Un viaje alrededor de los mitos, leyendas y folclore de todo el mundo. Descubre las verdaderas historias que se esconden tras los cuentos que creías conocer. Desde los dioses de la mitología griega y nórdica, hasta los héroes olvidados de la mitología africana y las criaturas de pesadilla del folclore mundial, desenterramos sus orígenes y desciframos su profundo simbolismo.
Conducido por el Dr. David García, este podcast es un puente narrativo entre el pasado y el presente. Exploramos la mitología comparada y cruzamos fronteras para entender cómo la historia, la psicología, la filosofía y la cultura pop moderna se entrelazan con las antiguas creencias.
¿Qué tiene que ver el Viaje del Héroe con tus películas favoritas? ¿Qué lecciones ocultan los cuentos de hadas originales? Únete a nosotros y descubre por qué, miles de años después, seguimos necesitando estas historias para entender el mundo de hoy.
En la China antigua, morirse
era el principio de un trámite.
A los siete días comparecías ante un juez.
A los catorce, ante otro,
y así una vez por semana,
y luego a los cien días, al año,
y a los tres años, hasta
pasar por diez tribunales,
cada uno con su mesa, sus escribanos
y tu expediente abierto encima.
Al final del último pasillo te esperaba
una anciana con un cuenco de caldo.
Te lo bebías, se te olvidaba
todo lo que habías sido,
y volvías a nacer.
A eso lo solemos llamar el infierno chino,
y casi todo el mundo se lo
imagina como el cristiano,
con otros demonios y otras llamas,
y una puerta que ya no se vuelve a abrir.
Pero en China, para casi
todos los condenados,
la pena tenía fecha de cumplimiento.
El infierno chino era un
tribunal que llevaba papeles,
y de él se salía.
Hoy te cuento entera la historia del Diyu,
que así se llama, de principio a fin:
de dónde salió, cómo te venían a buscar,
qué se juzgaba en cada
sala y por dónde se salía.
Por el camino te vas a cruzar con un mono
que tachó su nombre del registro de los
muertos, con un emperador al que le
alargaron la vida con dos rayas de tinta,
con una mujer a la que
se llevaron por error,
y con un monje que bajó a buscar a su
madre preguntando de prisión en prisión,
como quien va de ventanilla en ventanilla.
Un apunte antes de empezar.
Del infierno chino no hay un solo libro,
como hay una Divina Comedia.
Hay ideas chinas muy antiguas,
un sutra budista de hace unos 1.100 años,
un libro de moral del siglo XIX que fijó
la imagen que hoy tiene casi todo el mundo,
y muchos cuentos que se tomaron
el más allá bastante a broma.
No siempre coinciden en
los nombres ni en el orden,
y cuando no coincidan te lo diré.
Antes de que existiera el infierno,
hace unos 2.700 años, un duque
chino se enfadó tanto con su madre,
que había apoyado a su hermano
pequeño en una rebelión contra él,
que la desterró y le juró que no volverían
a verse hasta las Fuentes Amarillas.
Las Fuentes Amarillas eran el
agua que hay debajo de la tierra,
el sitio adonde bajan los muertos,
así que el juramento quería
decir que no se verían en vida.
Al cabo de un tiempo
el duque se arrepintió,
pero un juramento es un juramento.
Un consejero le dio la salida:
cava hasta llegar al agua,
os veis en el túnel,
y nadie podrá decir que
has faltado a tu palabra.
Así se reencontraron, madre e hijo,
debajo de la tierra.
Empiezo por aquí porque no va a ser la
última madre que se encuentra con su hijo
bajo tierra.
Más tarde, en tiempos de la dinastía Han,
se decía que el alma de los
muertos volvía al monte Tai,
una montaña sagrada del este,
y que allí la gobernaba un magistrado,
el Señor del Monte Tai, que sabía cuántos
años de vida le tocaban a cada persona.
O sea, que antes de que hubiera castigos
ya había alguien llevando la cuenta.
Cuando llegaron de la India los monjes
budistas hablando de unos infiernos donde se
pagaban las malas acciones, los traductores
no se inventaron ninguna palabra.
Los llamaron el infierno del monte Tai.
Con los siglos se impuso otro nombre,
Diyu, que quiere decir
la prisión de la tierra.
