Notas con audio

La sentencia última en el caso Lebbos ha puesto de nuevo bajo la luz las responsabilidades públicas en el asesinato de Paulina. La fuerza de un padre ha posibilitado la toma de conciencia en esta cuestión.

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La semana se despide para siempre. Para nunca más volver y quizás para que algunos no tengan que recordarla o para que otros puedan vanagloriarse con ella. El protagonista principal podría ser alguien que se llama César Soto y que ahora lo apodan “el inocente”. Podrían ser personajes principales los jueces que dieron crédito a esa calificación. Inclusive tal vez particularmente el juez Fabián Fradejas sería un buen actor central de la semana que nunca más volverá porque explicó y acusó después de dictar sentencia. Lamentablemente, la dolorosísima muerte del pequeño Benjamín Olariaga también fue uno de los temas que nos sacó de quicio y nos dolió en el alma. Sin embargo, el protagonista de la vida pública tucumana ha sido Alberto Lebbos, un luchador como debe haber pocos en la provincia y un hombre capaz de ponerle el pecho a las balas aunque quede malherido.De lo íntimo a lo públicoHay luchas que, con el tiempo, dejan de pertenecer a quienes las encarnan. Nacen de un dolor privado, de una pérdida personal, irreparable y se convierten en un desasosiego íntimo que nadie puede compartir del todo. Pero si esas causas, esa pelea es sostenida con perseverancia sin claudicar ante los vientos soplados desde el poder, la causa de esa lucha que comenzó gestándose en el fuero más íntimo se termina convirtiendo en una cuestión pública, quizás en una cuestión de todos.La lucha de Alberto Lebbos por su hija Paulina hace tiempo que pertenece a la categoría pública. Una cuestión que nos inmiscuye a todos. Tal vez el propio Lebbos no tenga cabal conciencia de que es así. Para él siempre ha sido su lucha, su causa, su desesperada vocación de padre de saber de qué se trata. Nada más. La acción implacable del tiempo ha servido para que muchos actores de la sociedad terminen tomando conciencia de esta ignominia. Y, por lo tanto, se ha hecho una cuestión de todos.Interpelación colectivaRepasar esta historia de un padre es vergonzoso para una provincia. Mataron a su hija y 20 años después no se sabe quién lo hizo, pero sí se sabe que policías, ministros, fiscales y otros seres humanos con poder se han encargado de ensuciarlo todo para que no se sepa nada. ¿Por qué? ¿Para qué? No hay explicaciones que acerquen a la verdad.En estos días frente a la sentencia que supimos escuchar y que no llegó a identificar al homicida y frente a las denuncias que sobre las deficiencias de la investigación fiscal vuelve este hecho público ha interpelado a todos.Cabe precisar una cuestión que tal vez todos callamos pero que no puede soslayarse: Lebbos, antes que nada, carga, desde hace dos décadas, un peso que ningún padre debería cargar.No se trata de un simple sentimentalismo que podría facilitar cualquier análisis, es, por el contrario, una necesaria precisión porque ante cualquier conversación sobre verdad, justicia o instituciones, en el caso de Paulina, sería incompleta sin hacer ese reconocimiento.Durante todos estos años Lebbos ha hecho algo que pocas personas podrían hacer sin quebrarse: insistir. Insistir cuando las respuestas no llegaban. Insistir cuando la investigación se confundía con el encubrimiento. Insistir cuando la sociedad parecía habituarse a convivir con una pregunta vital incontestada y tan simple como ¿quién la mató? Esa perseverancia merece el reconocimiento, pero no como un gesto de cortesía, sino como la constatación del coraje cívico de un hombre. Sin la presencia constante, sin la voz incómoda de Lebbos, sin su decisión de no dejar el caso aún cuando se disolvía en la rutina burocrática, Tucumán sabría menos de sí misma y de sus pliegues siniestros.“Sigan protegiendo asesinos. Ahora vamos a seguir insistiendo”, declaró, inclaudicable el papá de Paulina apenas escuchó la sentencia.