toda la calma del mundo,

reconoció que sería más
o menos una cucharada.

El primero de marzo de
aquel año salió un decreto.

No prohibía desenterrar a nadie,

pero se acabó que lo decidieran
los curas por su cuenta;

a partir de entonces,

cualquier caso de aparecidos o de brujería
lo investigaba la autoridad civil,

con un médico al lado.

Y el médico de cámara ya
apuntaba la explicación,

que el frío y el ataúd cerrado
retrasan la putrefacción.

Más de dos siglos después,
un folclorista estadounidense,

Paul Barber, lo explicó entero.

Todo lo que asustaba en aquellas tumbas
es lo que hace un cadáver en un invierno

frío.

Los gases de la descomposición lo hinchan,

y por eso parece más gordo.

Esa misma presión empuja hacia la boca
y la nariz un líquido oscuro que parece

sangre fresca.

La piel de fuera se desprende
y deja debajo otra rosada,

y con ella se sueltan las uñas.

Y cuando se le clava
una estaca en el pecho,

el aire sale por la garganta
y suena como un gemido.

Hasta aquí, el vampiro
es un muerto de pueblo.

Para convertirlo en un caballero
hizo falta un juego entre amigos.

En junio de 1816, en una villa
a orillas del lago de Ginebra,

vivía lord Byron con su médico,

un joven llamado John Polidori,

y en la casa de al lado, el poeta
Percy Shelley con Mary Godwin,

que pronto sería Mary Shelley.

Una noche, después de leer un libro
de historias alemanas de fantasmas,

Byron propuso que cada
uno escribiera la suya.

De ese juego salieron dos monstruos.

Uno, el más famoso, lo escribió Mary,

y se llama Frankenstein.

El otro nació de un fragmento
que Byron empezó y dejó a medias,

y que su médico recogió
y terminó por su cuenta.

Se publicó en abril de 1819
en una revista de Londres,

con el título de El vampiro y
con una firma que no era la suya.

Según la revista, era un cuento de lord

Byron.

Byron lo desmintió enseguida.

El vampiro de Polidori ya
no tiene nada de campesino.

Es un aristócrata, lord Ruthven,

de ojos grises y muertos y cara mortecina,

y las damas de Londres se
lo disputan en los salones.

Mucha gente vio en él al propio Byron,

y con motivo:

el nombre lo había sacado Polidori de una
novela en la que una antigua amante de

Byron lo retrataba a él
con ese mismo apellido.

Para la cuestión del sol,
lord Ruthven es muy claro.

Hace visitas por la mañana y se
casa en Londres a plena luz del día.

Cuando lo matan, lo que le devuelve a la
vida es el primer rayo frío de la luna.

El primer vampiro con título no
le tenía ningún miedo al sol.

El cuento fue un éxito enorme, y al año
siguiente ya había vampiros en los teatros

de París y de Londres.

Detrás vinieron otros.

Un folletín inglés por entregas le puso
colmillos y le hizo dejar dos marcas en el

cuello de sus víctimas,
y en una novela irlandesa,

Carmilla, la vampira baja
a la una de la tarde,

se toma una taza de chocolate
y sale a pasear con su amiga.

Así llegamos a Bram Stoker.

Era irlandés, llevaba la gerencia de un
teatro de Londres y escribía en sus ratos

libres.

En sus notas de trabajo,
que se conservan en Filadelfia,

el conde todavía no se llamaba Drácula.

Se llamaba conde Wampyr.

En el verano de 1890,
de vacaciones en Whitby,

un pueblo de la costa inglesa, Stoker
sacó de la biblioteca un libro viejo de un

cónsul británico sobre
Valaquia y Moldavia,

y copió en su cuaderno una nota al pie.

Decía que Drácula, en lengua valaca,

significa diablo.

Tachó Wampyr.

Del Vlad de verdad, el príncipe
que empalaba a sus enemigos,

Stoker usó poco más que el nombre;

en la novela no hay ni un empalamiento.

Transilvania, que se
sepa, no la pisó nunca.

La sacó de los libros y de un artículo de
una escritora escocesa que había vivido

allí, y que contaba que todos los
campesinos rumanos creían en el vampiro,

al que llamaban nosferatu.

Drácula salió a la venta en mayo de 1897.

Si la lees buscando el sol,
te llevas una sorpresa.

