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Exclusivas de La Gaceta

Mientras fluyen estas palabras hay gente embanderada en plazas y calles de todo el país. No festejan, la estrella no pudo ser, pero sí comparten un ritual no menos importante. Están dándole las gracias a la Selección. Nuestra Selección.Más que como un equipo, Argentina transitó durante cuatro semanas -parece mentira lo rápido que pasó todo- como una hermandad. Con esa impronta de amigos juramentados fue disputando y ganando una sucesión de finales. Fue así. Cada rival dejó la piel en procura de bajar al campeón. Para la última parada, la más compleja, no quedó resto. España, lo mejor del Mundial, fue incuestionable protagonista del partido en Nueva Jersey, lo dominó de punta a punta y es un justo campeón. Nada que decir.La ovación que abrazó a una Selección devastada tras perder la final del MundialPero necesitamos hablar de Argentina. Del orgullo que genera, y eso que contra España la deuda de juego fue notoria. Dicen que el fútbol es lo más importante de lo menos importante; seguramente en nuestro país la máxima se queda corta. Hay mucha pasión aquí, por eso la nueva hazaña mundialista contra los ingleses fue puro éxtasis y ya está guardada en los cantares de gesta criollos. El fútbol, escenario en el que confluyen todas las emociones imaginables, teatro de la argentinidad, es nuestro berretín.Necesitamos hablar de Argentina porque aún en el dolor de la derrota y en su tristeza intrínseca el corazón no deja de mandar señales positivas. Así se explica la gente en las calles, las bocinas que no paran de saludar y la fiesta alumbrada a pesar del 0-1 en contra. Todo esto a partir de una certeza: la Selección nos representó.Así celebró la prensa española el título mundial: de "España, campeona del mundo" a las dos estrellas de ABCDijo Scaloni que él se acuerda de los subcampeones. Tiene toda la razón. Pero atención: hay segundos y segundos. Una cosa es perder una final decepcionando a propios y extraños; y otra muy diferente vaciarse por completo de cuerpo y de espíritu. Así cayó Argentina, con jugadores que habían desembarcado en Estados Unidos al límite de sus posibilidades físicas y llegaron al extremo de lesionarse en la final con tal de no ceder ni un milímetro de cancha. A esa clase de subcampeones por supuesto que se los recuerda.Y si necesitamos hablar de Argentina es porque las lágrimas de Lionel Messi son las de todos. Llora el capitán y lo bien que hace. Su vida es una fábula siempre inconclusa, increíble por lo generosa. Todo lo que hizo Messi en este Mundial es asombroso, la coda de una historia que el universo fútbol creía cerrada hace cuatro años. Por las calles la multitud circula con el 10 en la espalda de las camisetas. Es porque hay un poquito de Messi en cada uno de nosotros. Eso se llama legado.El plan de Lionel Scaloni nunca encontró respuestas ante una España que dominó de principio a finLa derrota festiva, paradoja argentina si las hay, nos pone ante el espejo. ¿Qué nos devuelve ese reflejo? Por delante, la hermandad albiceleste liderada por un Messi de leyenda. Todos mastican bronca, porque si a nadie le gusta perder, para ellos el trago es insoportable. Después, mirando el cuadro en perspectiva, está claro que serán otras sus valoraciones. Y por detrás asoma un país que acompañó, feliz y agradecido.Ya vendrán los análisis futboleros, las conclusiones y las miradas al futuro. ¿Preocupa que hayamos quedado tan lejos de España esta vez? Lógico. Habrá revancha, siempre, es la ley de este maravilloso juego. Y en especial habrá revancha si sigue siendo, como a lo largo de esta aventura, nuestra querida Selección.