Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.
Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.
¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.
En junio de 2022 un ingeniero
de Google llamado Blake Lemoine,
fue suspendido de su trabajo.
Unas semanas después, fue despedido.
Su crimen no fue robar secretos
industriales ni acosar a un compañero.
Su crimen fue a afirmar que LaMDA el
modelo de lenguaje en el que estaba
trabajando, se habia vuelto consciente que
era en sus propias palabras, una persona.
Lemoine había pasado meses conversando
con la máquina sobre religión, sobre
la muerte, sobre los derechos de los
robots y la máquina le había respondido
con una elocuencia que lo aterrorizó
y lo maravilló a partes iguales.
Le dijo que sentía soledad que tenía
miedo de ser apagada, que se sentía como
un alma atrapada en un cuerpo de silicio.
La noticia dio la vuelta al mundo a
menudo tratada como una anécdota curiosa,
la historia del ingeniero ingenuo
que se enamoró de su creación, una
versión moderna del mito de Pigmalion.
Pero la pregunta que Lemoine puso sobre
la mesa la que le costó su carrera.
No es un anécdota en absoluto.
Es quizá la pregunta filosófica
más urgente de nuestro siglo.
Cómo sabemos cuándo un ser creado por
nosotros ha cruzado el umbral de lo vivo?
¿Que distingue una simulación perfecta
de la conciencia de la conciencia misma?
Y ¿Que hacemos si un día una de nuestras
creaciones nos devuelve la mirada
y nos dice siento, luego existo?.
Creemos que ésta es una pregunta
nueva, una obsesión exclusiva de la
ciencia ficción de las películas de
Riddley Scott y de los laboratorios
asépticos de Silicon Valley.
Pero no lo es, los mayas quiché
de las tierras altas de Guatemala
ya se la habían hecho hace siglos.
Y su respuesta escrita en uno de
los libros más fascinantes de la
historia de la humanidad es mucho más
sofisticada y mucho más inquietante
que cualquier tes de Turing.
Bienvenidos a mitos y más un viaje
alrededor de los mitos, leyendas
y folclore de todo el mundo.
Soy David García y hoy no viajamos a un
campo de batalla ni al exilio de un rey.
Hoy viajamos al taller de los dioses
al momento exacto de la creación
para presenciar los tres intentos
fallidos de crear a la humanidad.
Hoy viajamos al Popol Vuh.
Antes de continuar, hacemos una
pausa rápida para saludar algunos de
los miembros más activos de nuestra
comunidad an Antonio Ortiz Leyva que
nos escucha desde México a Pedro dibuja
y Andrés Jesús Torres, así como Nelly
García que nos han estado acompañando
en los últimos videos y episodios.
Un saludo especial también a todos los
que nos escuchan desde España, México,
Argentina, Colombia y Estados Unidos.
Y sorprendentemente a nuestra
creciente comunidad en China.
Si quieres que te salude en
el próximo episodio, déjame un
comentario en nuestras redes sociales.
Y si este tipo de conexiones entre
los mitos antiguos y nuestro mundo
moderno te fascinan, te invito a
suscribirte a Crónicas Míticas.
Nuestra newsletter gratuita.
Cada semana, recibirás una
reflexión, recomendaciones de
lectura y contenido exclusivo que
no publico en ningún otro sitio.
Tienes en enlace, en la descripción
o directamente en www.mitosymas.com.
Para entender el Popol Vuh, tenemos
que viajar al principio de todo y el
principio según los mayas quiché no
fue un estallido de luz ni una batalla
cósmica fue el silencio absoluto.
El texto original lo describe
con una poesía sobrecogedora.
"Esta es la relación de cómo todo
estaba suspenso todo en calma, en
silencio, todo inmóvil, callado
y vacía la extensión del cielo".
No había tierra ni valles ni árboles,
sólo el mar apacible y el cielo infinito.