En el castillo, el joven abogado
Jonathan Harker nunca ve al conde de día.

Pero luego el conde viaja a Inglaterra.

Es el veintidós de septiembre.

Jonathan y su mujer, Mina, vuelven de un
entierro y bajan andando por Piccadilly.

Mina se ha quedado mirando
a una chica muy guapa,

con un sombrero enorme,

sentada en un coche de
caballos delante de una tienda,

cuando Jonathan le aprieta el
brazo tan fuerte que le hace daño.

Está mirando a un hombre alto y delgado,

de nariz ganchuda, bigote
negro y barba en punta,

que también observa a la chica,

con unos dientes grandes, blancos
y afilados como los de un animal,

que parecen todavía más blancos
porque tiene los labios muy rojos.

Creo que es el conde,
le dice, pero ha rejuvenecido.

Mina lo apunta en su diario.

Y apunta también que era un
día caluroso para ser otoño,

y que se sentaron un rato
a la sombra en un parque.

Más adelante, Van Helsing,
el sabio holandés que dirige la caza,

les explica las reglas.

El conde no proyecta sombra
ni se refleja en los espejos.

No puede entrar en ninguna casa la primera
vez si no le invita a pasar alguien de

dentro;

después,

entra cuando quiere.

Con la llegada del día, su poder cesa,

como el de todas las cosas malignas,

y solo puede transformarse a mediodía
o justo al salir o al ponerse el sol.

Lo que lo mata, según Van Helsing,

es una bala bendita
disparada contra su ataúd,

una estaca o que le corten la cabeza.

El sol no está en la lista.

La novela lo cumple.

Una tarde, los cazadores esperan al
conde en una de sus casas de Londres,

y Van Helsing les recuerda que hasta la
puesta de sol no tiene más fuerza que un

hombre.

El conde llega, se enfrenta a ellos,

coge un puñado de monedas de oro,

salta por una ventana al patio,

cae sin hacerse un rasguño y se escapa.

De día, sin poderes, y con más
reflejos que todos ellos juntos.

Entonces, ¿de dónde sale lo del sol?

Sale de una película que
estuvo a punto de no existir.

En 1922, una productora alemana recién
fundada rodó su propio Drácula sin pagar los

derechos.

Para disimular, cambió los nombres.

El conde pasó a llamarse Orlok,

Jonathan se convirtió en Hutter,

Mina en Ellen, y Londres en
un puerto alemán inventado.

La dirigió Murnau y se llamó Nosferatu,

la palabra que aquella escritora
escocesa había oído en Transilvania.

Se estrenó en Berlín en marzo.

El vampiro de Murnau
ya no es un caballero.

Es calvo, con orejas puntiagudas,

dientes de roedor y unas
manos de uñas larguísimas,

y llega al puerto en un barco
cargado de ratas y de muerte.

Ellen lee un libro sobre vampiros,

y lo que dice ese libro
es lo de las aldeas,

que solo puede salvarlos una mujer sin
pecado que le dé su sangre por voluntad

propia y lo retenga a su lado
hasta que cante el gallo.

Es la vieja regla de siempre,
entretenerlo hasta el alba,

como el mijo sobre la tumba.

Ellen lo hace.

Abre la ventana para que entre,

y el conde se pasa la noche
inclinado sobre su cama,

bebiendo.

Ella no lo deja marcharse.

Canta el gallo.

Orlok se levanta, cruza la
habitación hacia la ventana,

y en ese momento entra
el primer rayo de sol.

El vampiro se vuelve transparente
y desaparece en el aire.

El libro decía hasta que cante el gallo,

pero Murnau rodó otra cosa.

Es el primer caso que se conoce de un
vampiro al que mata la luz del sol,

y no lo puso ningún
campesino serbio ni Stoker,

sino un director de cine.

A mí me parece que fue
sobre todo por cómo se veía,

porque en una pantalla un muerto que se
deshace con la luz impresiona bastante más

que uno que vuelve andando a su tumba.

La película que inventó la regla
estuvo a punto de desaparecer.

La viuda de Stoker, Florence,
demandó a la productora,

que quebró ese mismo verano
sin haber hecho otra película,

y en 1925 un tribunal de Berlín ordenó
destruir todas las copias y todos los

negativos.

En Alemania se cumplió.

