Notas con audio

Desde chico encontró en la precisión de su patada una manera de destacarse. Fue protagonista de la época dorada de Tucumán Rugby, brilló con la Naranja y Los Pumas, y sufrió una lesión que lo dejó afuera del Mundial de 1995.

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Todas las siestas, Santiago Mesón tenía una cita con Tucumán Rugby. A los 15 años, mientras muchos descansaban, él iba al club con un objetivo: perfeccionar su patada. Pasaba una hora frente a los postes. A veces, dos. Pateaba, corregía y volvía a intentar. Repetía el movimiento hasta incorporarlo naturalmente. Había descubierto que tenía condiciones, pero también que el talento no alcanzaba sin entrenamiento. Aquella rutina terminaría convirtiéndolo en uno de los grandes pateadores del rugby argentino. Conquistaría seis títulos consecutivos con Tucumán Rugby, sería protagonista de la Naranja y alcanzaría la gloria con Los Pumas frente a Francia.Nunca creyó demasiado en los secretos ni en los rituales. Para Mesón, la precisión era consecuencia del trabajo. Había que repetir, equivocarse y volver a intentar. Con el tiempo descubrió que la técnica necesitaba algo más: confianza. Antes de patear, recordaba sus mejores ejecuciones desde aquel lugar. Imaginaba el recorrido de la pelota. La veía atravesar los postes incluso antes de golpearla. “Tiene mucho que ver la comunión que hay entre la mente y la mecánica del pateador”, explica. Esa combinación lo convirtió en uno de los grandes especialistas de su generación.Pero la historia había comenzado antes. Santiago tenía ocho años y su hermano Patricio, seis, cuando su padre decidió llevarlos a probar rugby. Vivían en Yerba Buena, cerca de Tucumán Rugby. Hasta entonces, sus tardes transcurrían entre partidos de fútbol y juegos sin demasiadas reglas. Eran hinchas de San Martín y los domingos solían ir a la cancha para alentar al “Santo”. Su padre quería que practicaran un deporte que les enseñara disciplina. Los llevó una mañana de sábado. Les gustó tanto que nunca dejaron de jugar. Con el tiempo, la pelota redonda perdió protagonismo y la ovalada terminó por conquistarlos. El fútbol quedó relegado a algún encuentro ocasional. El rugby se convirtió en su nueva pasión y en una forma de vida.CONSEJO. Cuando regresó a Tucumán, Mesón se dedicó a ser entrenador de rugby. Aquella Yerba Buena tenía poco que ver con la actual. Había escaso tránsito, pocas construcciones y una tranquilidad que hoy parece lejana. Mesón estudiaba en el colegio Cristo Rey y pasaba buena parte del tiempo cerca de su casa. El club también era diferente. Campo Norte todavía no existía. Había dos canchas y una pileta donde los chicos nadaban durante el verano. El rugby fue ganando espacio hasta convertirse también en una escuela de conducta que, asegura, tanto él como Patricio siguen agradeciendo.Su facilidad para patear apareció temprano. Había jugado mucho al fútbol y encontró cierta familiaridad entre ambos movimientos. Pero una cosa era tener condiciones y otra transformarlas en una virtud extraordinaria. Cuando comprendió esa diferencia, decidió entrenarse más. No esperaba que alguien le descubriera el talento. Quería desarrollarlo. Lo que parecía natural frente a los postes era, en realidad, el resultado de incontables horas de práctica.A los 17 años debutó en Primera. Tucumán Rugby todavía estaba lejos de convertirse en el equipo dominante que sería después. En 1985 comenzaba a consolidarse una camada que cambiaría la historia del club. Agustín Macome, Martín Terán y otros juveniles fueron encontrando su lugar junto a referentes de mayor experiencia. Mesón recuerda aquella convivencia como una combinación difícil de repetir. Había buenos jugadores y entrenadores capaces de potenciarlos. Desde 1988 hasta 1993, el club conquistó seis campeonatos anuales consecutivos.Mesón se consolidó en Los Pumas en 1992. Su crecimiento coincidió con la transformación del rugby tucumano. En 1985 había celebrado como hincha el primer Campeonato Argentino de la Naranja. Dos años después empezó a recibir convocatorias para representar a la provincia y a Los Pumas. Era muy joven, pero encontró un ambiente que facilitaba su integración. En el seleccionado tucumano convivían jugadores de clubes rivales que, al ponerse la misma camiseta, olvidaban cualquier diferencia. Mesón recuerda a aquella generación como un grupo unido por un objetivo común.Llegar a Los Pumas resultó más complejo. Compartía el plantel con figuras que estaban