Notas con audio

Un joven que trabajó como intermediario describió cómo captaba jugadores, creaba cuentas, recibía transferencias y cargaba saldo virtual. Admitió que llegó a venderles fichas a personas que suponía menores de edad. Su testimonio, brindado bajo reserva de identidad, pone el foco en la falta de controles y la opacidad de estos circuitos.

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La propuesta le llegó por Facebook. Un conocido le habló de una forma de conseguir “una entrada más de plata”. P. ya tenía trabajo, pero atravesaba dificultades económicas y su sueldo no le alcanzaba. Aceptó sin conocer en detalle lo que iba a tener que hacer.“La plata digital no duele”: por qué la educación financiera desde la escuela podría prevenir las apuestas onlineUna semana después fue a una reunión con más de 20 personas. La convocatoria estaba encabezada por un “cajero general”, según recordó. Ahí le explicaron que necesitaría un teléfono, conexión a internet, presencia en redes sociales y disponibilidad para responder a cualquier hora. Su trabajo consistiría en buscar jugadores y venderles fichas para utilizar dentro de un casino virtual.Esta noche, en "Panorama Tucumano": el circuito informal de las apuestas digitalesAsí se convirtió en lo que dentro de esa estructura llamaban un “cajero online”. No atendía una ventanilla ni trabajaba en un establecimiento físico: era el intermediario entre los apostadores y una plataforma cuyo propietario nunca llegó a conocer. Recibía la plata, creaba las cuentas y transformaba cada transferencia en saldo para jugar.“Las plataformas están diseñadas para generar adicción”: cómo los algoritmos favorecen las apuestas de menores en internetP. -LA GACETA utiliza solamente su inicial para preservar su identidad- reconstruyó el funcionamiento de la red a partir de su experiencia. Su relato permite observar desde adentro una modalidad de acceso basada en contactos personales, transferencias y controles de identidad prácticamente inexistentes.La estructura escalonadaEn la parte inferior de la organización estaban los jugadores. Por encima aparecían los cajeros, encargados de conseguir clientes, recibir la plata y cargar las fichas. Cada uno dependía de un “cajero general”, que distribuía el saldo, supervisaba las cajas y aportaba respaldo cuando aparecía un premio superior al dinero disponible.Más arriba, según P., la responsabilidad se diluía. Nunca supo quién administraba la plataforma ni quién era su propietario. Incluso conocía pocos datos personales de la cajera general con la que trataba y desconocía su domicilio. “Una vez pregunté y me di cuenta de que había quedado fuera de lugar”, recordó.Los clientes aparecían entre conocidos o mediante publicaciones en Facebook, Instagram y WhatsApp. Los cajeros ofrecían promociones, regalaban fichas por determinadas compras y enviaban mensajes a sus contactos para mantener activa la demanda.Cuando alguien aceptaba, P. le enviaba un enlace, creaba un nombre de usuario y una contraseña. El cliente transfería la plata a una billetera virtual y recibía a cambio saldo dentro de la plataforma. Ahí podía acceder a tragamonedas, ruleta, póker y otros juegos similares a los de un casino.Cada operación dejaba capturas de pantalla, pero no implicaba necesariamente un registro formal de la identidad del jugador. “No conocía a la mayoría de mis clientes”, afirmó.P. aseguró que llegó a administrar más de 200 usuarios. Sus ingresos dependían del volumen vendido y de los resultados de los jugadores: los premios se pagaban inicialmente con la propia caja. Cuando el monto superaba su capacidad, intervenía el cajero general; después debía continuar vendiendo para reponer ese dinero.Esa dinámica generaba una presión constante. Cuanto mayor era el premio pendiente, mayor era también la necesidad de conseguir nuevas ventas. El entrevistado contó, además, que conoció casos en los que una cajera general cerró una plataforma, bloqueó a sus subordinados y dejó un premio sin pagar. La persona que había apostado sólo podía reclamar ante el intermediario con el que había mantenido contacto.Sin controlesPara abrir una cuenta dentro de la red descripta por P. no se solicitaba DNI ni una validación formal de identidad. Alcanzaba con un contacto de WhatsApp o de otra red social, un nombre de usuario y el alias de una billetera virtual para realizar