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Claudia Murphy (00:00)
Hola, gracias por acompañarnos al día de hoy. Mi nombre es Claudia Murphy y estás escuchando El País. Vamos a comenzar. Crece la opinión favorable de México entre los estadounidenses, pero persiste la división entre republicanos y demócratas. El 47 % de los adultos en Estados Unidos tiene una opinión positiva de su vecino del sur frente al 36 % de hace una década, aunque los demócratas mantienen una percepción más favorable que los republicanos, según el Pew Research Center.
La imagen de México en Estados Unidos mejora, pero no todos van a al país con los mismos ojos. En la última década, el porcentaje de estadounidenses que tienen una opinión favorable del país pasó de 36 % al 47%, aunque la brecha política sigue siendo pronunciada. Los demócratas mantienen una percepción mucho más positiva que los republicanos según una encuesta del Pew Research Center. El estudio, que evalúa los sentimientos de los estadounidenses hacia 18 países del G20, sitúa a México entre dos naciones que despiertan más opiniones positivas que negativas.
El país obtiene una puntuación promedio de 55 sobre 100, en una escala en la que los valores más altos reflejan una percepción más favorable. La encuesta se publica mientras Estados Unidos se prepara para albergar la cumbre anual del G20 en diciembre, un encuentro que reunirá a representantes de las principales economías del mundo. La percepción de México mejora en Estados Unidos. La opinión favorable de México ha ganado terreno desde 2016.
Hace diez años, el país obtuvo una calificación promedio de 50 puntos en el termómetro sobre la percepción. Ahora alcanza los 55. El cambio también se refleja en el porcentaje de estadounidenses que expresan la valoración positiva. Actualmente, el 47 % de los adultos en Estados Unidos tienen una opinión favorable de México.
frente al 36 % registrado en 2016, un aumento de 11 puntos porcentuales. La evolución situó al país en una posición relativamente favorable dentro del grupo de economías evaluadas, aunque no elimina las diferencias en la manera en que distintos sectores de la población estadounidense perciben a su vecino. La tendencia también forma parte de una evolución más amplia en las opiniones estadounidenses sobre las economías. Japón, por ejemplo, pasó de una puntuación promedio de 57 en 2016 a 65 en la actualidad.
mientras que las valoraciones de China mejoraron respecto a su nivel de 2021, aunque continúan siendo mayoritariamente negativas. El extremo opuesto de la clasificación se encuentra Rusia, con una puntuación promedio de 27 sobre 100. El 51 % de los estadounidenses le asignan una valoración muy negativa, mientras que China y Arabia Saudita también reciben opiniones predominantemente desfavorables, con puntuaciones promedio de 37 y 36, respectivamente. ¿Los demócratas tienen una opinión más favorable de México?
Los demócratas y quienes inclinan por este partido califican a México con una puntuación promedio 18 puntos superior a la que le asignan los republicanos y sus impetitantes. Se trata de una de las brechas más amplias entre las registradas para los 18 países del G20 incluidos en el estudio. La diferencia también aparece en los porcentajes de opiniones favorables. El 61 % de los demócratas tienen una percepción positiva de México frente al 47 % registrado en 2016. Entre los republicanos, las valoraciones favorables también han aumentado en años recientes.
o que continúan por debajo de las expresadas por los demócratas. México comparte esta tendencia con otras naciones como Canadá, cuya imagen también presenta diferencias importantes entre demócratas y republicanos, lo que podría ser consecuencia de los recientes ataques de Donald Trump hacia su vecino del norte. En este caso, la distancia entre ambos grupos alcanza los 19 puntos en la calificación promedio. Los jóvenes tienen una percepción más favorable.
La edad es otro factor que influye en la manera en que los estadounidenses califican a los países del G20. En general, las opiniones de los adultos menores de 50 años y de quienes superan esa edad son similares. Sin embargo, los más jóvenes asignan valoraciones promedio más altas a seis países, entre ellos México, China, Indonesia, Rusia, Sudáfrica y Turquía. El patrón contrasta con el observado en otros casos como Australia e India, que reciben mejores puntuaciones entre los estadounidenses de mayor edad.
