Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.
Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.
¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.
En casi todos los mitos del mundo,
la muerte entra por un castigo, una
fruta prohibida o una desobediencia.
En el mito que vamos a analizar
hoy entra por un contrato.
Alguien pidió un favor, aceptó el
precio y el precio eran sus hijos.
Los actores de esta historia se llaman
Sa y Alatangana, y es el mito de la
creación del pueblo kono en Guinea.
El favor que pidió Alatangana fue la luz
y se la pidió a Sa, que es la muerte.
Sa dijo que sí y después le pasó el cobro.
Sus hijos y los hijos de sus hijos
hasta el final de los tiempos.
Todo esto lo sabemos porque un puñado
de etnólogos franceses se pasó años
en los bosques de Guinea apuntando lo
que contaban los kono y porque uno de
ellos, además, se sentó a la orilla de
un río a ver cómo le rezaban a ese dios.
Vamos a entender por qué a
Alatangana le pareció un buen trato.
Pero vamos por orden.
Antes de que existiera la luz, la
muerte vivía en un mar de barro.
Se llamaba Sa, tenía mujer y una
hija, y los tres eran lo único que
existía, sin tierra y sin días, solo
barro y familia flotando dentro.
Alatangana llega a aquel barro, mira a
Sa hundido hasta el pecho en el lodo y
lo primero que le sale es un reproche.
Que aquello está sucio, que aquí
no hay luz, que ahí no vive nada.
No se lo dice con delicadeza, pero
acto seguido se pone a arreglarlo.
Endurece el barro y sale la tierra firme.
Sobre la tierra pone las plantas.
Entre las plantas suelta los animales.
En tres movimientos crea el mundo.
Se podría haber tirado a descansar.
En vez de eso, lo
reconoce y hace algo más.
Le abre su casa y lo acoge como huésped.
Así que la muerte hace de
anfitriona y el invitado, bajo
su techo, se enamora de su hija
Alatangana la pide.
Sa dice que no con buenos modos.
Se lo vuelve a pedir.
Sa dice que no otra vez y la
segunda vez ya sin modales.
Un dios creador acaba de
recibir una negativa doméstica,
de padre a pretendiente.
El conflicto que va a explicar
la mortalidad de toda nuestra
especie no es una guerra celeste,
es una discusión de familia.
Alatangana la corteja
igualmente y se fugan.
Se lleva a la hija de la muerte y
la muerte no dice nada, todavía.
Se instalan lejos, durante
un tiempo les va bien.
Catorce hijos, siete niños y siete niñas.
Entonces descubren algo que no entienden.
Cada hijo habla una lengua distinta.
No se entienden entre hermanos
y no entienden a sus padres.
Catorce criaturas en una misma casa
y nadie puede hablar con nadie.
No hay conjuro que arregle aquello.
Así que Alatangana se traga el orgullo
y se va a preguntárselo a su suegro.
La respuesta cabe en tres golpes.
Es una maldición.
La ha puesto Sa y es por la hija.
De esos catorce hijos salen
los pueblos del mundo.
En la única versión completa que tenemos
a mano, la de 1966, la lista incluye
a los kono, a sus pueblos vecinos y
también a los franceses y a los ingleses.
Un mito de creación africano con la
potencia colonial dentro de la familia.
Nadie sabe cuándo entraron ahí.
Fíjate en lo que todavía les
falta a esos catorce hijos.
No tienen luz.
El mundo entero sigue a oscuras y
el dios que ha hecho la vida no sabe
hacer el día Alatangana lo intenta
con la misma magia que endureció el
barro y llenó el aire de pájaros.
Con el amanecer no funciona.
Solo hay un sitio donde está la
respuesta y es el único sitio al
que no quiere volver, porque el
único ser que llevaba una eternidad
viviendo en la oscuridad es la muerte.
Sa sabe cómo se hace de día.
Nadie más lo sabe.
Alatangana no va. Manda a dos mensajeros.
Uno es el gallo, el otro es el tutú, un
pájaro rojo pequeño, de los primeros que
se despiertan en el bosque de Guinea.
Los dos vuelan hasta la casa
de Sa a pedirle luz para los
hijos del que le robó la hija.
Sa los recibe, les deja
entrar y les enseña un canto.
Un canto, no un objeto, no un fuego,
no un sol que colgar de alguna parte.
Unas notas.
La muerte les enseña la melodía con la
que se llama al día y los manda de vuelta.
Los pájaros llegan a la casa
de Alatangana con una canción.
Alatangana no se lo cree.
Ha mandado a dos pájaros a pedirle el
sol al ser más peligroso que existe
y vuelven con una pequeña canción.
Piensa que le mienten o que su suegro
se está riendo de él por segunda vez.
Se lanza sobre ellos, los agarra, los
sacude, les arranca las plumas y está
a un segundo de matarlos a los dos.
Entonces, para.
Los echa de su casa medio desechos
Y los dos pájaros vuelan hasta
donde ya no se les oye, con la
única cosa capaz de encender el
mundo y sin nadie a quien dársela.
A distancia segura, los dos pájaros hacen
lo único que se les ocurre: ensayar.
El gallo canta, el tutú responde
con sus primeras notas y el cielo,
por primera vez desde que existe
algo, se aclara por un borde.
Sale el sol, cruza el cielo y al
ponerse aparecen las estrellas, que
tampoco existían hasta entonces.
Desde entonces, cada día del mundo
empieza igual: con dos pájaros repitiendo
la lección que les dio la muerte.
Nosotros decimos que el
gallo anuncia el amanecer.
En este mito, el gallo no
anuncia nada, lo provoca.
El día no ocurre por su cuenta,
es el resultado de que alguien
cante bien una canción aprendida.
Alatangana lo entiende
y se le pasa la rabia.
