¿Quién era Francisco Umbral? En 1971, escribió una de sus mejores novelas autobiográficas gracias a una beca de la Fundación Juan March. En su expediente, hasta ahora inédito, puede comprobarse que falsificó datos personales como su nombre y su fecha de nacimiento. Nadie supo que la verdad sobre su identidad se encontraba oculta en la novela. Y la mentira, en su solicitud. A través de entrevistas con quienes mejor lo conocieron –su viuda, Pedro J. Ramírez, Juan Luis Cebrián o Anna Caballé–, el periodista y escritor Daniel Ramírez reconstruye el origen proscrito de Umbral: la convivencia de una identidad falsa con una fama desbordante.
Expediente Umbral, por Daniel Ramírez García-Mina.
Primer episodio: Los documentos falsificados
“Llamarle a aquello juventud… Vengo de tardes que a nadie hicieron feliz, de ciudades sin calles, de calles sin ciudad; soy resultado oscuro, producto, consecuencia de una serie de inviernos que la lluvia nos trajo encadenados”.
Tengo en las manos, y ahora lo tienes tú también, el expediente con el que Francisco Umbral logró una beca de 150.000 pesetas en la Fundación Juan March. En las becas, como en los premios, hay que empezar hablando de la pasta. Puede resultar violento, para algunos de mala educación, pero es necesario, porque la cuantía de las becas nos da la medida de lo que significan. La beca de “La March” libraba a todo el que la recibía de esas obligaciones que suelen asediar la creación de una novela; pongamos un chaval de provincias recién llegado al Café Gijón sin más equipaje que un puñado de folios en blanco y un sueño: ser escritor.
De pronto, para el becado, escribir era un acto puro, una liberación incendiaria donde no se colaban las manchas negras del pago de la pensión, el almuerzo grande para no cenar por la noche o el café de sorbos cortos, cortísimos; lo suficiente para que durase una tarde entera.
“Decir de dónde vengo, de qué vengo, aquella lluvia cayendo en interiores, aquella tarde enferma que llamaré mi infancia. Darle un nombre, por fin, a todo eso”.
Era 1970. Umbral había llegado a Madrid diez años antes. Se mataba para levantar todas las columnas que podía en un montón de periódicos a la vez, nacionales y de provincias. No quería la beca para dejar de escribir en los periódicos y dedicarse a la literatura; él no. Para Umbral, la literatura y los periódicos eran indisociables. Pero necesitaba el dinero para vivir como un burgués, y no como un bohemio. “Todos los que somos algo nos conocemos”, le explicaron al llegar al Gijón. Sólo con pasta se puede frecuentar los sitios donde se reúnen quienes son alguien. Umbral quería ser alguien. Escribía para ser alguien. Y cuanto más alguien era, en más sitios podía escribir.
Umbral fue lo suficientemente pobre como para llegar a Madrid casado y tener que vivir solo en una habitación, con su mujer alojada en casa de unos parientes. Umbral fue lo suficientemente pobre como para conocer las pensiones de pasillos largos y torcidos donde hasta las almohadas olían a comida. Dicho con las palabras de Raúl del Pozo: “En los años sesenta, pobre y dandi cuando yo lo traté, bebía leche, era aficionado a las gatas, tenía la tensión como un soldado y el nardo como una piedra. Vino a incendiar el idioma en la ciudad absurda, brillante y hambrienta”.
“Empezaba a escribir para contarlo todo. Pero puedo olvidar, otras veces me ocurre. (Hay un repentino golpe de olvido, como un mar que vuelve la espalda)”.
Esta iba a ser una historia divertida, un pequeño cuento que narrase esa experiencia que une a Umbral contigo, conmigo, y con todos los becarios del mundo. Una manera de acercar al escritor más poderoso de la autoficción, el mejor en su género, a ese momento que sí es igual para cualquiera que tiene la necesidad de escribir: todo es ambición, pero no hay nada garantizado.
Sin embargo, la consulta de este expediente inédito y una zambullida en las pesquisas ya publicadas nos enfrenta a otra cosa. Este paseo va a ser mucho menos divertido, pero mucho más verdadero. Francisco Umbral obtuvo la beca de la March con unos datos de identidad falsos. En cambio, la novela, donde sí podía escribir una mentira, estuvo llena de verdades. Se tituló –y se titula– ‘Los males sagrados’.
