Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.
Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.
¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.
Un hombre vuelve a casa después de ganar la guerra de Troya.
Su mujer lo recibe sonriendo con el baño caliente y en cuanto se mete
en el agua, ella le echa encima una túnica sin abertura para la
cabeza, como una red, y descarga el hacha sobre él una vez, dos veces.
En esa escena de crimen nació una idea que usas cada día: que vengarte no te toca a ti.
Lo cuenta Homero y Esquilo hace dos mil quinientos años.
Cinco generaciones despedazadas hasta acabar, contra todo pronóstico, en
el primer juicio de la historia.
Al final, no volverás a decir ojo por ojo con la misma tranquilidad.
El muerto de la bañera se llama Agamenón, rey de Micenas, el general
que mandó mil barcos contra Troya.
Su asesinato no es el arranque de esta historia.
Es el penúltimo plazo de una deuda que su familia llevaba cuatro generaciones pagando
Para entenderla, hay que sentarse a la mesa de esa casa, porque en la casa de Agamenón los banquetes matan.
El fundador de esta estirpe es Tántalo, un rey tan cercano a los dioses
que comía con ellos en el Olimpo.
Quiso ponerlos a prueba de la peor manera concebible.
Mató a su hijo Pélope, lo cocinó y lo sirvió en la mesa a ver
si un dios distinguía la carne. La distinguieron.
El castigo no se agotó en él. Quedó pegado a su sangre, a cualquiera que naciera de ella.
La siguiente generación lo comprobó sentada en otra mesa.
Dos hermanos, Atreo y Tiestes, se disputan el trono de Micenas.
Atreo gana con la jugada que los griegos nunca consiguieron olvidar.
Invita a su hermano a un banquete de reconciliación y le sirve,
guisados, a sus propios hijos.
Tiestes come.
Al terminar, le enseña las cabezas y entonces comprende
lo que ha tenido en el plato.
Atreo es el padre de Agamenón. Ese es el linaje.
Una casa que devora a sus hijos en el sentido menos figurado posible.
Lo que viene ahora es ver a Agamenón, que conocía esa historia de memoria,
repetirla con su propia hija.
Antes de zarpar hacia Troya, su flota entera se queda clavada en el puerto de Áulide.
Semanas de velas muertas y un ejército completo mirando un mar plano, hasta
que el adivino señala la causa.
La diosa Artemisa está ofendida y el precio de su perdón es exacto: la vida
de Ifigenia, la hija mayor del rey.
Agamenón paga. Manda a llamar a la niña con una mentira preciosa.
Le dice que va a casarse con Aquiles, el mejor guerrero de Grecia.
La visten de novia, la llevan al altar.
Sin embargo, no hay boda, hay un cuchillo.
El padre sacrifica a su hija para que sople el viento.
Mientras él navega diez años hacia la gloria, en Micenas, queda una madre que
vio morir a su hija sobre una piedra.
Se llama Clitemnestra.
Lleva una década guardando esa imagen intacta y no espera sola
Del asesinato tenemos un testigo único: el propio muerto.
En la Odisea, cuando Odiseo baja al reino de los muertos, el fantasma de Agamenón
se le acerca entre las sombras y le cuenta su final con sus propias palabras.
No me mató el mar, le dice. No me mató Poseidón.
Me mató mi mujer en mi propia casa, como se degüella a un buey en el pesebre.
Fíjate en la imagen que eligió Homero, un animal de granja al que
sacrifican sin que llegue a enterarse.
Así muere el general de Troya.
Clitemnestra, además, no actuó sola. A su lado estaba Egisto, su amante, y con él la maldición cierra su círculo: Egisto es hijo de Tiestes, el del banquete.
Egisto es hijo de Tiestes, el del banquete.
El descendiente de los niños devorados vuelve para matar al hijo del cocinero.
La sangre llama a la sangre. Puntual. Generación tras generación.
Con Agamenón muere también Casandra, la princesa troyana que
él traía como botín de guerra.
Casandra había profetizado esta escena exacta y nadie le creyó, porque ese
era su castigo: acertar siempre, no convencer nunca y conocer de antemano el minuto de su propia muerte.
Ahora, lo más inquietante de este crimen no pasa dentro del palacio, pasa en la puerta, justo después.
Clitemnestra sale a la vista de todos, de pie sobre los cuerpos, y defiende lo que ha hecho.
Bueno, defenderlo es poco, lo reivindica.
Ella no ha cometido un crimen, ha ejecutado la sentencia que nadie más se atrevía a dictar.
Ha vengado a su hija.
Para ella, la cuenta está saldada.
Por cierto, si la estás imaginando con el hacha todavía en la mano,
esa imagen viene de los pintores de cerámica y de las tragedias posteriores.
En Esquilo, que es quien nos regala la escena del baño, el arma es una espada.
El problema es que su propia lógica la condena.
Si la sangre se paga con sangre, la regla no distingue cuándo te conviene.