“No te des por vencido, ni aún vencido/ no te sientas esclavo, ni aún esclavo;/ trémulo de pavor piénsate bravo,/ y arremete feroz ya mal herido./ Ten el tesón del clavo enmohecido/ que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo; / no la cobarde intrepidez del pavo / que amaina su plumaje al primer ruido./ Procede como Dios que nunca llora; o como Lucifer, que nunca reza; / o como el robledal, cuya grandeza necesita del agua y no la implora… / ¡Que muerda y vocifere vengadora, / ya rodando en el polvo, tu cabeza!”.  Tal vez alguien alguna vez le enseñó este poema de Almafuerte (Piu Avanti) y le quedó grabado.Es inevitable caer repetidas veces en la potencia de este padre, pero es necesario volver a cómo esta cuestión tan íntima y particular que se ha hecho pública y tan de todos.Los tucumanos no podemos mirar esa perseverancia como un simple dato externo de la crónica policial. La lucha de Alberto Lebbos ya no pertenece al ámbito de una tragedia familiar. Forma parte de la memoria pública de la provincia. Pero por sobre todo, también por sus deudas. Porque hay casos que, por su persistencia, por sus zonas oscuras y por la gravedad de las preguntas que dejan abiertas, terminan funcionando como una forma de interpelación colectiva.Nada más… y nada menosLa sentencia absolutoria reciente no clausura la fuerza y ni la vigencia de esta gravosa interpelación. Una absolución por insuficiencia probatoria significa que no se alcanzó el estándar necesario para condenar; nada más…, y nada menos. No es una declaración definitiva sobre lo que ocurrió aquella noche, ni un veredicto absolutorio sobre la calidad de la investigación que la antecedió. Y allí, en el cuestionamiento al desempeño estatal que Lebbos viene señalando mucho antes que el propio juez Fradejas lo diga, ahí exactamente, está el punto más dramático. Cuando la deficiencia investigativa antecede al juicio, la sentencia, aun cuando sea jurídicamente correcta, queda inevitablemente condicionada por aquello que el Estado no hizo a tiempo. Porque no supo o porque no pudo o porque no quiso. Así, todo se vuelve Impunidad.Por eso Tucumán le debe a Paulina algo que ningún pronunciamiento judicial cancela: saber qué pasó, por qué pasó, quienes fallaron, quiénes omitieron actuar y por qué la verdad agoniza sin poder alumbrar.En el sistema de los derechos humanos esa exigencia tiene nombre y trayectoria: derecho a la verdad. Describe lo que cualquier comunidad mínimamente decente reconoce de manera intuitiva: que las víctimas y sus familiares merecen una respuesta seria, completa y oportuna, y que la impunidad, cuando se prolonga, deja de ser un accidente y empieza a funcionar como pedagogía del desaliento.En la desesperación por encontrar responsables, el propio Lebbos ha apuntado contra la responsabilidad del ministro público Fiscal. Pero, además de las cuestiones que pueden caberle a Edmundo Jiménez, hay una gran cantidad de funcionarios judiciales y gubernamentales que muchas veces miraron para otro lado como si haber jurado por la Constitución, por sus dioses o por sus demonios o por quiénes fueran no tuviera sentido. A propósito, ¿sigue sirviendo la formalidad de los juramentos o ya pasó de moda?En este horizonte, el reclamo del papá de Paulina conserva actualidad y valor. No como una obstinación personal ni como una resistencia a aceptar una decisión judicial, sino como una demanda inexorable frente a una deuda que sigue impaga. Es posible que los ríos de tinta y de bytes utilizados en numerosos análisis pueden tener diferentes interpretaciones, tantas como lectores, pero se escriben en la comprensión de que la lucha de Lebbos tiene sentido, porque produjo efectos y todavía puede encontrar nuevos cauces. La pregunta por la verdad, en el caso de Paulina, sigue siendo una pregunta legítima, viva, exigible.El propio gobernador de la provincia cuando se refirió a este caso -es tan pública la causa que no es posible evitar el tema- manifestó que a los fallos judiciales hay que respetarlos. Se trata de una verdad de perogrullo, pero el eventual cierre de un expediente no implica claudicar en la búsqueda de la verdad, en todo caso podría ser la interpelación a diversos actores públicos a no abandonar el caso.