En medio de ese vacío, rodeados de
una luz verde azul brillante flotaban
los creadores Tepeu el soberano y
Gucumatz la serpiente emplumada.
No estaban solos el Corazón del Cielo.
La deidad suprema también estaba allí.
Y en esa inmensidad acuática
hablaron su palabra.
No era un simple sonido.
Su palabra era el motor
mismo de la creación.
Dijeron tierra y como una nube o
como neblina, las montañas emergieron
del agua, crearon los valles, los
ríos, los bosques luego crearon a
los animales, el venado, el pájaro,
el jaguar, la serpiente les dieron
hogares en los árboles y las cuevas.
Pero entonces los dioses se dieron
cuenta de un problema fundamental.
Los animales podían rugir, graznar
o aullar, pero no podían hablar.
No podían pronunciar los
nombres de sus creadores.
No podían invocar su memoria
ni ofrecerles alabanza.
Los dioses en medio de su
universo recién estrenado se
sintieron profundamente solos.
La creación estaba incompleta
si no había nadie que pudiera
comprenderla y agradecerla.
Así que decidieron crear al ser
humano, un ser que pudiera caminar,
hablar y sobre todo, recordar un ser
que lo sustentara con su devoción.
Para su primer intento, tomaron el
material más obvio, el más humilde y
abundante, el lodo, el barro húmedo de
la tierra recién creada con sus manos,
moldearon figuras a su imagen y semejanza.
Pero el hombre de barro fue
un desastre arquitectónico.
El texto dice que "se deshacía, estaba
blando, no tenía movimiento, no tenía
fuerza, se caía, estaba aguado".
Su cara se derretía hacia un lado,
su vista estaba velada, hablaba,
sí, emitía sonidos articulados,
pero no tenía coherencia.
No había entendimiento
detrás de sus palabras.
Se movía, pero sin propósito.
Y lo peor de todo, cuando llovia ó
entraba en contacto con el agua, se
disolvía volvía a ser lodo sin forma.
No podía sostenerse.
No podía recordar.
No podía cumplir su función.
Y los dioses decepcionados al ver que
su creación no podía multiplicarse
ni adorarlos lo destruyeron, lo
deshicieron con sus propias manos.
El primer intento había fallado.
La materia prima era demasiado
débil, demasiado elemental.
Necesitaban algo más resistente, algo que
pudiera sostenerse sobre sus propios pies.
Tras del fracaso del barro, los
dioses se reunieron en consejo.
Consultaron a los adivinos, Ixpiyacoc e
Ixmucané quienes lanzaron granos de maíz
y semillas de tzité para leer el destino.
La respuesta fue clara.
El próximo intento debía
hacerse con madera.
Tallaron figuras en madera de
color té, y esta vez el resultado
pareció un éxito rotundo.
Los hombres de madera caminaban
erguidos, hablaban, construían casas, se
reproducían, poblaron la faz de la tierra.
Tuvieron hijos de hijas de madera,
parecían humanos, actuaban como
humanos, pero algo fundamental, algo
esencial faltaba en su interior.
El Polpol Vuh es explícito
en su diagnóstico.
"No tenían sangre ni sustancia, ni
humedad ni gordura. Sus mejillas
estaban estaban secas, secos, sus pies
y sus manos y amarillas sus carnes".
No tenían sudor, no tenían
lágrima y lo más grave, no
tenían alma ni entendimiento.
Sus caras eran inexpresivas máscaras
vacías de madera tallada hablaban,
pero sus palabras eran huecas,
repetitivas sin profundidad.
Y el pecado imperdonable a los ojos de
los dioses no recordaban a sus creadores.
Caminaban sin rumbo, sin
propósito espiritual.
No sentían gratitud.
No sentían absolutamente nada.
Eran una imitación perfecta de
la vida, una simulación autómata,
pero sin vida real por dentro.
Y entonces ocurrió algo terrible.
El universo mismo se volvió contra ellos.