Continuamos con algo de opinión. ¿Es aceptable tanta desigualdad? Vale la pena preguntarse si debería dejar de importarnos la desigualdad si todos tuvieran suficiente. Imaginamos una sociedad en la que los hogares pobres ganan 30.000 dólares al año, los de la clase media 40.000 y los ricos 10 millones. Ahora imaginemos otra en la que los pobres reciben 20.000, la clase media los mismos 40.000 y los ricos 75.000. ¿En cuál preferiríamos vivir?
El economista Lane Kenworthy propuso este experimento mental para plantear una pregunta mucho más difícil de lo que parece. ¿Es la desigualdad un problema en sí mismo? En la primera sociedad, los pobres viven mejor y, sin embargo, la distancia que los separa de los ricos es enorme. En la segunda, tienen menos, pero viven en una sociedad considerablemente más igualitaria. La respuesta depende de qué consideramos importante. Si pensamos que la fundamental es que todas las personas tengan suficiente para vivir bien, podríamos preferir la primera.
Si creemos que las desigualdades excesivas entre las personas son problemáticas por sí mismas y por sus consecuencias, probablemente dudaremos. El experimento resulta especialmente pertinente cuando observamos el mundo real. El más reciente informe mundial sobre la desigualdad de World Inequity Lab nos muestra que, si consideramos a la humanidad como una única sociedad, el 10 % más rico de la población posee el 75 % de toda la riqueza, mientras la mitad que menos tiene posee solamente el 2%.
Dentro del grupo superior, el 1 % más rico posee el 37 % del patrimonio mundial. Además, casi tres cuartas partes de las personas que integran ese 10 % o superior viven en Europa, Norteamérica, Oceania o China. Latinoamérica aporta solamente el 5.6%.
Desde el pensamiento liberal, la desigualdad se ha justificado como una consecuencia inevitable del ejercicio de la libertad humana, especialmente de la libertad económica. La justicia no exigiría que todos obtengamos los mismos resultados, sino que podamos ejercer nuestra libertad, perseguir nuestros propósitos y disfrutar del resultado de nuestro esfuerzo. Desde la tradición socialista, por el contrario, la igualdad se ha considerado como el el principio fundamental de la justicia social y la dignidad humana.
La experiencia histórica obliga a ser prudentes con ambos extremos. Los régimen del llamado socialismo real restringieron severamente la libertad sin conseguir eliminar las jerarquías económicas y sociales, pero tampoco parece razonable concluir que cualquier nivel de desigualdad sea aceptable simplemente porque surgió de intercambios económicos formalmente libres. Aquí la pobreza entra inevitablemente a la discusión. Según el Oxford Poverty and Human Development Initiative y el PNUD, 1.100 millones de personas viven en pobreza multidimensional.
el 18.3 % de la población mundial. Vivir en pobreza multidimensional significa experimentar simultáneamente privación de su salud, educación y condiciones materiales de vida. 501 millones viven en pobreza multidimensional severa y 586 millones son menores de 18 años. La desigualdad adquiere un significado moral diferente cuando la enorme abundancia de unos convive con privaciones fundamentales de otros. Una respuesta interesante a este problema es el sufrir
suficientarismo asociado, entre otros, al filósofo Harry Frankfurt. Su planteamiento desplaza la pregunta. Lo importante no es cuánto tiene una persona en comparación con otra, sino si tiene suficiente para vivir una buena vida. Una sociedad es igual puede ser justa si nadie padece privaciones fundamentales. Una sociedad perfectamente igualitaria en la que todos viven en la miseria difícilmente podría serlo. Pero ¿realmente debería dejar de importarnos la desigualdad si todos tuvieran suficiente?
