Exclusivas de La Gaceta
“Pero ronca”: con eso se arruina casi cualquier descripción elogiosa suya y lo lleva varias casillas atrás en el reino animal. Digo casi porque hay doble vara. Vamos: si usted fuera Jacob Elordi de Cumbres Borrascosas o la Margot Robbie de Barbie, no sufriría el reproche moral ni el escarnio público y el ronquido sería lo que es, o sea, un problema médico suyo.El ronquido es un dilema porque el roncador no se acuesta pensando: “Esta noche voy a arruinarle la vida a esta persona”. Ronca. Pero el otro, el que está al lado, no duerme. Mira el techo, calcula cuánto falta para que suene el despertador, piensa cosas feas y se arrepiente de decisiones importantes. La teoría hobbesiana de Homo homini lupus le parece cada vez más evidente.La socióloga Dana Zarhin escribió un artículo con un título perfecto: “Tenés que hacer algo”. Entrevistó a roncadores y parejas de roncadores, y encontró una idea muy buena: el roncador queda en una especie de responsabilidad sin culpa. No es culpable como quien miente o traiciona, porque no ronca deliberadamente. Pero tampoco puede decir “yo no tengo nada que ver”, porque su cuerpo está haciendo estragos a su vida de pareja..Desde luego, hay que decirlo: no todo ronquido es sólo chiste o problema conyugal. A veces puede ser señal de apnea del sueño y de problemas graves que debe atender. Pero seamos sinceros: cuando alguien le reprocha el roncar no suele estar velando por su salud sino más bien por su propio desvelo. También hay que decir que hay roncadores y roncadores. Está el que se avergüenza, que prueba dormir de costado, cambia la almohada, consulta, se cuida. Y está el roncador indolente, ese que se despierta como si nada y se hace el curioso al ver a su familia abrazada en el pasillo, agazapada con crucifijos y estacas.Al mismo tiempo considero crucial el no idealizar al no roncador. Es un bicho moralmente repudiable. Está desvelado, sí, pero también un poco instalado en el lugar del justo. Mira al otro como si hubiera descendido un peldaño en la escala de la civilización. A la mañana no quiere solamente que el roncador se disculpe o consulte. Quiere que conste.Mark Twain, en una novelita remota y absurda, parodia de Julio Verne, Tom Sawyer en el extranjero, hace viajar en globo por el Sahara a Tom con Huckleberry Finn y su amigo Jim, al que ayudaron a escapar de la esclavitud. Allí se desarrolla esta reflexión extraordinaria, no del todo inocente, sobre el ronquido de Jim:“Jim empezó a roncar: suave y como burbujeante al principio… después media docena de ronquidos horribles, como el último chorro de agua chupado por el agujero de una bañera… entre medio unos tosidos y resoplidos grandes, como los de una vaca que se estuviera muriendo ahogada. (…) Ahí estaba Jim, alarmando a todo el desierto, sacudiendo a los animales de millas y millas a la redonda para que salieran a ver qué diablos estaba pasando allá arriba; no había nadie ni nada que estuviera tan cerca del ruido como él, y sin embargo él era la única criatura a la que el ruido no molestaba”.Huck está impresionado porque el ronquido rebota en la noche africana y anuncia su paso a todas las fieras, ¡pero pasa desapercibido para la persona más cercana al origen: el propio Jim! Jim puede despertar al desierto entero, pero no se despierta a sí mismo. Esa asimetría funda la tragedia doméstica del roncador: el acto es suyo, pero la experiencia es ajena. El daño es público; la inocencia, privada. La horrible realidad del roncador se hará patente entonces cuando se despierte, como Jim, rodeado de una fauna furiosa.