Inquieto

Hay cosas que uno aprende.

Y otras que simplemente hereda.

Entre gallos, recuerdos y preguntas incómodas, El Inquieto enfrenta una verdad difícil:

Entender no siempre significa defender.

Porque crecer…

también es aprender a mirar distinto.

Nunca quieto.

🎧 El Inquieto es un audio-journal contado como cassette prestado — historias de la isla, la diáspora, y lo que nunca se dice en voz alta.

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🎙️ Languages: Spanglish (main), English & Spanish phrases
🎧 Style: Audio-journal, narrative, episodic

Disclaimers

Nota legal: El Inquieto es una obra de ficción inspirada en experiencias reales y culturales. Si algo te suena familiar, es coincidencia. “Inquieto” es una marca protegida. No se permite reproducción sin permiso.

Legal note: El Inquieto is a fictional story inspired by real and cultural experiences. If something sounds familiar, it’s just a coincidence. “Inquieto” is a protected trademark. Reproduction without permission is not allowed.

¿Qué es Inquieto?

Un podcast desde las sombras. El Inquieto® narra memorias, secretos y choques culturales — desde un campo en Puerto Rico hasta la vida corporativa en la diáspora. Historias crudas, ochentosas, contadas como si fueran un cassette prestado. Nunca quieto. Nunca callao.

Estoy almorzando, acabadito mudarme para Estados Unidos, en esta oficina nueva.

Me acuerdo, era una mesa pequeña, yo con dos compañeros, comiendo unos sándwiches

de pollo, en esta ciudad lejana.

Y sale la noticia.

Desmantelan red de peleas de perro.

Y todos reaccionamos igual. Eso es horrible.

¿Cómo hacen eso? Eso es inhumano.

Yo también estaba indignado, convencido, pues claro. ¿Cómo tú vas a hacerle eso a un animal?

Y no sé por qué, pero empiezo a hablar yo,

de las leyes de Puerto Rico, de cómo estaban tratando de limitar las peleas de gallo.

Y digo, pero es que eso es parte de mi cultura.

Pero ahí como que cambia el ambiente.

Y no fue lo que dijeron. Fue la cara.

Y de momento... Pero... Pero los pollos... ¡No se mueren!

Y yo ahí, um, hmm, good question.

Yeah? Sí, sí, se mueren, se mueren.

Y de momento no estoy tan seguro porque, porque sí, yo, yo sabía.

Pero, honestamente, no lo había pensado así. No de esa manera.

Yo crecí con gallos. Las peleas de gallos eran algo típico de conversación en mi casa.

Me acuerdo, detrás de la casa de mi abuelo, había esta casita con un techito de zinc atrás.

Estaba hecha con pedazos de madera todo mezclado cuantones, dos por cuatro un

poquito de alambre amarrando todo improvisado,

tenía una puertita que cerraba cerraba de cantazo porque tenía un spring que

la mantenía cerrada y adentro tú entrabas y era como que dos mundos me acuerdo

había un lado que tenía toda la jaula.

Siempre un alboroto de cabrón cuando entraba ahí.

Había algunas jaulas que también estaban tapadas los gallos,

tenían los gallos tapados. Dice que para entrenarlos.

Maíz por todos lados.

Después, en el otro lado, había una piscina azul, una piscina de niños.

Llena de tierra y mierda, todas rotas. Y no era para bañarlos.

Ahí era que los pone a entrenar, los pone a correr, y gallo y gallina,

otros corriendo por todos lados.

No me acuerdo. Yo me escapaba para allá atrás. Esa era mi jungla.

Yo sabía que yo no podía entrar ahí, así porque sí, pero me escondía, miraba, observaba.

Nunca se me explicó mucho, pero no hacía falta.

Me acuerdo en la casa de mi tío. Eso era otra cosa.

Eso era más grande. Eso era más serio, el deporte.

Había que bajar una jarda. Tenías que aguantar de las raíces de los palos y,

Dios te cuide bajando, pero bien su caminito.

Después de un par de veces entre

un par de piedras tú buscabas la manera y llegabas subir era más fácil,

y allá abajo habían gallinas, pollitos, huevos,

los gallos que se estaban entrenando en una cazuela en la otra estaba la misma

piscina azul había otra con las gallinas con los huevos.

Un laberinto ahí abajo,

en el medio de la nada, lejos de la casa, lejos de cualquier otra casa.

Sabrá Dios qué más está me escondiendo allá.

A mí, a mí nunca me llevaron a la gallera.

Yo veía las peleitas ahí en casa de mi tío, en casa de mi abuelo, los vecinos.

Tú lo notabas cuando la gente se unía y escuchaba la gritería,

el boroto, la cerveza, se ponía bueno.

Pero también escuchaba historias, historias que yo escuchaba de niños, de gente que, pues,

nos salían de la gallera, llegaban tempranito, estaban bebiendo todo el día,

y al final, en la última pelea,

no era el gallo el que caía, era el hombre con la presión alta.

Y en esos lugares, las ambulancias no llegaban rápido.

Y si llegabas primero, te lo bloquearon.

Hecha de historias de gente que no llegó a su casa después de la gallera.

Y es ahí que me empiezo a preguntar, ¿qué parte de esto era normal?

¿Qué parte de esto yo no vi? Porque esto tampoco es San Juan.

Esto es el campo, esto es Morovi donde se hablan de la escuela de los botines,

de las apuestas y hay orgullo pero pero también es un bochorno.

Ese bochorno que estoy sintiendo ahora mismo el mismo que sentía yo en San Juan yo no hablaba de esto,

y yo ahí con el sándwich en la mano tratando de explicar algo que ni yo había procesado,

defendiendo, pero dudando.

Tal vez no era que estaba bien, tal vez, maybe.

Maybe era lo que yo conocía. Y la ignorancia, la ignorancia a veces te protege.

Hoy miro atrás y lo veo diferente.

No lo niego, no lo glorifico, pero no lo borro.

Eso fue parte de mí. Y si voy a opinar, primero tengo que entender.

No desde lejos, desde adentro.

Así que antes de juzgar, quizás hay que volver a escuchar, mirar y decidir.

Y decidir qué uno carga y qué uno suelta.

Nunca quieto, gente. Pero siempre, cabrón.

Y acabas de escuchar el inquieto.

La historia sigue contigo. Compártela, pásala como un casé prestado.

Inquieto. Nunca quieto, gente. Siempre, cabrón.

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Hasta la próxima, inquieto.