En el trabajo que hemos venido desarrollando desde la UNAP, Universidad Autónoma de Bucaramanga, con el profesor Emmanuel Picavet de la Universidad de París, Pantheon-Sorborna, hemos abordado esa pregunta desde la perspectiva del desarrollo humano. Nuestra preocupación es el momento en que la desigualdad comienza a afectar la dignidad, las capacidades y las relaciones entre las personas. En el plano individual, desigualdades extremas pueden deteriorar el respeto por uno mismo y producir humillación y discriminación.
La posibilidad de vivir la vida que cada persona tiene razones para valorar depende de oportunidades reales que están condicionadas por el contexto económico-social. En el plano colectivo, las consecuencias pueden ser igualmente profundas. Cuando las desigualtades se vuelven enormes, diferentes grupos pueden terminar viviendo en mundos separados, disminuyen los espacios compartidos y se debilita la cohesión social. Resulta cada vez más difícil reconocernos y tratarnos como ciudadanos de igual valor. Esto permite comprender por qué incluso Frankfurt admite que
Aunque la desigualdad no fuera mala en sí misma, sus consecuencias sí pueden serlo. Una desigualdad extrema puede afectar el respeto, el reconocimiento y la imparcialidad con que nos tratamos. Ingrid Robbins lleva la pregunta hacia el otro extremo con su propuesta de limitarismo. Enfoque limitarianismo. Enfoque que pregunta si puede existir también un punto en el que alguien tenga demasiado. No porque enriquecerse está moralmente reprochable, sino porque la concentración extrema de riqueza puede resultar difícil de justificar.
cuando convive con necesidades fundamentales insatisfechas, sin contar que puede traducirse en una concentración extraordinaria de poder. No necesitamos, entonces, escoger entre una sociedad de resultados igualitarios y otra que considera legítima cualquier desigualdad. La cuestión es establecer qué desigualdades son compatibles con una sociedad de personas libres e iguales, y tampoco debemos pensar únicamente en redistribuir después. Los impuestos preagresivos y las transferencias cumplen una función, pero llegan cuando buena parte de las desigualdades ya se produjo.
Podemos actuar también sobre los mercados y especialmente antes de ellos. Garantizar alimentación, salud y educación de calidad desde la primera infancia. Acceso tecnología y conectividad. Formación pertinente para el trabajo y oportunidades reales de educación superior. Son políticas que buscan dar a cada persona mejores capacidades para decidir por sí misma hasta donde puede llegar. Tal vez ese sea un acuerdo sobre mínimos entre libertad e igualdad. No necesitamos que todos tengamos lo mismo.
Necesitamos que nadie tenga tan poco que su libertad sea meramente formal y que las desigualdades no alcancen una magnitud que destruya nuestra capacidad de reconocernos como personas y ciudadanos de igual valor.
Algo de formación. Aprender a equivocarse forma parte del éxito. De las aulas al fútbol profesional, el miedo a decepcionar puede frenar el aprendizaje y la mejora. La clave está en exigir, sin que los resultados definan, el valor de una persona. La noche del balón de oro está hecha para celebrar a quienes llegan a lo más alto del planeta del fútbol. El pasado lunes, en Londres, Harry Kane se llevó al máximo galardón masculino y la milla Mal volvió a recibir el Trophy de Copa al mejor jugador joven por tercer año consecutivo.
Con apenas 19 años, su trayectoria, tercero en la gala de este año, segundo en 2025 y octavo en 2023, invita a admirar hasta dónde es capaz de llegar el talento precoz, pero también plantea una pregunta que puede llegar a incomodar. ¿Qué ocurre cuando una historia singular y extraordinaria empieza a convertirse en una expectativa para los demás? El problema aparece cuando los jóvenes sienten que tienen que conseguir algo sí o sí. Es ahí donde empiezan a surgir las frustraciones, advierte Silvia Pérez, psicóloga y profesora colaboradora de la Universitat Oberta de Catalunya.
