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Exclusivas de La Gaceta

Dos tragedias se diferenciaron en medio de la epidemia tucumana de accidentes de motos: la de los motociclistas “Ruly” Becker y Martín Blasco, embestidos por un automóvil en la ruta 9 a la altura de Humahuaca (Jujuy) y la de la conductora que cayó el viernes al pavimento con sus hijos de ocho y cuatro años en El Colmenar, y fueron arrollados por un colectivo.En la tragedia en Jujuy, los motociclistas, dos referentes del enduro tucumano, llevaban todos los elementos de protección necesarios y circulaban en vehículos de alta cilindrada y en condiciones óptimas de funcionamiento. El accidente, que está bajo investigación, se vincula con el caótico tránsito vehicular argentino. Pero hizo pensar a mucha gente en lo desprotegido que está quien circula en dos ruedas, como conductor o como pasajero, y volvió a resonar la remanida ironía de que “el paragolpe del motociclista es el cuerpo”. Quien ama las motos no tiene mucha argumentación en contra.En la tragedia de El Colmenar, se trataba de una familia a bordo de un vehículo pequeño, sin ningún elemento de seguridad. La tragedia se entronca en una situación social más compleja, en la que hay que debatir no sólo con respecto a la circulación con o sin casco, sino al uso del vehículo como medio de transporte ineludible, más allá de que se cumplan o no las normas de tránsito, y que las autoridades no saben cómo afrontar.Síntomas de fallasComo este accidente hay muchos otros que no llegan a tener impacto mediático salvo excepciones, como el ocurrido el 26 de julio del año pasado en la esquina de las calles Lavaisse y Libertad, al sur de la capital, cuando una mujer embarazada que circulaba con tres hijos se accidentó al chocar contra un auto estacionado. Los chiquitos se golpearon y ella debió ser internada para tener a su bebé. La sociedad entera discutió y criticó que ella circulara con sus hijos en moto y ella hasta pidió disculpas públicas.Pero no queda claro que la provincia haya digerido la significación de este accidente y ahora lamentamos uno parecido, pero dolorosamente trágico. Hace un año la directora del Hospital de Niños, Inés Gramajo, relató que de 616 accidentes con niños lesionados, 411, el 66%, habían ocurrido en moto.Por esos días, durante el Foro Tucumán Responsable, el antropólogo Pablo Wright decía que se debía entender “cómo alguien que no tenía nada accede a una moto. Es un proceso social”. “Antes se podía comprar un auto usado. Hoy la moto es lo más accesible. El problema no es este vehículo en sí, sino cómo se la integra al tránsito y cómo se prepara a la gente para usarla”. Y añadía: “Una familia entera en una sola moto sin casco es un síntoma de que el sistema falló en muchas dimensiones”.Los síntomas abarcan diferentes circunstancias. Gente que usa la moto como “multimedio de transporte” -es posible ver a motociclistas trasladando hasta un televisor de 65 pulgadas en su vehículo- y para servicios de cadetería que han ido creciendo de modo geométrico en nuestro medio, tanto para transporte de mercaderías y comida como de pasajeros, a tal punto que las empresas de colectivos están como resignadas desde el año pasado a la pérdida de pasajeros a manos de los ubermotos. La gente los usa, sin pensar demasiado en que las motos abarcan casi todas las cifras de accidentes. Hace seis meses ocurrió la tragedia de una pasajera que se cayó de una moto en la avenida Gobernador del Campo. Entonces se acababa de regularizar la actividad de la app de transporte de pasajeros en moto en la Capital.El caos en el interiorOtro costado de la circulación de motos se da en el interior provincial. Hay menos controles y mucho menos elementos de seguridad en el tránsito. De vez en cuando se sabe de tragedias y de accidentes, pero no se deja de utilizar los vehículos en las mismas condiciones: infraestructura vial deplorable, falta de iluminación, nulo respeto de las normas de tránsito.¿Podría ser peor? Sí. Las sociedades en crisis son más vulnerables a esta mezcla de anomia y pobreza. El predominio absoluto de la moto en sistemas en los que el transporte público es malo o inexistente -en Tucumán hay varias localidades que no tienen circulación de colectivos o de otro medio de transporte para la comunidad- muestra una espiral de riesgo elevada: de circular con niños se pasó a circular con pasajeros y en cualquier momento llegan los “toc-toc”, los motocarros cubiertos que abundan en Perú o en Bolivia. Y hay que ver la habilidad de los conductores de moto para hablar o mandar mensajes por celular mientras circulan.En el Foro, Matías Mahtuk, representante de Yuhmak, dijo que el sistema actual (atravesado por aplicaciones de reparto y mapas digitales) premia la velocidad por sobre la seguridad. El entonces responsable de la Municipalidad capitalina, Benjamín Nieva (ya no está en el cargo) pidió que se asignara presupuesto real a prevención. “A los equipos operativos, a los agentes de tránsito, a la educación vial. No puede ser que siempre estemos apagando incendios”. Wright dio dos definiciones más: “El tránsito es una gran ecología. Hay muchos actores y todos deberíamos prever nuestras maniobras con antelación, aunque no nos educan para eso”; y “en Argentina no tenemos internalizada la moral vial”.Las conclusiones son desalentadoras. Hay muchos diagnósticos de lo que sucede; hay conciencia de que cada vez va a haber más motos y de que probablemente crezcan los usos y los servicios de estos vehículos. Y además, que las autoridades no coordinan tareas entre las distintas jurisdicciones y no saben bien cómo enfrentar el problema, más allá de las campañas viales y de las reacciones ante las emergencias. Nieva puso como ejemplo el modelo sueco, basado en la idea de que el ser humano comete errores por naturaleza, y en consecuencia, es el entorno el que debe adaptarse para evitar tragedias. ¿Cómo se podrá hacer eso?