Expediente Umbral

Llegados a este punto, concluimos que la orfandad es la clave para comprender la obra de Francisco Umbral. Como explica Ángel Antonio Herrera, Umbral fue un escritor huérfano de padre y huérfano de hijo. En este capítulo, recopilamos los días más felices del escritor –la vida sana de su hijo– y los días más oscuros –la enfermedad y muerte de Pincho– a través de España Suárez (su viuda), Pedro J. Ramírez, Cebrián, Caballé y el propio Ángel Antonio Herrera. 

What is Expediente Umbral?

¿Quién era Francisco Umbral? En 1971, escribió una de sus mejores novelas autobiográficas gracias a una beca de la Fundación Juan March. En su expediente, hasta ahora inédito, puede comprobarse que falsificó datos personales como su nombre y su fecha de nacimiento. Nadie supo que la verdad sobre su identidad se encontraba oculta en la novela. Y la mentira, en su solicitud. A través de entrevistas con quienes mejor lo conocieron –su viuda, Pedro J. Ramírez, Juan Luis Cebrián o Anna Caballé–, el periodista y escritor Daniel Ramírez reconstruye el origen proscrito de Umbral: la convivencia de una identidad falsa con una fama desbordante.

Expediente Umbral, por Daniel Ramírez García-Mina.

Sexto episodio: Umbral y el fuego

Uno de los escritores que mejor ha entendido a Umbral escribió una vez que la clave para diseccionar a este escritor es la orfandad. Francisco Umbral fue un niño huérfano de padre y madre. Francisco Umbral fue un padre huérfano de hijo. Y en ese mar de ausencias iba naciendo, como una tormenta, el personaje creado. El escritor.

Umbral dedicó a su hijo Pincho la novela que escribió con la beca de la March. Podemos decir que, en cierto modo, esos primeros años setenta fueron un purgatorio luminoso. Pincho nació en 1968 y estuvo sano hasta el 1972. Le detectaron la leucemia en noviembre. Umbral supo que Planeta, después de que la Fundación Juan March decidiera no publicar su novela, lanzaría ‘Los males sagrados’ en septiembre de ese año. Pincho moriría el 23 de julio de 1974, dos más tarde.

La orfandad de la infancia, en ese paréntesis de luz que encontró, la iba compensando con la paternidad propia. Umbral, en casa, volvía a ser Francisco Pérez Martínez de manera desacomplejada. A su hijo no tenía que engañarlo. Paco se veía proyectado en Pincho. Y quería darle todo aquello de lo que él había carecido. En realidad, eso intenta hacer cualquier padre con su hijo, pero cuanto mayores son las ausencias, mayores suelen ser las presencias.

De hecho, Umbral, visto con retrospectiva, fue la perfección de su padre: Alejandro Urrutia quiso ser poeta y escritor. Umbral lo fue. Alejandro Urrutia quiso ser utópico e influyente. Umbral lo fue. Alejandro Urrutia quiso devorar Madrid, pero le pilló la guerra. Umbral devoró Madrid cuando ya se había acabado la guerra.

Umbral no fue un padre como los de su generación. Umbral, como padre, no fue Umbral. Volvemos a la Dacha de Majadahonda. Estamos sentados con España, que nos lleva de la mano a aquellos días felices de los setenta. A los paseos por el parque, a los cuentos en la cama, a las carreras por el salón.

– "Y esa faceta no la conocía nadie de Paco. Yo creo que nadie la llego a conocer. ¿Cuántos padres tendrían que ser así con relación a sus hijos? Porque, jugaban, hablaban, se reían, él le contaba cuentos, hacían dibujos. Todavía me he encontrado, buscando papeles, unas caritas y unos dibujos con unos textos de los dibujos. Y claro, se reían mucho. Y efectivamente, la voz de Paco era otra. Porque claro, Paco, ya sabes que, un poco por seguridad o por pose, tenía esa voz un poco... de verdad que no era una voz corriente".

– "Una voz snob, que se decía él mismo, ¿no?".

– "Claro. Pero claro, luego en el trato con el niño y en eso era otra persona. Paco era una persona muy tierna. Y luego, en relación a todo lo demás, era una persona muy poco, que no era violenta en absoluto. Y lo de la violencia y la crueldad y todo eso le ponían enfermo, le dolía mucho. Y yo creo que, bueno, la muerte de su madre le afectó mucho. Paco estuvo un tiempo sin salir, ni nada, pero la muerte del niño fue, fue... A Paco le afectó mucho".

El desdoblamiento del personaje que venimos comentando, las diferencias entre Umbral y Francisco Pérez Martínez, pueden parecer una abstracción. Incluso una licencia literaria. Pero basta con escuchar las conversaciones que Paco mantenía con su hijo para darse cuenta de que el hombre dentro de casa, el padre, era otro. Otro corazón, otra manera de mirar. Estas cintas pudieron escucharse por primera vez en el documental “Anatomía de un Dandy”, de Alberto Ortega y Charlie Arnaiz. Es el único testimonio de la voz de Francisco Pérez, que jamás fue la voz de Umbral.