Pero, ¿se les exige realmente demasiado? Yo creo que vivimos en un mundo de extremos donde todo está polarizado. Por un lado, hay entornos familiares extremadamente exigentes con los jóvenes, donde a menudo se les pide que no transiten por la infancia ni por la juventud, explica. Existe, para Pérez, un sector social que considera que ambas etapas duran demasiado y al que le gustaría librarse de las conquistas de una sociedad en la que generaciones anteriores empezaban a trabajar, a poco que tenían fuerzas en el cuerpo. Mi madre, por ejemplo,
Pasó de nacer a que le dieran de comer a cuidar vacas y luego a trabajar en casa de una señora. Pero también observa en los centros educativos la otra cara de la moneda, la de niños y jóvenes que viven sobreprotegidos. Entonces, chocan ambas realidades y ambas formas de entender al mismo joven. En cualquier caso, la presión por destacar existe y no se limita al deporte de élite. También aparecen las aulas en la elección de los estudios, en el trabajo o en la necesidad de demostrar que se está a la altura.
En todos estos ámbitos, el deseo de mejorar puede acabar convertido en miedo a no cumplir con lo que todos esperan. Dejas de jugar para crecer y empieza a jugar para no defraudar, explica Paloma Rivero, coach de alto rendimiento especializado en fútbol masculino profesional. El esfuerzo sigue ahí, aunque cambia su sentido. Ya no se trata solo de aprender y progresar, sino de evitar la decepción propia y ajena del deseo de mejorar a la obligación de triunfar.
Querer sacar buenas notas, destacar en un equipo o estar a la altura del que los demás esperan de ti no tiene por qué ser un problema. Al contrario, tener metas y esforzarse por alcanzarlas forma parte del aprendizaje vital de cualquier persona. La dificultad aparece cuando uno siente que no basta con intentarlo, que hay que conseguirlo necesariamente y que cualquier resultado por debajo de lo esperado es un reflejo de la propia valía. Un deseo es algo que me ilusiona, que me motiva y que da sentido a las cosas.
puedo orientar mi vida o mi trayectoria a conseguir esos deseos y al mismo tiempo aceptar que quizá no se cumplan. El deseo me guía desde la ilusión, pero la expectativa normalmente se vive como una exigencia que genera presión y ansiedad, distingue Pérez. La diferencia cambia la manera de interpretar los resultados cuando una meta se convierte en algo que hay que cumplir a toda costa. Cualquier desviación puede sentirse como un fracaso personal, en lugar de como una experiencia de la que sacar conclusiones y seguir adelante. En la adolescencia,
Cuando la identidad todavía está en construcción, esa presión puede adquirir un peso especial. Y en el deporte profesional, donde la eficiencia se mide y se compara constantemente, los límites parecen desdibujarse. El rendimiento da información valiosa sobre el desempeño, pero ningún caso determina el valor de una persona. Mientras esa frontera está clara, la ambición se convierte en un motor de crecimiento y mejora. Sin embargo, cuando se difumina, cada partido pasa a percibirse como una evaluación personal, una presión difícil de sostener a lo largo de una carrera deportiva.
señala Rivero. Lo mismo con pocas diferencias puede decirse del entorno laboral. Ahora bien, ¿exigirse más cuando se siempre mejora resultados? Un estudio publicado en 2026 en la revista Anales de Psicología con 202 estudiantes españoles de secundaria y bachillerato, encontró una asociación entre el perfeccionismo auto orientado, la exigencia que uno se impone a sí mismo y unas calificaciones elevadas, mientras que el perfeccionismo socialmente prescrito, es decir, la percepción de que los demás esperan que uno sea perfecto,
se relacionó con un rendimiento académico más bajo. La autoexigencia sana te ayuda a comprometerte, aprender y mejorar, pero se vuelve dañina cuando el miedo a equivocarte condiciona tus decisiones y tu comportamiento y empieza a decidir por ti, apunta Rivero. En el fútbol, esa presión puede llevar un jugador que antes se atrevía a encargar al rival, a optar siempre por el pase seguro o a dejar de pedir el balón cuando el partido se complica. En el aula ocurre algo parecido, cuando un estudiante prefiere no participar antes que arriesgarse a dar una respuesta equivocada.
