Mitos y más

Los dioses de la muerte y el inframundo en la mitología: qué decidía de verdad adónde ibas al morir, de Gilgamesh y Hel a Yama, Osiris y Platón.
Damos por hecho que los dioses de la muerte juzgaban a los muertos, con su balanza y su infierno para los malos. Casi ninguno lo hacía. En el poema sumerio de Gilgamesh, la sombra de Enkidu sube del mundo de abajo y cuenta qué decide la suerte de cada muerto: cuántos hijos dejó, cómo murió y si alguien le lleva de comer. Es el último episodio del mes de los inframundos: Ereshkigal y las siete puertas de Inanna, Hel y la muerte de Baldr, la casa de Hades en Homero, el juicio de los ricos bien vestidos del Gorgias de Platón, Merikare y el puente de Zaratustra, Yama y el niño Nachiketas, y de dónde sale nuestra certeza de que el más allá premia y castiga.
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📝 Y por escrito: el juicio de los muertos, en mitosymas.com
Capítulos
0:00 Lo único que Gilgamesh no preguntó
0:47 Ereshkigal, Inanna y las siete puertas
2:50 Enkidu y el interrogatorio de Gilgamesh
4:03 Hel, Baldr y la giganta que no lloró
6:55 Grecia: Minos, Eleusis y el juicio de Platón
9:34 Egipto y el puente de Zaratustra
11:03 Yama y Nachiketas en la puerta de la Muerte
12:55 La oficina del más allá y el juramento roto
14:19 El final del poema de Gilgamesh
15:36 De dónde sale el premio y el castigo
El episodio que se nombra al final
Hades y Perséfone no son una historia de amor (EP161): escúchalo aquí · en vídeo
Fuentes principales
Bilgames y el inframundo (ETCSL 1.8.1.4): etcsl.orinst.ox.ac.uk
El descenso de Inanna (ETCSL 1.4.1): etcsl.orinst.ox.ac.uk
Snorri Sturluson, Gylfaginning: heimskringla.no
Platón, Gorgias 523a-524a: Perseus
Katha Upanishad: Wikipedia
Pew Research Center, Views on the afterlife (2021): pewresearch.org
🔗 mitosymas.com
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What is Mitos y más?

Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.

Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.

¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.

Hace unos 4000 años, en un poema de Sumer,

los dioses abren un agujero en la tierra,

y por él sube la sombra de un muerto.

Arriba le espera su mejor amigo,

un rey, que le pregunta
por los muertos uno a uno:

por el que tuvo un hijo,
por el que tuvo siete,

por el que murió en la guerra.

Pregunta por casi todo.

Lo único que no pregunta
es si fueron buenos.

Damos por hecho que los dioses de
la muerte juzgaban a los muertos,

con su balanza y su
infierno para los malos.

Casi ninguno lo hacía.

Este es el último episodio de un mes entero
recorriendo los mundos de los muertos,

y hoy los pongo uno al lado del otro para
contestar lo que de verdad decidía adónde

ibas.

Lo cuento con los textos
más antiguos de cada sitio,

y si alguna idea es más
moderna de lo que parece,

lo verás en su momento.

El rey se llamaba Gilgamesh, el amigo,

Enkidu, y la casa de la que acababa de
subir era la más antigua que tenemos por

escrito.

Los poemas de Mesopotamia la describen como
una casa oscura de la que no sale nadie

que entra, donde el polvo es
la comida y el barro es el pan,

y donde los muertos no ven la
luz y van vestidos con plumas,

como pájaros.

La gobernaba una diosa,
la reina de la Gran Tierra,

Ereshkigal.

De esa casa se conserva una visita famosa,

la de su propia hermana.

Inanna era la diosa del
amor y de la guerra,

y un día decide bajar.

Antes de irse deja
instrucciones a su sirvienta:

si no vuelvo en tres días,
ve a pedir ayuda a los dioses.

Llega a la primera puerta y
el portero le quita la corona.

Ella pregunta qué es esto, y le contestan:

calla, Inanna, se está cumpliendo
una ley del mundo de abajo.

En la segunda puerta le quitan el collar.

Luego, las cuentas que
lleva sobre el pecho,

el pectoral,

el anillo de oro, la vara de medir,

y al final, en la séptima, el vestido.

Entra desnuda en la sala del trono,

y allí la esperan siete jueces.

La miran, y es la mirada de la muerte.

Le hablan, y es la palabra de la ira.

La diosa del amor se queda convertida
en un cadáver colgado de un gancho.

