Exclusivas de La Gaceta
Mañana se cumplen 534 años del día en que Cristóbal Colón desembarcó en tierra americana. Fueron cinco semanas interminables entre la partida desde las Canarias y el anhelado grito de Rodrigo de Triana en la noche en que la luna iluminó la costa de una isla del nuevo mundo. No fue un viaje fácil. Nadie sabía si las provisiones se agotarían cuando cruzaran el punto en que sería imposible regresar. Mientras avanzaban hacia el oeste sin encontrar el destino prometido, Colón anotaba las distancias recorridas y comunicaba a los marineros un cómputo menor, en un intento por contener las protestas y las dudas crecientes. La paciencia se agotaba en los días previos a ese 12 de octubre de 1492.Algo de aquella navegación se repite en la actualidad. La travesía de Colón terminó por encontrar un punto de llegada. Nosotros quizás estemos entrando, en el continente y en el mundo, en una época en la que ya no haya un puerto definitivo. Una navegación permanente, convertida en el signo de una realidad en la que todo fluye.El giro a la derechaLas elecciones brasileñas del domingo pasado preanuncian un mapa sudamericano teñido de azul, con dos relativas insularidades. La uruguaya, con la más centrista de las izquierdas regionales, y la venezolana, dominada por un régimen condicionado por el gobierno norteamericano.El politólogo Andrés Malamud introduce datos en lo que a priori parece una metamorfosis abrupta respecto de una región que no hace mucho estuvo teñida de rosa. Desde 2015, apunta, los oficialismos perdieron 24 de 28 elecciones presidenciales, mientras que en la década previa la reelección era una regla en un 80% de los casos. Parece, entonces, imponerse un patrón reactivo frente a la continuidad de los gobiernos más que -o en paralelo a- un cambio ideológico. Una ola de alternancia alimentada por el hartazgo y la intolerancia, frente a la lentitud de los cambios, en nuestras sociedades.La victoria de Milei en 2023, desde este ángulo, no sería tanto la avanzada de una hegemonía de la nueva derecha como uno de los primeros capítulos de un rechazo a lo establecido, en el que, con sus matices, se inscribirían los triunfos de Rodrigo Paz en Bolivia, José Antonio Kast en Chile, Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia.Efecto CaipirinhaLa sorpresa en primera vuelta de Flavio Bolsonaro el domingo pasado, y su posible victoria en la instancia definitiva, tienen el antecedente del gobierno de su padre Jair entre 2019 y 2023. En términos cronológicos, el fenómeno Jair es hijo del fenómeno Trump, y Milei lo es de ambos.No son pocos los analistas que piensan que a Milei, aunque celebrara sinceramente la victoria de su amigo Flavio, le sigue conviniendo un triunfo de Lula, para mantenerse como ¨primus inter pares¨ en el patio trasero de Trump. Más allá de los problemas de cartel, Brasil vive en estas horas un terremoto institucional que puede producir réplicas sísmicas que trasciendan sus fronteras.El analista Carlos Fara apunta que, dentro de los 700.000 cargos públicos que se eligen anualmente en el mundo, el fenómeno de los outsiders es cuantitativamente marginal, aunque se plasma en los casos más notables, como en los presidenciables. Brasil tenía su conocido ¨centrao¨, conformado por políticos tradicionales y moderados, como un contrapeso frente a la tensión de los extremos. Ese espacio se dinamitó el domingo pasado y, dentro del nuevo esquema de polarización, se abrieron las puertas a figuras extravagantes. Dos influencers, que acumularon más de seis millones de votos, se convirtieron en los diputados más votados de la historia brasileña. Varios jóvenes del mundo digital, por derecha y por izquierda, estuvieron entre los más votados en nueve estados. Ya no se trata de outsiders de la política tradicional que usan las nuevas tecnologías para promocionarse, sino de profesionales de la captación de atención en las redes que convierten sus destrezas algorítmicas en vías de acceso al poder.Si finalmente Flavio Bolsonaro gana en el ballotage, inaugurará un experimento político. Probablemente su padre sea amnistiado y se convierta en un eje de poder que compita con el propio presidente. La presencia del apellido Bolsonaro excederá a esta dupla. Michelle, esposa de Jair y madrastra de Flavio; dos de sus hermanos y un tío entrarán al Congreso. Su hermano Eduardo, que en estas horas tiene una orden de captura impulsada por el gobierno de Lula, será otra poderosa fuente de influencia. El problema mayor, sin embargo, quizá no sea el nepotismo sino los recelos que imperan entre ellos: una trama con ecos de la serie Succession.Rumbo al 3-NFaltan tres semanas para las elecciones de medio término en los Estados Unidos. Las encuestas avizoran nubarrones para Trump pero estas tuvieron notorias dificultades para monitorear la intención de voto republicana en 2016, 2020 y 2024. La de Reuters/Ipsos publicada este jueves sitúa la aprobación del Presidente en un magro 32%. El precio de la nafta y el