Expediente Umbral

¿Quién fue la madre de Umbral? ¿Cuándo supo Umbral que su madre era su madre y no su tía? A través de las pesquisas de Anna Caballé, biógrafa del escritor, vamos recorriendo el Valladolid de la época, vamos profundizando en el mundo familiar de Umbral, vamos sabiendo cómo y por qué ocultó Ana María Perez Martínez el embarazo de aquel niño que sería el autor más famoso de España. 

What is Expediente Umbral?

¿Quién era Francisco Umbral? En 1971, escribió una de sus mejores novelas autobiográficas gracias a una beca de la Fundación Juan March. En su expediente, hasta ahora inédito, puede comprobarse que falsificó datos personales como su nombre y su fecha de nacimiento. Nadie supo que la verdad sobre su identidad se encontraba oculta en la novela. Y la mentira, en su solicitud. A través de entrevistas con quienes mejor lo conocieron –su viuda, Pedro J. Ramírez, Juan Luis Cebrián o Anna Caballé–, el periodista y escritor Daniel Ramírez reconstruye el origen proscrito de Umbral: la convivencia de una identidad falsa con una fama desbordante.

Expediente Umbral, por Daniel Ramírez García-Mina.

Tercer episodio: La madre de Umbral

Esta es la historia de Ana María Pérez Martínez, la madre de Umbral, que será protagonista en todas sus novelas autobiográficas: una mujer joven, atractiva, culta, de provincias, que sabe taquigrafía y que, por eso, cumple con facilidad con su labor de secretaria. Es una mujer muy independiente si se le mide con el rasero de la época.

Pero no lo contemos nosotros. Esa es la magia de esta historia. Nos la contó el propio Umbral, camuflada en presuntas novelas, en cada uno de sus libros. Las páginas de “Los males sagrados”, las que fueron becadas por la Fundación Juan March, son las más verdaderas de todas.

Umbral dijo en el expediente que iba a relatar la aventura de los niños de la guerra, “los condicionamientos negativos y positivos que han influido en la niñez y adolescencia de una generación que hoy llega casi a la madurez y toma ya parte activa en la vida del país. La novela estará ambientada en una capital de provincia no identificada. El panorama vital de los españoles empieza a cambiar en los años cincuenta”.

Pero al final, no habrá nada de eso. Esta novela, ‘Los males sagrados’, es un sórdido poema en prosa que encuentra una belleza cruda, como de invierno helador, si se lee con la biografía de Francisco Pérez Martínez al lado. Vayamos acompasando el dato con el relato. La verdad con la mentira. Eso eran los periódicos y las novelas para Umbral. Lo dijo él mismo: la mezcla inexplicada de verdades y mentiras.

Umbral nace en Madrid el 11 de mayo de 1932, no el 11 de mayo de 1935, como figura en este expediente. Umbral nace en la Maternidad del barrio de Lavapiés, muy cerca del Rastro, adonde acuden las madres solteras y proscritas. Hasta allí ha llegado Ana María, que no ha encontrado el apoyo de su padre, un hombre católico y conservador. Valladolid es pequeña, medieval y está llena de ojos que miran. Ana María se refugia en un pueblo para esconder su vientre.

Así empieza la novela que Umbral entrega a la March:

“Recordar a mamá en aquel pueblo de la montaña, preñada de mí, solos los dos, solos por primera y última vez en la vida, y ella con su vaga ternura de gestante, sin hijo todavía donde posar, las gentes del pueblo mirando el embarazo, la preñez, el vientre grande y dulce, como miraban los sembrados, los montes, las nubes, con mirada sopesadora y sabedora”.

Cuando nace el niño, Ana María, ayudada por su madre, encuentra una nodriza que puede encargarse de él en un pueblo cercano a Valladolid, hasta el que se puede llegar en tren: Laguna de Duero. Empieza a escribirse la herida en el niño, que recala en casa de una nodriza. Pechos que alimentan a sus hijos biológicos y a los hijos proscritos.

“Mirarla en aquel pueblo de la montaña, o decir aquel otro pueblo, con una laguna en su nomenclatura, quizás, el atardecer con viento y árboles agitados, la abuela que se alejaba como una sombra enlutada, y mi llanto largo, solitario, desgarrándome por dentro para siempre, a la puerta de la casa de Pilar, el ama de cría, senos sarmentosos que daban leche milagrosa para el hijo de la carne y para dos o tres niños que nos criábamos allí”.

Es la abuela la que viaja a Valladolid para visitar al niño. Ana María, para no levantar sospechas, vuelve a trabajar. Pasan los años y, cuando los Pérez presienten cierta tranquilidad, Paco, ese niño que nadie sabe de dónde ha salido, llega a la casa familiar. Entramos en ese lugar tan escrito y tan ocultado al mismo tiempo por Umbral. Ese pasillo alargado donde las habitaciones se le aparecen como cavernas oscuras y los retratos de los antepasados muertos, colgados por todas partes, infunden el miedo a un niño que es el miedo en sí mismo.

