Diccionario sonoro que recoge los nombres, historias y lugares protagonistas de la emocionante aventura que representa la música contemporánea desde su creación a la actualidad. Más información: march.es/contemporanea
George Crumb
Compositor, (Charleston, Virginia Occidental, 24 de octubre de 1929 – Media, Pensilvania, 6 de febrero de 2022).
Arranca su andadura en el Mason College of Music de Charleston; ahí se licencia en 1950. Recibe su maestría en la Universidad de Illinois y su doctorado en Artes Musicales en la de Míchigan en 1959. Entre medias estudia una temporada en Berlín.
Parte de su vida profesional transcurre como profesor de piano y composición, primero en una pequeña universidad en Virginia; más tarde en Colorado, todo esto a lo largo de los años 50. La Universidad de Pensilvania le acoge en 1983, esta vez como Profesor de Humanidades. Abandona la docencia en 1997, aunque a principios de 2002 mantiene su residencia conjunta junto al pianista y director de orquesta David Burge en la Universidad Estatal de Arizona.
El resto de su vida profesional, tanto más interesante, le sitúa como uno de los compositores más imaginativos de su tiempo, un hombre formado en las enseñanzas de Anton Webern, “un sistema de proporciones al servicio del impulso espiritual”, que es como él define la música.
Se asocia su nombre a timbres heterodoxos, a técnicas instrumentales y vocales extendidas, a formas de notación particulares. Por ejemplo, el efecto de gaviota para el chelo en ‘Vox Balaenae’, obra para flauta, cello y piano preparado compuesta en 1971 para la New York Camerata a partir de grabaciones del sonido que produce la ballena jorobada…
Crumb trabaja en piezas de máxima intensidad en la que –son ejemplos– resulta crucial que los ejecutantes luzcan antifaces o se desplacen por el escenario durante la obra. Recurre a instrumentos de juguete –como el pequeño piano que suena en el ciclo de canciones ‘Ancient Voices of Children’, de 1970– o utiliza un mazo para tocar las cuerdas de un contrabajo. Esto lo hace en sus ‘Madrigales’, de 1965.
Crumb prescribe el uso no convencional de los instrumentos, algunos de los cuales están amplificados electrónicamente. Es el caso de su obra mayúscula ‘Black Angels’, de 1970. El telón de fondo es la Guerra de Vietnam. Esta es su forma de expresar su repulsa: ‘Black Angels’ se articula como una alegoría sonora sobre el bien y el mal. Sus 30 minutos son “una especie de parábola sobre nuestro convulso mundo contemporáneo", en el que “la imagen del 'ángel negro' es un dispositivo convencional utilizado por los primeros pintores para simbolizar al ángel caído”.
La pieza materializa un conjunto de malestares de la época y se estructura en torno a una numerología de gran carga simbólica. Primero está el tres, pues hay tres lamentos (o ‘threnodies’ en inglés). Crumb explica que cada uno de ellos se corresponde con una parte de un viaje: “Partida” (o Caída en desgracia), “Ausencia” (o aniquilación espiritual), y “Regreso” (o redención). Cada una de las partes se divide en 13 movimientos (“Trece imágenes de la tierra oscura”). Se podría pensar como resultado de la suma de los 12 apóstoles y Jesucristo. Al fin y al cabo, el nombre completo de la obra es ‘Ángeles negros: trece imágenes de la tierra de la oscuridad’. Todo es un fascinante palíndromo; un lienzo negro de sonidos.
‘Black angels’ está escrita para cuarteto amplificado de cuerdas, que además deben tocar distintas percusiones y sacar del arco sonidos inhabituales frotados con pequeños cubiletes. También hay gongs suspendidos, maracas, copas de cristal con distintas cantidades de agua. Gritos, cantos, silbidos. En ciertos momentos, los intérpretes están obligados incluso a hacer sonidos con la boca y hablar. Crumb escribe en el manuscrito “in tempore belli, 1970”, homenajeando así a la ‘Misa in tempore belli’ de Joseph Haydn. También aparecen el segundo movimiento de ‘La muerte y la doncella’, de Schubert, y el ‘Dies Irae’ gregoriano. Por último, adjudica una fecha de terminación a la obra: el viernes –atención al número–13 de marzo de 1970".
Entre los admiradores de la obra está David Bowie, quien lo incluye en una lista de sus discos favoritos elaborada para la revista Vanity Fair. Califica la obra de “Estudio de aniquilación espiritual”, y llega incluso a afirmar que “a veces suena como la obra del mismísimo demonio”.
Escuchamos “Departure”, primera parte de ‘Black Angels’, en interpretación del Kronos Quartet.