Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.
Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.
¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.
En una isla del Mediterráneo hay un prado
precioso, lleno de flores, pero todo a
su alrededor está cubierto de huesos.
Sus dueñas no persiguen a nadie,
no empuñan un arma, solo cantan.
Cada hombre que ha oído ese
canto se ha quedado ahí,
sentado, escuchando hasta morir.
Hace 2800 años, un hombre quiso
oírlo y vivir para contarlo, así que
ordenó a sus propios remeros que lo
ataran de pies y manos al mástil.
Y tú repites esa maniobra cada
vez que dejas el móvil en otra
habitación para poder dormir.
Lo que vas a aprender aquí sale
del canto XII de Homero y de
revistas de neurofarmacología
y psiquiatría de este siglo.
Te voy a llevar por las tres primeras
trampas del viaje de Odiseo: una
flor, una maga y un canto, y vas
a ver que juntas son el mapa más
antiguo que existe de la adicción.
La primera parada no tiene
garras ni dientes, tiene pétalos.
Una tormenta arrastra las naves de Odiseo
hasta una costa tranquila, la tierra de
los lotófagos, los comedores de loto.
Odiseo, prudente por una
vez, no desembarca con todos.
Manda a tres hombres a explorar.
Los habitantes lo reciben en paz y les
ofrecen su comida, el fruto de una flor.
Lo raro es que esto no encaja con
ninguna historia de monstruos.
Los tres hombres comen el loto y
sin más dejan de querer volver.
No los encadenan, nadie los amenaza.
Pierden el hilo que los sujetaba
a su casa y a su propio nombre.
Los griegos tenían una palabra para ese
hilo, el nostos, el deseo de regresar.
El loto trabaja con placer,
no con dolor, y por eso nadie
a su alrededor pide auxilio.
Los hombres solo quieren
quedarse ahí, masticando,
olvidando por qué habían zarpado.
¿Y qué era el loto?
Nadie lo sabe con certeza, y me gusta
que los estudiosos sigan discutiéndolo.
Unos dicen que era azufaifa
dulce, otros la amapola del opio,
otros el loto azul del Nilo.
Pero da igual cuál fuera.
A Homero no le importaba qué planta era,
le importaba cómo funciona su efecto,
que no duele y que por eso es peor.
Odiseo reacciona rápido, baja él mismo,
agarra a los tres hombres que lloran
por quedarse, los arrastra a las naves y
los ata bajo los bancos de los remeros.
Los salva por la fuerza,
contra su voluntad.
Piénsalo, la única posible defensa
contra esa flor es no volver a
acercarse a ella, huir, no negociar
ni solo un poco, arrancar de raíz.
Pero el loto solo te adormece por fuera.
La siguiente isla es peor porque
su dueña no te quita las ganas
de volver, te quita el cuerpo.
Convierte a hombres en cerdos.
Y un neurólogo del siglo XX leyó ese
pasaje y reconoció línea por línea un
cuadro clínico que él veía en urgencias.
La isla se llama Eea La habita
Circe, hija del sol, maga y
conocedora de plantas y venenos.
Odiseo divide a sus hombres en dos
grupos y echa a suertes quién explora.
Le toca al grupo de Euríloco.
Circe lo recibe con una sonrisa
y una mesa servida: queso,
miel, vino y un buen potaje.
Lo que no ven es que ha mezclado en
la comida sus pharmakon, sus drogas.
En cuanto beben, los toca con una
vara y sus cuerpos se deforman
en hocicos, cerdas y pezuñas.
Se convierten en cerdos.
Lo que de verdad hiela es que,
por dentro, siguen siendo ellos.
Homero lo cuenta con una
precisión que impresiona.
Su mente quedó intacta.
Están encerrados en el cuerpo de
un animal, entienden lo que les
ha pasado y no pueden ni hablar.
Solo Euríloco, que desconfió y se quedó
fuera, escapa para avisar a Odiseo.
Odiseo va a rescatarlos solo y de
camino se le aparece el dios Hermes
con una advertencia y un regalo.