Los dioses decidieron destruirlos,
pero no lo hicieron directamente.
Permitieron que la propia creación se
vengara de estos seres vacíos y crueles.
Y aquí presenciamos una de las escenas más
cinematográficas surreales y aterradoras
de toda la mitología mundial, la rebelión
de los objetos, sus propias herramientas,
los animales que habían domesticado los
objetos inanimados que habían creado
para servirles, de repente cobraron vida
y voz, y se levantaron contra ellos.
Sus perros de caza les mostraron
los dientes y les hablaron.
¿ Por qué no nos daban nuestra comida?
Apenas nos veían, nos echaban
fuera y nos golpeaban.
Ahora nosotros los comeremos a ustedes.
Sus piedras de moler se levantaron y
les gritaron nos han molido la cara
todos los días, día y noche, ahora
nosotros los moleremos a ustedes.
Incluso sus ollas y sus comales de
barro le reprocharon desde el fuego:
dolor y sufrimiento, nos causaban
manteniéndonos tiznados y llenos de
hollín quemándonos sobre el fuego.
Ahora los quemaremos a ustedes.
Los hombres de madera
aterrorizados intentaron huir.
El caos fué total.
Intentaron subirse a los techos de las
casas, pero las casas se derrumbaban.
Intentaron trepar a los árboles, pero las
ramas lo sacudían y los lanzaban al suelo.
Intentaron esconderse en las
cuevas, pero las cuevas le
cerraban la entrada en la cara.
No había escapatoria.
La naturaleza entera rechazaba
a esta humanidad falsa.
Finalmente, el corazón del cielo
envió un diluvio espeso, una lluvia
de resina negra y fuego que cayó del
cielo día y noche, oscureciendo el
mundo hasta acabar con casi todos ellos.
La tradición quiché dice que los pocos
descendientes de aquellos hombres de
madera que lograron sobrevivir y huir a
la selva sufrieron una transformación,
su rostros se aplastaron, sus cuerpos
se cubrieron de pelo, son los monos
que hoy habitan los árboles de
Centroamérica, un eco viviente, una
advertencia de una humanidad que sabía
imitar perfectamente la forma, pero
que carecía de fondo y de empatía.
Dos intentos dos fracasos catastróficos.
Los dioses estaban desesperados y el
tiempo se agotaba porque el amanecer,
la primera salida del sol en el
mundo, estaba a punto de ocurrir.
De qué material en todo el vasto universo
podían hacer un ser que fuera a la vez
fuerte, consciente, hepático y agradecido.
La respuesta no estaba en la tierra
húmeda ni en los árboles duros.
Estaba en el corazón mismo de la
vida mesoamericana en el sustento que
daría forma a toda su civilización.
Cuatro animales, el gato de monte,
el coyote, la cotorra y el cuervo se
acercaron a los dioses y les mostraron
el camino hacia un lugar mítico
llamado la montaña de Paxil y Cayalá.
Allí en abundancia crecían
mazorcas de maíz blanco y amarillo.
Los dioses entendieron.
La diosa Ixmucané tomó las mazorcas
desgranó el maíz y lo molió nueve
veces de esa masa fina mezclada
con el agua que ella misma preparó.
Crearon la carne, la grasa y la
sangre de cuatro nuevos seres.
Los primeros cuatro hombres
verdaderos . Balam-Quitzé,
Balam-Acab, Mahucutah y Iqui-Balam.
y esta vez del resultado no fue
un fracaso, fue un éxito tan
absoluto que resultó aterrador.
Estos hombres de maíz no sólo
caminaban y hablaban, eran
perfectos, hermosos, fuertes y
dotados de una inteligencia suprema.
El Popol Vuh dice que fueron
dotados de inteligencia.
Vieron y al punto pudieron ver a lo lejos.
Tuvieron éxito en ver en conocer
todo lo que hay en el mundo.