Vamos con lo que te pasaba al morir.
Lo primero es que te venían a buscar.
En los templos se pintan unos mensajeros
con cabeza de buey y cara de caballo que te
llevan encadenado, y otros dos
que hoy son los más conocidos,
los mensajeros de la Impermanencia,
uno vestido de blanco y otro de negro,
con unos sombreros altísimos.
El escritor Lu Xun contaba que en su tierra
el blanco llevaba escrito en el sombrero
al verme, buena suerte, aunque en
algunas estampas ponía otra cosa:
tú también has venido.
Los mensajeros traían
una orden con tu nombre,
y ahí empezaban los problemas, porque en
China hay muchísima gente que se llama
igual.
Un cuento de la dinastía
Tang habla de una mujer,
la señora Liang, que
estuvo siete días muerta.
Un escribano trajo su
expediente y vio el error:
se llamaba igual que la mujer
a la que había que llevarse.
El funcionario mandó soltarla,
pero el escribano propuso otra cosa:
ya que está aquí, que cumpla
lo suyo y luego se vaya.
En toda su vida solo había pecado
de chismosa y de malhablada,
así que durante siete días uno le sacaba
la lengua y otro se la cortaba con un
hacha.
Volvió a la vida con la lengua
hinchada y llena de llagas.
Pero la citación más famosa
de todas es la de un mono.
En la novela Viaje al Oeste,
de finales del siglo XVI,
dos mensajeros le echan
el lazo al Rey Mono,
Sun Wukong, mientras duerme la borrachera.
Él se despierta, los muele a palos,
entra en la sala de los diez reyes
del infierno y se sienta en su sitio.
Los reyes, de pie, le explican con mucha
educación que bajo el cielo hay mucha gente
con el mismo nombre y que a lo mejor
los mensajeros se han confundido.
Él les contesta con un refrán de oficina:
se equivoca el funcionario,
se equivoca el escribano,
pero el que viene a buscarte
no se equivoca nunca.
Entonces pide ver el registro.
Le traen los libros,
ordenados por especies,
y buscan la de los monos.
En la serie Alma, número 1.350,
está su ficha:
mono de piedra nacido del cielo,
vida asignada de 342 años, muerte natural.
Pide el pincel, lo carga bien
de tinta y tacha su nombre.
Ya puesto, tacha también el de todos
los monos que aparecen en el libro.
Lo cierra y dice:
cuenta saldada, ya no estoy
bajo vuestra autoridad.
A mí lo que más me gusta es lo que hacen
después los diez reyes del infierno.
No le persiguen.
Redactan una queja por
escrito a la superioridad.
La novela añade que desde entonces hay
monos en las montañas que no envejecen,
porque en el más allá
ya no les queda nombre.
Ahora, el calendario.
El sutra de los Diez Reyes, que se
escribió en China hace más de mil años,
lo fija al día.
El muerto comparece ante el
primer rey a los siete días,
ante el segundo a los catorce,
y así cada semana hasta el séptimo,
a los 49.
El octavo le recibe a los cien días,
el noveno al año y el
décimo a los tres años.
Son las fechas en las que la familia
tenía que hacer ofrendas por el muerto,
y el sutra avisa de que,
si se saltaban una,
el difunto se quedaba
retenido delante de un rey,
sufriendo, y perdía un año
entero antes de poder renacer.
Para comprobarlo, los
reyes mandaban inspectores:
jinetes vestidos de negro, en caballos
negros y con estandartes negros,
que iban a casa del difunto
a ver si la familia cumplía.
El expediente avanzaba o se atascaba
según lo que hicieran los vivos.
Vamos con las salas tal como las
cuenta el libro del siglo XIX,
que es el que pintaban los templos.
En el primer tribunal está el espejo.
Cuelga de una terraza, mirando al este,
y mide diez brazadas de ancho.
Encima tiene un rótulo de
siete caracteres que dice:
ante la Terraza del
Espejo no hay nadie bueno.
Te ponen delante y ves lo que hiciste.
Más abajo, otra inscripción:
10.000 onzas de oro no
te las puedes traer,
y de toda una vida solo te
acompaña lo que hiciste mal.
