Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.
Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.
¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.
Abre los ojos en una playa
y no sabe cuánto ha dormido.
Los marineros que lo trajeron ya no están.
Solo queda a su lado un montón de tesoros.
Se incorpora, mira la costa, el monte,
la línea del puerto y no reconoce nada.
Está seguro de una cosa:
este no es su hogar.
Y se equivoca.
Es su isla, la misma con la que ha
soñado cada noche durante veinte años.
Ha vuelto a Ítaca, por fin, y su propia
tierra le parece la de un extraño.
Y cuando por fin entienda
dónde está, no va a correr al
palacio a gritar que ha vuelto.
Va a hacer algo que no tiene
ningún sentido para un rey.
Va a disfrazarse de mendigo y entrar
en su propia casa como un ladrón.
En ese gesto, y en ese pequeño
desconcierto de no reconocer lo
tuyo, Homero toca algo a lo que un
psiquiatra de veteranos tardaría
casi tres mil años en ponerle nombre.
Porque este último tramo del viaje
no va de sirenas ni de cíclopes.
Va de algo bastante más difícil
de sobrevivir: volver a casa
cuando ya no eres el que se fue.
La Odisea no termina cuando
el héroe pisa la orilla.
Ahí, justo ahí, empieza su peor
batalla ¿Por qué un hombre entra
en su propia casa como un ladrón?
Porque se lo aconsejó un muerto.
Y para oír ese consejo, Odiseo tuvo que
hacer la escala más rara de todo el poema.
Para llegar a esa playa ha cruzado
el mar dejándose barcos y hombres por
el camino, y todavía le queda esto.
Baja al mundo de los muertos, navega hasta
el confín del mundo, cava una fosa y llama
a las sombras de los que ya no están.
No va por curiosidad, va porque
necesita que un profeta muerto
le diga cómo llegar a casa.
Pero antes de dar con el profeta,
se le presenta otro muerto.
Es un chico de su tripulación,
Elpenor, que murió hace nada en un
accidente tonto y al que dejaron sin
enterrar con las prisas de zarpar.
Su sombra le suplica una cosa:
que vuelva y le dé un funeral,
que no lo deje ahí olvidado.
Ese es el primer peso que Odiseo
se trae del viaje, un muerto
que nadie ha llorado todavía.
Luego, aparece una mujer, y
esta le rompe algo por dentro.
Es su madre.
Cuando él se fue a la guerra, estaba viva.
Ahora está entre los muertos.
Se dejó ir de pena esperándolo.
Odiseo abre los brazos para
abrazarla y sus brazos atraviesan
el aire, como si abrazara humo.
Lo intenta una vez, dos, tres, pero
no se puede abrazar a un fantasma.
Ahí, de golpe, entiende
una parte del precio.
Mientras él sobrevivía lejos, en casa, la
gente que lo quería se moría de esperarlo.
Hay pérdidas que ocurren a tu espalda
y no las ves hasta que vuelves.
Pero el encuentro que lo cambia todo es el
tercero, y es el que explica el disfraz.
Se le acerca la sombra de Agamenón, el
rey que mandó al ejército griego en Troya.
Volvió a casa victorioso, el primero de
todos, y su propia esposa y el amante
de ella lo asesinaron la noche de su
regreso, en su palacio, en su mesa.
Agamenón le da a Odiseo un consejo con
la voz de quien ya no puede usarlo.
No llegues confiado, no entres por la
puerta grande anunciando quién eres.
Desembarca en secreto
y no te fíes de nadie.
Guarda este consejo porque va a explicar
todo lo que Odiseo hace a partir de ahora.
Un hombre que vuelve a su propio
hogar y se mueve dentro de él
como si fuera territorio enemigo.
Si alguna vez has vuelto a un sitio
que dejaste y lo has sentido raro,
esto te va a sonar más de lo que crees
Volvamos a esa playa del principio.
Odiseo despierta en
Ítaca y no la reconoce.
Homero lo explica con un truco bonito.