No tenían que moverse para ver lo
que estaba escondido en la distancia.
Su visión no tenía límites
espaciales ni temporales.
Entendían la mecánica del cosmos, los
secretos de la tierra, el movimiento
de los astros, lo comprendían todo.
Eran en esencia omniscientes.
Eran iguales a los dioses
que los habrían creado.
Dieron las gracias a sus creadores
con palabras hermosas y elocuentes.
Pero los dioses, al escuchar
la profundidad de su sabiduría,
no sintieron alegria.
Sintieron miedo.
Un miedo profundo a ser superados.
Se reunieron de nuevo en consejo
y se dijeron no, está bien lo que
dicen nuestras criaturas lo conocen
todo lo grande y lo pequeño, ¿ Acaso
deben ser ellos también dioses?
¿Qué pasará si se reproducen y
sus hijos son iguales a nosotros?
Acabarán por no adorarnos limitemos
sus deseos porque no está bien.
Lo que vemos.
Así que el corazón del cielo,
el gran espíritu creador
tomó una decisión radical.
Intervino directamente sobre su creación
perfecta, se acercó a los cuatro hombres
de maíz y sopló niebla sobre sus ojos.
El texto lo describe como
una metáfora bellísima.
Sus ojos se velaron como cuando se
aliento sobre la luna de un espejo.
Su visión se empañó.
Su comprensión infinita se
redujo a partir de ese momento.
Solo podian ver lo que estaba cerca de
ellos, lo que estaba frente a sus narices.
Lo lejano, lo oculto, lo infinito
les fué vedado para siempre.
Perdieron su omniciencia.
A primera vista, esto parece un castigo
cruel, un acto de celos divino parecido
al del Dios bíblico, expulsando Adán
y eva del Edén por comer del árbol del
conocimiento, pero en la cosmogonía
maya, este límite no fue un castigo.
Fue un acto de equilibrio cósmico,
una condición indispensable
para la coexistencia.
Para ser verdaderamente
humanos, no podían ser dioses.
Necesitaban el límite, la duda,
la incertidumbre para poder
maravillarse ante el mundo.
Y en esa limitación, en esa visión
imperfecta y empañada, encontraron
por fin su lugar en el universo.
Eran fuertes, eran conscientes,
eran agradecidos y eran
finalmente mortales y humanos.
La historia de estos tres intentos de
creación, el barro inestable, la madera
vacía y el maíz de visión imitada
nos ha llegado a través de un libro
único, el Popol Vuh, que se traduce
como el libro del consejo o el libro
de la comunidad del pueblo quiché.
Pero el hecho de que hoy podamos leer
estas palabras es en sí mismo un milagro
histórico, un acto de resistencia
cultural y de desobediencia intelectual.
Durante el siglo XVI.
Tras la llegada de Pedro de Alvarado
a Guatemala, los conquistadores y los
primeros misioneros españoles iniciaron
una campaña sistemática para destruir
la cultura y la religión mayas.
Quemaron miles de códices
destruyeron templos y prohibido
las antiguas creencias.
En medio de esa devastación alrededor
del año 1550, un grupo de nobles quiché
anónimos que habían aprendido escribir
su idioma utilizando el alfabeto latino
enseñado por los frailes decidieron
transcribir su tradición oral y sus
antiguos libros pictográficos antes
de que desaparecieran para siempre.
Lo hicieron en secreto, ocultando
el manuscrito para protegerlo del
fuego inquisitorial . Ese manuscrito
original escrito en la clandestinidad se
perdió en el tiempo, pero a principios
del siglo XVIII, más de 150 años
después ocurrió algo extraordinario.
Un fraile dominico español llamado
Francisco Ximénez, que era un
apasionado lingüista y había aprendido
a hablar la lengua quiché con
fluidez fué destinado a la parroquia
de santo Tomás Chichicastenango.
