¿Quién era Francisco Umbral? En 1971, escribió una de sus mejores novelas autobiográficas gracias a una beca de la Fundación Juan March. En su expediente, hasta ahora inédito, puede comprobarse que falsificó datos personales como su nombre y su fecha de nacimiento. Nadie supo que la verdad sobre su identidad se encontraba oculta en la novela. Y la mentira, en su solicitud. A través de entrevistas con quienes mejor lo conocieron –su viuda, Pedro J. Ramírez, Juan Luis Cebrián o Anna Caballé–, el periodista y escritor Daniel Ramírez reconstruye el origen proscrito de Umbral: la convivencia de una identidad falsa con una fama desbordante.
Expediente Umbral, por Daniel Ramírez García-Mina.
Quinto episodio: El encuentro más íntimo
Leopoldo de Luis, llamado en realidad Leopoldo Urrutia, el hermano poeta de Umbral, también ha muerto. Pero hay un testimonio que debemos recoger, el de su hijo Jorge Urrutia, nieto del padre de Umbral, hijo del hermano de Umbral, sobrino de Umbral. Él es el único que puede contar esta historia con la otra perspectiva, también necesaria: la de la familia Urrutia.
Quién era el padre de Umbral. ¿Realmente abandonó a su hijo? ¿Y Leopoldo, el poeta y amigo? ¿Supo que Paco, el chaval que llegó aquella noche al Café Gijón era su hermano? ¿Hablaron los dos de esto antes de morir? ¿Se confesaron el uno al otro? Jorge Urrutia es catedrático de Literatura, poeta y escritor. Mucho antes de que esta rocambolesca historia se cruzara en su camino, había alcanzado el éxito por sí mismo, había publicado decenas de obras… y había conocido a Umbral sin saber que era su tío.
Citamos a Jorge Urrutia, no podía ser de otra forma, en el Café Gijón. Nos sentamos al fondo, en una mesa pequeña. Lo suficientemente lejos de la mesa junto al primer ventanal, que fue la mesa de los poetas. Así podemos mirarla con perspectiva. A Jorge le contó su padre que un día, estando aquí dentro, había tanta niebla que se empañaron todos los cristales. Cuando el vaho se disipó, los tertulianos vieron a un hombre que se había ahorcado en el Paseo de Recoletos. En el Gijón de los sesenta comenzaban a coincidir los escritores del lado vencedor, algunos vencidos y los chavales de provincias que soñaban con ganarse la vida al ritmo de una máquina de escribir.
Jorge Urrutia tenía 18 o 19 años el día que conoció a Umbral. Era un chaval de primero de facultad. Acudió, como lector suyo, a la presentación de “Travesía de Madrid”. A partir de ahí, empezó una relación entre escritor veterano y joven escritor. Pero había algo raro. Umbral no trataba a Jorge como a los demás. Y Jorge se daba cuenta, pero nunca pensó que ese misterio entrañara una razón biológica. La gente se mataba por aparecer en las negritas de Umbral. Incluso para ser machacado. Las negritas de Umbral eran el salón de la fama, la hoguera donde ardían las vanidades. Muchos tienen hoy su nombre en negrita, en una columna de Umbral, enmarcado en casa. Jorge Urrutia accedía a ese honor con inusitada facilidad, cuando todavía no había publicado los libros que le consagrarían. Jorge era un joven escritor, pero Umbral hablaba de él, por ejemplo, de esta manera: “Jorge Urrutia es el que más sabe de cine en España”.
–(Jorge Urrutia): “Y a mí Paco Umbral siempre me tuvo mucha simpatía, mucha simpatía, mucho cariño. Tanto cariño que incluso la gente… a la gente le llamaba la atención”.
–(Daniel Ramírez García-Mina): “Sí, porque era un personaje que proyectaba esa imagen de ogro cruel…”
–(Jorge Urrutia): “Y la gente me decía: Pero ¿por qué te tiene tanto cariño? Si tú entras en los artículos –eso curiosamente no lo ha hecho nadie–, pero en los artículos, en las columnas de Umbral, de las famosas negritas, me cita multitud de veces. Aparezco citado multitud de veces”.
Jorge ha ido revisitando su vida con el paso del tiempo y ha encontrado anécdotas que nos permiten imaginar que Umbral incluso se divertía jugando a dejar huellas para luego borrarlas. Por ejemplo, ésta:
–(Jorge Urrutia): “Por ejemplo, el primo con el que se crió, un día me lo presentó y dice, recuerdo muy bien: 'Ven, te voy a presentar a mi sobrino, que es el que me roba las novias”.
