Exclusivas de La Gaceta
Cuando la médica inmunóloga Hebe Casado termina utilizando el gentilicio africano para ofender a los franceses es un botón de muestra de cómo el racismo se ha instalado en la vida de la sociedad. Cuando la doctora que ha recorrido los claustros universitarios para educarse lo hace público en una red social pone en tela de juicio la formación de los profesionales que está produciendo la Argentina. Cuando la Justicia o la misma política no hacen nada, lo que podría ser un llamado de atención personal se convierte en un alerta institucional. Pero cuando nos damos cuenta que la doctora Casado es una política que los mendocinos han elegido como vicegobernadora ya queda claro que hay un grave problema y además una herida democrática. Si, para peor, como ha ocurrido en esta semana que no volverá nunca más, ha terminado ofendiendo a una nación como la francesa, los argentinos todos estamos ante un problema internacional. Y si finalmente esta mujer no es capaz de pedir disculpas porque considera que no corresponde, la situación se vuelve más triste. Concluir que una política no pide disculpas cuando claramente ha ofendido a alguien y ese alguien lo expresa pone en duda su verdadera condición de persona pública que debería tener como responsabilidad propia de su tarea el respeto por el otro. Pero claro, en el mundo de hoy plantear semejante cuestión debe ser propio del periodismo de ensobrados y no del cumplimiento de un oficio que está llamado a subrayar acciones que pueden afectar a la convivencia democrática de una sociedad.Y, toda esta parrafada sin poner en debate que el racismo es un delito. El problema, entonces, ya no es únicamente el contenido de una expresión desafortunada. Es el lugar desde el cual fue pronunciada y la incapacidad para comprender que las instituciones hablan también a través de quienes las encarnan.El protocolo, escudo de la diplomacia, no es una cuestión de buenos modales; es un lenguaje político. Cuando desaparece, suele hacerlo porque antes se deterioró la idea de que el otro -adversario o no- merece respeto y, de que las instituciones están por encima de las personas.Cuando la vicegobernadora Casado fue interrogada por la prensa sobre sus dichos, ofreció respuestas sorprendentes. Por un lado, soslayó la importancia de su investidura y responsabilidad al decir que lo decía en una red social como una ciudadana común. Por el otro, destacó que se trataba de un lenguaje propio de la vida deportiva, de la cancha. Cuando un presidente, un gobernador, un legislador, un concejal o cualquier funcionario público rompe deliberadamente los códigos institucionales, ya no actúa como individuo: arrastra el prestigio de la institución que representa.A un toqueDurante mucho tiempo los principales actores de la vida pública trataron de aprovechar los momentos de atención de la sociedad para subirse a ellos y sacar réditos. Actualmente el vértigo de la virtualidad obliga a tomar decisiones en segundos sin analizar los riesgos. Casado abrió el camino y la vicepresidenta de la Nación lo siguió sin pensar. Victoria Villarruel, incapaz de poner quicio en algunas discusiones, se dedicó a maltratar ingleses sin preocuparse por su investidura ni por el rol que le dieron los argentinos. Villarruel entiende que le queda poco hilo en el carretel político al menos en esta gestión. Nunca pudo salir de la red en la que lograron envolverla el presidente Javier Gerardo Milei y su armada virtual.Todo esto dejó el Mundial de fútbol que hoy llega a su fin. Fue imposible para los actores gambetearlo. En los comienzos de esta competencia hicieron ingentes esfuerzos para tirar la pelota afuera mientras duraran los encuentros. Pero se convirtieron en “cooling break” porque la política no se fue a dormir. Quisieron aprovechar el mundial.Cada triunfo deportivo genera una instancia que la política busca desesperadamente: la legitimidad emocional. ¿Será por esto que muchos dirigentes se refugian en los clubes deportivos? La ambición los lleva a querer apropiarse de una emoción que le pertenece a toda la sociedad.El presidente Milei ha marcado en estos años en el poder dos conductas típicas. Por un lado, sabe que sus desplantes, agresiones y exabruptos son aplaudidos por un importante sector de la sociedad y le reditúan aplausos de la tribuna. Por el otro, también ha aprendido -y actúa en consecuencia- que a mayor cercanía con los comicios, menor enojo y nivel de improperios. Además, a sabiendas de que su diferenciación con el kirchnerismo también engrosa sus activos electorales, trató de mantenerse prescindente de todo lo que fuera mundial de fútbol. Incluso en un momento se acordó de los papelones del ex presidente Alberto Fernández durante la anterior competencia internacional y por lo tanto, prometió vaciar la Casa Rosada convirtiéndola en un estadio vacío para que juegue la Selección Nacional. Pero no aguantó. Las pulsaciones de los partidos lo traicionaron y cuando escuchó de boca del mismísimo Messi que la Argentina tiene problemas con la pobreza y con la desocupación, el Presidente salió a jugar. Perdió la oportunidad de quedarse callado. “Todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y sobre las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”, afirmó el autor de “El extranjero”, el premio Nobel argelino Albert Camus.La otra capitaníaEl partido contra Inglaterra, además de la alegría que desató en la vida argentina, ha puesto sobre la palestra un tema (la soberanía de Las Malvinas) que ningún Presidente supo manejar. Tal vez la salida más diplomática fue aquella del canciller Guido Di Tella que durante una parte del gobierno de Carlos Menem intentó una política de acercamiento a los habitantes de nuestras islas. Y, de nuevo, el fútbol y sus jugadores hicieron una jugada que dio que hablar. Aún en las disidencias internas que pudiera haber dentro del plantel argentino, se respetaron entre ellos y así principalmente Giovani Lo Celso sembró en el césped del Mercedes Benz-Stadium de Atlanta una bandera que sentenciaba “Las Malvinas son argentinas”. Lo Celso y sus adláteres tuvieron más fuerza que muchos reclamos diplomáticos. Terminó opinando el gobierno inglés y hasta el de Estados Unidos tuvo una reacción inesperada cuando dijo que había que respetar la libertad de expresión. Curiosa reacción de los Estados Unidos que en este tema nunca había avalado algo argentino. Otro récord más de Messi y compañía.El mundo de los últimos tiempos ha hecho que la política recurra al deporte para explicarlo. Al mismo tiempo el narcotráfico y sus artilugios ha recurrido a la política para ser, influir y conquistar a la ciudadanía que, al fin y al cabo, había aprendido a vivir con la política y el deporte en el mismo escenario.Gol en contraSin embargo, “éramos pocos y parió la abuela”: ahora se sumó un personaje más que el fútbol y sus estrellas no han podido evitar y se está convirtiendo en pandemia. El mercado encontró un negocio todavía más rentable: apropiarse de las emociones de millones de hinchas. Entre unos y otros apareció una víctima silenciosa. Ya no es solamente el deporte. Son miles de jóvenes que aprenden a mirar un partido no para disfrutarlo sino para apostar sobre él. Cuando una sociedad convierte cada gol en una oportunidad de negocio y cada emoción en una transacción, el problema deja de ser deportivo. Empieza a ser moral y político. Y, el problema es que en la Argentina ya duermen en la misma cama con el juego y con los narcos.Mañana cuando se baje el telón en los Estados Unidos, se reanudará la cotidianeidad de los argentinos que no está unida por las emociones que nos da el fútbol sino divorciada por las confrontaciones que generan las grietas.