Exclusivas de La Gaceta
El 4 de agosto de 1912, Alberto García Hamilton tenía 49 años. Había superado la esperanza de vida de esa época. Le esperaban, sin embargo, un tiroteo, la cárcel, el exilio y retos a duelo derivados de la conducción del que se convertiría en el mayor diario del Norte Argentino. Ese 4 de agosto, en que salió a la calle el primer número de LA GACETA, resultaba inimaginable, dos décadas atrás, para quien había sido un joven periodista uruguayo, obligado a dejar su país por una condena a muerte en tiempos de luchas civiles. Vivía en Fray Bentos, un pueblo de 5.000 habitantes, separado por el río Uruguay de Gualeguaychú.En esta ciudad entrerriana viviría María Angélica Tiscornia, nacida en Gualeguay, el pueblo vecino, en 1912. De los siete millones y medio de habitantes que tenía la Argentina en agosto de ese año, María Angélica es hoy la única sobreviviente. Superó infinidad de obstáculos, incluido un contagio de Covid en 2020, para convertirse en una de las diez personas más longevas del mundo.Vivir para siempre es la nueva aspiración de estos tiempos. Quienes van detrás de ese objetivo tratan de encontrar claves en biografías como las de María Angélica y sus nueve compañeras en el ranking vital -son todas mujeres, no hay ningún varón vivo nacido antes de 1913-. Lo paradójico, como señala una nota publicada en The New Yorker en uno de sus números de julio, es que las “claves” se parecen poco a la maraña de ejercicios, pastillas, tratamientos y disciplinas espartanas dictadas por infinidad de gurús, clínicas, libros y propuestas de una gigantesca industria. Se repiten en los longevos patrones biológicos elementales: dieta equilibrada, no fumar, moverse, no tomar alcohol en exceso. Y una conducta social: tejer lazos con la gente y conversar.Esto último es lo que hizo LA GACETA en estos 114 años y, probablemente, es lo que mejor explica su longevidad. Podemos dimensionar esa conversación desarrollada a lo largo de todo este tiempo. Contemplando la cantidad promedio de vocablos en una nota sumada a la de las que se registran por minuto en producciones audiovisuales, cruzando estas cifras con los cambios de formato y volumen de la edición digital y los ejemplares físicos, llegamos a 2.000 millones de palabras. Puede parecer mucho -una persona locuaz no llegará a pronunciar a lo largo de su vida más de una quinta parte de esa cifra- o poco -es lo que se genera en internet cada veinte segundos-. Pero no somos una usina de generación catártica y caótica de lenguaje, como tantas que alimentan al ecosistema digital. Detrás de las palabras publicadas hay muchas más que fueron suprimidas por no adecuarse a la realidad que se buscaba describir o a la estética pretendida, otras formaron parte de debates entre editores o salieron de la boca de fuentes o documentos que nutrieron lo que finalmente llegó a las audiencias.No se trató, entonces, solo de volumen. Hace pocos días se cumplieron cincuenta años de la publicación de un texto de 39 palabras, uno de los más breves que hayan aparecido en LA GACETA. Su autor era Jorge Luis Borges, para muchos el mayor exponente en el último siglo de la capacidad de combinar palabras, en el nuestro y en cualquier otro idioma.Nuestras palabras buscaron nutrir una conversación que es la materia, el vehículo y la esencia de todo sistema de convivencia libre y consensuado. La conversación requiere ciertos niveles de atención, discernimiento y confianza. O sea, la capacidad de fijar nuestra aptitud cognitiva en ciertas cuestiones, la de distinguir lo verdadero de lo falso y lo accesorio de lo principal, y la de creer en la buena fe del otro. Conversamos porque creemos que el otro puede ayudarnos a completar nuestra imagen de la realidad y a transformarla.La atención, el discernimiento y la confianza sufren una erosión progresiva en nuestras sociedades. A todos nos cuesta más concentrarnos, entender y confiar. La hostilidad, el extravío y el recelo crecen en escenarios polarizados, contaminados con desinformación y fragmentados por intereses divergentes.La democracia a gran escala solo fue posible con la capacidad técnica que le dio la imprenta y los medios de comunicación. Finalmente, la democracia es el diálogo que le permite a la gente consensuar. Hoy tenemos tecnologías que posibilitan un manejo inédito del lenguaje y una interconexión constante. Los interrogantes pasan por la ética y la estética que promueven. El modelo de negocios de las grandes tecnológicas gira alrededor de la atención y la publicidad, no en torno a la veracidad, la jerarquización y la contextualización de contenidos.El periodismo, en la definición del editor italiano Eugenio Scalfari, es gente que le cuenta a la gente lo que le pasa a la gente. Ese aspecto humano será más valioso que nunca en un mundo que se deshumaniza. El periodismo seguirá vivo mientras sea producido por personas que sienten, se emocionan, se alegran y sufren por lo que pasa. No meras poleas de transmisión, canales asépticos por los que circulan datos. Personas con vacilaciones, que muestran el camino que recorren para acercarse a la realidad. Periodistas con empatía, con los pies en el terreno y que, eventualmente, se juegan la vida u ofrecen parte de lo mejor de ella para seguir haciendo lo que hicimos todos desde el lejano principio. Mantener viva la fogata en torno a la cual relatamos la aventura humana.