Tiene luz para sus hijos.
Se la ha dado precisamente el
que vivía en aquel barro que él
despreció y se siente en deuda.
En deuda.
En este mito, esa palabra no es
solamente una manera de hablar.
Sa no tarda en presentarse, pero
hace algo que un dios rencoroso
no haría: no le reprocha nada.
Hace inventario, enumera lo que le ha
dado: la luz y el día y las estrellas,
todo lo que Alatangana no supo hacer.
Después, presenta la factura.
Reclama el derecho a llevarse
a cualquier descendiente de
Alatangana cuando le plazca.
A cualquiera, a los hijos, a los
hijos de los hijos, a los hijos de
esos, hasta el final de los tiempos.
Alatangana, que se sabe culpable
y se sabe deudor, dice que sí.
Y así entra la muerte en el mundo,
según los kono, por una firma Detente
un momento a pensar en lo raro que es
esto, porque yo tardé en darme cuenta.
Te decía al principio que en casi todos
los mitos la muerte llega por un fallo.
Y en África, el patrón más extendido,
el que los especialistas llaman el
mensaje pervertido, es el más triste.
El creador manda a alguien con
la noticia de la vida eterna.
Un segundo enviado llega antes y
cuenta la versión equivocada, y la
humanidad se queda con la muerte por
culpa de un recadero, un fallo de
comunicación y ya no hay marcha atrás.
Aquí no hay error.
Hay un adulto que entiende perfectamente
lo que le están pidiendo, lo
calcula y aun así acepta, con un
detalle que le da la vuelta a todo.
La deuda no la contrajo por
sus hijos, la contrajo por él.
Alatangana quería la luz.
Los que la pagan son los otros.
Hasta aquí el mito.
Ahora seguimos con el mismo
pueblo, pero ya en el siglo veinte.
Un europeo con un cuaderno se
sienta a ver rezar a los kono.
Le pregunta al hombre que oficia
qué está haciendo y el hombre
le contesta que no está rezando.
Junio de 1951.
El etnólogo Bohumil Holas está en Guinea,
a la orilla de un riachuelo llamado Zié,
viendo una ceremonia kono y lo anota todo.
Él llama sacrificio a lo que
ve, que es el término de su
oficio, pero la palabra engaña.
Lo que había en el Zié era una ofrenda.
Los fieles se paraban a cruzar el
puente y echaban arroz a los peces
sagrados del río, que nadie de aquellas
familias podía pescar ni comer.
Aquel día oficiaba un herrero anciano.
Quien preparó el sitio fue
su sucesor, Yogpo Danéa.
Limpió a mano un par de metros
de la orilla, colocó unas piedras
sobre hojas anchas, la mitad fuera
del agua y la mitad dentro, y se
acuclilló frente a la corriente.
Holas le preguntó qué estaba haciendo
y anotó la respuesta: «No rezo, no hago
nada, alejo de mí todo pensamiento».
En los saludos rituales que Holas
transcribe, el sacrificador se dirige
por orden a su abuelo materno, después a
todos los antepasados y en tercer lugar
a Alatangana, el creador, que en la
fórmula, y esto Holas lo anota tal cual,
es una divinidad directamente inaccesible.
Con él no se habla.
Quienes suben las
plegarias son los muertos.
Aquella ceremonia, escribe Holas, no
era una súplica, era el cumplimiento
de una obligación contraída.
Se lo preguntó a sus informantes
Kono y ellos lo explicaron con
una comparación muy doméstica.
Sería absurdo suplicar al acreedor
que acepte lo que el deudor le debe.
Dicho así, tiene toda
la lógica del mundo.
Si le debes dinero a alguien, no
le ruegas que te acepte el pago.
Pagas.
Lo raro no es la frase, es
dónde la están aplicando.
Piensa en cómo funciona rezar
en las religiones que conoces.
El fiel pide un favor que no le deben.
En el Zié, la relación
está justo al revés.
Ahí el humano es el que debe y al que
debe no se le concede nada, se le reclama.
Por eso Yogpo Danéa podía decir: "No rezo,
no hago nada", y estar diciendo la verdad.
No estaba rezando,
estaba pagando un plazo.
Olas no dice que esa idea
salga del mito de Sa.
Dice que las dos están
ahí, en el mismo pueblo.
A mí me cuesta verlas separadas,
pero eso es lo que yo veo,
no lo que dice la fuente.
Y queda un cabo suelto que no es cómodo.
Queda lo de los franceses y los
ingleses Holas trabajaba para
el Instituto Colonial Francés.
Aquel trozo de orilla, el de los
peces sagrados que ningún kono podía
tocar, había quedado dentro de la
concesión de ese mismo instituto.
Por eso, aquel junio, Yogpo Danéa
tuvo que caminar hasta el edificio
de los europeos y pedir permiso.
Se lo dieron y le dejaron
desbrozar la maleza que se había
comido el altar de sus abuelos.
Así que cuando en la lista de los
catorce hijos aparecen los franceses y
los ingleses, uno ya no sabe si fue el
mito el que se adelantó a la historia
o la historia la que se coló dentro
del mito mientras alguien lo escribía.
Y creo que esa duda es lo más
honrado que se puede decir.
Mañana un gallo va a cantar antes
de que salga el sol, como cada
día desde que existe el día.
No te está avisando nada,
te está pasando el cobro.
Te está anunciando que en algún
momento te tocará pagar la deuda.
Hay otro mito africano donde el creador
ni cobra ni se queda, huye de nosotros.
En cuanto los humanos aprenden a
forjar hierro, se sube al cielo
Por un hilo de araña y no baja.
Le dediqué un episodio entero.
Si estás viendo esto, te sale en
pantalla y si lo estás escuchando,
lo tienes en las notas del episodio.