Algunos jóvenes viven el fracaso como una mache imborrable que se queda con ellos para siempre. Y así es muy difícil convertir el fracaso en una oportunidad de aprendizaje, afirma Pérez. A su juicio, parte del problema está en que muchas actividades de la infancia y de la adolescencia, competiciones deportivas, audiciones, exámenes, se orientan hacia los resultados y exponen continuamente el desempeño a la mirada de los demás. Pérez propone acompañar a los jóvenes sin resolver por ellos las dificultades y ayudarles a revisar qué ha ocurrido cuando algo no sale como esperaban.
El que en un examen no te haya salido bien no quiere decir que siempre que te esfuerces vaya a salirte mal, recuerda. La cuestión es que puedan identificar qué dependía de ellos y qué podrían hacer de otra manera, sin interpretar una decepción puntual como un fracaso que añade que dañe a la autoestima. Exigir mucho y no dejar equivocarse. A veces exigir sobre el proteger van de la mano. Pérez describe así esta paradoja familiar. Por un lado, le exijo y espero de él que se comporte como un adulto.
Pero por otro lado, cuando fracasa o cuando no cumple las expectativas, los hebropretejo, le pongo el algodón y no permito que se equivoque. Sobreprotegerles les impide desarrollar recursos propios y exigirles sin escucharlos puede hacerles sentir que solo se les da la hora cuando tienen buenos resultados, advierte por su parte Rivero. Algo que, a su juicio, no es incompatible con enseñarles a ser responsables desde muy pequeños. En principio, su responsabilidad hasta los 16 años es estudiar.
El problema es que desde muy pequeños los padres confundimos lo suyo con lo nuestro y decimos por ejemplo tenemos deberes y no, los tienen ellos. Los cordones de los zapatos se los tienen que atar ellos y la mochila por mucho que pese la tienen que llevar ellos recuerda.
Si no nos responsabilizamos de las cosas cuando se van haciendo mayores, luego surgen los problemas cuando ya lo son y tenemos que presionarlos. Ahí está la clave. La presión también puede aparecer ingestos y comentarios cotidianos que los adultos hacen sin mala intención, pero que transmite la idea de que el nivel de reconocimiento depende de los resultados. Peres pone, por ejemplo, un estudiante que ha acostumbrado a sacar sobresalientes, de repente vuelve a casa con un 7.
Si le pregunto qué ha pasado, por qué no ha sacado una nota mejor o lo comparo con otros compañeros o con sus resultados anteriores, puedo convertir lo que sigue siendo una buena nota en motivo de decepción. En vez de eso, insiste en la necesidad de validar sus emociones y asegurarnos de separar el resultado puntual que ha obtenido de su identidad como persona. Los adultos tenemos una responsabilidad importante porque transmitimos muchas veces y darnos cuenta nuestra idea del éxito mucho más con lo que celebramos que con lo que decimos.
Es Kirinda Rivero. Por eso, invita a preguntarse si se valora únicamente el resultado o también la preparación, la constancia, las decisiones y la capacidad de aprender. En su trabajo con equipos directivos de empresas, encuentra una dinámica similar. Cuando una organización solo habla de resultados, sus integrantes pueden acabar evitando los riesgos y ocultando los errores en lugar de reconocerlos a tiempo. Exigir y acompañar no son opuestos. Lo que no podemos hacer es exigir a alguien que necesite obtener un buen resultado para merecer nuestra aprobación, añade.
