Yo soy Jonathan Ruiz Torre y durante este siglo he investigado sobre personajes disruptivos en Norteamérica. Me leyeron en Milenio, Reforma, El Financiero... y ahora en El Economista.
¿Puede ser sofisticado el negocio de producir carne de cerdo y venderla a muchas partes del mundo desde México? ¿Cómo se hace eso?
Juan Carlos García Barcala les cuenta el propósito y la historia de Kekén.
Yo soy Jonathan Ruiz. Esto es Parteaguas. Bienvenidas, bienvenidos.
En mi columna Parteaguas, publicada hoy en El Economista, les cuento lo que no vimos durante el partido del Mundial.
Si la humanidad vota con dinero, ayer eligió a un líder supremo. Todo mientras México jugaba el partido inaugural del Mundial de Fútbol de la FIFA 2026 contra Sudáfrica.
Mea culpa: yo también grité el gol de Quiñones, clavado entre los pies de un portero que habría preferido cualquier otro embate. Un gol de túnel pega al orgullo. Debe dejarte sin dormir.
La Selección Mexicana de Fútbol cumplió. No convenció a los críticos más duros ni al técnico Javier Aguirre, pero lo que queda es la aritmética: el marcador fue contundente, 2-0 a favor de México. Y ahora, a lo que sigue.
Durante un mes y medio estaremos adormecidos, distraídos por un juego, sí, apasionante. Pero hay que ver lo que pasa en el mundo real mientras nuestra mente concentra su energía en periodos de 90 minutos de atención a una pelota.
Ayer nos cambió el mundo, otra vez.
Elon Musk no solo lo volvió a hacer. No nada más se consolidó como el hombre más rico, sino que convenció a quienes tienen mucho dinero de seguirlo.
Ya tiene Tesla, la fabricante de coches. Ahora empuja a SpaceX, la empresa que hoy puede ofrecerles a ustedes y a mí internet satelital con Starlink y que, si cumple, en unos años ampliará nuestro horizonte más allá de la Tierra, para cualquier cosa que eso sirva.
SpaceX hizo historia este jueves al garantizar la mayor salida a bolsa, y Musk está al borde de convertirse en el primer y verdadero billonario del mundo. Su cuenta bancaria podría acumular un trillón de dólares.
La compañía ofreció 555 mil 600 millones de acciones, que representan menos del 5 por ciento de la empresa. Son papeles de su compañía, de su haber hecho básicamente de sueños, y a cambio recaudó 75 mil millones de dólares en la salida a bolsa. Tal cual.
Esta salida, o IPO, de SpaceX duplica por mucho la histórica que hizo Saudi Aramco, que recaudó 29 mil 400 millones de dólares en 2019.
Tomen nota quienes creen, al menos en México, que el crudo es el futuro.
Hemos topado con una realidad curiosa: los planes de Elon Musk se comparan con la actividad que aporta más divisas al mundo desde el Medio Oriente. La actividad y la empresa. Sin él, esos propósitos perderían valor de inmediato. Es, como tal, una apuesta en un individuo.
¿Qué planes tiene?
Una colonización multiplanetaria: financiar las tecnologías y la infraestructura necesarias para colonizar Marte y asegurar así el futuro de la humanidad.
Además, la construcción y despliegue de centros de datos avanzados en el espacio, por este asunto de que en el espacio tienes energía del sol constante y, además, puedes enfriar los servidores de manera relativamente más sencilla.
También la inversión en empresas altamente ambiciosas, como la minería de asteroides, está en el blanco o, al menos, en el escenario de Elon Musk.
Así también la reducción de la deuda existente de SpaceX y la absorción de otras entidades propiedad de Musk, como su empresa de inteligencia artificial, xAI.
La repercusión de la inversión en esta empresa de Musk no se limita a futuros viajes espaciales o a la minería fuera de la Tierra. El impacto es inmediato: acaba de absorber 75 mil millones de dólares del dinero disponible para invertir en acciones, en sus empresas o en startups en todo el mundo.
Quienes quieran lanzar sus acciones al mercado o esperan recibir una inversión saben que el reto acaba de complicarse por pura disponibilidad de capital.
Y este es el primer gigante de los que espera el mercado antes de que cierre el año. Están en la fila los dos líderes de la oferta de inteligencia artificial: OpenAI y Anthropic. Son los dueños de herramientas que muchos usamos en la computadora, como ChatGPT, Claude o Perplexity.
No está claro cuánto dinero podrían levantar, pero analistas prevén que podrían recoger probablemente más de 180 mil millones de dólares de manera conjunta.
Tanto dinero en estas tres empresas implica una apuesta sin precedente en una sola dirección.
Primero, limitan el dinero para otras compañías. Luego, las convierten en tres compañías demasiado grandes para fallar.