– “Pincho, ¿cuántos años tienes?”

– “Uno”.

– “No, tienes dos”.

– “Dos”.

– “Pincho, ¿cómo te llamas tú?”

– “Francisco Umbral, como papi”.

– “¿Y mami? ¿Cómo se llama?”

– “España”.

– “Claro”.

Y aquí está Umbral contándole un cuento a Pincho:

– "Te voy a contar una aventura maravillosa que me ocurrió en los espacios siderales. Iba yo en mi astronave cuando de pronto vi a lo lejos una cosa roja que brillaba en el cielo, y entonces di la vuelta y me dirigí hacia ella. Cuando me acerqué a la cosa rojita, ¿sabes lo que era? La nube de tomate, naturalmente. ¿Tú has estado en una nube de tomate?”.

– “No”.

– “¿Quieres que te lleve yo alguna vez?”

– “Sí”.

– “Pues dale un beso al robot y hasta mañana".

Umbral había empezado a escribir un libro sobre la luz. Sobre la vida. Era la primera de sus autoficciones que abandonaba la tiniebla. Al compás de Pincho, al ritmo de ese ya mítico “estoy oyendo crecer a mi hijo”, se iba trenzando un homenaje a la vida por parte de uno de los escritores más descreídos. Hasta que llegó la leucemia. Umbral no borró, no reescribió. Hizo lo que siempre hacía. Seguir escribiendo. Entonces el libro fue cambiando. La luz desapareció de golpe y la poesía volvió a encontrar el fuego en la herida, el dolor y la desesperación.

– “Y bueno, yo creo que, mira, por lo menos aquellos años, el niño tuvo que ser muy feliz”.

– “Claro”.

– “Porque tenía eso, una persona como Paco, que le cuidaba, le atendía, le distraía, le...”

– “Pasaban mucho tiempo juntos, jugaban, que no era frecuente tampoco en los padres de la época”.

– “La verdad es que no, no era común, no. Y luego, claro, cuando empezó a ir al colegio, que iba al colegio Estilo…”

– “Ah sí, el de Josefina Obregón”.

– “No. Josefina Aldecoa. Por ahí por Serrano era. Y luego para cosa de los deberes. Y luego, cuando se compró la bicicleta, y cómo hacían los dibujos, y como comentaban… pues claro, yo, digo eso, con una capacidad de adaptarse eso, al medio del niño, al ambiente del niño y a la edad del niño, que... Bueno, yo por lo menos digo: eso. Pero fue de verdad de una crueldad, de una brutalidad… Así de repente, que el niño se muriera, que el niño enfermara, que el niño no fuera el niño que era, tan vital y tan, no sé, tan alegre...para Paco fue... Y yo creo que le duró mucho tiempo. Mucho, mucho, mucho tiempo. Sí.”

Esa orfandad absoluta, la del hijo huérfano de padres y el padre huérfano de hijo de la que nos habla Ángel Antonio Herrera, empujó a Umbral a escribir algunas de las páginas más bellas de la prosa española del siglo pasado.

“Sólo he vivido cinco años en mi vida. Los cinco años que vivió mi hijo. Antes y después, todo ha sido caos y crueldad. Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. Tu pelo doraba la calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo fluctuante, sin consistencia, como dicen que es Júpiter, una vaguedad nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese gesto y nada más”.

Va cayendo el sol de la tarde en el jardín de la Dacha de Majadahonda. España tiene en las manos las piedras que va recogiendo de las playas y los montes. Elige las que le recuerdan a algo. A una persona, a un paisaje, a un animal, a un sentimiento, a un hijo.

Nos cuenta que todos los años llegan con el cartero ejemplares de nuevas ediciones de ‘Mortal y rosa’. A veces tiene la tentación de abrirlas, pero sigue siendo incapaz de leer. Igual que sigue siendo incapaz de olvidar aquel dolor. Con la muerte del hijo, el cartero llama mil veces. España y Umbral no quisieron enterrar a Pincho. Decidieron incinerarlo. Les poseía un demonio de ira y tristeza si se imaginaban el cuerpo de ese “soldadito rubio” descomponiéndose bajo la tierra. La de Pincho fue una de las primeras incineraciones en el país. La ley que las habilita nació precisamente aquel 1974. Esa posibilidad, la de incinerar, les regaló una migaja de consuelo.

– “Entonces yo creo que no se llevaba tanto lo de la incineración”.

– “Sí era menos frecuente”.

– “Pero nosotros nos enseguida pensamos que tenía que ser así. No podíamos pensar que íbamos a dejar allí al niño, debajo de la tierra, pudriéndose, así cruelmente dicho”.

