Un podcast desde las sombras. El Inquieto® narra memorias, secretos y choques culturales — desde un campo en Puerto Rico hasta la vida corporativa en la diáspora. Historias crudas, ochentosas, contadas como si fueran un cassette prestado. Nunca quieto. Nunca callao.
Este mercado empieza de noche, después de mi trabajo, como muchas cosas recientemente en mi vida.
Recuerdo, llego a tiempo, no temprano, no tarde, justo a tiempo.
Yo no vengo a comprar, no vengo a vender, no vengo a que me vean, vengo a mirar.
Estoy sentado en una esquina del mercado simplemente observando,
no con curiosidad, sino con alerta.
La música suena, pero solo una, contenida, controlada, nada de cafrería de esa
de la buena, no suficiente para perderse una en el ruido,
porque aquí el ruido no protege, y el silencio, aquí el silencio pesa.
Y la gente entrando y saliendo, la familia con sus niños, la abuelita, los abuelitos,
la parejita agarradita de mano, y va pasando y ve los carritos de comida,
los artesanos, la comida típica, la comida extranjera.
Las luces bajitas, las risas cortas.
Y yo me quedo mirando la entrada, esa esquina por donde los carros están pasando.
Estuve los carros pasando lento. Y yo no estoy ahí mirando para buscar problemas.
En realidad, lo que estoy buscando son interrupciones.
Estoy buscando esos uniformes que no vienen a comprar, esas miradas que no están
perdidas, esas presencias que cambian el aire.
Porque este mercado, este espacio pequeño, frágil, no siempre está garantizado.
Estoy aquí como voluntario, como watcher.
Ese fue el título que me dieron.
Estoy mirando por si alguien llega para recordarle a los que están ahí que su
tranquilidad depende de otros.
Y de momento, la guagua oscura pasa, da la vuelta,
vuelve a pasar y ahí es que yo empiezo a enderezar en la silla,
vuelvo a ver la guagua y no llega rápido.
Y la veo estacionarse y no se estaciona normal.
Se queda en la esquina.
La persona se queda adentro, prende las luces,
y se pone a escribir.
No hay sirena.
No hay biombo, no hay nada, obvio Eso es lo que me caga, carajo Eso es lo que me asusta,
Empiezo a repasar en mi cabeza ¿Quién está aquí conmigo?
¿Quién puede salir rápido y a quién le tengo que avisar?
A la misma vez me empiezo a sentir mal porque Yo no quiero estar pensando así.
Yo no quiero estar perfilando a la gente.
Yo no quiero estar dudando de nadie.
Pero también sé que este mercado no es solo música y comida.
Hay familias con miedo,
hay personas que tuvieron la valentía de simplemente salir de su casa,
y se merecen paz,
Entre medio de este miedo, hay niños que se merecen tranquilidad.
Tomo un respiro,
pienso rápido y saco el teléfono. Le escribo al organizador y solo digo,
hey, hay algo que no se siente bien.
¡Hit send!
No pasan ni 15 segundos y veo a la organizadora que va a atender la situación.
Se le acerca el carro y al pasar dos minutos el carro se va. Todo sigue.
Nadie se entera. Nadie corre. Nadie grita.
Al final me confirman que pues la persona estaba buscando a su hija.
Y aún así, yo me quedo con el nudo en el pecho.
Me siento sucio, injusto, cansado.
Nadie debería sentirse así por cuidar a otro,
Lo que es que las familias que pasan me dan las gracias Simplemente por yo estar ahí sentado,
Por no mirar hacia el lado, por estar pendiente Y pienso, qué cosa más dura
que agradecerle a alguien por ayudar a que la noche no se rompa.
Cierro los ojos wow, me voy lejos,
Me acuerdo en Morovi. Allí no había una plaza en mercado con nombres,
no con letreros iguales ni carpas alineadas.
El mercado era como que el pueblo entero. Eran esas calles y las cuestas.
Y para mí esas cuestas de niños parecían montañas.
Me acuerdo, había una tienda de
vianda y al lado había una carnicería y después en la otra calle estaba la tiendita
de alimentos de animales de mi primo y más arriba en esa misma calle subiendo
la cuesta estaba la pizzería de mi otro primo.
Me acuerdo que yo iba con mi abuelo por las mañanas y recogíamos todo el pueblo.
Todo el mundo lo conocía, parecía
el alcalde. La gente lo saludaba con respeto, le pedía la bendición.
A veces ni hablaban, solo lo saludaban con la mirada.
Y yo, yo era el nieto Eso bastaba.
Yo no entendía de márgenes, ni inventarios, nada eso de negocio.
Pero empecé a entender algo más profundo.
Aquí en este pueblito, en esta joya lugar, nadie levantaba nada solo. Me acuerdo mis primos.
Uno de ellos bajito, calvo, con esa camisa de botones que tres suspiros más y te disparaba.
El otro primo, alto, con el pelo blanco,
un bigote cabronado, envidiable,
siempre sudado, con la toalla encima del horno y la sonrisa de ambos.
