Notas con audio

La Argentina logró reducir la inflación y recuperar parte de la previsibilidad perdida. Pero millones de deudores enfrentan ahora grandes dificultades para cumplir sus compromisos. La nueva crisis abre una discusión sobre responsabilidad individual, fallos de mercado y los límites de la intervención estatal.

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Exclusivas de La Gaceta

El año pasado, en esta columna, rememoramos una escena de la película Volver al futuro. Marty McFly intenta convencer al profesor Emmett Brown, el creador de la máquina del tiempo que lo ha llevado a octubre de 1955, que viene del futuro. “A ver, ¿quién es el presidente en 1985?”, pregunta el profesor. Ronald Reagan, le dice Marty, y el profesor replica: “¡Qué! ¿Ronald Reagan, el actor? ¿Y quién es el vice? ¿Jerry Lewis?”Si el protagonista hubiera aterrizado en la Argentina de octubre del 55, habría sonado plausible para muchos interlocutores la afirmación de que, 30 años más tarde, un joven concejal radical como Raúl Alfonsín sería presidente.Paradójicamente, y a pesar de los vaivenes institucionales muchísimo más intensos en nuestro país que en el otro extremo del continente, el perfil del presidente que tuvimos en 1985 era más previsible entre nosotros tres décadas antes que el del que tuvieron los estadounidenses.Pero hay otro plano donde ocurre lo inverso. Marty entra a un bar en 1955, le sirven un café por cinco centavos de dólar y paga con una moneda que trae del futuro y que es perfectamente válida en el pasado. Ese café, en un bar californiano promedio de 1985, rondaba los 50 centavos. El precio del café subió por arriba de la media de los productos pero en una magnitud previsible por una proyección de tasas de inflación. Mientras tanto, entre nosotros los precios subieron medio millón de veces, una escala fuera de todo vaticinio posible. Si Marty, en lugar de los centavos de dólar que tenía en su bolsillo, hubiera traído pesos actualizados por inflación y desembarcara en una cafetería argentina, no solo podría pagar la taza de café sino también comprarse el local entero.La Argentina de las últimas siete décadas se explica, en parte, por la generación progresiva de futuros económicamente inimaginables.El tema de 2026El histórico refugio de los argentinos en dólares fuera del sistema y en ladrillos dolarizables —difícilmente confiscables— es el resultado de la imprevisibilidad del valor de nuestra moneda. Como suele decir Carlos Pagni, Javier Milei encontró en su campaña, con la inflación, el tema de nuestro tiempo. Por eso se aferró monomaníacamente a ese hallazgo. El descenso del 211% de 2023 al 30% anual del presente devolvió a los argentinos la posibilidad de reconciliarse parcialmente con el cálculo y la aritmética, dos disciplinas olvidadas.La normalidad recuperada -todavía relativa porque la inflación es alta- desplazó al “tema de 2023” del tope de preocupaciones ciudadanas. Hoy un conjunto de cuestiones encadenadas (pérdida del poder adquisitivo del salario, desempleo/degradación del empleo, actividad económica y -el más novedoso- endeudamiento) está conformando “el tema” de 2026.Los problemas de hoy derivan, en buena medida, de 2025. La corrida potenciada por el resultado electoral en la provincia de Buenos Aires puso al Gobierno al borde del nocaut. El providencial tuit del Secretario del Tesoro norteamericano frenó la sangría y le dio un oxígeno vital al oficialismo para revertir las expectativas con el arrasador triunfo en las elecciones del 26 de octubre. El terremoto dejó, entre otras secuelas, medidas apresuradas -como el desarme de las Lefi y una abrupta suba de encajes bancarios- con tasas elevadísimas que generaron una bola de nieve para los que tomaron créditos.Asuntos públicos y privadosDesregulaciones, baja transparencia, falta de educación financiera, expectativas generadas por el Gobierno, novedades tecnológicas, excesos en los acreedores, temeridad y desesperación en los deudores generaron el cóctel en el que está metido un porcentaje relevante de los argentinos. El economista Miguel Ángel Broda estima que la inflación, bien medida, comió el 18% del salario disponible entre diciembre de 2023 y el presente. El conjunto de ciudadanos que no llegan a fin de mes se amplió notablemente de la mano de la suba de tarifas, obras sociales, expensas, alquileres, colegios y transporte, combinados con degradación o pérdida del empleo y baja de la actividad. Eso impulsó a muchos a tomar préstamos para cubrir gastos corrientes iniciando un círculo vicioso que no suele terminar bien. Algunos confían en los pronósticos de baja de inflación -cero en agosto anunció Milei- que redundarían en un aumento del poder adquisitivo que permitiría cumplir con las obligaciones. También operó el reflejo histórico de tomar créditos disponibles apostando a una devaluación que no llegó.Hoy cuatro de cada diez jóvenes tucumanos con créditos están en mora. La morosidad de créditos bancarios familiares llegó a casi el 13% a nivel nacional. Si se incorpora el universo no bancario, la Universidad Austral reporta 