La diosa Atenea ha cubierto la isla de
niebla para protegerlo, pero quítale
la niebla mágica y lo que queda es un
hombre que ha estado tanto tiempo fuera
que su propia casa se le ha vuelto ajena.
Ajena no, irreconocible, que es peor.
Veinte años.
Se fue siendo un rey joven
con un hijo recién nacido.
Vuelve y ese bebé es un hombre
adulto al que no conoce.
Todo sigue en su sitio menos él.
Y entonces hace lo que
anunciábamos al principio.
En vez de correr a su palacio a gritar
"he vuelto", Atenea lo disfraza de
mendigo, viejo, harapiento, irreconocible.
Y él entra en su propia casa de incógnito.
Se sienta en su rincón a mirar.
Se pasa días midiendo a todo el mundo,
quién le fue fiel y quién lo traicionó.
Pone a prueba al porquero, a
su propio hijo, a las criadas,
antes de fiarse de nadie.
No abraza, comprueba.
Un psiquiatra que pasó años tratando a
veteranos de guerra escribió un libro
entero usando este viaje como mapa.
Y hay una frase suya que a mí me
sigue pareciendo la mejor descripción
de lo que le pasa a Odiseo aquí.
Dice que el que vuelve muy dañado entra en
cada situación con una sola idea metida en
el cuerpo: " Tengo que golpear primero".
No lo hace por maldad, sino porque su
cuerpo aprendió a sobrevivir estando
siempre en guardia, y no sabe apagar
esa guardia cuando por fin está a salvo.
Odiseo lleva veinte años sin poder bajar
los brazos y no los va a bajar solo
porque haya pisado la arena de su hogar
pero hay una grieta en esa coraza y es el
momento más tierno y más triste del poema.
Cuando el mendigo entra en el palacio,
un perro viejo levanta la cabeza.
Se llama Argos.
Odiseo lo crio de cachorro antes de
irse a la guerra y el animal lleva
veinte años tirado en un montón de
estiércol, olvidado, medio muerto.
Nadie ha reconocido al
rey bajo los harapos.
Nadie.
Pero el perro, en cuanto
huele a su amo, mueve la cola.
No tiene fuerzas para levantarse.
Solo mueve la cola, baja las orejas
y muere ahí mismo, en el instante en
que por fin vuelve a ver a Odiseo.
Lo único que lo reconoce nada más
llegar es lo único que no ha cambiado.
A todo lo demás va a tener
que demostrarle quién es.
Y cuando por fin decide dejar de
esconderse, lo que saca no es un
discurso, es un arco, porque hay
algo que Odiseo se trajo de la guerra
y que todavía no ha soltado y va
a estallar en su propio comedor.
En el palacio, mientras Odiseo
estuvo fuera, se instaló una plaga.
Más de cien hombres jóvenes, los
pretendientes, llevan años comiéndose su
hacienda, presionando a su mujer Penélope
para que se case con uno de ellos y
bebiéndose su vino en su propia mesa.
Han dado a Odiseo por muerto.
Se equivocan.
El mendigo se planta, tensa el
gran arco que ninguno de ellos ha
podido tensar y se quita el disfraz.
El rey ha vuelto.
Lo que pasa después, Homero lo cuenta
con una violencia que incomoda,
incluso para un poema de guerreros.
Odiseo cierra las puertas del salón y
los mata a todos, uno a uno, sin salida.
Al terminar, el poeta lo describe
cubierto de sangre de pies a cabeza,
como un león que acaba de destrozar
a una presa Pero no se detiene ahí.
Ordena ahorcar a doce criadas de la
casa que habían compartido cama con
los pretendientes y Homero compara sus
cuerpos con pájaros atrapados en un lazo.
Es más sangre de la que
la historia necesita.
Es un hombre que no puede parar.
El mismo psiquiatra tiene
un nombre para ese estado.
Lo llamó, tomándolo de las antiguas
sagas nórdicas, el estado berserker,
la furia del combate que se apodera
del guerrero y en la que deja de
distinguir cuánto es suficiente.
