Yo soy Jonathan Ruiz Torre y durante este siglo he investigado sobre personajes disruptivos en Norteamérica. Me leyeron en Milenio, Reforma, El Financiero... y ahora en El Economista.
¿De qué rayos están hablando?
Dos palabras conocí esta semana en una nueva connotación y creo que ambas van a cambiar el juego de negocios.
Esas palabras son: delfines y reindustrialización.
Las dos primeras las abordamos en un programa educativo que recién inicié en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), pero es factible que pronto empiecen a conocerse en el ambiente general de las finanzas.
Uno. Delfines. Hemos escuchado durante años de la existencia de “unicornios”, un tipo de empresa nacida de la imaginación de algún individuo y que durante algún momento de su vida alcanzó un valor de mil millones de dólares, “one billion dollars”. Eso es un “unicornio”.
El término fue acuñado en 2013 y atribuido a la inversora de capital riesgo Aileen Lee, fundadora de Cowboy Ventures y lo debe a su rareza estadística y naturaleza "mágica", comparables a la mítica criatura, ya que era extremadamente infrecuente que una startup tecnológica privada alcanzara una valoración de mil millones de dólares.
Su proceso puede ser relativamente rápido: nace como un emprendimiento o “startup”, con o sin ingresos: Meta fue una startup que nació como Facebook y pasó rápidamente a unicornio. ¿Pero qué es ahora cuyo valor de 1.4 billones de dólares supera “one trillion”?
En el mundo los humanos hemos perdido capacidad de asombro por las cifras mayúsculas. Yo crecí pensando que un millón era suficiente, incluso mucho, dependiendo del contexto.
Solo una generación después, la generación global de millennials asumió como meta el éxito económico de convertirse en “billionaires” o dueños de mil millones de dólares.
Pero hoy, además de Meta, Microsoft, Apple, Alphabet (Google), Amazon, Oracle y claramente Nvidia son empresas que valen más de un billón de dólares, de acuerdo con su market cap, por lo que se trata de compañías “trillionaires”.
No lo hicieron rápidamente, todas acumulan décadas en el mercado.
¿Qué empresas llegarán en el futuro que alcancen esa valoración?
Cuando lleguen, es posible que reciban el nombre de “delfines”, por las características de este mamífero acuático: puede pasar mucho tiempo bajo el agua, para finalmente saltar fuera de esta con una gran potencia.
Pero difícilmente tendrán las características de las mayores empresas de hoy.
De acuerdo con profesores del MIT, los delfines bien pueden ser varias de las startups que hoy comparten laboratorio en el Lab Central de esta institución educativa, en donde un emprendimiento es aprobado en un par de días y recibir 500 mil dólares de financiamiento inicial para sus primeras pruebas, más el acceso a herramientas de punta para hacer experimentos.
Quienes invierten en los fondos que hacen esto posible son personajes con el perfil de un Bill Gates, que han superado varios escalones en la pirámide de necesidades de su vida, graficadas por la famosa gráfica de Abraham Maslow.
Son individuos capaces de tolerar más de una década sin tocar su dinero en espera de resultados que eventualmente llegarán y emergerán, probablemente como delfines saltando del mar, y cotizarse en billones de dólares.
Segunda palabra. Reindustrialización. Quienes promueven las inversiones en innovación reconocen el error de haber asociado la narrativa de las nuevas empresas con la disrupción tecnológica, solamente.
Si bien eso representan empresas como Nvidia u Open AI, es cierto que la mayoría de las personas, incluso cultas, pueden encontrar sus actividades frías o lejanas.
Eso, hasta que se les asocia con algo que muchos aprendimos en la escuela: la industrialización, una revolución iniciada en Inglaterra que a la postre llegó a Nueva York y de ahí a ciudades como Monterrey y la Ciudad de México, cambiando la vida de las personas.
Hace 100 años, el 80 por ciento de la gente trabajaba en el campo y 20 por ciento en las ciudades. La industrialización invirtió los números.
El arribo acelerado de nuevas habilidades cognitivas artificiales y actividades como la disrupción genética de CRISPR son en realidad un nuevo modelo de industrialización de la sociedad que está cambiando la dinámica de nuestras ciudades, incluso permitiendo que mucha gente salga de éstas para trabajar de manera nómada o remota.
Estamos en el principio de ese proceso, que a la luz del MIT es una reindustrialización. Les deseo suerte en el proceso.