terminando sus carreras, como Hugo Porta, Eliseo Branca y Marcelo Loffreda. La diferencia de edad y experiencia era enorme. Necesitó tiempo para adaptarse. Poco a poco, la presencia creciente de jugadores del interior hizo más sencillo ese proceso. Pero todavía faltaba demostrar que podía convertirse en protagonista.El Mundial de 1991 le dejó una sensación amarga. Viajó con el seleccionado argentino, pero prácticamente no jugó. Apenas ingresó unos minutos en el último partido contra Samoa, cuando el equipo ya estaba eliminado. No lo recuerda como una experiencia feliz. Tampoco buscó excusas. Entendió que había otros jugadores mejores y que necesitaba esforzarse más. Aquella frustración terminó funcionando como un impulso. “Tengo que hacer algo para dar vuelta esto”, recuerda haber pensado. No quería seguir entrenándose tanto para permanecer entre los suplentes.La respuesta llegó en 1992. Fue el año que marcó su carrera. Primero, Tucumán consiguió una victoria histórica frente a Francia en la cancha de Atlético. Mesón aportó 20 puntos al triunfo por 25-23. Después llegó Nantes. Los Pumas derrotaron a los franceses por 24-20 y el tucumano convirtió 21 tantos. Argentina lograba una victoria memorable como visitante. Para él, significaba confirmar que podía destacarse frente a los mejores.En 1994, Mesón se mudó a Buenos Aires y decidió sumarse al SIC para continuar jugando al rugby. Detrás de aquellos puntos estaban las siestas de Yerba Buena, los movimientos repetidos y la confianza construida durante años. El chico que pateaba sin espectadores se había convertido en protagonista de partidos históricos. Mesón reconoce que aquella temporada representó un antes y un después. Su nombre ya no estaba asociado solamente a las actuaciones provinciales. Había demostrado su jerarquía con Los Pumas.La gloria deportiva, sin embargo, nunca desplazó su principal vocación. Desde chico sabía que quería ser médico. Más precisamente, oftalmólogo. Estudió Medicina mientras entrenaba y viajaba con los seleccionados. Llevaba apuntes a las giras y aprovechaba cada momento disponible. La disciplina volvió a ser decisiva. Se recibió en siete años, apenas dos días antes que el compañero con quien estudiaba habitualmente. En marzo de 1994 terminó la carrera y se mudó a Buenos Aires para especializarse.Allí eligió jugar en el SIC. No buscaba comodidad. Quería un club que lo obligara a mantener su nivel. La competencia era tan exigente que, pese a integrar Los Pumas, comenzó jugando en divisiones inferiores. Pasó varios meses intentando ganarse un puesto. Finalmente llegó a Primera cuando una lesión de Loffreda abrió una oportunidad. Mesón la aprovechó. Ese mismo año celebró otro campeonato.Todo parecía encaminado hacia 1995. Había trabajado especialmente para llegar al Mundial en su mejor forma. Argentina contaba con un plantel que lo ilusionaba. Pero durante el último partido de una gira preparatoria por Australia ocurrió lo impensado. Recibió un tackle y sintió que algo se había quebrado. No necesitó esperar un diagnóstico para comprender la gravedad. Supo inmediatamente que se quedaba afuera.Faltaban apenas 15 días. Necesitó una operación y tuvo que usar muletas. Le ofrecieron viajar como acompañante, pero rechazó la posibilidad. Era demasiado doloroso. Terminó viendo el Mundial por televisión, desde Tucumán. Sintió impotencia mientras Argentina perdía sus encuentros. Estaba convencido de que su capacidad como pateador podía haber ayudado. “Fue un duro golpe anímicamente”, reconoce. Esta vez, ninguna preparación podía cambiar lo ocurrido.Regresó a las canchas, aunque recuperar su mejor nivel llevó tiempo. En 1997 volvió a sentirse competitivo. Dos años después decidió retirarse. Ya ejercía como médico y las exigencias de trasladarse para entrenar resultaban cada vez mayores. No hubo una despedida dramática. Entendió que había llegado el momento. Siguió trabajando en Buenos Aires hasta 2009, cuando decidió volver a Tucumán.Hoy vive nuevamente en Yerba Buena. Cerca de sus amigos, su familia y los lugares donde empezó todo. Dice que la distancia le enseñó a valorar una calidad de vida que antes daba por sentada. Cuando mira hacia atrás, no habla de cuentas pendientes. Ni siquiera aquel Mundial perdido altera su balance. “No me guardé nada”, asegura. El rugby le dio amistades, disciplina y recuerdos extraordinarios. Y aquellas siestas, cuando solamente tenía una pelota y dos postes, terminaron llevándolo mucho más lejos de lo que imaginaba.