Umbral escribió en ‘Mortal y Rosa’ el alivió de la incineración, el alivio del fuego.

“El fuego, hijo, el fuego, cómo amo el fuego en que pude rescatarte, al fin, de la muerte que te deshacía. Cómo amo el fuego, con gratitud mortal, porque en él se purificó para siempre tu pureza, ese fuego ensañado en ti, que habría sido intolerable sobre tu vida, pero que fue piadoso sobre tu muerte, incineración en el oro, no la carroña que tú nunca habrías podido ser. En el fuego te salvamos, hijo, al fin y al cabo, para no dar a la tierra sórdida y devorante la ternura de tu luz, sino al mediodía del fuego la luz de tu muerte”.

Llegados a este punto, parece sencilla la respuesta a esta pregunta: de dónde salía ese lirismo que hizo único a Umbral. Pedro J tiene claro que lo que hizo a este escritor irrepetible fue la introducción fría y descarnada de ese cuchillo de lirismo en la actualidad. Por eso le pagó todo el dinero que pudo para mantenerlo en nómina. Umbral hizo de Pedro J la figura del señorito y bromeaba acerca del dinero que este director estaba dispuesto a pagarle.

“Yo no he leído a nadie que fuera capaz de impregnar de lirismo el relato de la actualidad como Paco. O sea, eso es lo que hace de sus columnas, o de algunos de sus libros, algo único. O sea, ese sentir que también revela, pues que hay una trastienda muy potente en el ogro hosco y protestón, gruñón que se empecina en hacerse el antipático, ¿no?”.

Fueron muchas cenas, muchas conspiraciones, muchos libros y periódicos planeados juntos. Pero nunca estuvieron sobre la mesa ‘Los males sagrados’ de Umbral. Pedro J., no obstante, siempre intuyó que había algo desconocido en Umbral; un enigma que explicaba la construcción del personaje ficticio. Algo que percutía con la fuerza suficiente como para condenarle a la escritura perpetua.

"Yo que sabía que Umbral era una persona enormemente tierna y enormemente emocional y muy celoso de su intimidad, y pocas veces, o sea, él compartía más, pues algunas aventuras con chicas y cómo eso era compatible con su relación y el amor que tenía por España, que nada de lo que tuviera que ver con su pasado. Él nunca hablaba de... Yo nunca tuve una conversación con Umbral, ni sobre su niñez, ni sobre su madre, ni sobre su identidad verdadera. Nunca".

Juan Luis Cebrián supo de los rumores sobre la infancia de Umbral, pero tampoco cruzó esa frontera que separaba a la persona del personaje. Jamás hablaron de la niñez, de los padres ni, por supuesto, del origen de ese frío que lo atenazaba.

Yo sabía que había tenido una infancia difícil y que fruto de esa infancia difícil, le habían venido los problemas un poco... psicológicos o psicóticos que le habían... Él era un hombre con una personalidad complicada, como casi todo los grandes escritores, por otro lado. Pero yo la verdad es que nunca hablé de... Yo las conversaciones que tenía con él eran sobre sus artículos o sobre la política o sobre la cultura y tal. Cenábamos a veces cuando íbamos a... Cuando íbamos a.… y cenábamos con otros que iban a los estrenos de teatro y eso, y era una persona... En el trato personal era una persona bastante tierna. No iba presumiendo de nada. Era una persona bastante... Y luego se enfatizaba cuando iba a la televisión y tal.

Ángel Antonio Herrera nunca ha dejado de pensar en Umbral. Le pedimos que intente llegar al fondo de ese hombre al que tanto conoció. Que nos explique, a nosotros que no lo tratamos, cuál era ese fuego que quemaba al escritor como en la canción de la Moda. Ese fuego que lo guiaba desde niño, lo empujaba a una ambición sin límites y podía convertirse en su peor enemigo.

“Creo que el motor primero, principal, de la obra de Umbral es la orfandad, la orfandad vital en general, la orfandad emocional, la orfandad total. Umbral vive sin padre, crece sin padre, crece con la madre muy poco presente y, en fin, da el tirón, el estirón, cuando la madre ya no existe tampoco, porque la madre muere muy joven y él la conoce y empieza a tratarla con mayor profundidad y asiduidad siendo él también muy joven. Es decir, que vive sin padres, por decirlo de una manera rauda, y luego a él, el hijo, al propio Umbral, el hijo se le muere muy pequeño, con lo cual Umbral vive siempre acorralado por la orfandad. Y ese sí que creo que es un motor fundamentalísimo en su obra. Quizá el primero, que tiene que ver algo también con cierto rencor vital, con algo de inconformismo respecto a la injusticia del vivir. Umbral vivió muy a menudo bajo aquel lema de Lorca, que a él le gustaba mucho y a mí también, que dice: "La vida no es noble, ni buena ni sagrada". Yo creo que eso podría ser el lema de una vida que no tuvo lemas”.