costo de vida en general, la guerra en Irán y la inmigración figuran entre las preocupaciones de los norteamericanos con marcada incidencia electoral.Lo que se define es si Trump conservará el control de las dos cámaras, de una o de ninguna. De ello derivará su capacidad para impulsar su agenda en el bienio final de su mandato, las perspectivas republicanas de ganar las presidenciales en 2028 y la fortaleza del padrinazgo de la ola azul sudamericana.Un bote salvavidasJavier no es el final para la política sino su último bote salvavidas, me dijo, en los inicios de la gestión, una de las figuras más relevantes del Gobierno. La frase podía sonar interesada por provenir de esa fuente, pero planteaba entonces un razonamiento contraintuitivo. Una despolitización de la política para salvarla sonaba como vender café descafeinado o cerveza sin alcohol para evitar la caída del producto original.El planteo, tres años después, puede resultar plausible. La Argentina hizo un giro profundo sin pasar por una crisis institucional. Lo paradójico es que las instituciones, cuyos pecados e ineficiencias ya las habían fragilizado, se debilitaron aún más en momentos en que son necesarias para evitar desvíos. La nueva política merodea insistentemente los límites.La pregunta, mirando al futuro, es si el gobierno de Milei constituye un interregno o la primera etapa de una nueva época de la política argentina.Algunos piensan que es un accidente anecdótico en la marcha de la Historia. Otros creen que es, como el título del libro de Tulio Halperin Donghi, el comienzo del fin de ¨la larga agonía de la Argentina peronista¨. No del peronismo sino del país que tuvimos en las últimas ocho décadas.Esperando el temblorLa Argentina tiene exportaciones crecientes y una dinámica positiva en la compra de reservas que bajan -no sabemos si todavía en el nivel necesario- la probabilidad de un 2027 parecido a 2019, 2023 o 2025, cuando el Gobierno fue salvado por Scott Bessent. El secretario del Tesoro acaba de decir que podría hacerlo una vez más, aunque una pérdida de la mayoría republicana en el Senado en noviembre podría limitar esa posibilidad. Más allá del factor externo -donde también influyen la suba de la tasa de interés en EE.UU. y el precio de los commodities-, un crecimiento débil, bajos niveles de actividad e inversión, con una inflación que no termina de caer y un riesgo país que expresa la desconfianza del mercado se traducen en un horizonte electoral abierto.El último número del Índice de confianza en el Gobierno de la Universidad Di Tella, hasta ahora el mejor predictor electoral, nos dice que si las elecciones fueran hoy Milei sacaría el 39% de los votos. El oficialismo se mueve, entonces, en la frontera entre una victoria en primera vuelta y un incierto desenlace en un ballotage. La clave, coinciden los analistas, será la economía. El oficialismo confía en que en un año la economía ya habrá mostrado signos de reactivación. En la oposición se ilusionan con lo contrario: una recesión inevitable frente a un continuo proceso de ajuste que gira obsesivamente en torno a sus metas inflacionarias.En Una temporada en el quinto piso, Juan Carlos Torre, flamante ganador del Konex de Brillante, dice que un plan de estabilización requiere tres condiciones: solvencia técnica, la promesa de una Tierra prometida y contención de las víctimas. El actual relato del punto de llegada adolece de postergaciones sucesivas. Como Colón, Milei y su ministro de Economía hacen malabares con la contabilidad del recorrido mientras se erosiona la paciencia de quienes los acompañan en el barco.En el último requisito, el de la empatía con los perdedores del modelo, el Gobierno exhibe un déficit notorio. Como también en la faz arquitectónica de su política, que siempre se construye con hechos pero también con gestos. Y palabras.El mileísmo concentra muchas paradojas. El culto dogmático al equilibrio en las cuentas públicas, una rareza dentro de la miopía histórica de los gobernantes argentinos, convive con un notable desequilibrio en el discurso.Gobernar es insultarNo sería poblar, como postulaba Alberdi. O explicar, como sigue predicando Fernando Henrique Cardoso. ¨Putear a quien lo merece también es gestión¨, escribió en su cuenta de X Alejandro Rozitchner, intelectual que en sus años macristas promovía la ¨filosofía del entusiasmo¨, ahora devenido apologista del insulto. Lo cierto es que está en sintonía con su época. ¨La política hoy es ira más algoritmo¨, resume Giuliano Da Empoli, el politólogo que mejor ha radiografiado los cambios de nuestro tiempo.Lo saben Bolsonaro y Lula, Trump o Bukele. La nueva política no solo está cambiando los partidos, los liderazgos y las formas de llegar al poder: está modificando el idioma con el que una sociedad discute sus diferencias. El agravio y la ridiculización se viralizan en las redes como gremlins en el agua. Los argumentos, en cambio, en el universo digital parecen oraciones de una religión cuyo dios ha muerto.