las transferencias.En varias ocasiones recibió audios de personas que, por sus voces o fotografías de perfil, suponía menores de edad. Una clienta, por ejemplo, distribuyó su número entre distintos integrantes de una familia y pidió cuentas para todos. A partir de las conversaciones, P. estimó que entre ellos había chicos de entre 10 y 15 años. No tuvo contacto presencial ni documentación que permitiera corroborar esas edades.Algunas veces se negó a venderles. En otras pidió un audio de una persona adulta que autorizara la operación, aunque tampoco podía comprobar quién hablaba. Finalmente admitió que, cuando necesitaba alcanzar sus objetivos o reunir plata para pagar premios, aceptaba las solicitudes “sin importar quién fuera”.Según su testimonio, nunca recibió instrucciones específicas del cajero general para impedir el acceso de menores. El asunto casi no se discutía durante las reuniones. “No había edad ni límite de venta. Era una decisión de cada uno”, sostuvo.Marco legalLa operatoria relatada por P. contrasta con las exigencias que rigen para el juego autorizado en Tucumán. Luis Elizalde, abogado de la Secretaría de Políticas Integrales sobre Adicciones de la Provincia, explicó que la Ley de Juego Responsable N.º 8.986, modificada por la Ley N.º 9.828, prohíbe el acceso y la participación de menores de 18 años en los juegos de azar, incluidos los portales online habilitados. La norma también obliga a implementar mecanismos de verificación de edad.Elizalde agregó que los operadores autorizados deben identificar y registrar a los usuarios antes de habilitarles una cuenta. Ese requisito forma parte del régimen de fiscalización a cargo de la Caja Popular de Ahorros de Tucumán, autoridad de aplicación de la Ley de Juego Responsable.La distinción resulta central: los menores no pueden apostar y toda plataforma legal debe comprobar la identidad de sus jugadores. En los circuitos clandestinos como el descripto por P., en cambio, el acceso puede quedar sujeto únicamente a la decisión de un intermediario que no conoce al cliente y se comunica con él por WhatsApp.El testimonio también dialoga con un relevamiento nacional realizado en 2025 por el Observatorio Humanitario de Cruz Roja Argentina entre 11.421 estudiantes de 13 a 18 años: el 43% de quienes habían apostado dijo haber recibido ayuda de intermediarios para hacerlo.Juego de madrugadaLa mayor demanda comenzaba durante la noche. P. situó el período de mayor movimiento entre las 21 y las seis de la mañana. La actividad tampoco tenía un horario definido para él: dormía mal, pasaba horas pendiente del celular y, algunas veces, se olvidaba de comer.Entre sus clientes vio personas que seguían jugando durante horas y compraban fichas una detrás de otra. Algunas, sin plata disponible, llegaron a ofrecerle objetos para obtener saldo. Uno de esos casos involucró a una compañera de su otro trabajo, que le pedía nuevas cargas con pocos minutos de diferencia.Como cajero, P. podía observar el historial de cada usuario: cuánto había apostado, perdido o ganado. Según contó, advirtió que su compañera casi nunca obtenía ganancias y que atravesaba una crisis. Durante una conversación, ella reconoció que no podía detenerse y le pidió que cerrara su cuenta.El retiroP. gestionó la baja del usuario y le devolvió el saldo restante, aunque aseguró que esa facultad correspondía normalmente al cajero general. “A partir de ese momento empecé a darme cuenta del daño que estaba haciendo a las personas y a mí mismo”, explicó.El caso quebró la distancia que le permitía considerar aquella actividad un trabajo más. Poco después decidió retirarse y transfirió sus clientes al cajero general. Durante un tiempo siguió recibiendo mensajes de personas que querían comprar fichas, por lo que debió comunicarles que ya no se dedicaba a esa tarea.Aceptó hablar con LA GACETA porque, según dijo, busca contribuir a la prevención. Solicitó preservar su identidad por temor a quienes podían encontrarse por encima de la estructura que conoció. “Considero que las personas que están detrás de todo esto pueden ser peligrosas”, sostuvo.Su testimonio deja una pregunta que excede su historia personal. Si el jugador solo conoce al cajero, el cajero apenas conoce a su superior y el responsable de la plataforma permanece oculto, ¿quién responde cuando un menor accede, un premio no se paga o la plata desaparece?