“El naufragio de una familia, de un tiempo, de unas vidas, los altares de
las alcobas, la alcoba de la convalecencia de mamá, la alcoba de los suspiros de la abuela, la alcoba de las bronquitis del abuelo, toda la casa llena de grandes fotografías de antepasados (…)”.
Es falso el nombre que Umbral escribe en la solicitud, es falsa la fecha de nacimiento. Pero Alejo, el protagonista de la novela que escribe, es crudo, verdadero. Sólo se supo cuando Umbral ya había publicado casi toda su obra y estaba a punto de morir. Esta historia no tiene que ver con el morbo o el amarillismo. Esta historia debe contarse con detalle porque es imprescindible para comprender la obra del mejor escritor de periódicos. Del mejor de los nuestros.
Alrededor de este libro, ‘Los males sagrados’, encriptado pero radicalmente confesional, gira la verdad de Umbral, su mal sagrado. He metido una libreta en la mochila, unos cuantos libros, he concertado varias entrevistas y voy a visitar la casa del propio Umbral, donde nos recibirá su mujer, María España. Hablaremos con aquellos que siempre supieron la verdad de Umbral y también con aquellos que la publicaron por primera vez.
Va a ser mucho más fácil que te vengas conmigo al principio, que utilicemos esta primera persona del plural, que vayamos investigando a la misma velocidad, que nos enteremos a la vez de esta historia de frío, amor, ambición y éxito que humaniza hasta el extremo la figura de un hombre al que muchos tildaron de inhumano. Incluso puede que, a partir de aquí, la admiración vaya seguida de afecto, por qué no. ¿Será posible que amemos a aquel hombre que se empeñaba en parecer cruel?
“(…) los muertos amortajados allí para siempre, cada uno en su alcoba, en su cama, sin volver a salir a la calle, ni siquiera al pasillo, haciendo su vida entre unos armarios, unas sillas, una cama y un palanganero”.
Es el 16 de noviembre de 1970. Francisco Umbral ha cumplimentado la solicitud para obtener una beca en la Fundación Juan March. Parece que lo hace sin demasiado entusiasmo. De hecho, se confunde con la fecha, pero en lugar de rellenar otro formulario, derrama un tachón y tira ‘palante’.
Paco, así le llaman, es un escritor de periódicos que ya ha publicado varios libros. Sus novelas, al no ser exactamente novelas, han tenido una acogida muy discreta. Sus ensayos sobre escritores han hecho más ruido. Está en un buen momento porque, mientras escribe los datos en el formulario de la March, un vendaval de odio y polémica le persigue gracias a su último libro, ‘El Giocondo’. Umbral, como su maestro César González-Ruano, sabe que la influencia sólo se consigue si lleva aparejada el escándalo. Conoce la anécdota de aquel día en que Ruano, muy joven, se presentó en el Ateneo y sublevó a una tertulia de veteranos afirmando que el Quijote era una mierda.
‘El Giocondo’ se presenta al público como novela, pero no deja de ser una crónica con nombres ficticios de la noche madrileña y de sus homosexuales. El libro arrasa en Madrid; empuja a Umbral a una situación donde la satisfacción se mezcla con el miedo. Le cuenta por carta a Miguel Delibes que ha recibido amenazas, que está cansado, hastiado, deprimido. Se queja también de su inestabilidad económica. Vive en el número 12 de la calle Félix Boix junto a España, su mujer, y su hijo Pincho, que no ha cumplido los dos años. Umbral necesita crecer económicamente.
Nombre, por favor: “Umbral Pérez, Francisco”. Fecha de nacimiento: “11 de mayo de 1935”. Es una plantilla que empieza con el canónico: “Muy Sres. míos:”. Una solicitud para una beca del “Grupo 17”, el de Literatura y Filología, dotada de 150.000 pesetas.
Hay algo raro en la solicitud. La Fundación Juan March exige a los solicitantes un expediente académico o, en su defecto, la carta de recomendación de alguien con reconocido prestigio. Pero Umbral, el Umbral que acaba de falsificar sus apellidos y su fecha de nacimiento, no entrega ni una cosa ni la otra.
La novela que propone Umbral se titula, en un primer momento, “La muerte adolescente”, y se define, de manera un tanto académica, como “la historia y el estudio de la adolescencia en el marco histórico, sociológico y ambiental de la posguerra española”. Parece un tema, desde luego, muy interesante, pero la novela no va a ser eso. Va a ser algo mucho más desgarrador. Umbral es un hombre que vive los años más felices de su vida, que se desvive como padre con el pequeño Pincho, que comienza a consolidar su influencia en los periódicos, pero es un niño que necesita confesar la herida de su infancia; esa que le lleva a ocultar su verdadera identidad. Necesita escribirla, aunque sea borrando las huellas.