Es la primera escena de juicio que
conocemos en un mundo de los muertos,

y no juzga a una mala persona.

Juzga a una diosa viva que
se ha colado donde no debía.

La sacan de allí por compasión,

no por la fuerza.

Uno de los dioses fabrica dos criaturas
diminutas con la tierra de debajo de sus

uñas y las manda abajo con una consigna.

Ereshkigal está tendida,
gimiendo como una mujer de parto,

y cada vez que dice ay, mi corazón,

las criaturas le contestan:

sufres, señora nuestra, ay, tu corazón.

Nadie la había acompañado
nunca en su dolor,

y en agradecimiento les
deja llevarse lo que pidan.

Piden el cadáver colgado del gancho.

Así que el primer tribunal del más allá
que se conoce no juzgó la vida de nadie.

Para los muertos de verdad,
los que bajaban sin colarse,

la regla era otra, y Enkidu la
había visto con sus propios ojos.

Cuando sube por el agujero, los
dos amigos se abrazan y se besan,

y se cansan de tanto preguntarse.

Dime, amigo, le pide Gilgamesh,

¿has visto cómo es el
orden del mundo de abajo?

Si te lo cuento, le contesta Enkidu,

siéntate a llorar.

Le cuenta que el cuerpo que a él tanto le
gustaba abrazar ya está lleno de gusanos,

como una ropa vieja.

Gilgamesh dice ay,
y se sienta en el polvo.

Y desde el polvo empieza a preguntar.

Le pregunta por el que tuvo un hijo,

y Enkidu le dice que llora amargamente
junto a una estaca clavada en la pared.

¿Y el que tuvo dos?

Se sienta en un par de
ladrillos y come pan.

El que tuvo cuatro está tan contento
como quien tiene cuatro burros que uncir.

El que tuvo siete se sienta en un trono,

como compañero de los dioses,
y escucha los juicios.

Le pregunta por el leproso, que se
retuerce mientras se lo comen los gusanos,

y por el que cayó en la batalla,

al que no tiene quien
le sostenga la cabeza,

porque su padre y su madre
no están y su mujer llora.

Lo que decide tu suerte en esa casa es
cuántos hijos dejaste y cómo te moriste.

Ni una palabra de si
fuiste honrado o mentiroso.

Es casi un trámite de
familia, y tiene su lógica:

los hijos eran los que iban a seguir
dándote de comer cuando ya no estuvieras.

Esa misma regla, la de cómo moriste,

aparece a miles de kilómetros de allí,

en sitios que nunca habían
oído hablar de Sumer.

Por ejemplo, en el norte de Europa.

Cuando los dioses nórdicos se enteran de
que la hija de Loki va a traer desgracias,

Odín la agarra y la tira
al mundo de la niebla,

abajo y al norte, y le da
poder sobre nueve mundos.

Se llama Hel, y su trabajo,
según lo cuenta el islandés Snorri,

es repartir sitio entre los que le mandan,

que son los que mueren de
enfermedad o de viejos.

Su casa tiene nombres que
no animan a visitarla.

Su plato se llama Hambre, su cuchillo,

Inanición, su cama, Lecho de Enfermo.

Ella tiene medio cuerpo negro azulado
y la otra mitad del color de la carne.

Si en el cine la has
visto como hija de Odín,

en los textos es hija de
Loki, y no castiga a nadie.

Recibe a los que se mueren en la cama.

Los que caían en combate
iban a otra parte,

y no por valientes, sino porque morir con
un arma en la mano te ponía en otra lista.

La mitad se la quedaba
Odín, y la otra mitad,

la diosa Freya.

Otra vez decide la forma de morir.

La mejor prueba de que Hel no era ningún
diablo es a quién tenía sentado en el sitio

de honor.

Baldr era el más querido
de todos los dioses,

el más bello y el más bueno, y lo
mataron con una rama de muérdago.

Sus padres no lo soportan.

Su madre pide a alguien que cabalgue
hasta la casa de Hel a ofrecer un rescate,

y se ofrece uno de sus hermanos,

Hermod, en el caballo
de ocho patas de Odín.

Cabalga nueve noches por valles
tan oscuros que no ve nada,

hasta un puente cubierto
de oro sobre un río.

La muchacha que guarda el puente le para.

Ayer cruzaron por aquí
cinco ejércitos de muertos,

le dice, y el puente no tembló
tanto como contigo solo.

Tú no tienes el color de los muertos.