Gobierna la casa la mirada inquisitiva del abuelo, que ha aceptado al nieto proscrito en casa, pero que no lo trata como a los demás nietos. Ni ha perdonado ni perdonará a su hija haberlo tenido fuera del matrimonio. Francisco Pérez, al que le falta mucho para ser Umbral, no olvidará la mirada del abuelo contra su madre.

“El abuelo miraba y no decía nada, quizá la recriminaba en silencio, quizá la había recriminado siempre, toda la vida, en silencio, con sus rosarios, que eran recriminaciones, y yo no sé si la reñía por la mancha de moras, por la mancha de sangre, por sus escapadas a la montaña, desnuda, por qué”.

Umbral no sabe quién es su padre, pero tampoco sabe quién es su madre, pese a vivir con ella en la misma casa. Su madre es para él, como para sus primos, “la tía May”. Conforme los niños se hacen mayores, se van dando cuenta de que tía May no trata igual a Paco que a los demás. El desprecio del abuelo se va viendo contrarrestado por el cariño singular de tía May. Paco encuentra en ella el cariño de madre, que la mayoría de niños aprende por ciencia infusa. Paco lo aprende ya con cierta edad, conscientemente. Por eso empieza a querer a tía May como se quiere a las madres. O todavía más. Porque es la primera vez que le quieren.

Son los días de la tuberculosis. Y un día el niño vuelve a enfrentarse a la soledad que creía amortiguada. Su madre es trasladada en un coche a Burgos. El clima de esta ciudad es mejor que el de Valladolid para la tuberculosis.

“La tarde que se llevaron a mamá en un coche de los tíos, el mundo se me quedó hueco y sentí que podía caerme para atrás en cualquier momento, falto de apoyo, como luego he sabido que se caen algunos enfermos del cerebro”.

Umbral contó a algunos amigos íntimos que nunca supo que su madre era su madre hasta la adolescencia. Pero un día lo supo. Probablemente, primero lo intuyó. Entonces, comenzaron a forjarse esas conversaciones en la habitación, con la puerta cerrada. Esos paseos juntos, madre e hijo, con la ciudad anochecida pintada por la luz amarilla de las farolas. Todo era un poco amarillo en la juventud de Umbral. Todo estaba lleno de cuerpos enfermos, tuberculosos. La enfermedad de su madre y el anhelo de libertad de ese joven que vive en una casa que no siente como suya crean en él una sensación contradictoria: la voluntad de encerrarse con su madre mezclada con el deseo de huir.

“Yo no estaba mucho tiempo con ella, solamente los ratos en que me cogía las manos, aquellas manos que la calle iba tornando garras, y me las lavaba y me hacía las uñas y me recortaba la cutícula con sus pequeñas tijeras de uñas. Yo no estaba mucho tiempo con mamá, porque prefería la libertad de la calle a su prisión cálida y tenue, y sobre todo porque no convenía, pues aún no habían decidido los médicos si mamá contagiaba o no contagiaba”.

Umbral apenas fue al colegio. Fueron cuatro o cinco años en el aula. Él siempre dijo que lo echaron por malo, por incontrolable. Pero Anna Caballé, su biógrafa, nos cuenta que, en realidad, Ana María Pérez Martínez sacó a su hijo del aula cuando fue necesario presentar determinados papeles para la matrícula. De haberlo hecho, de haber seguido Paco en la escuela, el misterio habría quedado revelado. El niño no era el sobrino sino el hijo de Ana María Pérez Martínez.

No sabemos qué pesó más, si el miedo de Ana María a perder la reputación y el trabajo o el pavor de su padre, el abuelo de Paco, a que el honor de la familia quedara mancillado y después pisoteado en los cafés de Valladolid. Francisco Pérez Martínez, Francisco Umbral, nunca fue oficialmente el hijo de Ana María. Nunca lo fue en el exterior de la casa familiar.

Ana María, en secreto, en esa habitación cerrada, procuró educar en la excelencia a ese hijo al que había sacado del colegio. Taquígrafa y lectora, formó a Paco en los libros.

“Me decía que ella se iba a morir pronto y que yo tenía que hacerme un hombre, estudiar, aprender cosas, tener una carrera, algo, para no quedarme solo y desvalido dentro de aquella casa nuestra que se iba despoblando lentamente”.

El primer amor de aquel Umbral que todavía no era Umbral fue su madre. Solía aparecer en sus libros como una mujer preciosa, libre y culta a la que el embarazo primero y la tuberculosis después encerraron en la habitación.

“Mamá había triunfado en aquellos álbumes sepia de antes de nacer yo, y ahora estaba en el lecho tomándose la temperatura, apuntándola en un cuadernito cuadriculado con tapas negras de hule, escupiendo sangre a escondidas”.

Pero un día la enfermedad cambió de lado. Paco cogió la tuberculosis. Le invadió ese frío que no le abandonaría jamás. El pelo largo, la bufanda y el abrigo lo acompañarían siempre. Por eso Anna Caballé tituló su biografía ‘El frío de una vida’. A Umbral, sus amigos le tomaban el pelo. El calor de los textos políticos de Umbral contrastaba con el frío de sus páginas de infancia.