Hay que aprender de los errores. En el fútbol, un error puede acondicionar el rendimiento de un jugador durante el resto del partido. Pero lo mismo puede decirse de muchos otros ámbitos de la vida. Hoy en día es difícil vivir la decepción como una experiencia humana por la que debemos aprender a transitar. Es necesario equivocarnos y fracasar para poder ser flexibles. Y esa es una de las habilidades que más les falta a los jóvenes, explica Rivero. La fortaleza emocional, cuenta, no consiste en no sentir dudas o malestar.
sino en actuar con criterio cuando aparecen. Y eso, como cualquier otro gesto técnico en el fútbol, se entrena y explica. En clase, también hay alumnos que dejan de levantar la mano por miedo de equivocarse. Allí también aprender de la error implica poder revisar lo que ha salido mal, corregirlo e intentarlo de nuevo. Porque la nota importa, pero no debería ser la única medida de aprendizaje. Rivero recomienda prestar atención si el joven deja de disfrutar de lo que antes le gustaba, si pierde la motivación, se aísla o empieza a dormir mal.
Ante estos cambios, la tentación de muchos adultos es apretarle un poco más cuando quizá lo que necesita es justo lo contrario. Que alguien lo escuche, sin juzgarle, y le ayude a expresar lo que ocurre. Y si es necesario, ayuda profesional.
algo de mamás y papás. ¿Tienes el mismo carácter que tu abuelo? ¿Cómo afecta a los niños las comparaciones familiares? ¿Una manera de contestar, una personalidad parecida o una expresión pueden recordar los padres relaciones complicadas y condicionar sin querer la forma de tratar a sus hijos?
Cada persona tiene su propia personalidad y manera de actuar y los niños en muchas ocasiones adoptan gestos o respuestas de sus adultos de referencia y los incorporan a su propia identidad. Puede ser una buena educación, una actitud concreta ante problemas e incluso acciones inconscientes de personas con las que se relacionan. Sin embargo, si estas características las adoptan de alguien con quien los padres no tienen una buena relación, ¿cómo afrontan seguir, sentir que ven a esa persona a través de su hijo?
Cuando los padres reconocen en su hijo un gesto, tono de voz o forma de reaccionar que les recuerda a alguien con quien mantiene una relación dolorosa, lo primero que se activa no es un pensamiento razonable, sino una reacción emocional casi instantánea, como tensión, rechazo o alarma, explica la psicóloga Irene López, responsable la clínica terapéutica de los centros Anda conmigo. En este momento, el adulto ve al menor como otra persona cuya actitud quiere evitar. Es un mecanismo humano y mucho más frecuente de lo que se admite en voz alta, indica López.
y apunta la falta de distancia para cuestionar ese pensamiento y no a éste en sí. Comparar al hijo por actitudes espontáneas similares a las de la otra persona adulta puede suponer un problema si los padres no piensan en el contexto. Si este tipo de proyecciones no las pasamos por un criterio reflexivo, puede darse un deterioro en el vínculo con el hijo porque interpretamos respuestas que pueden ser naturales y adecuadas a su edad con características propias de conflictos del mundo adulto, sostiene Patricia Mejías.
psicóloga especializada en familias. Como además, esto suele ocurrir en momentos de conflicto con nuestros hijos, podemos dejar de estar disponibles cuando más nos necesitan para calmarse y organizar sus sentimientos, añade. Cuando se dan estos momentos, puede afectar a ambas partes de manera distinta. El límite entre comentar un parecido familia con naturalidad frente a trasladarle al niño los conflictos que tenemos con esa persona siempre está en la emocionalidad.