A partir de ahí, la lista de delitos
se parece mucho a un código penal,
y es lo que más me sorprendió al leerla,
porque no están solo
los pecados de siempre.
En el segundo tribunal se juzga a los
que secuestran niños y a los médicos que
cobran sin saber curar.
En el tercero, a los que falsifican firmas
y sellos y retocan los libros de cuentas.
En el cuarto, a los
que no pagan impuestos,
a los que trucan la balanza y a
los que venden el arroz aguado.
En el sexto, a quien acapara
arroz para que suba el precio,
y también, por algún motivo,
a quien orina mirando al norte.
En el séptimo, a los calumniadores.
En el octavo, a los malos hijos.
El quinto lo preside Yama, el rey de los
muertos que el budismo trajo de la India y
el más famoso de los diez.
Lo curioso es lo que cuenta
de sí mismo en ese libro.
Dice que antes presidía
el primer tribunal,
pero que le daban pena los que morían
injustamente y que los dejaba volver una y
otra vez al mundo de los vivos
para que se reparase el agravio.
Por eso le trasladaron, degradado,
al quinto.
El rey del infierno perdió
el puesto por compasivo.
Junto a su sala hay una torre,
la Terraza de Mirar la Tierra Natal,
con 63 escalones hechos de cuchillos.
Los buenos no suben.
Suben los malos, y desde
arriba ven y oyen a su familia.
Uno se imagina que lo que
ven es a los suyos llorando,
y lo que ven es la herencia:
que no se cumple el testamento,
que la viuda ya piensa
en casarse otra vez,
que el reparto sale desigual.
El libro lo resume con una frase
que a mí me parece de las mejores:
lo que el muerto debía a los vivos
se cobra hasta el último céntimo,
y lo que los vivos le debían al
muerto se pierde por falta de pruebas.
Debajo de cada tribunal
están las prisiones.
Montañas de cuchillos,
calderos de aceite hirviendo,
molinos que trituran,
camas de hierro al rojo.
Hay un detalle que lo empeora todo:
cuando el condenado pasa de
una prisión a la siguiente,
recupera el cuerpo entero,
como recién muerto,
para poder sufrir otra
vez desde el principio.
Aquí conviene deshacer una
cifra que se repite mucho,
la de los dieciocho
niveles del infierno chino.
El propio libro del
siglo XIX lo desmiente:
todo el mundo dice que
hay dieciocho niveles,
y no es así.
Según sus cuentas, entre grandes
y pequeñas hay 138 prisiones.
El dieciocho tampoco eran pisos.
Venía de un sutra antiguo que hablaba de
ocho infiernos de fuego y diez de frío,
unos junto a otros.
Ahora, la diferencia de verdad
con el infierno cristiano.
En ese libro, sala tras sala,
se repite la misma fórmula:
cumplida la pena, se le
traslada al tribunal siguiente.
Es lenguaje de cárcel, y las
cárceles tienen fecha de salida.
Al final del recorrido el
alma no se queda allí abajo.
Vuelve a nacer.
Tampoco hay que pintarlo amable.
Algunas penas se medían en
eras enteras del universo,
y el libro tiene condenas
que llama para siempre:
los hijos que no respetaron a sus padres,
por ejemplo, renacen como
animales para siempre.
Pero son la excepción.
Si hay que compararlo con algo cristiano,
el Diyu se parece mucho más al purgatorio,
una pena que se cumple y en la que la
familia puede echar una mano desde fuera.
La gran diferencia es la salida,
que en China lleva a otra vida,
a veces de animal.
Si todo depende de un expediente,
alguien tenía que preguntarse qué
pasa cuando el expediente se toca.
La misma novela del mono lo
cuenta con un emperador de verdad,
Taizong, de la dinastía Tang.
El emperador se está muriendo, y su
ministro le mete en la manga una carta de
recomendación para un antiguo colega que
ahora trabaja en el más allá como juez del
registro de la vida y la muerte.
La carta pide, sin rodeos, que por su vieja
amistad le haga el favor y deje volver a
Su Majestad.
Allí abajo, el juez abre el libro de las
vidas de todos los reyes de la tierra y lee
lo que pone:
el emperador debía morir en
el año trece de su reinado,
que es justo en el que están.