El frío llegó con la enfermedad y los inviernos de Valladolid, pero pronto se convirtió en metáfora. Hacía frío en la calle, hacía frío en ese pasillo negro y oscuro, hacía frío en la mirada del abuelo, hacía frío en la soledad de la escritura, hacía frío en la distancia que separaba la identidad verdadera de la identidad del escritor… el invierno le congelaría el corazón, muchos años después, al morir Pincho, su hijo, que sería escrito en “mortal y rosa”.

Cuando Paco enferma, la madre está enferma también, pero se levanta de la cama y se entrega al cuidado de su hijo. Es la primera vez que Umbral se siente hijo en plenitud. Años después va a escribir una y otra vez el retrato de una mujer épica que vence al miedo armada del amor que siente por el niño.

Extraña en las novelas de Umbral que su madre estuviera enferma de tuberculosis tanto tiempo. Nos cuenta Anna Caballé que, a través de los primos del escritor, que vivieron en aquella casa, supo de la hipocondría de Ana María. En realidad, la madre no estaba siempre enferma. Tuvo tuberculosis, pero, una vez recuperada, por miedo a recaer, se refugiaba en su habitación y apenas salía de casa. Sólo regresó a la vida cuando Paco contrajo la enfermedad.

“Mamá me metió en la cama grande y fría y empezó a desarrollar una actividad de madre como no había tenido nunca, pues mi repentina febrícula la curaba de todos sus males de tantos años. Se levantó de su lecho de enferma solamente por atenderme a mí, por ir a ver a los médicos, pero una vez en pie, la inercia la llevaba a reanudar su vida normal, tanto tiempo interrumpida y limitada a leer a San Agustín. Yo estaba en la cama leyendo, pensando, mirando el techo húmedo, de un azul oscuro, donde las goteras iban dibujando un atlas mucho más sugestivo que el del colegio”.

Francisco Pérez Martínez ha encontrado a su madre. Paco ha encontrado la luz. La casa es negra, el pasillo es largo y negro, pero se cuela el sol por la ventana. Es un sol lo suficientemente nítido como para iluminar a una madre que tanto tiempo se había escondido.

“Entre mamá y yo, toda la soledad de la casa, todo el hueco de la vida, la ausencia de tantos, la presencia polvorienta de cada uno de los días allí vividos, momificados en la tapicería de las butacas, la moldura de los marcos, el brillo de las tazas, el olor de las flores, el color de las cortinas, el silencio de las vasijas y los vidrios del mirador. Algún atardecer, yo iba a su habitación o ella venía a la mía, yo le leía poemas o ella me contaba historias, y el resol y el contraluz me la hacían extraña, distinta, irreal, la volvían un poco rubia y desconocida; hablábamos todo lo que no habíamos hablado en años y ella debía descubrir en mí al hombre que ya era, en tanto que yo descubría en ella a la mujer, a una mujer que, además y como por casualidad, era mi madre”.

La luz, como siempre sucedió en la vida del escritor cuando no se trataba de escribir, duró poco. Ana María Pérez Martínez, su madre, murió en 1953. Paco tenía 21 años. Había empezado a escribir, pero no a publicar. Su madre no supo de su éxito, ni siquiera de su iniciación.

“Tomé el termómetro, su termómetro de toda la vida, que estaba sobre la mesilla, junto a la cama, y miré la temperatura, treinta y siete grados y cinco décimas, la última temperatura de su cuerpo, la fiebre de aquella noche, y guardé el termómetro en el bolsillo de arriba de mi chaqueta. Me llevaba su último calor”.

Aquel día, Paco estaba en “Los Luises”, un centro cultural de la ciudad. Uno de sus primos, que estaba en casa, llamó allí y le avisó. Paco regresó corriendo con el rostro desencajado. Anna Caballé reconstruye la escena con los testimonios de quienes lo presenciaron.

“Umbral, con la muerte y la madre, para entendernos, lo pierde todo, lo pierde todo en la vida. De ahí que baje desencajado, porque lo pierde todo. Y, de hecho, casi toda la literatura de Umbral es, digamos, un idilio con su madre. Es un personaje del que él no puede desprenderse. El cordón umbilical no se ha roto entre los seres y se protegen el uno al otro. Entonces, la muerte de Ana María es crucial para él, porque a partir de ese momento la vida en la casa se le hace muy difícil y entonces es cuando toma la decisión al cabo de poco tiempo de irse a León”.

La muerte de la madre, en cierto modo, produjo en Umbral una enorme tristeza, pero también una catarsis. El escritor ya podía intentar ser escritor. No tenía ningún motivo para permanecer en la casa familiar. Ni siquiera para quedarse en Valladolid, donde se había acostumbrado a vivir para dentro, porque él era un secreto. Hizo las maletas, se fue a León, comenzó a trabajar en la radio y a publicar en la prensa local. Lo demás, el futuro, es Historia.