Exclusivas de La Gaceta
¿Está el fútbol listo para aceptar la igualdad de género? La secuencia ocurrió en el Gigante de Arroyito, la cancha de Rosario Central, pero podría haber sido en cualquier estadio de la Argentina. Durante el encuentro entre Rosario Central y Banfield por la fecha 11 del torneo Apertura 2026, disputado el pasado sábado por la noche, la escena obligó a detener el partido durante algunos minutos. Desde una de las tribunas, un grupo de hinchas locales arrojó al campo muñecas inflables vestidas con camisetas de Newell’s Old Boys. Antes de tirarlas, varios simulaban actos sexuales con ellas, como si estuvieran violando simbólicamente al rival. También lanzaron bebotes de plástico. Mientras el personal de seguridad intentaba retirar los objetos, desde la tribuna volvían a arrojarlos, en una repetición que transformó la provocación en algo más difícil de justificar.La intención era “cargar” al rival después del último clásico. Pero la escena expone algo más profundo: para representar esa supuesta superioridad se recurre a una imagen femenina convertida en objeto sexual, en territorio de dominio. Se utiliza lo femenino para ilustrar sometimiento.¿De qué se ríen cuando se ríen así? La cultura del fútbol —esa que muchas veces se reivindica como pasión popular, identidad, pertenencia— también es un territorio donde ciertas violencias siguen naturalizadas. No siempre son golpes. A veces son gestos o cantos. Pero el mensaje es claro: el cuerpo de las mujeres (o de lo que se percibe como femenino) sigue siendo un objeto sobre el cual se puede hacer cualquier cosa.Hace apenas unos meses, en un episodio que también circuló por todos lados, hinchas de la U de Chile fueron atacados por la hinchada de Independiente: los desnudaron, los manosearon, los expusieron en público. La humillación fue sexual. Y, sin embargo, el foco volvió a estar en la pelea entre barras, en la violencia “de siempre”, en el folklore. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer el abuso en estos contextos? ¿En qué momento decidimos que, dentro de una cancha, ciertas cosas dejan de ser lo que son?Quizás porque el fútbol tiene sus propias reglas no escritas sobre qué importa y qué no. La filósofa Judith Butler plantea que no todos los cuerpos son valorados de la misma manera: hay algunos que merecen cuidado y respeto, y otros que pueden ser expuestos, ridiculizados o dañados sin que eso genere el mismo rechazo social. En el fútbol, esa lógica se repite. Hay cuerpos que importan menos. Y cuando eso pasa, la violencia encuentra un terreno fértil.La pregunta, entonces, no es solo qué pasó en Rosario. La pregunta es por qué sigue pasando.Porque mientras en una tribuna se escenifica una violación como chiste, en otro punto del mapa el acceso de las mujeres al fútbol todavía es una batalla literal. En Irán, durante años, las mujeres tuvieron prohibido ingresar a los estadios. En 2019, Sahar Khodayari —conocida como “Blue Girl” por los colores de su equipo— fue detenida por intentar entrar a un partido disfrazada de hombre. Cuando supo que podía enfrentar una condena de prisión, se prendió fuego frente a un tribunal en Teherán. Murió días después. Tenía 29 años.¿Qué tan lejos estamos de esa historia?Podría parecer un extremo, una excepción cultural, algo ajeno. Pero ¿lo es realmente cuando, en otros contextos, el fútbol también expulsa, ridiculiza o violenta a quienes no encajan en su modelo dominante? ¿Qué diferencia hay entre prohibir el ingreso de una mujer a un estadio y construir un entorno donde su presencia es hostil o humillante?Mientras tanto, la FIFA anuncia el primer Mundial de Clubes femenino para 2028 y proyecta como posible sede a Qatar. El mismo país que fue cuestionado por sus políticas en materia de derechos de las mujeres y de las personas LGBTQ+. La contradicción es incómoda: celebrar el crecimiento del fútbol femenino en territorios donde las mujeres no tienen garantizados derechos básicos.¿Es progreso o es maquillaje?La antropóloga Rita Segato sostiene que muchas violencias no son actos individuales, sino mensajes. Escenificaciones que buscan reafirmar jerarquías. En ese sentido, lo que ocurrió en la cancha no fue solo una broma de mal gusto: fue una puesta en escena de poder. Una forma de decir quién puede ser sujeto y quién puede ser objeto.Tal vez el problema no sea que el fútbol no esté listo para la igualdad de género, sino que durante décadas se construyó en torno a él un tipo de masculinidad que necesita de la humillación del otro para afirmarse. Una masculinidad que se celebra en la tribuna, que se reproduce en los cantos, que se legitima en nombre de la pasión. Y que, muchas veces, encuentra en lo femenino —real o simbólico— su blanco preferido.Y entonces la pregunta vuelve, incómoda, necesaria: ¿Queremos que el fútbol cambie o preferimos seguir riéndonos?