5,3 millones de deudores que acumulan atrasos superiores a 90 días.Anomalías a la vistaHubo casos en los que préstamos de plataformas de servicios financieros digitales llegaban a un costo financiero total de más de 1.000%. Una tasa capaz de ahuyentar a cualquier deudor racional y que, una vez aceptada, debería hacer prever a ambas partes la alta probabilidad de que la deuda se vuelva impagable, más allá de que un juez razonablemente podría considerar su carácter usurario. En el sistema bancario tradicional coexisten plazos fijos que pagan 20%, con una inflación de 30 y créditos que superan el 100. Una brecha de más de 80 puntos entre las tasas de colocación y captación de depósitos. En Chile, por ejemplo, ese spread es de menos de dos puntos. La mano invisible de Adam Smith, en nuestro caso, parecería necesitar la complementación de un árbitro.Hoy hay billeteras virtuales líderes con un 40% de morosidad. ¿Esto significa que sus predicciones con IA fueron antieconómicas? No necesariamente. Tasas superiores al 100% permiten incorporar al precio del crédito una expectativa de incumplimiento muy elevada. El modelo puede seguir siendo rentable aun cuando una proporción considerable de los clientes entre en mora.La tecnología permite establecer propensiones y prospectivas. Sus modelos pueden incorporar movimientos digitales, conducta financiera, perfil socioeconómico inferido a partir del lugar de residencia o características del dispositivo desde el que se solicita el préstamo, además de inferencias de permeabilidad o impulsividad en el potencial deudor ante mensajes que llegan en ciertos contextos. Es decir, el acreedor ´muchas veces cuenta con una frialdad decisoria e información sobre el potencial deudor más clara que la que él mismo tiene.Es un escenario nuevo. Nunca fue tan fácil -unos pocos clics- tomar un crédito, en entidades que conocemos superficialmente, desde artefactos que nos acompañan día y noche.Pensar y jugar el futuroEl tejido social se ha deteriorado rápidamente. Hay una discusión de fondo sobre la intervención del Estado. La adscripción del Presidente a sus ideas libertarias -no cree en la existencia de fallos de mercado- lo lleva a rechazar espontáneamente cualquier proyecto regulatorio. Un “plan platita” que destruyera el equilibrio fiscal sería, claramente, una involución. Pero resultan atendibles propuestas como la del ex presidente del Banco Central Martín Redrado: establecer un marco que facilite la refinanciación de deudas mediante mayores plazos y condiciones compatibles con la capacidad de pago. No implicaría costo fiscal ni condonación de capital, pero evitaría la expulsión definitiva de millones de morosos del sistema crediticio. Como argumento para su abstencionismo, el Gobierno pone el acento en el riesgo moral de castigar indirectamente al cumplidor protegiendo al incumplidor. Más allá del fondo del debate, un punto relevante es la velocidad de los cambios de los últimos meses. Los ciudadanos parecen no haber tenido tiempo de adaptación.Las deudas se mezclan con el juego. ¿Puede instalarse un casino al lado de un colegio? ¿Y casas de empeño colindantes a los locales de juego? La publicidad masiva y las bajas barreras de acceso -incluso para menores de edad- de los sitios de apuestas online se parecieron mucho a eso. El Mundial, con sus récords de audiencia y la omnipresencia de estos sitios en las publicidades de los intervalos de los partidos, disparó los niveles de ludopatía en nuestro país. ¿Hay contrapesos pedagógicos y de salud pública efectivos para contener los estragos producidos? La reunión de un grupo de amigos que se juntan en una casa para jugar al póker y tomar whisky es un asunto privado. Millones de alcohólicos, ludópatas o morosos son un asunto público.AspiracionesNo pensar en el mañana suele conspirar contra la robustez de lo que nos espera. Pero a veces apostar sobre el futuro puede socavar aún más nuestro porvenir. Atar nuestros recursos a una visión mágica o voluntarista de lo que viene es otra forma de renunciar a construirlo Lo es tanto ese optimismo expresado en la apuesta como su contracara, el pesimismo. Una actitud más provechosa es la esperanza, en la que se conjuga una imagen luminosa del futuro con el esfuerzo realista que nos comprometemos a hacer para que se concrete.La Argentina tiene un futuro posible, extraordinariamente auspicioso, asociado a las riquezas naturales de su superficie y su subsuelo, combinadas con el talento de sus ciudadanos. Alcanzarlo requiere superar nuestra incapacidad crónica para aprovechar oportunidades. Pero el puente hacia ese porvenir venturoso requiere una construcción que contemple las coordenadas del destino junto con las fracturas del presente.Muchísimos argentinos aspiran a vivir en un país en el que puedan mantener la módica certeza de que habrá tiempo de reunirse periódicamente con amigos a comentar la vida mientras comparten un café, como el que tomó Marty McFly en su viaje al pasado. Un café que, dentro de unos años, no cueste tanto más de lo que cuesta hoy. Y también aspiran, naturalmente, a poder pagarlo.