Si no completan su plan y las metas no son conseguidas, estaremos ante un escenario desconocido precisamente por estas tres grandes empresas.
Hoy, la vida de Musk y la concreción de sus planes se convierten en un asunto de todos.
Yo soy Jonathan Ruiz y ahora sí vamos con Juan Carlos García Barcala, que les cuenta esta historia de Kekén.
Imagínate que llevas años entrenando: madrugadas, días de disciplina, días que nadie ve. Sin aplausos, sin cámaras. Solo el trabajo acumulado.
Y un día, sin anunciarlo, apareces en la pista. Y ganas.
No es suerte, no es coincidencia. Es que estabas listo mucho antes de que empezara la carrera.
Soy Juan Carlos García Barcala y esto es Estrategia en Tiempo Real para Parteaguas, de Jonathan Ruiz.
En abril de 2026, una empresa con base y raíces en Mérida participó por cuarta ocasión consecutiva en Foodex Japón, la feria de alimentos más importante de Asia.
Se llama Kekén. Nació en Yucatán, produce carne de cerdo y hoy exporta desde aquí a Japón, Corea del Sur, Estados Unidos, Canadá y Cuba.
Cuando ves ese dato, la reacción natural es: impresionante. Una empresa mexicana compitiendo en Tokio.
Pero fíjate en esto: esa no es la historia.
La historia empezó en los años 90, cuando Kekén tomó una decisión que nadie aplaudió en ese momento. En lugar de ser solo productor de carne, decidió controlar prácticamente toda su cadena: su propia genética, su propio alimento balanceado, sus propias granjas, su propio procesamiento, sus propias tiendas —más de 500 puntos de venta Maxicarne— y 9 mil colaboradores. Una integración vertical que tomó décadas construir.
¿Por qué importa eso?
Porque entrar a Japón no es cuestión de querer entrar. Japón es quizá el mercado más exigente del planeta para alimentos.
No basta con tener buen producto. Tienes que demostrar que toda tu operación, desde el gen del animal hasta el empaque, cumple con estándares que la mayoría de los productores del mundo simplemente no pueden alcanzar: trazabilidad completa, inocuidad probada, consistencia en cada lote. No de vez en cuando: todo el tiempo.
Kekén no llegó a ese mercado improvisando. Llegó porque pasó 30 años construyendo la capacidad para poder estar ahí.
Ahora mete a Cuba en la ecuación y el caso se vuelve más interesante todavía.
Cuba es un mercado radicalmente distinto a Japón. No compra sofisticación regulatoria ni exige los mismos procesos de certificación, pero ofrece algo valioso: proximidad geográfica desde Yucatán, relaciones históricas, una demanda estructural de alimentos que no desaparece y, claro, ojo con esto, la posibilidad de construir una posición antes de que el entorno cambie.
Si en algún momento Cuba experimenta una apertura económica más profunda, las empresas que ya tengan preferencia, relaciones y logística establecida van a partir con una ventaja que sus competidores no podrán copiar de la noche a la mañana.
Lo que Kekén hizo, consciente o no, es exactamente lo que Prahalad y Hamel descubrieron cuando hablaron de competencias centrales.
La carne de cerdo es el producto visible, pero lo que realmente viaja a Tokio y a La Habana son las capacidades que tardaron décadas en construir: el control sanitario, la integración de la cadena, la logística especializada, la capacidad de sostener estándares durante años sin ceder.
Eso es lo que no se improvisa.
Y ahí está el riesgo, que también hay que decirlo: esa ventaja no es permanente.
Un brote sanitario internacional, una restricción comercial inesperada, un cambio en las preferencias del consumidor asiático o, peor, creer que porque ya estás arriba, mañana también lo estarás.
La integración vertical da consistencia, pero también hace el sistema más complejo y costoso de operar. El margen de error es más pequeño.
Lo que Jim Collins llamó el flywheel, el efecto volante, aplica perfectamente aquí.
Desde afuera parece éxito repentino. Desde dentro fueron miles de decisiones pequeñas que nadie celebró cuando ocurrieron: una certificación más, una auditoría aprobada, una inversión en infraestructura que tardó años en pagarse.
Nadie sale a festejar cuando pasa una inspección de inocuidad, pero años después esas decisiones son las que te permiten estar en la mesa donde otros no pueden sentarse.
Foodex Japón no creó la capacidad exportadora de Kekén. La capacidad hizo posible aprovechar Foodex.
Pregúntate esto: si mañana apareciera la mayor oportunidad de tu empresa —un cliente grande, una expansión, un mercado que de repente se abre—, ¿estarías listo para decir que sí o estarías apenas empezando a construir lo que esa oportunidad necesita?
Las oportunidades rara vez se aprovechan cuando aparecen. Se aprovechan porque alguien decidió construir antes.