El regalo es una planta de raíz
negra y flor blanca como la leche.
La llama moly y le dice que es difícil
de arrancar para las manos de un mortal.
Con esa planta encima, la droga
de Circe no le hará efecto.
Odiseo come, la poción falla y por
primera vez es la maga la que tiene miedo.
Ahora quédate conmigo, porque aquí el mito
se cruza con la farmacología de verdad.
En 1983, dos neurólogos publicaron
un artículo con una idea
desconcertante: las drogas de Circe
encajan con los anticolinérgicos,
sustancias como el estramonio,
que producen amnesia y delirio.
Ese estado en que una persona
pierde el juicio, se comporta
fuera de sí y se cree otra cosa.
No es convertirse en cerdo, claro,
pero es lo más cerca que llega un
cerebro humano intoxicado: perder
la mente sin perder el cuerpo.
Y esos mismos neurólogos fueron más lejos.
Identificaron el moly con la campanilla
de invierno, una florecilla que contiene
una molécula llamada galantamina, capaz de
revertir justo ese delirio La galantamina
no es un cuento antiguo, es un medicamento
que hoy se receta contra el Alzheimer
Y probablemente esté ahora mismo
en la farmacia de tu barrio.
O sea, la flor que Hermes le da a
Odiseo para no perder la cabeza es,
más o menos, un fármaco real que
usamos para proteger la memoria.
Lo que el mito te está diciendo
es que contra la sustancia que
te transforma no basta huir.
Hace falta un antídoto,
y el antídoto es saber.
Hermes le explica el truco
a Odiseo antes de entrar.
Va prevenido, va lúcido.
Pero ni huir ni el antídoto van
a servir contra lo que viene.
El último peligro no te ofrece
placer como la flor, ni te
droga a escondidas como Circe.
Te ofrece algo que casi nadie sabe
rechazar: conocerte de verdad.
Y la defensa que funciona es
tan extrema que hoy tiene un
protocolo clínico con su nombre.
Antes de dejar marchar a Odiseo, Circe,
que ahora es su aliada, le hace de
guía y le avisa de lo que le espera.
Primero las sirenas, y conviene borrar
la imagen de la mujer pez de los cuentos.
Las sirenas de Homero cantan desde
un prado y a su alrededor se pudren
montones de huesos, pieles de
hombres que se quedaron a escuchar.
Su canto no hunde barcos,
hace algo más silencioso.
Los que lo oyen dejan de remar, dejan de
volver, se quedan a morir en la orilla.
Escuchar es la trampa.
Circe le da la única defensa
conocida y son dos capas.
Para la tripulación, tapones.
Tapones de cera de abeja en los
oídos para que no oigan nada.
Para Odiseo, que quiere oír el canto
y sobrevivir para contarlo, una
orden aún más rara: que sus hombres
lo aten de pies y manos al mástil.
Aún queda una instrucción
adicional decisiva.
Si él suplica que lo suelten, si amenaza,
que lo aten todavía más fuerte Ahora,
la pregunta que casi nadie hace: ¿qué
cantan las sirenas para ser tan mortales?
No prometen placer ni amor,
prometen conocimiento.
Sabemos todo cuanto ocurre
sobre la Tierra, le dicen.
Hacen algo más fino todavía.
No le cantan a Odiseo una canción
cualquiera, le cantan sobre él,
su propia gloria en la guerra de
Troya, sus hazañas, su nombre.
El anzuelo perfecto está hecho a su
medida y le susurra: " Te conozco,
sé quién eres y qué quieres oír".
Y si eso te suena es porque
lo tienes en el bolsillo.
Un canto personalizado, infinito,
que parece conocerte mejor que
tú mismo y que ajusta cada nota a
lo que te retiene un segundo más.
Se llama algoritmo, se llama
economía de la atención.
Una revisión científica de 2025 lo
dice sin rodeos: el uso intensivo
de las redes altera las vías de la
dopamina, el circuito de recompensa
del cerebro, y crea una dependencia
parecida a la de las sustancias.