El problema no es que Odiseo luche,
es cómo la guerra le enseñó a luchar
y que esa forma de luchar no se quede
en Troya, se vuelve con él, se mete
en su casa, en su comedor, en la mesa
donde debería estar cenando en paz.
La violencia que lo mantuvo vivo diez
años en el campo de batalla es la misma
que ahora se derrama donde no debería.
Eso, quitándole el mito, es una
de las cosas que más temen los que
vuelven de una guerra, que lo que
aprendieron para sobrevivir fuera,
se cuele en la vida de dentro.
Ahora viene el contraste
que lo sostiene todo.
Después de la sangre, la escena
más silenciosa del poema.
Penélope baja al salón.
Su marido, al que ha esperado
veinte años, está delante de ella.
Y ella no corre a abrazarlo.
Se queda quieta.
Lo mira con desconfianza.
Su propio hijo se enfada.
Le dice: "Madre, ¿cómo
puede ser tan fría? Es él".
Y ella no se fía, porque ella
también ha aprendido, a su
manera, a no bajar la guardia.
Veinte años defendiéndose de hombres
que mentían para meterse en su cama
la han vuelto igual de cauta que
a él Así que hace algo muy astuto.
Le tiende una trampa pequeña, doméstica.
Como quitándole importancia, le pide
una criada que saque el lecho de su
habitación y le prepare la cama afuera.
Y Odiseo salta: "¿Quién
ha movido mi cama?
Esa cama no se puede mover".
Le explica entonces el secreto
que solo ellos dos conocen.
Él construyó esa cama con sus propias
manos años atrás, alrededor del tronco
de un olivo vivo enraizado en la tierra.
Talló la habitación en torno al árbol.
La cama es el árbol.
No se puede mover sin arrancar la
casa entera porque tiene raíces.
Ahí, solo ahí, Penélope se echa a llorar
y lo abraza, porque él ha respondido lo
único que un impostor no podría saber.
Vale la pena detenerse en lo
que Homero dice con esa imagen.
Después de todo, la guerra, el mar, los
muertos, la sangre en el comedor, lo
que confirma que Odiseo ha vuelto de
verdad no es su fuerza, ni su furia,
ni siquiera su cara, ni su astucia,
es un secreto compartido, una intimidad
que sobrevivió a los veinte años.
La cama no se mueve porque el vínculo
entre ellos, por debajo de todo lo que ha
pasado, sigue enraizado en el mismo sitio.
Y esa es la lección que el mito
guarda para el final, la que sirve
para cualquiera que haya vuelto a
algo después de mucho tiempo fuera.
No hace falta haber ido a una guerra,
basta con haber estado lejos por
trabajo o por una temporada dura de
la que cuesta salir y notar al volver
que la casa te queda un poco extraña
y no sabes cómo bajar la guardia.
Odiseo no arregla eso matando a nadie.
Lo arregla en esa habitación,
dejándose reconocer.
Ese mismo psiquiatra lo resume
así después de tratar a cientos de
veteranos: " Del trauma no se sale en
solitario, sino contando lo que te pasó
y dejando que los tuyos te reciban".
Un metaanálisis reciente sobre
veteranos apunta a justo eso.
Entre todo lo que decide si alguien se
recupera del regreso, pesa muchísimo
cómo lo recibe su gente al volver.
Homero lo intuyó sin datos.
Por eso dedica media Odisea no
a la guerra, sino a la vuelta.
La batalla de Troya la
despacha en un recuerdo.
El regreso le lleva un poema entero.
Odiseo sobrevive al cíclope, a las
sirenas y al mar. Pero su última
prueba no era un monstruo, sino volver
a ser un hombre en su casa y no solo
un soldado que sabía sobrevivir.
Y esa la ganó en una habitación
con una cama que no se mueve.
Pero si el regreso fue tan duro porque
tardó 20 años en llegar, hubo un canto
en mitad del mar que casi lo deja
allí para siempre y para resistirlo
hizo algo que hoy tiene un nombre en
psiquiatría y que tú repites cada vez
que dejas el móvil en otra habitación.
Ese es el capítulo anterior del
viaje y lo tienes justo aquí.
Nos vemos en la próxima parada