Hermod llega a la sala y encuentra a su
hermano sentado en el lugar de honor.

Pasa allí la noche, y por la mañana
le suplica a Hel que se lo devuelva.

Ella pone una condición:

si todas las cosas del
mundo, vivas y muertas,

lloran por él, volverá.

Y todo llora.

Lloran los hombres, los animales,

las piedras, los árboles y los metales,

como lloran las cosas cuando
pasan del hielo al calor.

Todo menos una giganta
escondida en una cueva,

que se llama Þökk.

Þökk llorará con lágrimas secas,

contesta, y que Hel se quede lo que tiene.

Se decía que aquella
giganta era Loki disfrazado.

Esta escena explica a Hel mejor
que cualquier descripción.

El dios más bueno de
todos acaba en su casa,

y ella lo sienta en el sitio de honor y
está dispuesta a devolverlo si el mundo

entero lo llora.

Lo curioso es que el mismo Snorri,

unas páginas antes, dice lo contrario:

que los hombres rectos vivirán en un palacio
de oro y que los malvados irán a Hel,

y de allí, a un sitio peor.

Snorri escribía hacia 1220, más de dos
siglos después de que Islandia se hiciera

cristiana.

En el poema que él mismo cita,
una vidente ve ese sitio peor,

una playa lejos del sol, con un río de
veneno que tienen que vadear los asesinos y

los que juraron en falso.

Los que juraron en falso tienen
parientes muy lejos de Islandia,

más de 2000 años antes.

En Homero, todos los muertos
van a la misma casa de Hades.

Aquiles, el mayor héroe de los griegos,

se lo dice a Odiseo sin rodeos:

preferiría trabajar de jornalero para un
pobre antes que reinar sobre todos los

muertos.

Allí hay un juez, el rey Minos,

con su cetro de oro, pero no
reparte premios ni castigos.

Los muertos se le acercan a
pedirle sentencia en sus pleitos,

como cuando estaban vivos.

Hay un momento de la Ilíada en que
dos ejércitos juran una tregua,

y el rey Agamenón pone por
testigos a los de abajo,

a los que castigan a los
muertos que juraron en falso.

Otra vez el juramento.

Hubo griegos que buscaron un
destino mejor que el de Aquiles,

y lo encontraron en
Eleusis, cerca de Atenas,

en unos ritos secretos en
honor de Deméter y de su hija.

El himno que los cuenta promete que es
dichoso el que ha visto aquellos ritos,

y que el que no se ha iniciado no
tendrá la misma suerte cuando muera,

en la oscuridad.

No dice dichoso el que ha sido justo.

Dice el que ha visto.

El tribunal de tres jueces que
hoy damos por mitología griega,

que mandan a unos al paraíso
y a otros al tormento,

es bastante posterior.

Aparece unos 400 años después de Homero,

en un diálogo de Platón, y Platón lo cuenta
como una historia que pone en boca de

Sócrates.

Es una historia muy buena,
porque empieza con una queja.

Al principio, cuenta, a los hombres se les
juzgaba el mismo día en que iban a morir,

vivos, y con jueces también vivos,

y salía mal.

Hades y los guardianes de las islas de los
bienaventurados suben a quejarse a Zeus:

les están llegando almas
que no les corresponden.

Zeus lo entiende enseguida.

Se juzga mal, dice, porque
se juzga a la gente vestida.

Hay muchos con el alma podrida que
llegan envueltos en un cuerpo hermoso,

en buena familia y en dinero, y el día
del juicio se presentan con montones de

testigos que juran que
han vivido como es debido.

Los jueces se impresionan,
porque también están vestidos.

Así que Zeus cambia el procedimiento.

Primero, manda a Prometeo a quitarles a los
hombres la capacidad de saber cuándo van

a morir, para que nadie se prepare.

Luego, se les juzgará desnudos,

es decir, muertos, y el
juez también estará muerto,

para que mire el alma con su propia alma,

sin ropa de por medio.

Nombra a tres jueces,
Minos, Radamantis y Éaco,

que juzgarán en un prado, en el cruce
donde se separan los dos caminos.

Cuando llega ante Radamantis el
alma de un gran rey de Persia,

el juez la ve llena de marcas
de latigazos y de cicatrices.

Cicatrices de perjurios.

Me encanta que el primer juicio griego
de verdad nazca de un fallo del sistema,

y de un fallo muy concreto:

los ricos llegaban bien vestidos.

Pero los griegos llegaron tarde.