Clitemnestra tiene un hijo, Orestes, y la misma ley que absuelve a la
madre vengadora obliga al hijo a vengar al padre, aunque el asesino de su padre sea su propia madre.
Orestes cumple y mata a Clitemnestra.
Durante un instante parece que la deuda por fin queda a cero.
Salvo que del suelo se levantan unas figuras más viejas que los dioses del Olimpo, con serpientes en el pelo y algo oscuro goteándoles de los ojos.
Son las Erinias, las Furias, las que persiguen a quien derrama
sangre de su propia familia. Ahora lo persiguen a él.
Ese es el callejón sin salida que ni los dioses sabían resolver.
Si vengar un asesinato es cometer otro asesinato, esto no se acaba nunca.
La salida la va a encontrar una diosa y lo que intenta para conseguirlo lo
tienes hoy en el centro de tu ciudad.
Orestes huye a Atenas perseguido por las Furias, al borde de la locura, sin comer ni dormir.
Allí se plantea el caso que ningún juez querría.
Apolo lo defiende porque fue él quien le ordenó vengar a su padre.
Las Furias lo acusan.
Las dos partes tienen razón al mismo tiempo.
Mató a una asesina, sí, pero la asesina era su madre. Sangre contra sangre, sin fondo.
Entonces interviene Atenea, la diosa de la sabiduría, y hace algo que ningún dios había hecho en un mito griego.
ella sola y reparte la decisión.
Que lo juzguen los ciudadanos.
Reúne un jurado de atenienses de a pie para escuchar a las dos partes y votar.
Es el primer juicio por homicidio que cuenta la literatura y la sede
que elige no es un palacio ni un templo, sino una colina que hoy puede subir andando desde la Acrópolis.
El nombre de esa colina esconde la mejor ironía de todo el mito.
Te lo cuento después del veredicto.
Se vota y el resultado es un empate exacto.
La mitad del jurado condena y la otra mitad absuelve.
La ciudad partida en dos ante un hombre culpable y con motivos.
El voto de Atenea deshace el empate a favor de Orestes.
Absuelto, la cadena de sangre se rompe y no se rompe porque alguien perdone.
Se rompe porque por primera vez la decisión no la ha tomado un pariente
con un arma, sino una institución.
Queda un cabo suelto y considero que es una de las partes más interesantes del mito.
Las Furias se sienten estafadas.
«Sin nosotras», vienen a decir, «el mundo se queda sin miedo», y sin miedo no hay freno.
Atenea no las destruye ni las destierra.
Les ofrece un santuario bajo la ciudad y un puesto de honor dentro del nuevo orden.
Dejan de ser las perseguidoras de la noche y pasan a llamarse
Euménides, las benévolas.
En la obra de Esquilo cambian allí mismo, sobre el escenario, sus
túnicas negras por túnicas púrpuras.
Lo que el mito nos presenta aquí es de una finura enorme.
La venganza no desaparece, se domestica.
Al instinto de devolver el golpe nadie le niega la existencia.
Se le da un asiento dentro del tribunal y se le pone un límite.
Es lo mismo que hace un sistema de justicia con tu rabia cuando alguien te hace daño hoy.
Y ahora el nombre de la colina.
El tribunal se funda en el Areópago.
Áreios págos, la colina de Ares.
El primer tribunal de la historia se levanta sobre el monte del dios de la guerra.
Según otra leyenda ateniense, el primer acusado que se sentó allí fue el propio Ares, juzgado por los demás dioses por una muerte.
A los griegos les gustaba esa idea, la ley plantada justo encima del territorio de la violencia, para que no se le olvide a quién tiene debajo.
Ese pulso sigue abierto. Cada vez que un país sale de una guerra o de una dictadura, tiene que elegir
entre la venganza casa por casa o un tribunal que juzgue a los culpables.
Y esa elección, que dicha así parece obvia, ha costado y sigue costando muertos.
Núremberg fue esa lección.
Las Comisiones de la Verdad también.
Cada juicio a un dictador vuelve a ser el juicio de Orestes, la tentación
del hacha frente a la decisión más lenta y más difícil de sentar
al culpable delante de un jurado.
El ojo por ojo, la ley más antigua que existe, tiene un
fallo de fábrica: no sabe pararse.
La rabia por lo que te hicieron es humana y legítima.
El tribunal es lo que nos costó cinco generaciones de cadáveres construir.
La próxima vez que oigas que la justicia de verdad es la que se toma por propia
mano, acuérdate de la bañera, del hacha y de una niña a la que vistieron de
mano, acuérdate de la bañera, del hacha y de una niña a la que vistieron de novia para llevarla al altar equivocado.
Toda esta maldición la encendió un solo hombre, Tántalo, que hoy paga
su banquete en el Tártaro junto a otro condenado que empuja una
piedra montaña arriba para siempre.
Esa historia ya te la conté en un episodio previo