Nunca fallaba ambos trabajando duro,
con la familia cerca la ciudad
entera parecía pariente me acuerdo siempre después de las compras era la pizza
con el ice y los cheetos y las maquinitas hackeadas para que yo jugara gratis
y me estuviera tranquilo,
trabajo y juego, negocio y cuidado, todo mezclado, ahí en ese pueblito aprendí
algo sin que nadie me lo explicara, no se puede solo.
Después crecí, entré a Corporate Puerto Rico, con traje,
con una ambición que ni yo entendía porque era prestada, y con un plan que todavía no era mío.
Ahí en Corporate Puerto Rico, el mercado, se llamaba La Placita,
en Santurce, eso era todos los jueces por la tarde.
Religiosamente después del
trabajo, no había que esperar por el Meeting Invite para el Happy Hour.
Tú le llegabas, me acuerdo que el tráfico avisaba cuando estaba llegando.
Desde que tú estás por el túnel Minilla, tú estás escuchando ya la música,
porque la música se empieza a colar antes de tu bajarte del carro,
entrando por esas ventanas cerradas,
bajando por las calles, mientras uno se acercaba a la placita,
eso era música en cada negocio, bachata en uno, salsa en otro, reggaeton en el otro,
una algarabía de gente, música y sabor que es incomparable,
una sensación de bienvenida, de recibimiento de lo que es Puerto Rico todos los jueves.
Eso en la placita. Música, sabor, olores y vida.
Y yo he pasado a la esquina a esquina en la placita.
Allí al lado del aguacate, que era donde estaba papi.
Yo me acuerdo, me encontraba con mi papá y con su gente, con su staff,
con su círculo de negocio.
Yo lo veía a él, él estaba en su casa ese estatus lo alimentaba.
Y se notaba. Tuve ya los clientes que aparecían, los saludaban.
Venía, me presentaba. Ese es mi hijo.
Y yo, se me inflaba el pecho, es más rápido.
Saludo. Trabajo en una firma como la de mi papá.
Esperando, no un trago, no una palmada.
Esperando comparación comparación de que si mi traje este que me queda grande
era de mi hermano y estos zapatos despintados que pues seguro los compré en González Padín,
comparación de que,
de mi padre de su éxito,
Yo estaba ahí, pero yo no tenía mi mesa todavía.
En Morovi, la dignidad venía de contribuir.
Pero aquí en la placita venía de aquí en... te parecía. Y eso...
Eso pesa más de lo que uno admite.
Y abro los ojos y estoy de nuevo aquí en el mercado nocturno, como watcher.
No estoy perdido en la música, no estoy de esquina a esquina.
Solo sigo observando. El mercado sigue.
Las luces siguen bajas. La música sigue contenida. Yo sigo en mi esquina.
Solo observo. Veo gente tratando de meterle ganas.
Veo a padres contando billetes de espacio.
Veo a vendedores que aprendieron mirando a otro.
No en escuela, no con manuales, sino aprendiendo haciendo.
El ambiente es raro porque escucho español y me lanzo, empiezo a hablar español a la gente.
Pero cuando me miran raro y no me entienden, me recuerdo donde estoy,
que ya no estoy en Puerto Rico y me callo y empiezo a escuchar mi cabeza.
Mi cabeza empieza a hablar más fuerte que el DJ Y me da miedo,
Miedo de yo mismo empezar algo.
Miedo de que nadie llegue, de que nadie compre, de que nadie me entienda.
Porque se supone que yo no estoy aquí.
Se supone que yo esté en esa sala de conferencia, hablando de cuentas grandes,
de clientes importantes y cosas serias.
Se supone que mi pecho se infle como en la placita No aquí,
No mirando a estas mesas que se están tambaleando No pensando en vender algo hecho con las manos,
Y aún así, aquí estoy.
Miedo de que mi ambición no encaje en Corporate America y en el barrio,
de quedarme a mitad porque pues ni suficientemente gringo ni suficientemente latino,
y me pregunto si ese soy yo el que mira, el que cuida el que todavía no se atreve
con miedo de quedarme mirando mientras otro Otros sí se atreven.
O si este miedo es simplemente la antesala de construir algo mío, porque sí sé algo.
La vida me ha enseñado que las mesas no empiezan firmes.
Las mesas se tambalean, se rompen y se vuelven a arreglar.
Y nadie, nadie las construye solo.
Hay comunidades que no te dicen
quién tienes que ser, ni te dicen qué vender, ni te dicen cómo hablar.
Solo se quedan cerca mientras aprendes.
Y aquí estoy yo hoy hablando de organizaciones como Adelante Mujeres.
No porque están patrocinando, no como héroes, sino como una organización puente.
Como la gente que ayuda a que más gente, específicamente mujeres inmigrantes
y latinas, puedan construir su primera mesa.
Sin tener que pedir permiso para existir.
Este episodio existe por Podcastón, una invitación a usar nuestras voces para
sostener causas que importan.
Si esta historia te tocó, no por nostalgia, sino por verdad, búscala.
Busca adelante mujeres, no para salvar a nadie, sino para ayudar a que más mesas se sostengan.
Yo, yo voy a construir la mía y sé que no la voy a construir solo. Gracias, gente.
Y acabas de escuchar el inquieto. La historia sigue contigo.
Compártela, pásala como un cassette prestado.
Inquieto, nunca quieto, gente. siempre cabrón.