Mucho antes, en Egipto, alguien ya había
pensado que tus actos te esperaban al otro

lado.

Hace unos 4000 años, un rey egipcio le dejó
por escrito a su hijo unos consejos para

gobernar, y en ellos le avisa de un
tribunal que no es de este mundo.

No te fíes de los años que te quedan,

le dice, porque esos jueces ven una
vida entera como si fuera una hora.

El hombre sobrevive a la muerte,

y sus obras se amontonan a su lado.

Es la primera vez que encontramos escrito,

con claridad, que lo que decide
tu destino es cómo has vivido.

Los egiptólogos creen que al principio
aquel juicio era más bien un pleito que el

muerto ganaba contra su enemigo,

y que la moral entró después.

En Persia apareció una idea parecida,

y nadie sabe bien cuándo, porque la fecha
de los himnos de Zaratustra se discute con

siglos de diferencia.

En ellos, los muertos
tienen que cruzar un puente,

el puente del que separa.

Zaratustra promete cruzarlo
con todos los que le sigan,

sean hombres o mujeres, y de los que
eligieron la mentira dice algo que se queda

dentro.

Que, cuando lleguen al puente,
los atormentará su propia alma.

Cómo era esa sala, con
el corazón en la balanza,

los 42 jueces y la frase que el muerto
llevaba aprendida para que su propio corazón

no declarara contra él,
lo conté en el episodio de Osiris.

Aquí me quedo con una cosa.

En cuanto alguien inventó el juicio,

inventó también la manera
de llegar preparado.

La segunda cosa que trae un juicio,

casi siempre, es una oficina.

Para verla nacer, hay que ir a la India,

donde el dios de la muerte
empezó siendo el primer muerto.

En los himnos más antiguos de la India,

Yama es el primer mortal que murió,

el que encontró el camino hacia el otro
lado y se lo enseñó a todos los demás.

Allí reina feliz entre los antepasados,

en el cielo más alto, y para llegar a su
lado solo hay que pasar sin miedo junto a

sus dos perros de cuatro ojos.

No hay balanza ni tribunal.

Es el dueño de la casa,
el que recibe a los suyos.

Una vez, como dueño de la casa,

quedó muy mal.

Un hombre muy rico quiere ganarse el
cielo y regala todo lo que tiene a los

sacerdotes.

Pero regala las peores vacas, viejas,

secas, que ya no dan leche.

Su hijo, un niño que se llama Nachiketas,

lo ve y le da vergüenza.

Y a mí, padre, ¿a quién me vas a dar?

El padre no contesta.

Se lo pregunta otra vez, y otra,

y a la tercera el padre explota:

a la Muerte te doy.

Y el niño va.

Llega a la casa de Yama y Yama no está.

Espera tres noches en la puerta,

sin que nadie le dé de comer ni de beber.

Cuando el dios vuelve y se entera,

se avergüenza, porque ha dejado a
un invitado tres días con hambre,

y para compensarle le concede tres deseos.

El primero, volver con su padre y
que su padre no le guarde rencor.

El segundo, aprender el
fuego que lleva al cielo.

El tercero es la pregunta.

Cuando alguien muere, unos dicen
que sigue existiendo y otros que no.

¿Qué pasa?

Yama no quiere contestar.

Ni los dioses lo saben, le dice,

pide otra cosa.

Te doy hijos y nietos que vivan 100 años,

ganado, caballos, oro,

todo el tiempo que quieras vivir,

y las mujeres más bellas,
con sus carros y su música.

El niño le dice que se quede sus caballos,

y su música.

Él quiere la respuesta.

Y la Muerte, al final, se la da.

A mí lo que más me gusta de esta
historia es quién falla en ella.

El que falla es el dios de la muerte,

por no darle de comer a un
niño que esperaba en su puerta.

Ese mismo Yama, unos 2000 años después,

ya es otra cosa.

Es un juez, tiene un secretario,

Chitragupta, que apunta en
un libro todo lo que haces,

y antes de llegar a su sala
hay que cruzar un río terrible.

Ese río, según uno de
los textos de esa época,

se cruza en barca si en
vida regalaste una vaca.

Una buena, se supone, no como
las del padre de Nachiketas.

Ahí está la oficina, y con la oficina,

la ventanilla.

Cuando Yama viajó a China y
se convirtió en el rey Yánluó,

el juicio se repartió en diez
tribunales con sus expedientes,

y los vivos podían aliviarle el trámite
a su difunto con ofrendas y con dinero de

papel; en Corea, una buena cena les
ganaba a los mensajeros de la muerte algún

favor.

