Exclusivas de La Gaceta
“Cuando uno se hace viejo, descubre que la vida es un juego de pulgadas… El margen de error es muy pequeño. Medio paso demasiado tarde o demasiado temprano, medio segundo demasiado lento o demasiado rápido… Cuando sumamos todas las pulgadas, eso hará la maldita diferencia entre ganar o perder, entre vivir o morir”. Estas son las palabras de Tony D´Amato, un entrenador de futbol americano interpretado por Al Pacino en “Un domingo cualquiera”, tres minutos antes de que su equipo salga a la cancha a jugar el partido más importante de su historia.La arenga resuena en la trama novelesca de la improbable remontada de Lula da Silva en las elecciones brasileñas y la posterior salida de Flávio Bolsonaro de su país.Vidas paralelasComo vemos en estas horas, en los detalles de la fuga del candidato derrotado, en las consecuencias diplomáticas en Argentina y Estados Unidos y en el dinámico reacomodamiento de la oposición en Brasil, hay mucha tela para cortar. Pero vayamos hacia atrás para aterrizar en el conjeturable big bang de toda esta historia.Lula le agradeció a Macri por felicitarlo y lanzó un mensaje en medio de la tensión con MileiEn 1981, un mes antes del nacimiento de Flavio, Lula fue condenado a prisión por la Justicia militar por haber encabezado huelgas metalúrgicas. El año anterior había estado un mes en la cárcel y había participado de la fundación del Partido de los Trabajadores, con el que perdería tres elecciones presidenciales antes de ganar la primera de cuatro, dos décadas más tarde. Había pasado ya mucho tiempo desde su infancia en el Nordeste, el abandono de su padre y la migración junto a su madre y sus hermanos a Sao Paulo, donde trabajó como lustrabotas y vendedor ambulante, antes de convertirse en tornero.Cuando Lula llegó a su primera presidencia, Flavio tenía 21 años, estudiaba Derecho, era asistente de su padre en la Cámara de Diputados y se presentaba como candidato a diputado estadual de Río de Janeiro, cargo que mantendría, por sucesivas reelecciones, hasta 2018, cuando se convirtió en senador.La Justicia ocupa un lugar tan decisivo como controvertido en ambas trayectorias. Lula pasó 580 días en prisión por condenas de corrupción que el Supremo Tribunal Federal anuló posteriormente, al determinar que el tribunal que lo había juzgado carecía de competencia. También declaró parcial al juez Sergio Moro, quien después sería ministro de Justicia de Jair Bolsonaro. Aquellas decisiones restituyeron los derechos políticos de Lula, pero no borraron los escándalos de corrupción –del mensalão al Lava Jato- que habían sacudido a sus gobiernos.Milei y Lula, frente a frente: las cuatro fechas en las que podrían volver a cruzarseFlavio, por su parte, fue investigado por el caso de las rachadinhas, un presunto mecanismo de apropiación de parte de los salarios de empleados de su despacho legislativo. La denuncia terminó archivada después de que los tribunales invalidaran pruebas fundamentales. El reciente y abrupto exilio de Flavio fue impulsado, horas después del ballotage, por el controvertido juez Alexandre de Moraes al ordenarle que entregara su pasaporte por una investigación sobre presunto lavado y evasión, vinculada con empresas de apuestas y plataformas de pagos digitales.Dos heridas abiertas en la democraciaLa politización de la Justicia es una herida abierta de la democracia brasileña. La utilización electoral de la economía, otra. Lula construyó buena parte de su prestigio sobre los programas de inclusión social y el crecimiento de sus primeros dos gobiernos. Pero en 2026 enfrentaba una población castigada por el endeudamiento, el costo de vida y la incertidumbre. En plena campaña, su gobierno aumentó un 15% el plan Bolsa Família, impulsó facilidades para renegociar deudas y, después de perder la primera vuelta, anunció eliminación de impuestos, subsidios a la nafta y otros beneficios con un costo fiscal equivalente a varios miles de millones de dólares. Ante la perspectiva de una derrota, desplegó un “plan platiña”.Bullrich volvió a diferenciarse de Milei y reconoció el triunfo de Lula: "La gente decide en las urnas"Flavio prometía reducir el tamaño del Estado, contener el gasto y endurecer las políticas de seguridad. Intentaba evocar la primera parte de la gestión de su padre. El día en que Jair Bolsonaro apareció en televisión rompiendo un ejemplar del diario Globo me encontré con uno de los empresarios periodísticos más importantes de Brasil. “Mientras deje actuar en el ministerio a Guedes (prestigioso economista liberal), que rompa todo lo que quiera”, me dijo.En octubre de 2026, la estrategia de los dos candidatos fue conquistar a los votantes que desconfiaban del adversario, más que atraer a los insuficientes convencidos de sus propias propuestas. La campaña, que parecía definida por impugnaciones cruzadas de corrupción y agitación del miedo por las medidas económicas atribuidas a uno y otro, terminaría encontrando su momento más inesperado en una referencia oblicua a la falta de un meñique.Anatomía de una ausenciaLa noche del 4 de octubre pasado, Flavio estaba eufórico. Había superado por más dos millones y medio de votos a Lula en la primera vuelta, y todo indicaba que ampliaría notoriamente esa ventaja en el ballotage. “Es el fin de la era del PT”, dictaminó y en los siguientes días se comportó como un presidente electo, anunciando ministros y futuras medidas.El Gobierno nacional confirmó que no felicitará a Lula y crece la tensión diplomática con BrasilEl 18 de octubre, en el primer debate presidencial anterior a la segunda vuelta, Flavio se movió con comodidad ante un Lula al que, con sus 80 años a cuestas, le costaba internalizar el timing de las intervenciones pautadas.Cinco días después, cuando faltaban 34 horas para el inicio de las elecciones definitivas, los candidatos protagonizaron el debate final en los estudios de O Globo. La discusión giraba en torno al aumento de los salarios y a la reducción del poder adquisitivo por la inflación. En la velocidad de la argumentación, Flavio cometió su gran error: “De nada sirve, Lula, si das con una mano y después quitás con los nueve dedos”.Pasaron los minutos, Flavio siguió hablando. Luego, Lula pidió su derecho a réplica. “Si hay alguien aquí que sabe lo que es el mundo del trabajo, soy yo. Si hay alguien que perdió un dedo a los 17 años, fui yo. No voy a permitir que un miliciano, que nunca trabajó en su vida, me llame nueve dedos… Millones de trabajadores sufren accidentes por irresponsabilidad patronal. Vas a tener que pedir disculpas. Porque el pueblo trabajador está mirando”.Flavio terminó pidiendo disculpas. Pero la frase ya había desplazado la discusión desde los indicadores económicos hacia la historia personal y la identidad de su adversario condensada en una pequeña ausencia. Pulgadas.Brasil: el partido de Flávio Bolsonaro reconoció la victoria de Lula da Silva en el balotajeLula se encontró con su escena borgeana. Con un destino que, por largo y complicado que haya sido, constó finalmente de un solo momento. Aquel en que, ante decenas de millones, pudo gritar quién era. O quién había sido, antes de todas las transformaciones derivadas del poder. Por un momento dejó de ser el político octogenario de reflejos disminuidos. El presidente que debió traicionar viejos ideales y desdibujar sus mejores días. Frente a la burla de un adversario prepotente, volvió a ser, por un instante que se repetiría incontables veces, aquel chico de 17 años que una noche, frente a una prensa mecánica, gritó de dolor al perder un dedo.