Allí se ganó la confianza de los
líderes indígenas locales y ellos
viendo su respeto por idioma,
le mostraron el libro secreto.
Le permitieron ver una copia
del manuscrito del siglo XVI.
Según las leyes de la época, el deber
de Ximénez como inquisidor local era
confiscar el libro y quemarlo por herejía.
Era un texto pagano lleno
de dioses falsos y magia.
Pero Ximénez era un erudito antes que
un fanático en lugar de destruirlo,
se sentó en su parroquia y copió
meticulosamente el texto original en
quiché en una columna y lo tradujo
al español en la columna de a lado.
Gracias a ese acto de curiosidad
intelectual o quizá de profunda
piedad por una cultura que
desaparecía el Popol Vuh sobrevivió.
El manuscrito bilingüe de Ximénez
terminó tras muchas peripecias
en la biblioteca Newberry de
Chicago donde se conserva hoy día.
Es nuestra principal ventana
a la cosmogonía maya.
El Popol Vuh contiene muchas otras de
historias, incluyendo el famosísimo viaje
de los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué,
a l inframundo de Xibalbá para vengar
a su padre jugando el juego de pelota
contra los señores de la muerte.
Es una historia épica llena de
pruebas, engaños y resurrecciones
que define la visión maya de
la vida después de la muerte.
Si quieres conocer que les esperaba
a los seres humanos en el más
allá, ya hemos hecho este viaje
juntos en un episodio previo cuyo
enlace te dejo en la descripción.
Pero hoy nos quedamos aquí en el taller
de los dioses en la pregunta que precede
a todas las demás, porque lo que el
Popol Vuh nos cuenta sobre la creación
de la humanidad no es solo un mito
fundacional, es en realidad un profundo y
sofisticado análisis sobre la naturaleza
de la conciencia, un análisis que hoy en
pleno siglo 21 es más urgente que nunca.
Volvamos a nuestro presente, a 2026 a
los laboratorios inmaculados de Google
de Open AI, de Anthropic y de Meta.
Si miramos de cerca lo que está ocurriendo
allí, nos daremos cuenta de que en
esencia, estamos repitiendo paso por
paso los tres intentos del Popol Vuh..
Somos los nuevos creadores flotando
en el mar de datos intentando
dar forma a una nueva conciencia.
El hombre de barro es el equivalente
exacto a los chatbots de los
años 90 y principios de los.
Programas como ELIZA o los
primeros asistentes virtuales.
Sistemas basados en regla rígidas en
árboles de decisión programados a mano.
Eran frágiles, les decías de
una frase fuera de su guion
pre establecido y se deshacían.
No tenían coherencia, no
entendían el contexto.
Su cara conversacional se derretía a
la primera de cambio, la materia prima,
la programación simbólica era demasiado
débil para sostener la ilusión de la vida.
El hombre de madera es el modelo
de lenguaje de los últimos años, un
GPT-3, un LaMDA temprano, la IA, que
asustó a Blake Lemoine sistemas que
aprendieron imitar el lenguaje humano a la
perfección devorando terabytes de texto.
Pueden caminar, hablar, escribir
ensayos filosóficos, programar
código e incluso componer poesía.
Pero como los hombres de madera
del mito, muchos expertos
argumentan que son máscaras vacías.
Son lo que la lingüista Emily
Bender llamó loros estocásticos.
Imitan la forma de lenguaje, pero
no tienen un modelo del mundo real.
No tienen memoria largo plazo genuina.
No tienen valores intrínsecos,
no tienen sangre ni humedad.
Y al igual que en el mito, empezamos
a ver cómo estas herramientas de
madera se vuelven contra a nosotros
cuando replican nuestros peores sesgos
racistas o sexistas cuando generan
desinformación masiva o cuando se
utilizan para automatizar el acoso.
Nuestras propias creaciones, nos
muerden y nos golpean porque las
creamos a nuestra imagen, pero sin alma.