El juez se sobresalta,
coge deprisa un pincel gordo,
lo carga de tinta, y al
carácter que significa uno,
que en chino es una sola raya,
le añade dos rayas más.
Ahora pone tres.
El trece se ha convertido
en treinta y tres.
Yama mira el libro y le dice al
emperador que esté tranquilo,
que todavía le quedan veinte años.
A la salida le cortan el paso las
almas de los muertos en sus guerras,
y el juez le explica que hay que pagarles.
El emperador no lleva nada, claro,
pero hay un hombre vivo que tiene trece
almacenes de oro y plata depositados en el
más allá, así que el
emperador firma un préstamo,
el juez hace de avalista, y paga.
Lo único que le piden los diez reyes
a cambio de todo esto es fruta.
Calabazas, que allí abajo no tienen.
Vamos ya con la salida,
que es la parte más conocida.
Cumplidas las penas, el alma
llega a la última ventanilla,
la de una anciana a la
que llaman la abuela Meng,
Meng Po.
El libro del siglo XIX
le da hasta biografía:
una mujer que llegó soltera a los 81 años
sin pensar en el pasado ni en el futuro,
y que de sí misma solo sabía
que se apellidaba Meng.
Como había almas que renacían acordándose
de todo y se iban de la lengua con los
secretos del más allá, el Cielo la nombró
diosa y le encargó que lo arreglara.
El pasillo de salida de su terraza es
tan estrecho que solo cabe una persona.
Allí te sirven un caldo hecho con
hierbas del mundo de los vivos,
que parece vino y no lo es,
con cinco sabores a la vez:
dulce, amargo, picante, ácido y salado.
Da igual que bebas mucho o poco.
Si eres de los listos y te niegas,
del suelo salen unas cuchillas en
forma de gancho que te traban los pies,
y desde arriba te clavan un tubo de bronce
en la garganta y te lo hacen tragar.
Después se cruza un puente de bambú atado
con cuerda sobre un torrente de agua roja.
En la otra orilla hay un letrero:
nacer hombre es fácil,
ser persona es difícil,
y volver a nacer hombre
quizá lo sea todavía más.
Meng Po, por cierto, es bastante moderna.
El río de los muertos, el Naihe,
ya está en los textos de hace mil años,
pero ella no aparece en ninguno.
Una de sus primeras apariciones seguras
es en una novela de hace unos 400 años,
y allí su caldo hace justo lo contrario:
no hace olvidar, hace confesar.
La protagonista se lo bebe y, sin
necesidad de tenazas ni de torturas,
cuenta toda su vida, mientras
la abuela Meng levanta acta.
Como toda ventanilla, esta
también tenía quien se la saltara.
En un libro de cuentos de
fantasmas del siglo XVII,
un letrado que recordaba sus
vidas pasadas explica por qué:
cuando el rey del infierno le ofreció té,
vio que su taza estaba turbia como el vino
de arroz y la del rey era transparente.
Sospechó.
Aprovechó que el rey
miraba hacia otro lado,
vació la taza por la esquina de la
mesa y fingió que se la había bebido.
Le tocó renacer como
caballo, luego como perro,
luego como serpiente, y por fin volvió
a ser hombre acordándose de todo.
Desde entonces aconsejaba poner siempre
una manta gruesa debajo de la silla de
montar.
Lo último es el décimo tribunal,
el que decide la vida siguiente.
Allí se anota, nombre por nombre,
en qué parte del mundo vas a nacer,
si hombre o mujer, cuántos años
vivirás y si en casa rica o pobre.
La oficina de las reencarnaciones
tiene 81 secciones,
cada una con sus escribanos tomando nota.
A esos escribanos, si pasan cinco
años sin cometer un solo error,
los ascienden.
Hasta aquí, el sistema.
Pero la historia del infierno
chino que más se ha contado,
la que se representaba en los teatros durante
días y la que todavía da sentido a una
fiesta, es la de un hijo que
bajó a buscar a su madre.
Se llamaba Mulian, y era uno
de los discípulos del Buda.
Su versión más completa está en un
manuscrito copiado hace más de 1.100 años.
Antes de hacerse monje se llamaba Luobu,
y era comerciante.
Un día se fue de viaje de negocios y le
dejó a su madre dinero para que diera
limosnas.