Ya entonces, en aquel 1970, existen dos Umbrales: El público y el privado. En realidad, a todos nos pasa un poco eso. Pero entre el Umbral público y el Umbral privado hay un abismo. Y lo más fascinante de esta historia es que nadie ajeno a su entorno familiar sabrá descifrarlo hasta casi cuarenta años después. Así explica su dualidad el propio Umbral en una entrevista con Televisión Española.
“Esto creo que nos pasa a todos. Todos tenemos muchos ‘yoes’. Pero, fundamentalmente, tenemos el ‘yo social’ y el ‘yo personal’. El ‘yo social’ es el que triunfa y fracasa, éste no tiene ninguna importancia. Lo importante está en cómo vaya por dentro el ‘yo personal’. O en que, en algún momento, coincidan ambos ‘yoes’. Entonces se produce, cuando menos, el sosiego y un punto de verdad”.
Umbral confiesa que la armonía vital se obtiene cuando el “yo público” y el “yo privado” se acercan, se tocan; y es una manera de decir, sin decir, que de ese desempate mana su mejor literatura. Del abismo entre sus dos personalidades. Ahí nacen su lirismo, su música y su cadencia.
Encontramos a María España, a la que todo el mundo llama España, en el jardín de la famosa Dacha de Majadahonda. Es invierno. La piscina a la que Umbral arrojaba los libros que no le gustaban está cubierta por una lona. El recibidor, la cocina, los salones, las habitaciones… Todo está inundado de libros de Paco. Con libros de Paco nos referimos a libros firmados por Paco, no a los libros que leyera Paco. Es escalofriante entrar en un escenario donde habita el amor incondicional. Antes de charlar con ella, intuimos que eso fue María España para Umbral: la incondicionalidad.
España nos trata con un cariño maternal, nos deja preguntar sin límite, nos enseña esas fotos de artista que hizo a los líderes de la Transición. Qué fotógrafa, España. La profundidad en los ojos de Suárez, las arrugas indescifrables de Carrillo…
Señala la ventana, apunta a un abeto. Lo plantó con Paco antes de su muerte. El abeto es hoy más alto que cualquier hombre. España describe así la dualidad de Umbral. Por un lado, Paco, por el otro Umbral.
“Pues no sé cómo de decirte. Para mí Paco era una persona muy distinta a lo que yo veo habitualmente. No se parecía en la manera de ser, en la manera de comportarse. No era un hombre corriente”.
En septiembre de 1999, Umbral ya lo es todo. Y al borde del siglo XX es posible que un escritor aparezca en mil enciclopedias y diccionarios, gane mil premios, visite mil universidades… sin que nadie sepa quién es realmente. Umbral esconde su motor vital con celo y un cuchillo entre los dientes. Su origen proscrito. La fuerza que le llevó a la cima y le permitió escribir páginas preciosas sobre la maternidad, la paternidad, la ausencia y, sobre todo, el dolor.
Pero estamos en 1970 y ese Umbral en construcción decide finalmente hacer lo imposible para conseguir la beca. Es un escritor que se ha prometido que la paternidad no le va a cambiar, pero le cambia. En pocos días, el niño, el pequeño Pincho, el soldadito rubio, ha pasado de ser una lata a convertirse en el molde donde van haciendo huella las cosas bellas del universo.
Umbral escribe con mucha fuerza. Van pasando los mensajeros por su casa. Entregan el dinero y, sólo cuando tiene el sobre en la mano, Umbral entrega el artículo. Le manda cartas a su maestro, Miguel Delibes, el único que, junto a España, su mujer, sabe de la herida que le empuja a su doble identidad:
“En fin, todas estas confesiones no se las hago a nadie, pues mi imagen pública es de seguridad, e incluso de agresividad, porque la selva obliga”.
Le confiesa Umbral a Delibes que escribe con demasiada facilidad y Delibes le responde que la facilidad, como decía Juan Ramón, es mala novia. “He tenido muy malas novias”, le apunta Umbral. “Escribes demasiado, saltándote ese proceso de maduración imprescindible”, le contesta Delibes.