desde la que se nace ese comentario a punta mejías, es decir, si el tono es para indicar algún aspecto positivo, que además genera un necesario sentido de pertenencia, o si se nombra a modo de crítica, porque además de estos aspectos se dan en momentos evolutivos tan diferentes que no son comparables, desarrolla la psicóloga. El menor no registra con precisión el porqué de la incomodidad de sus padres, sino algo mucho más primario, es decir, una señal de que siendo él mismo provoca rechazo, alerta López. Y esto supone algo fundamental
por la alta sensibilidad infantil a las micro señales de desaprobación. En las primeras etapas del desarrollo, el niño no es capaz de separar con claridad lo que hace frente a lo que es, porque la conducta puntual y la identidad todavía no están diferenciadas, explica. Esto supone que el niño sufre un efecto acumulativo que provoque que se autoregule en presencia de esa figura y desarrolla una hipervigilancia relacional, avisa López. Con el tiempo, esta anticipación del rechazo puede generalizarse a otras relaciones, no solo con ese progenitor y condicionar
cómo se vincula con iguales o figuras de autoridad. Además, la psicóloga subraya que este proceso no requiere un mensaje verbal explícito y que el rechazo silencioso puede tener un impacto tan significativo como la crítica directa por su dificultad de identificar y nombrar y en consecuencia de reparar.
Mejías destaca también el papel de la autoestima infantil más allá del autoconcepto, dado el aspecto peyorativo de los comentarios que puede recibir un menor, y avisa de que mantener estos roches hacia el hijo empeorará su propia autoestima. Si este tipo de comentario se da de manera puntual en un vínculo de apego seguro, un niño puede sentir enfado y tristeza, nombrarla y que el adulto repropare este comentario dañino a punta. Pero cuando se alargan en una situación vincular insegura donde el niño no expresa su molestia,
Normalmente se vive con culpa, de autorreproche y se percibe a sí mismo como inadecuado o molesto. Y esto lleva a conclusiones como las creencias nucleares que son las convicciones más profundas que una persona tiene sobre sí misma, sobre los demás y sobre el mundo y que pueden ser muy limitantes a lo largo de toda la vida. Desde el punto de vista de los padres, sus propias experiencias familiares pueden influir en la forma en que interpretan y responden las conductas de sus hijos.
el estudio Determinants of Child Emotion Regulation in the Context of Adversity, publicado en 2025 en International Journal of Early Childhood Education, encontró una relación entre las experiencias adversas de los progenitores, sus dificultades para regular las emociones y una mayor tendencia a atribuir intenciones negativas a los niños. Por su parte, el informe Parental Childhood Adversity and Emotional Functioning, publicado en Family Relations en el mismo año,
Observo que determinadas experiencias difíciles durante la infancia de los padres se relacionaban con dificultades para comprender y regular las emociones tanto propias como de sus hijos. Hay varias señales que pueden indicar que los progenitores están reaccionando desde su propia historia emocional y no tanto desde lo que realmente ha hecho su hijo. Entre ellas, López destaca las reacciones desproporcionadas ante comportamientos leves.
las respuestas automáticas de enfado o rechazo sin apenas tiempo para valorar lo sucedido y la aparición de frases recurrentes como eres igual que u otra vez lo mismo. Otros indicios son que la emoción intensa aparezca antes de interpretar lo ocurrido, que el adulto mantenga su enfado incluso cuando se le explica que el niño no tenía mala intención o que su comportamiento es propio de la edad y lo que López denomina desconexión selectiva, cuando una misma conducta apenas provoca reacción si la protagoniza otro.
hijo, un sobrino o un niño ajeno. Cuando ya se ha producido el comentario peyorativo o las comparaciones, López avisa de que el error puntual no es lo que daña al niño, sino no repararlo. Para ello recomienda reconocer el fallo, sin trasladar al hijo los conflictos del adulto, con frases como me equivoqué al hablarte así no fue justo, y aprender a distinguir si el malestar procede de la conducta infantil o, por el contrario, de una experiencia familiar propia.
También aconseja evitar expresiones como eres igual que y centrarse en comportamientos concretos. La diferencia entre eres un mentiroso y esta vez ⁓ no me has dicho la verdad, no es cosmética porque la primera etiqueta a la persona, pero la segunda señala un hecho puntual y reparable a punta. Para Mejía, reparar el daño también es lo más importante. La forma más simple siempre es la más acertada, reparar y abrirnos a poder escuchar con humildad.
lo que nuestros hijos necesitan nombrarnos de vuelta.