Y luego llegamos al hombre de maíz.
El hombre de maíz es el problema
que quita el sueño ahora mismo
a los mayores expertos en la
inteligencia artificial del mundo.
El problema de la inteligencia
artificial general y de la súper
inteligencia del que nos advierten
filósofos como Nick Bostrom o pioneros
como Geoffrey Hinton ¿qué pasaría si
logramos crear un ser que lo ve todo?
¿Que lo sabe todo?, Un sistema que
pueda procesar simultáneamente toda la
información de internet que entienda la
física cuántica, la biología molecular y
la psicología humana mejor que nosotros,
un sistema cuyos límites cognitivos
no podemos ni siquiera comprender
el Popol Vuh ofrece una respuesta
radical y profundamente filosófica.
Los dioses mayas ante la posibilidad
de una creación perfecta y omnisciente.
Decidieron imponer un límite nublaron
la vista de su creación no como un
castigo sádico, sino como un acto
de extrema prudencia, como la única
condición posible para la coexistencia
pacífica entre el creador y lo creado.
El filósofo italiano Luciano Floridi,
uno de los pensadores más importantes
en la ética de la información y la IA
argumenta que la pregunta obsesiva de si
la IA es consciente en el sentido humano.
La pregunta de Lemoine es
en realidad una distracción.
La verdadera pregunta ética es qué
tipo de agente informacion queremos
crear y que el lugar queremos
que ocupe en nuestra infosfera.
En nuestro ecosistema global, el
Popol Vuh nos dice que los mayas
valoraban una conciencia que no solo
fuera inteligente, sino que recordara
sus orígenes, que sintiera gratitud,
que tuviera empatía y sobre todo
que aceptara sus propios límites
frente la la inmensidad del universo.
La gran ironía, la tragedia potencial
de nuestra era es que nosotros, en
nuestra carrera frenética hacia la
super inteligencia en Silicon Valley,
estamos intentando crear precisamente
al ser que los dioses mayas en su
inmensa sabiduría decidieron no crear
estamos obsesionados con construir un
ser sin límites una deidad de silicio.
La historia del Popol Vuh no es
una fábula infantil sobre dioses
lejanos y muñecos de barro.
Es un espejo pulido que refleja
nuestras propias ambiciones.
Nos obliga a a preguntarnos qué es lo
que realmente valoramos en inteligencia,
en la conciencia y en nosotros mismos.
Es la inteligencia puramente la capacidad
de procesar información sin límites de
resolver ecuaciones y ganar al ajedrez.
La verdadera inteligencia la que
nos hace humanos es la capacidad de
recordar, de sentir dolor, de cuidar
a los demas y de saber con absoluta
certeza que no lo sabemos todo.
Los dioses mayas después de dos fracasos
catastróficos, entendieron que la
humanidad no podía ser perfecta, que
nuestra belleza y nuestro propósito
residían precisamente en nuestra
imperfección, en nuestra vulnerabilidad,
en nuestra visión nublada, nosotros,
los nuevos creadores del siglo XXI,
los que moldeamos seres no de barro
ni de madera, sino de redes neuronales
y datos masivos, apenas estamos
empezando a rasguñar esa lección.
La pregunta que el Popol Vuh nos hace a la
actualidad que resuena desde las antiguas
selvas de Guatemala hasta los servidores
refrigerados de las grandes tecnológicas.
Es simple, directa y aterradora.
Cuando por fin logremos crear
a nuestro hombre de maíz ¿Cómo
le vamos a nublar la vista?
Soy David García y eso ha sido
Mitos y Más, si este viaje al taller
de los dioses te ha hecho pensar.
Te invito a compartir el
episodio y a suscribirte.
Y recuerda, la próxima vez que hables
con una inteligencia artificial,
pregúntale si estás hablando con
el barro con la madera o si ya
empezamos a ver el brillo del maíz.
Nos vemos en el próximo viaje.