Parteaguas Diario

En este episodio Jonathan habla de una señal inquietante: cuando el dinero se refugia en la plata y no en nuevas empresas, algo no está funcionando. 2025 fue un año plano para los negocios, con tres años consecutivos de debilidad en el petróleo, un comercio global frenado y una economía que opera más por cautela que por ambición. ¿Por qué pasa esto? ¿Qué tienen que ver los aranceles, la incertidumbre comercial y Donald Trump con un mundo que invierte menos y espera más? ¿Y por qué el “aburrimiento” económico suele ser la antesala de decisiones políticas?

What is Parteaguas Diario?

Yo soy Jonathan Ruiz Torre y durante este siglo he investigado sobre personajes disruptivos en Norteamérica. Me leyeron en Milenio, Reforma, El Financiero... y ahora en El Economista.

La plata sube, qué aburrido año

Para quien no está metido de lleno en la IA o en la energía eléctrica que la hace funcionar, este 2025 fue uno de los años más aburridos que he visto en materia de negocios. Para mí, eso resulta una confirmación de augurios y, en este momento, no puedo decir que 2026 será mucho mejor. Desafortunadamente.

Quienes hacen negocios buscan oportunidades, se arriesgan, invierten, trabajan y, si todo cuadra, levantan utilidades. Este no fue un año para quien se divierte con eso.

¿Quieren datos rápidos que revelan el aburrimiento?

La gente está invirtiendo… ¡en plata! Casi nadie le hacía caso. Durante años su precio casi no se movió y resulta que, súbitamente, en 2025 su precio se disparó 155 por ciento. Si guardan por ahí lo que pensaron que eran baratijas, revisen de nuevo el cajón. Aunque ayer bajó, la plata podría triplicar el precio que tuvo en 2024.

Está por arriba de los 70 dólares por onza, o bien, unos 30 gramos. Hace un año estaba en 28 dólares.

¿Por qué? Es cierto que hay una sólida demanda industrial de paneles solares, vehículos eléctricos, electrónica y componentes de inteligencia artificial. Pero esa demanda ya crecía desde 2022, cuando menos. Eso no es, a mi juicio, lo que eleva la demanda de plata.

Simplemente hay gente acumulándola. ¿La razón? Ya vamos a eso.

Va otra cifra que da muestras de aburrimiento. Cuidado, Pemex, Petrobras… o Argentina, que este año regresa precisamente al mercado petrolero global.

Este año, el precio del petróleo bajó casi 20 por ciento, a pesar de que el año pasado no subió y en 2023 ya había caído 10 por ciento. Vaya, completamos tres años de malas ventas.

Para quien piensa en el medio ambiente, la noticia puede resultar positiva. El desencanto por el petróleo puede anunciar un cambio estructural en el mercado global. Por ejemplo, por la llegada de coches eléctricos que golpean la demanda de gasolina.

Pero recuerden que el petróleo no solamente sirve para generar energía, sino para fabricar lo que muy probablemente están tocando ahora mismo.

Si no hay una sensación de que la gente va a comprar más cosas, el petróleo baja su precio, y eso es lo que ha ocurrido también en este 2025.

Insisto, el planeta puede agradecer una desaceleración en el consumo de toda la inmundicia que compramos los humanos. Pero los humanos no vamos a celebrar que haya menos empleos, menos trabajo, porque se venden menos productos.

Otra señal: la baja internacional en el valor del dólar.

Su demanda baja porque ahorrar en esa moneda deja cada vez menos intereses y su presidente, Donald Trump, espera que siga esa trayectoria: que la Reserva Federal siga bajando precisamente esos intereses.

Pero se trata de la moneda con la que más se comercia en el mundo. Que baje su valor frente a otras implica que necesitamos comerciar menos.

¿Y por qué está ocurriendo todo esto?

La respuesta es relativamente fácil: Donald Trump, precisamente. El mandatario cambió las reglas del comercio mundial en un solo año.

Antes de este 2025, la gente entendía las normas. Los líderes de comercios y fábricas sabían más o menos cuánto costarían las piezas, materiales y productos que necesitaban para producir otros productos: coches de Ford, digamos, o para saber a cuánto venderlos en el anaquel, en el caso de Walmart.

Hoy es difícil, o en algunos casos imposible, saberlo con seguridad, pues un día los estadounidenses pueden amanecer con un impuesto nuevo de importación. Esos que llaman aranceles o tarifas, dependiendo del caso.

Ahora hasta México impone aranceles a productos de China, y esa situación de barreras arancelarias se repite en varios países, complicando el cálculo de costos de cada producto, entre millones.

En Norteamérica, los dueños de fábricas piden presupuestos, pero cuando es posible están postergando compras para el verano de 2026, cuando debe concluir la nueva negociación del tratado de libre comercio de Norteamérica. Solo hasta entonces podrá haber un poco más de certidumbre acerca de las reglas de los impuestos que aplicarán para cada pieza en el mundo.

Eso podrá liberar ciertas inversiones, en nuevas fábricas, por ejemplo, que pueden generar nuevos empleos para gente que podrá comprar más cosas y llenar el Walmart y el resto de las tiendas.

Mi pronóstico es que eso sí sucederá. El presidente Trump estará cada vez más tentado a hacer sentir a la gente que la economía está creciendo, pues Estados Unidos tendrá elecciones de legisladores al final de 2026 y Trump debe mejorar la alicaída imagen de su partido si quiere votos para tener senadores y diputados de su partido, el Republicano.

De lo contrario, la aburrida situación del comercio mundial y la de su propio país seguirá deprimiendo a su población y reflejando ese sentimiento en las votaciones.