Parteaguas Diario

 En este episodio de Parteaguas, Jonathan parte de una provocación incómoda —menos sexo, menos abrazos, menos vínculos— para explorar una crisis silenciosa de felicidad. Entre estadísticas que inquietan y la historia inesperada de Santa Claus, la Navidad aparece no como consumo, sino como una tregua: un momento colectivo para tocarnos, reconectar y recordarnos que somos mamíferos antes que algoritmos. Una reflexión íntima y rebelde sobre amor, deseo y por qué, quizá, hoy más que nunca, necesitamos rozarnos.

What is Parteaguas Diario?

Yo soy Jonathan Ruiz Torre y durante este siglo he investigado sobre personajes disruptivos en Norteamérica. Me leyeron en Milenio, Reforma, El Financiero... y ahora en El Economista.

Que Santa Claus les traiga sexo
Creo que estamos en una crisis de felicidad. Algo se nos rompió.
Deliberadamente hemos decidido tocarnos menos, juntarnos menos, divorciarnos más, casarnos menos, tener menos hijos, menos sexo y menos niños.
Pero hoy, por unas horas, olvidaremos eso, acudiremos todos a una convocatoria de la felicidad, de la que parece cierta.
Hoy todos ponemos esfuerzo en que el otro la pase bien, quieres reir con el de al lado, quiero hacer reír a mi primo, todos ponemos la mejor cara porque tenemos una urgencia por reconectar y sentir que vamos acompañados en este viaje de años.
Y sí, damos mucho de nosotros hoy. Me gusta esa felicidad porque consiste en rozarnos, en tocarnos, en abrazar. Somos mamíferos y biológicamente eso nos causa satisfacción.
Hoy nos vincula a muchos un personaje ficticio que habitualmente me causa repulsión.
Santa Claus lo llamamos y me molesta porque lo que le rodea es estridente y percibo que convoca al consumismo más banal.
Pero una reflexión más profunda de esa figura del personaje obeso barbón vestido de rojo que asumo generalmente como superficial, me revela virtudes en su esencia.
Hasta ahora no es un personaje político y lo aman o lo odian por igual todas las religiones. Es irrelevante para fines bíblicos o del Corán. Es nuestra fiesta pagana compartida.
Y sí, sabemos que la Coca Cola popularizó su figura, pero incluso esa imagen rojiblanca tiene un origen interesante. La versión más aceptada radica en San Nicolás de Bari, un obispo atípicamente generoso que hace mil 300 años vivió en una región fuertemente influida por los romanos en lo que ahora es Turquía.
Su trayectoria provocó que lo llamaran Papá Noel, que significaba Papá Navidad en Francia o Sinterklass en las comunidades paganas que influyeron en Holanda, en Los Países Bajos, una nación cuyos habitantes conquistaron Manhattan y trajeron el nombre del Sinterklass y su celebración a América.
Mucho antes del invento de la Coca Cola y ya en este continente, su historia inspiró a un poeta llamado Clement Clark Moore a escribir estas palabras muy sencillas bajo el título “Una Visita de San Nicolás”, que increíblemente influyen en los adornos de la casa en donde celebrarán esta noche.
No había fotos de Sinterklass, o Santa Clos, así que alguien debió ponerle rostro.
Escuchen, porque hace 202 años, exactamente con estas palabras de Clark, nació esa famosa imagen en el diario neoyorquino el Sentinela, cuando en un poema escrito en inglés, describió a duendes pequeños que vio por su ventana:
“Lo que apareció ante mis ojos asombrados fue un trineo en miniatura y ocho renos diminutos,
con un pequeño y viejo conductor tan vivaz y rápido,
supe al instante que debía ser San Nicolás.
Más rápidos que águilas, llegaron sus corceles,
y él silbó, gritó y los llamó por su nombre:
"¡Ahora, Dasher! ¡Ahora, Dancer! ¡Ahora, Prancer y Vixen!
¡Adelante, Cometa! ¡Adelante, Cupido!
¡A lo alto del pórtico! ¡A lo alto de la pared!
¡Ahora, a toda velocidad! ¡Ràpido! ¡Rápido! ¡A toda velocidad todos!"
Como hojas que, ante el huracán salvaje, vuelan,
cuando encuentran un obstáculo, ascienden al cielo; Así que los corceles volaron hasta la azotea,
con el trineo lleno de juguetes, y San Nicolás también.
Y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, oí en el tejado
el brincar y el patear de cada pequeño casco.
Al meter la cabeza y darme la vuelta,
San Nicolás bajó por la chimenea de un salto.
Iba vestido de piel, de la cabeza a los pies,
y su ropa estaba manchada de ceniza y hollín;
llevaba un fardo de juguetes a la espalda,
y parecía un vendedor ambulante abriendo su alforja.
¡Cómo brillaban sus ojos! ¡Qué alegres sus hoyuelos!
¡Sus mejillas eran como rosas, su nariz como una cereza!
Su boquita graciosa se dibujaba como un arco,
y la barba de su barbilla era blanca como la nieve;
sostenía con fuerza entre los dientes el cabo de una pipa,
y el humo le rodeaba la cabeza como una corona; Tenía una cara ancha y una barriguita redonda
que temblaba al reír, como un cuenco lleno de gelatina.
Era regordete y rollizo, un duende viejo y alegre,
y me reí al verlo, a mi pesar;
un guiño y un giro de cabeza
pronto me hicieron saber que no tenía nada que temer;
no dijo ni una palabra, sino que se puso a trabajar,
y llenó todas las medias; luego se giró bruscamente,
y, apartando el dedo de la nariz,
y con una inclinación de cabeza, subió por la chimenea;
saltó a su trineo, a su tiro silbó,
y todos volaron como el plumón de un cardo”.
Eso fue escrito en 1823 y en esos días en los que todo llevaba su tiempo, pasaron 40 años para que un tipo nacido en Alemania que luego se hizo estadounidense, trabajara en una revista política llamada Harpers Weekly.
Así, 40 años después, Thomas Nast retomó el poema de Clark Moore para dibujar la figura que verán esta tarde en mis redes sociales Parteaguas Club y que significó la primera imagen de Santa Claus.
Debieron pasar más de 100 años, para que a partir de esos orígenes Coca-Cola popularizara la imagen moderna de Santa Claus a partir de 1931, cuando le encargó al ilustrador Haddon Sundblom la creación de anuncios navideños, estableciendo la estilizada figura regordeta que ustedes tienen en la mente.
San Nicolás, Papá Navidad o Papá Noel, en Francia. Santa Clos, en el súper y en las tiendas.
Es una imagen de un ser ficticio, puede representar generosidad, o consumismo, o motivar una celebración. Si aporta algo de buena onda o de amor, qué bien, porque nos urge. No existe un amorímetro, pero hay estadísticas que nos confirman nuestra desvinculación paulatina entre nosotros, hasta ahora imparable.
En 2015 hubo 63 bodas por hora en México. El año pasado, solamente 55.
Hace 10 años hubo 14 divorcios por hora, este año, 18. Nos casamos menos, nos divorciamos más. Hace 10 años, en 2015, nacieron 2.3 millones de mexicanos; este 2025 lo cerraremos en un millón y medio de bebés recién llegados.
Algo se rompió, pero hoy es un buen día. Hoy es un buen día para rebelarse y romper la corriente. Es un buen día para amar, para dar amor o para hacerlo y de paso, revertir ciertas tendencias.
Feliz Navidad. Con o sin santa, pero con amor, que es lo que necesitamos.
Hasta el viernes.