Esas dos historias ya las
conté en sus episodios.

Así que incluso donde por
fin se juzgaba la conducta,

siempre hubo una manera
de ayudar desde fuera.

Si haces la cuenta de este mes,

sale casi siempre lo mismo.

En Japón, lo que ataba a Izanami a los
muertos fue haber comido en su fogón.

En el Mictlán, el destino lo
decidía la manera de morir,

y daba igual que fueras
señor o gente baja.

En los Andes, el infierno lo trajeron
los frailes con sus diccionarios.

En Grecia, Hades casi ni sale,
porque quien daba miedo era su mujer.

Las excepciones antiguas son pocas,

y si las pones juntas,
casi todas castigan lo mismo.

En Islandia, en Homero,
en el prado de Platón.

El que juró en falso.

Y la más antigua de todas está
en la misma tablilla de Enkidu.

Porque de aquel poema se
conservan varias copias,

y en una de ellas, la de la ciudad de Ur,

Gilgamesh hace dos preguntas más.

¿Viste al que no respetó la
palabra de su padre y de su madre?

Lo vi, y no deja de gritar, ay,

mi cuerpo, ay, mis piernas.

¿Viste al que mintió
a los dioses al jurar?

Lo vi, y bebe lo que ya han bebido otros,

en la entrada del mundo de abajo.

Ahí están, hace 4000 años, las dos únicas
faltas que se pagaban entre los muertos.

Pero no son las preguntas
que más le importan.

En la versión principal, Gilgamesh
pregunta por sus propios hijos,

los que nacieron muertos sin
llegar a conocer la vida.

Enkidu le dice que juegan
en una mesa de oro y plata,

llena de miel y mantequilla.

Luego le pregunta por el que no
tiene a nadie que le lleve ofrendas,

nadie que le ponga comida
ni agua en la tumba.

Lo vi, dice Enkidu.

Come las sobras y las migajas
que la gente tira a la calle.

La última pregunta del poema
es por el que murió quemado.

A ese no lo vi, contesta Enkidu.

Su espíritu no está allí.

Su humo subió al cielo.

Con esa respuesta se acaba el poema.

Esa es la respuesta escrita más antigua
que tenemos a la pregunta de qué decide tu

suerte cuando mueres.

No es si fuiste bueno.

Es si queda alguien que se
acuerde de ti y te ponga de comer.

Entonces, ¿de dónde sale nuestra certeza
de que el más allá sirve para premiar y

castigar?

Sale sobre todo de una línea concreta.

El juicio egipcio, los libros más tardíos
de la Biblia hebrea y el cristianismo,

con su juicio final, y siglos después,

Dante, que en su Infierno ordena
el castigo pecado por pecado,

círculo por círculo.

Esa línea ganó, y con ella
aprendimos a leer el resto.

Por eso, seguramente,
Snorri, que era cristiano,

le añadió a Hel un sitio
peor para los malvados,

y por eso los frailes de los Andes
tradujeron el mundo de abajo como infierno.

Hoy, en Estados Unidos, siete de cada diez
adultos creen en el cielo y seis de cada

diez en el infierno.

Comparada con todo lo
que hemos visto este mes,

esa idea es de las más recientes.

No me parece mejor ni peor que las otras.

Pero las antiguas tenían
algo que esta perdió.

En la casa de polvo de Ereshkigal,

en la sala de Hel, en la puerta de Yama,

lo que te pasaba después de
morir no dependía solo de ti.

Dependía de los que se quedaban arriba.

La imagen que yo me llevo de todo este mes
no es la balanza que pesa corazones ni el

demonio con su tridente.

Es Gilgamesh sentado en el polvo,

preguntándole a su amigo
por los muertos uno a uno.

Le preguntó si tenían hijos, cómo habían
muerto y si alguien les llevaba de comer.

Nunca le preguntó si habían sido buenos.

Aquiles, el que prefería ser jornalero
antes que rey de los muertos,

vivía en una casa con dos tronos,

y el que más miedo daba
no era el de Hades.

Esa historia, la de una reina
a la que temían los héroes,

hasta el punto de que Odiseo salió corriendo
del mundo de los muertos por lo que

ella le pudiera mandar, la conté en
el episodio de Hades y Perséfone.

Si estás viendo esto,
te aparece en pantalla;

si lo estás escuchando,
lo tienes en las notas del episodio.