–(Daniel Ramírez García-Mina): “Tú en ese momento te ríes, piensas: Claro, un chascarrillo de Umbral” …
_(Jorge Urrutia): “Yo me río, porque Cela, también Cela, que no tiene nada que ver, yo he editado muchas novelas de Cela desde temprano. Cela, tengo alguna novela que dice: "De su tío de provincias...". Es una manera de hablar, pero yo a todo eso no le di importancia ninguna, no le di importancia”.
Jorge intuye que Umbral supo muy pronto quién era su padre. También que supo muy pronto que Leopoldo de Luis, que en realidad era Leopoldo Urrutia, era su hermano. Es una escena muy novelesca. El joven de provincias que entra en el Café de la gran ciudad y se entera de que ese poeta leído y admirado al que al fin conoce... es su hermano.
“Yo tengo un cuentecito sobre cómo Umbral conoce a mi padre, cómo se conocen en el Gijón. Mi padre es una persona muy cordial. Muy cordial, muy simpática. Viene un chico joven, se sienta aquí, en la mesa esa, me los imagino en aquel diván de ahí, y le diría: "Osea, que tú eres de Valladolid, yo prácticamente soy de Valladolid. Prácticamente, porque, aunque nací en Córdoba, hice la escuela y el bachillerato, todo en Valladolid. Y mi abuelo y mi padre tenían una farmacia, la farmacia de la calle Regalado, que es una farmacia histórica en Valladolid...”. Y entonces, supongo, yo me imagino que a Umbral diría: “Sí”. “Pero claro, yo no me llamo realmente Leopoldo de Luis. Yo me llamo Leopoldo Urrutia”. Y entonces yo pienso que, en ese momento, Umbral se da cuenta que está hablando con su hermano”.
Si Umbral sabía que Leopoldo de Luis, Leopoldo Urrutia, era su hermano, sabía que Jorge Urrutia era su sobrino. De ahí el cariño y la proximidad en un hombre que rara vez mostraba el cariño y la proximidad de una manera incondicional.
Mucho ha pensado Jorge en aquella noche, en aquel encuentro de los dos hermanos que no saben que lo son. En cómo la relación se altera cuando uno de ellos conoce la verdad, pero decide no revelársela al otro. El cuento de Jorge recrea ese momento.
“Se iría al baño, se sentaría ahí, encendería un cigarro y se quedaría pensando. Pero nunca le dijo nada”.
No podemos decir con exactitud cuándo Umbral supo quién era su padre. Es probable que lo supiera pronto, incluso que se lo dijera su madre siendo él muy joven para evitar que se enterara a través de ese rumor que corría por Valladolid. Pero sí podemos viajar al instante en que Leopoldo de Luis supo que Umbral, ese amigo de tantos años, era su hermano.
"Estoy yo trabajando un día y me viene y me dice: "Oye, Jorge, te he cogido de la mesa la biografía esa de Umbral que tenías en la mesa. No te molesta, ¿verdad?" "No. La he comprado, pero no me voy a poner a leerla ahora, tengo otras cosas". Y unos días más tarde, estoy también trabajando, viene blanco como tu camisa, viene blanco como los toreros cuando vuelven del toro, que vuelven blancos como el mármol, porque los toreros pasan miedo. Y entonces me empieza a contar: "¿Tú sabes que tu abuelo tuvo un hijo fuera del matrimonio?" Y yo: "No lo sé, no porque me lo contaras tú nunca, porque no me lo habías contado nunca, sino porque me lo contó mamá, que se lo había contado la abuela". Y dice: "Sí, pues es que me acabo de dar cuenta que ese niño al que yo recuerdo muy bien –y entonces me contó eso de que había estado en casa, que jugó con él– me acabo de dar cuenta de que es Francisco Umbral".
Anna Caballé entrevistó a Leopoldo de Luis para escribir ese libro, pero no se atrevió a contarle el rumor que había escuchado. Sin embargo, en sus páginas, había un dato incontestable: Francisco Umbral era el hijo de Ana María Pérez Martínez. Y ese nombre reposaba en la memoria de Leopoldo: había sido la secretaria de su padre en Valladolid.
Pero había más cosas. Aparecieron algunas escenas en la cabeza del poeta cuando, con el libro en las rodillas, se puso a tirar del hilo de la memoria. Recordó que, en su casa familiar, en Valladolid, vivió un tiempo aquel niño que su padre había tenido fuera del matrimonio. Ese niño que estaba enfermo de tuberculosis, al que habían sacado de casa de su madre porque ella también estaba enferma y no podía cuidarlo.