Y los sistemas que deciden qué
te muestran tienen un único
objetivo: retenerte más tiempo.
Los ingenieros que diseñan esas
notificaciones han comparado el
móvil con una máquina tragaperras,
porque nunca sabes si al deslizar
hacia abajo saldrá algo bueno.
Y esa incertidumbre es
justo lo que engancha.
El prado de huesos de Homero resulta
ser una metáfora incómodamente precisa.
El barco llega a la isla.
Lo que hace ahora Odiseo es la
jugada más inteligente de todo el
poema y no es un acto de fuerza.
Lo obvio sería resistir, apretar
los dientes y aguantar el canto
a base de fuerza de voluntad.
Pero Odiseo, que ya ha sido advertido,
sabe que eso no va a funcionar.
Sabe que cuanto oiga el canto va a querer
soltarse, va a suplicar, va a odiar
a sus propios hombres por retenerlo.
Así que hace lo que le indicaron.
Decide antes, mientras aún está
lúcido, y le entrega el control
a otros, que lo aten al mástil.
Entonces, empieza el canto.
Se le seca la boca, tira de las cuerdas
hasta hacerse daño en las muñecas, clava
los ojos en sus remeros y les grita:
"¡Soltadme, os lo ordeno!" Ellos, sordos
por la cera, le ven mover los labios
y aprietan más, tal como se les dijo.
El barco pasa y Odiseo se convierte
en el único hombre que ha oído ese
canto y ha vivido para contarlo.
Eso que hizo tiene nombre en la
ciencia moderna y el nombre es suyo.
El filósofo John Elster tituló un
libro entero, "Ulises y las sirenas",
para explicar lo que llamamos
precompromiso: atarte por adelantado
en un momento de claridad para
protegerte de tu yo futuro más débil.
Pero no se quedó en la filosofía.
En la psiquiatría existe con todas
las letras: el contrato de Ulises,
una directiva de autovinculación.
Hay pacientes con trastornos como el
bipolar o la esquizofrenia que, estando
bien, firman un documento que ordena a
sus médicos tratarlos durante una crisis
futura, aunque en ese momento se nieguen.
Se atan sabiendo que la tormenta les
va a hacer suplicar lo contrario.
Lo notable es cuánta gente lo quiere.
En un estudio de 2021 publicado en
la revista The Lancet Psychiatry,
más del 80 % de las personas con
trastorno bipolar que respondieron
respaldaba ese tipo de directiva.
Reconocen que durante la crisis su juicio
se distorsiona y prefieren que su versión
sana decida por su versión enferma.
Es la misma lógica de Odiseo en
la cubierta, punto por punto.
El yo lúcido de hoy le pone
límites al yo capturado de mañana.
por eso, cuando dejas el teléfono en
otra habitación para poder dormir, cuando
instalas un bloqueador que te corta
las apps o te pone un límite de tiempo
que te cuesta saltarte, no estás siendo
disciplinado, estás atándote al mástil.
Es la sospecha, muy sabia, de
que tu voluntad va a fallar en
cuanto empiece el canto y de que
conviene decidirlo antes de oírlo.
Al final, las tres paradas encajan.
De la flor aprendes a huir de lo que
te adormece, de Circe que necesitas
entender el engaño para resistirlo.
Y de las sirenas, la lección más dura:
Que contra lo que de verdad te conoce,
hay que atarse antes de escuchar.
Homero no escribió un
cuento de monstruos marinos.
Escribió, sin saberlo, el manual
de tu relación con la pantalla:
cómo te engancha y cómo resistir.
Odiseo sobrevivió a la
flor, a la maga y al canto.
Pero fíjate en un detalle que
Homero desliza sin subrayarlo.
De toda su tripulación, no
volverá a casa ni uno solo.
El único que llega es aquel
que aprendió a atarse.
Y antes de que ese hombre roto pise
por fin su isla, hay una cueva y un
gigante que conviene no saltarse,
porque ahí empezó su condena.
Es el capítulo anterior de ese
viaje y te dejo el enlace aquí mismo