Parteaguas Diario

Trump quiere a Canadá como el estado 51. ¿Y si termina acercándolo a Europa y México paga parte de la factura? Canadá explora una relación más estrecha con la Unión Europea que podría cambiar el mapa de las inversiones. Para una empresa europea, instalarse allá significa cercanía con Estados Unidos, energía renovable y seguridad jurídica. ¿Qué nos queda para competir? En este episodio de Parteaguas Diario analizamos qué busca Mark Carney, qué podría ganar Europa y cómo reaccionaría Washington. Del gas natural a la inteligencia artificial, este coqueteo tiene consecuencias que van mucho más allá de Ottawa. Mientras miramos los aranceles de Trump, ¿se está decidiendo en otra mesa la próxima fábrica?

What is Parteaguas Diario?

Yo soy Jonathan Ruiz Torre y durante este siglo he investigado sobre personajes disruptivos en Norteamérica. Me leyeron en Milenio, Reforma, El Financiero... y ahora en El Economista.

**¿Y si Canadá nos deja por Europa?**

¿Quién la vio venir? El pleito entre canadienses y estadounidenses está derivando en la posible “anexión” de Canadá a Europa.

Políticos de esas regiones negocian estas semanas lo imprevisto: que Canadá se convierta en miembro asociado de la Unión Europea. ¿Y si ante esta situación a las empresas europeas les conviene más instalarse en Canadá que en México?

Allá tal vez deban pagar salarios más altos, pero obtienen la misma cercanía con Estados Unidos, tecnología, estado de derecho, más seguridad y, muy importante, mayor disponibilidad de energía renovable. Esto cobra relevancia ante los compromisos de descarbonización de Siemens, Schneider, Bosch y muchas otras con inversiones en México.

Este fin de semana, The Wall Street Journal reveló que los teléfonos seguros de los máximos líderes europeos se iluminaron con una llamada transatlántica. El primer ministro Mark Carney impulsa la relación de Canadá con la Unión Europea a un nivel superior.

La amenaza del presidente Donald Trump de convertir a Canadá en el estado número 51 de Estados Unidos está acercando tanto a Canadá a Europa que los líderes han comenzado a llamarlo el miembro más reciente de la UE. En el otro continente, varios funcionarios se entusiasman.

El ministro de Asuntos Exteriores francés, Jean-Noël Barrot, propuso a Canadá como candidato a la adhesión a principios de este año.

“¿No sería encantador que Canadá fuera el estado 28 de la Unión Europea en lugar del 51 de Estados Unidos?”, declaró en junio el presidente finlandés Alexander Stubb, reflejando la creciente relación entre Ottawa y las capitales europeas.

El diario neoyorquino divulgó este domingo que Carney ha instruido a su enviado especial para Europa para que explore las posibilidades más ambiciosas, sin llegar a la plena adhesión a la UE ni a su mercado común.

Personalmente, acabo de enterarme de la existencia de una frontera terrestre entre Canadá y el Reino de Dinamarca.

Se ubica en Hans o Tartupaluk, una pequeñísima isla deshabitada entre la isla canadiense de Ellesmere y Groenlandia, que los norteamericanos comparten con los daneses.

Hoy, Canadá y la Unión Europea ya tienen un acuerdo de libre comercio integral conocido como Acuerdo Económico y Comercial Global (CETA), que comenzó a aplicarse provisionalmente en septiembre de 2017 y eliminó casi todos los aranceles sobre el comercio bilateral de bienes.

Funciona en el comercio diario, pero aún requiere la ratificación de todos los Estados miembros de la UE para entrar plenamente en vigor.

Un acercamiento de Canadá a Europa motivaría nuevas conexiones físicas, como cables submarinos de datos y redes satelitales conjuntas, así como rutas para transportar gas natural canadiense. Esto reduciría la dependencia europea del gas proveniente de Catar, Rusia y… Estados Unidos.

Pero, ojo, volverse miembro asociado podría exigir también a los canadienses aceptar reglas más estrictas en materia ambiental y en la regulación de la inteligencia artificial y las redes sociales.

Lo que hoy tienen canadienses y europeos es un idilio que prospera rápidamente hacia el noviazgo. El posible matrimonio –hasta ahora bien aceptado por ciudadanos de ambas regiones– pasa por tejer detalles que requieren que cedan ambas partes.

Y luego están los estadounidenses. ¿Cómo tomarían tener a Europa en su frontera inmediata? Es algo contra lo que han luchado siempre. ¿Y si fuerzas armadas alemanas o francesas establecen bases militares, digamos, cerca de las cataratas del Niágara, a unos pasos de Nueva York?

¿Cuántas barreras arancelarias impondría Estados Unidos, poniendo en riesgo la parte canadiense del T-MEC?

El rebote del distanciamiento entre canadienses y estadounidenses deja entrever una serie de efectos negativos y positivos que México debe observar con detalle para que no nos tomen desprevenidos.