La madre, que era tacaña, se lo guardó,
y cuando él volvió le dijo que
había hecho todas las ofrendas.
Al morir fue a parar a la más
honda de todas las prisiones.
Mulian, que ya era monje y tenía poderes,
bajó a buscarla, y lo primero
que encontró fue la burocracia.
Va a ver a Yama, y Yama manda llamar
a los funcionarios del registro.
Uno de ellos contesta:
la señora Qingti lleva tres años muerta,
y su expediente de condena está en el
libro del comandante del monte Tai.
Fíjate en lo que eso significa.
Un santo budista, con poderes,
en un infierno budista,
y tiene que esperar a que alguien
consulte el archivo del viejo monte Tai,
el de los chinos de antes.
Yama ya le avisa de que esa
sentencia es difícil de mover,
porque la firma el pincel
del Cielo y de la Tierra.
Le mandan a otra oficina.
Por el camino cruza el río Naihe,
donde una multitud de
condenados se quita la ropa,
la cuelga de los árboles y llora,
queriendo cruzar y sin cruzar.
Un general consulta sus registros
y por fin encuentra el dato:
hace tres años, por oficio
de la prisión más profunda,
se reclamó a una tal señora Qingti.
Mulian empieza a ir de prisión
en prisión preguntando lo mismo:
¿está aquí la señora Qingti?
Es mi madre, vengo a buscarla.
En una le contestan que
allí solo hay hombres.
En la última, el carcelero
sube a una torre,
iza unos estandartes y
golpea un tambor de hierro,
compartimento por compartimento,
llamándola.
En el séptimo está ella, clavada a una
cama de hierro con 49 clavos largos,
y no se atreve a contestar.
Cuando le dicen que fuera hay
un monje que dice ser su hijo,
responde:
Yo no tengo ningún hijo monje.
¿No será un error?
Él le dice entonces cómo
le llamaban de pequeño,
Luobu, y ella le reconoce.
Por segunda vez en esta historia,
una madre y un hijo se
encuentran debajo de la tierra.
Le arrancan los 49 clavos
y la sacan encadenada,
y cuando abre la boca le salen llamas.
Salir de la prisión no la salva.
Se ha convertido en un
fantasma hambriento,
con una garganta tan estrecha
como el ojo de una aguja.
Mulian consigue un cuenco
de arroz y se lo lleva,
y aquí está el detalle que lo cuenta todo:
la madre, antes de comer, mira a un lado
y a otro por si alguien se lo quita,
tapa el cuenco con la mano izquierda
y hace bolitas con la derecha.
Antes de que el arroz le llegue a la boca,
se convierte en fuego.
Mulian va a ver al Buda, y el Buda le dice
que su madre solo podrá comer un día del
año, el quince del séptimo mes,
cuando los monjes terminan su retiro
y se les ofrece comida en cuencos.
Mulian, desesperado, pregunta si
no valdría el trece o el catorce.
El Buda le dice que no.
Ese día es el día en que
el rey Yama está contento,
y en el que todos los fantasmas
hambrientos comen hasta hartarse.
Ese día la madre come, y luego desaparece.
Ha vuelto a nacer, pero como perra negra,
en una ciudad de la India, y el Buda le
dice a Mulian cómo la va a reconocer:
una perra negra le morderá el
hábito y le hablará con voz humana.
Así pasa.
La madre le dice que prefiere ser perra y
comer inmundicias antes que volver a oír
siquiera el nombre del infierno.
Mulian reza por ella siete días.
Al séptimo, la madre se
quita la piel de perra,
la cuelga de un árbol, como la ropa
que dejaban los muertos junto al río,
y vuelve a ser mujer.
Para mí es la mejor imagen
de todo el infierno chino.
De esa historia sale el Festival
de los Fantasmas Hambrientos,
que se celebra ese mismo día desde hace
unos 1.500 años y que todavía hoy llena de
ofrendas las calles de
muchas ciudades de Asia.
Hace unos 900 años, los teatros de la
capital de la dinastía Song ya representaban
durante días Mulian salva a su madre.
El infierno chino,
además, se puede visitar.
Está a orillas del río
Yangtsé y se llama Fengdu,
la ciudad de los fantasmas,
y nació de una confusión de mapas.