Pero Umbral ni sabe ni quiere escribir novelas. Sólo es capaz de escribir una novela, que es la novela de su herida, la de su origen proscrito, la del motor que le hace volar por encima de todos los que escriben en los periódicos, de todos los que quieren hacer poesía en prosa.
En este intercambio de cartas entre discípulo y maestro, aparece de pronto lo que estábamos buscando. Al no tener expediente académico que mostrar a la Fundación Juan March, Umbral le pide a Delibes una carta de recomendación. Vislumbramos el membrete del delegado del consejo en la redacción de El Norte de Castilla. Delibes, para entonces, ya era uno de los primeros novelistas del país. Había publicado algunas de sus mejores novelas y sus libros aunaban, cosa que no es fácil, éxito de crítica y de ventas.
“A los miembros del Patronato de la FUNDACIÓN MARCH y a efectos de la concesión de becas de Literatura, tiene a bien informarles de que ha seguido la brillante carrera literaria de d. Francisco Umbral desde su iniciación y a través de sus diversas facetas, en todas las cuales puso de manifiesto su talento creador, hoy día reconocido por todos. Y, como quiera que D. Francisco Umbral vive exclusivamente de la Literatura, la concesión de una de las becas le permitiría escribir una novela con la serenidad y sosiego que de ordinario le vedan los pequeños y engorrosos quehaceres de cada día”.
Este es el papel que Umbral entrega a la Fundación poco después de recibirlo. Pero, al papel oficial, le sigue una carta privada, que encontramos en la correspondencia discípulo-maestro publicada por la editorial Destino.
“Querido Paco. Ahí te va el ‘Saluda’ con lo que hemos acordado. Es éste, el de los ‘saludas’, un género literario tan difícil que me he pasado tres cuartos de hora emborronando cuartillas. El auténtico creador se manifiesta redactando ‘Saludas’ y necrologías. Yo, desde luego, no lo soy, no soy creador auténtico. Abrazos, Miguel”.
Umbral sabe, porque lo decía su admirado Ruano, que los premios y las becas en España se dan a los amigos. Por eso pide también al secretario general del Instituto de Cultura Hispánica, donde él escribe, que trate de influir en la Fundación Juan March.
Encontramos en el expediente una carta de Juan Ignacio Tena dirigida al entonces director de la March, Cruz Martínez Esteruelas, que dice así: “Querido Cruz: Dos colaboradores muy eminentes del Instituto, Francisco Umbral y Óscar Estruga, concurren respectivamente a las becas de la Fundación March para Literatura y Escultura. No necesito insistir sobre su personalidad y relieve en sus respectivos campos puesto que tú estoy seguro les conoces sobradamente. Quiero únicamente que conozcas mi interés y el del Instituto en que si fuera posible sean favorecidos con las becas en cuestión. Agradeciéndote de antemano todo lo que hagas en este sentido, recibe un fuerte abrazo de tu buen amigo”.
Con cordialidad, pero también con cierta dureza, el director de la Fundación contesta: “Querido amigo. He de comunicarte que las Becas son otorgadas por un tribunal calificador que examina y selecciona los expedientes sin que intervenga para nada en su actuación la dirección de la Fundación”.
Finalmente, en junio de 1971, Umbral consigue la beca. El primero al que se lo cuenta es a Miguel Delibes.
“Querido Miguel. Me han dado la beca, cosa que nunca esperaba (…) Son 150.000 pesetas, que me vienen muy bien para pagar el piso que he comprado sin dinero. Pienso que habrá influido bastante en la concesión tu informe, o mejor, tu firma, que le habrá dado seriedad a mi petición”.
La complicidad de Umbral y Delibes en estas cartas es total. Umbral llama “amor” a Delibes. Y Delibes, que es católico y padre de un millón de hijos, le pide a Umbral que modere el fondo erótico de sus crónicas. Son tan amigos que Umbral se muestra dispuesto a viajar a Lisboa en coche porque va con él Delibes y a Delibes le da miedo el avión.
El rayo de sol que es su hijo Pincho parece encontrar prolongación en la beca. No por el dinero, sino por la confianza. Umbral ha peleado mucho, se ha sacrificado mucho, pero tolera mal el fracaso. Lo entiende como una negación de su identidad de escritor. Y esa identidad es la única que tiene, porque la otra, la del corazón, yace guardada en un cajón que sólo conocen su mujer, sus primos y Delibes.