“Paco siempre sufrió problemas de pecho y en una ocasión, siendo muy niño, siendo bebé, sabía andar, pero era muy pequeñito, tendría dos años, tres años tal vez, la madre enfermó y él también estaba. Y entonces mi abuelo habló con mi abuela y se llevaron al niño a casa. Umbral estuvo viviendo en casa de su padre”.
El padre de Umbral se arruinó, después fue depurado por sus posiciones socialistas y nunca tuvo dinero para mantener a sus hijos. De hecho, fueron sus otros dos hijos, los que nacieron en el matrimonio, los que le mantendrían a él. Pero Alejandro Urrutia, de alguna manera, estuvo al tanto de los avances del pequeño Paco. La mujer de Alejandro Urrutia, a sabiendas de que ese niño era hijo de su marido y de la secretaria, se encariñó de él y quiso adoptarlo. Pero Ana María, la madre de Umbral, se negó. Alejandro Urrutia utilizaría a la doncella que sirvió en su casa de Valladolid para, años después, estando en Madrid, poder enterarse de los avances del joven Alejandro Francisco, nuestro Paco.
Leopoldo de Luis, el poeta, el hermano de Umbral, está sentado en una habitación y tiene el libro de Anna Caballé en las rodillas. Se recuerda a sí mismo con 17 o 18 años, con aquel niño a hombros corriendo por el pasillo. Jugando.
“Y mi abuela le coge cariño al niño y dice: "Bueno, vamos a adoptar el niño que sea un hijo más. Lo que pasa es que la madre Umbral lo quiere a su hijo. Y mi padre me contó que él recordaba haber jugado con uno con el niño Umbral por el pasillo de casa".
Tiempo después, Jorge encontraría un poema inédito de su abuelo. Estaba, como tantos poemas, escrito en clave. Pero decía que sólo tenía un hijo y que era Leopoldo. Jorge sospecha que, antes de morir, su abuelo viajó a Valladolid para tener una conversación con Paco, que calzaría por entonces 18 o 19 años. Parece que no acabó bien, pero es sólo una intuición.
“Es un poema –mi abuelo escribía algunos poemas– y es un manuscrito que ya te digo que no sé si está aquí y lo tengo yo lo día. Es un poema dedicado a su hijo, a Leopoldo. Y en el margen dice: "Solo tengo este hijo, porque no se qué". Poco antes de morir, entre 1950 y 1954, debió de ir a Valladolid. Esto es una cosa que yo sospecho”.
Apenas un año después de publicarse el libro de Caballé, en 2005, murió Leopoldo de Luis. Jamás le dijo a su amigo Umbral que se había enterado de que eran hermanos.
“Se quedó muy mal. Entonces, un par de días más tarde, le dije: "Papá, ¿por qué no coges el teléfono y llamamos a Paco ahora mismo y hablas con él?" Y entonces esto retrata muy bien a mi padre, me dijo: "No, no le puedo llamar porque él lo sabe perfectamente. Y si no me lo ha dicho nunca es porque no quiere. Yo no le puedo molestar". Y ya está”.
En el tanatorio se presentó Umbral con sus gafas de montura gruesa y la típica bufanda blanca. Fue el único que pidió que vaciaran la sala para quedarse a solas con el muerto. Iba a contarle al hermano muerto lo que no se atrevió a decirle al hermano vivo.
"Paco Umbral lo que hizo es pedir que se vaciara aquello. Había no mucha gente, pero había pues eso, lo que siempre hay en los sanatorios, tres o cuatro personas. Pidió que se liberara y se quedó un rato largo frente a él. Muy, muy afectado".
Antes de salir, Umbral abrazó a Jorge, su sobrino, y le recitó al oído dos versos de su padre: “Llegó la soledad, la perra vieja/ que venía royendo un hueso pobre”. Jorge, detrás de Umbral, había visto la escena del tanatorio, la de Umbral solo frente al cristal, con una emoción cruda, incontenible. Ni siquiera entonces, ni siquiera en esos tres años que pasaron desde la muerte de Leopoldo de Luis hasta la muerte de Francisco Umbral, se atrevió Jorge a mantener esa conversación con su tío Paco. Actuó como lo había hecho su padre.
Dos años después moriría Umbral y sería Jorge el que iniciaría, desde el otro lado del cristal, desde el lado de la vida, la conversación con el muerto. Con su tío muerto. Fue a abrazarlo España, la viuda de Umbral.
Y al verme entrar, España se levantó, me dio un abrazo y me dijo: "Tú sabes que eras al que más quería".