Los taoístas situaban la capital de los
muertos en una montaña llamada Fengdu,
en el extremo norte.
Pero en Sichuán había una ciudad con el
mismo nombre y un monte desde el que,
según las lápidas, dos inmortales
habían subido al cielo.
Hace unos 850 años, un viajero ya anotó
lo que decían los sacerdotes del lugar:
que quizá la capital de
los muertos fuera esa.
Hoy está llena de templos,
jueces y demonios de piedra,
y a la entrada del palacio del rey de
los muertos hay una prueba para los
visitantes:
aguantar tres minutos sobre un pie,
encima de una piedra.
Cuando se construyó la
presa de las Tres Gargantas,
la ciudad vieja quedó bajo el agua.
La de los fantasmas, en lo alto del monte,
se salvó.
De todo esto, lo que más me
llama la atención es la oficina.
En otras culturas el más allá
es un paisaje o un jardín.
En China es una administración,
con sus ventanillas, sus sellos,
sus ascensos y sus errores, y es
bastante más antigua que los monjes y los
novelistas.
En una tumba del año 167 a. C.,
en el centro de China,
apareció un documento
que acompañaba al muerto.
Lo firma el vicegobernador de la ciudad
y va dirigido al vicegobernador de abajo,
el del mundo de los muertos.
Le informa de que llega
un vecino con 28 esclavos,
18 esclavas, dos carros
ligeros y un carro de bueyes,
y le pide que sus funcionarios
procedan en consecuencia.
Lo primero que se llevaban los muertos
chinos a la tumba no era una oración.
Era un formulario.
Siglos después se metían en las tumbas
contratos de compra de la tierra,
para que nadie pudiera demandar al
muerto ante los tribunales de abajo.
En la capital de la dinastía Song,
en la fiesta de los muertos,
los mercados vendían botas,
gorros de funcionario y cinturones
de lujo hechos de papel,
para quemarlos y que
llegaran al otro lado.
Hoy se queman móviles de papel,
coches, bolsos de marca, y unos billetes
del Banco del Infierno con la cara del
Emperador de Jade y la firma de Yama.
Que nadie llegue allí abajo sin dinero,
por si hay que pagar algo.
Donde hay dinero hay sobornos.
En aquel libro de cuentos del siglo XVII,
un hombre rico, ya muerto, compra a los
carceleros del infierno para que torturen a
su enemigo.
El hijo de la víctima baja a denunciarlo
y va subiendo de instancia en instancia,
y todas están compradas,
hasta el rey del infierno.
Mientras le azotan, grita:
me lo merezco, quién me
manda no tener dinero.
Al final tiene que venir un dios de más
arriba a juzgar al rey del infierno por
corrupción.
Aun así, hace apenas cien años,
Lu Xun contaba que la gente de su tierra
quería al mensajero blanco por una razón
muy concreta:
porque el juicio justo
estaba en el más allá.
Ante el rey Yama todos
llegan con las manos vacías,
el rico y el pobre, y el mensajero
lleva en la mano un ábaco enorme,
así que de nada sirve darse aires.
Creo que por eso el infierno
chino sigue tan vivo.
Cuenta algo que entiende
cualquiera que haya hecho una cola:
que el mundo funciona con papeles y que hay
quien se salta el turno con una carta de
recomendación.
Pero promete a la vez que al final hay
una ventanilla donde las cuentas se hacen
bien, se cumple la pena, te dan
un caldo y empiezas otra vez.
Así que la próxima vez que veas arder
un billete del Banco del Infierno,
o que te encuentres en una serie a una
anciana sirviendo sopa junto a un puente,
acuérdate del mono tachando
su nombre con un pincel,
y del sombrero de aquel mensajero blanco,
que a veces, en lugar de la buena suerte,
te recibía con toda la calma del mundo:
tú también has venido.
Los griegos también tenían un agua
para olvidar antes de volver a nacer,
y una reina de los muertos a
la que temían hasta los héroes.
Esa historia la conté en el episodio Hades
y Perséfone no son una historia de amor.
En YouTube lo tienes en la pantalla final,
y en el pódcast, enlazado en
las notas de este episodio.
Es la de una reina de la
que Odiseo salió huyendo.