Pero se habían vendido
copias al extranjero,

y con ellas, años después,
se reconstruyó la película que vemos hoy.

A partir de ahí, la regla viaja sola.

En el Drácula de Hollywood de 1931,

el de Bela Lugosi, el conde
todavía muere con una estaca.

Pero doce años después Hollywood
ya los mata al amanecer.

Y en 1958, en una
película inglesa en color,

Peter Cushing, haciendo de Van Helsing,

arranca de un tirón las
cortinas de una sala,

la luz de la mañana cae
sobre Christopher Lee,

y Drácula se deshace en polvo.

Desde entonces nos parece
que siempre fue así.

Volvamos a la novela, a la última página.

Es el seis de noviembre, en la nieve,

cerca del castillo.

Los cazadores alcanzan por fin a los
hombres que llevan la caja del conde y la

abren.

El sol ya casi toca las montañas,

y las sombras se alargan sobre la nieve.

Drácula está tumbado dentro,
pálido como una figura de cera,

y Mina, que lo está viendo, cuenta que
sus ojos rojos miran el sol que se pone,

y que el odio de esa
mirada se vuelve triunfo.

Está al sol, con la caja abierta,

y sonríe.

No porque la luz le haga daño,
sino porque se está acabando,

y en cuanto se ponga
recuperará todo su poder.

En ese instante, el cuchillo de
Jonathan le corta la garganta,

el de su amigo americano
se le clava en el corazón,

y el cuerpo entero se deshace en polvo.

Lo matan dos cuchillos, a tiempo,

antes de que anochezca.

Es justo lo contrario de lo
que nos ha enseñado el cine.

Hay una frase que ayuda a entender
por qué el vampiro no se ha ido nunca.

La escribió Voltaire en 1772, cuando media
Europa llevaba cuarenta años discutiendo

sobre los muertos de Serbia.

En Londres y en París, dice,
nadie hablaba de vampiros.

Lo que sí había eran especuladores y hombres
de negocios que chupaban la sangre del

pueblo a plena luz del día.

Solo que no estaban muertos,
y no vivían en cementerios,

sino en palacios muy agradables.

Es la nota al margen de
aquel teólogo alemán,

cuarenta años después y con sol.

Casi un siglo más tarde,
Marx la llevó más lejos.

En el capítulo de El capital dedicado a la
jornada de trabajo escribe que el capital

es trabajo muerto que solo revive,

como un vampiro, chupando trabajo vivo,

y que vive más cuanto más chupa.

Y añade que, si por él fuera,
chuparía las veinticuatro horas del día,

también de noche.

A mí me parece la parte del
mito que mejor ha envejecido.

Hoy hay muchas cosas
que viven de tu tiempo,

de tus horas, y ninguna
tiene que esperar a la noche.

Tampoco la esperaba ningún vampiro,

que hasta 1922 no le tuvo miedo al sol.

Pero hay una regla de Stoker que el
cine conservó y que sigue siendo verdad.

La primera vez no puede entrar si
alguien de la casa no le invita.

Después, entra cuando quiere.

Piénsalo la próxima vez que algo te pida
permiso una sola vez y para siempre,

un aviso, una prueba gratuita,
un aceptar que pulsas sin leer.

El vampiro de las aldeas
no necesitaba permiso,

porque volvía a su propia
casa a por sus zapatos.

El de Stoker sí lo necesitaba.

Y en Nosferatu fue Ellen
quien le abrió la ventana.

Así que la próxima vez que veas a
un vampiro deshacerse al amanecer,

acuérdate de Drácula paseando
por Piccadilly un día de calor,

y de su última sonrisa en la nieve,

con el sol de cara.

El sol nunca fue el problema.

El problema era abrirle la puerta.

Los muertos que vuelven a por sangre
son mucho más antiguos que los Balcanes.

En la Odisea, para poder
hablar con los muertos,

Odiseo cava un hoyo en la tierra
y degüella dos ovejas encima,

y las almas suben atraídas
por el olor de la sangre;

solo la que bebe recupera la voz.

Esa bajada a la casa de Hades, y la reina
a la que allí abajo temían más que a él,

la conté en el episodio
de Hades y Perséfone.

Si estás viendo esto,
te aparece en pantalla;

si lo estás escuchando,
lo tienes en las notas del episodio.