El día que murió Francisco Umbral, Raúl del Pozo se encerró a escribir con esa pregunta en la cabeza. ¿Quién era Umbral? ¿Quién había sido realmente Umbral? Al día siguiente, salió este párrafo de la imprenta del diario El Mundo: “Vi a Paco en el Ritz y lo tuve que sacar casi a cuestas, mientras España buscaba un taxi bajo la lluvia; le temblaba todo el cuerpo, no andaba, no oía, no veía. Siempre tuvo mala salud. Se enrollaba en papel higiénico para protegerse del frío y de la vulgaridad; iba envuelto en un vendaje. Nunca superó el frío del nacimiento, ni la angustia del destete de una madre que confundió siempre con su tía. Su complejo de hijo de soltera fijó su psiquismo, su anorexia, sus neurosis gástricas. Su angustia, su frío, su apetito de muerte y de gloria, relacionado con la desnudez del tegumento, siguieron toda la vida a este lacaniano lleno de fantasías que buscó el paraíso perdido anterior al nacimiento. El frío, el desamor, rodearon su largo y blanquísimo cuerpo con kilómetros de papel de váter. En Umbral, el tabú de la madre fue la ley primordial de su vida”.

Umbral fue el genio de la paradoja. La paradoja hecha hombre. Fue el escritor que más publicó sobre sí mismo, pero, al mismo tiempo, fue el escritor que más se ocultó de los lectores. Tanto se escribía Umbral que, en las biografías de otros, también se biografiaba a él. Lorca, Larra, Cela, Lord Byron… Sobre Valle-Inclán, dijo: “La vida, al hundirle como hombre, lo salvó como escritor”. A Umbral también, la vida, al hundirle como hombre, lo salvó como escritor.

Umbral quiso ser alguien porque nació sin identidad. Se fue escribiendo día a día, letra a letra, con un tesón capaz de acomplejar al más estajanovista. La identidad sostiene a los hombres, pero también los despeña por los precipicios. Las guerras siempre son choques de identidades. Poco antes de morir, Umbral estaba escribiendo un libro sobre las guerras identitarias. Lo había titulado ‘Memorial del fuego’. Ese podría ser también un buen título para estas notas. Este ser humano vivió esa guerra en su interior: la pugna entre la ausencia total de identidad y la identidad del personaje que en él nacía. Venció Umbral. Hoy nadie sabe quién es Francisco Pérez Martínez y es difícil encontrar a alguien que no sepa quién fue Umbral.

Ya es de noche en la Dacha de Majadahonda. Le damos las gracias a España. España nos da un beso y unos cuantos libros. Vamos caminando por el sendero hacia la puerta. Miramos al cielo, donde no hay ninguna estrella. Encendemos una con la luz del teléfono móvil: es Pincho, es Paco. Colocamos en la pantalla, todavía en el jardín del escritor, este poema que tituló ‘Noctuario íntimo’. Leemos, volvemos a mirar hacia la casa. Una luz amarilla chisporrotea en el salón.

Decir de dónde vengo, de qué vengo,

aquella lluvia cayendo en interiores,

aquella tarde enferma que llamaré mi infancia.

Darle un nombre, por fin, a todo eso.

Era la más delgada tristeza, un quebradizo caos, una alta

cenefa de fulgor, de sueños, de inventiva,

mientras mis pies rodaban vagamente.

Una estatua que no me pertenecía, que me quedaba holgada y triste,

como la ropa de los muertos.

Llamarle infancia a todo aquello…

Infancia es una larga y blanca palabra que dice arenas nuevas,

vida rubia. No le va la palabra a lo que cuento.

Solo para entendernos, digo infancia.

Descamisado el corazón, más tarde,

pero no tan abierto que se me viese el miedo,

buscándole a los días su noche clandestina,

buscándole a las noches su oculto día pálido.

Llamarle a aquello juventud…

Juventud es una erguida palabra valerosa.

Pero yo bordeaba los ribazos de sombra,

le iba dando la vuelta, por detrás, al monte luminoso,

al sinaí de luz de cada día.

Llamarle a aquello juventud.

Vengo de tardes que a nadie hicieron feliz,

de ciudades sin calles, de calles sin ciudad;

soy resultado oscuro, producto, consecuencia

de una serie de inviernos que la lluvia nos trajo encadenados.

Soy un cruce de días anticipados y retrasados días.

No me ha llovido a tiempo, me ha dado el sol temprano.

Mi entramado del pecho me lo inventé yo mismo.

Pero puedo olvidar, y eso me salva.

Empezaba a escribir para contarlo todo.

Pero puedo olvidar, otras veces me ocurre.

Hay un repentino golpe de olvido, como un mar que vuelve la espalda.