EL RETROVISOR

Descripción del Episodio: Son las tres de la mañana en un vuelo nocturno sobre el Atlántico. La espalda duele, la cabeza es un espiral, y de repente, un extraño te ofrece un analgésico. Hoy damos por sentada nuestra capacidad de aliviar el dolor confiando ciegamente en una cadena infinita de extraños. Pero en el siglo XVII, el hombre más poderoso del mundo no tenía esa opción.

En este episodio de El Retrovisor, viajamos a 1686 para conocer el sufrimiento crónico y oculto del Rey Sol, Luis XIV. Descubrimos cómo un diagnóstico alarmante—una fístula anal—y la brutal intervención de un barbero-cirujano llamado Charles-François Félix, no solo le salvaron la vida al monarca, sino que cambiaron la historia de la medicina moderna para siempre.

A veces, nuestro mayor acto de poder no es mantener el control, sino saber cuándo rendirnos.

Sobre El Retrovisor: Un podcast de historia, meditación y música, con relatos increíbles del pasado escondidos en lo cotidiano. Para conectar con el presente, primero hay que mirar hacia atrás. Creado y conducido por Ady Beitler. Producción Ejecutiva: Marcos Hecht. 

La música de este episodio es de: 
- O P Baron - Toodle-Loo-Loo feat. The Hazelnuts
- Roie Shpigler - Overflow
- Adi Goldstein - Wavepool

Creado y conducido por: Ady Beitler
Producción ejecutiva: Marcos Hecht

© 2026 Crimson LLC. Todos los derechos reservados. Este podcast tiene fines estrictamente informativos y de entretenimiento, y no constituye asesoría legal, financiera ni de negocios.

Creators and Guests

Host
Ady Beitler
Ady is the creator, producer and host of El Retrovisor. Based in Washington DC.
MH
Producer
Marcos Hecht

What is EL RETROVISOR?

Un podcast que cuenta historias increíbles del pasado para ayudarnos a darle sentido al presente.

Una fístula anal es un pequeño túnel anormal, que conecta el canal anal con la piel cercana al ano. Es generalmente originado por una infección en una glándula que forma un absceso, el cual drena y deja un conducto.
Causa dolor, inflamación, secreción de pus y sangre, y picazón.
Eso tenía Luis XIV.
Su trabajo le requería estar sentado en un trono todo el día.
No podía más.
Son las tres de la mañana y estoy en algún lugar sobre el Atlántico.
Vengo en un vuelo nocturno, un "Red Eye", de Buenos Aires a Washington DC.
Y la verdad... la estoy pasando mal.
Me duele la espalda.
Yo sé que debería estirar más. Que debería hacer las cosas mejor.
Pero la aerolínea también. No seas malo.
Mi cabeza es un espiral porque mañana voy a estar dormido en la reunión de las 9.
Y de repente veo al señor de al lado que sacó un frasco de Tylenol. De los masticables.
Y le digo: me das uno?
Si, más vale, me dijo.
Gracias. Y me lo tomé.
Y enseguida me puse a pensar: me tomé una pastilla que me dio alguien que no conozco; que produjo un grupo de personas que tampoco conozco, y que fue inspeccionado y registrado por otro grupo de personas, de los cuales tampoco conozco a ninguno.
Y me acordé de Luis XIV.
Qué bien le hubiera venido un Tylenol, pensé.
¿Pero a quién se lo iba a aceptar, si no podía confiar en nadie?
Y como siempre, sucumbí ante la jugosidad de la historia, y abrí la compu.
Y me puse a buscar.
Y resulta que cuando Luis estuvo en una situación parecida, la decisión que tomó… cambió la historia de la Medicina.

Hola, soy Ady y este es El Retrovisor — un podcast de historia y meditación, con relatos increíbles del pasado escondidos en lo cotidiano.
Para conectar con el presente, primero hay que mirar hacia atrás.

Luis XIV fue el rey más longevo de la historia. Nunca ningún rey o reina en ningún país ni en ninguna época, gobernó tantos años como él. 72 años y 110 días.
Su poder era igual de intenso que de extenso. El Estado soy yo, es su frame más recordada. Lo conocemos como el Rey Sol.
Pero esa imagen imponente, en realidad era una ficción.
Su cuerpo peleó contra él toda su vida.
Luis medía un metro setenta, estaba lleno de marcas, y vivía con dolor crónico.
A los 8 años tuvo viruela, que le dejó la cara llena de cicatrices.
A los 20 tuvo fiebre tifoidea; los médicos le abrieron las venas para drenarle la sangre, y lo purgaron con un té que lo hacía ir al baño hasta 15 veces por día.
Sufrió una extracción dental tan mal hecha, que le arrancaron parte del maxilar y la comida le salía por la nariz.
A lo largo de su vida, recibió más de 2,000 enemas.
Pero él actuaba. - debía actuar - como si fuera invencible todos los días.
En enero de 1686, le encuentran un bulto doloroso cerca del ano. Se forma un absceso, y luego una fístula.
Durante un año, Luis hace lo que siempre hizo: aguantar estoicamente.
Los médicos le ponen emplastos, enemas, laxantes, agua mineral y pociones.
Incluso le aplican un hierro al rojo vivo en la herida.
Nada funciona.
Ya no puede andar a caballo. No puede sentarse en el trono. Lo tienen que llevar en una silla de manos.
Y a todo esto, en el interín, Francia está enfrentando a la Liga de Augsburgo, una coalición de casi toda Europa en su contra.
Y un rey que no se puede sentar, no puede gobernar.
Su médico principal, Daquin, se opone a una cirugía. Pero sus métodos son el problema.
Entonces aparece en escena Charles-François Félix. No es un médico graduado de la universidad; es un barbero-cirujano de Avignon; alguien que en esa época se dedicaba a afeitar, sacar muelas y sangrar.
Sangrar era la práctica más común de la medicina de la época. Los médicos creían que en general las enfermedades venían de un desequilibrio interno, y que la cura era drenar la sangre.
Literalmente: te abrían una vena del brazo con una cuchilla, y te dejaban sangrar en un recipiente.
Ahora bien, los médicos — los académicos, los de la universidad — recetaban el procedimiento, pero no lo hacían ellos.
Consideraban que tocar un cuerpo era trabajo de clase baja. Así que los que cortaban, sangraban y cosían, eran los barberos.
Por eso Félix sabía usar un bisturí y los médicos del Rey no.
Félix, que había sido el cirujano real por una década, le dice a Luis la verdad: la cirugía es el único camino.
Y convence al Rey, pasando por encima de Daquin.
Luis acepta ir al cuchillo para una cirugía que nunca antes se había hecho, y Félix sabe que si su mano tiembla, mata al Rey y lo cuelgan.
Así que le pide seis meses de tiempo.
Durante esos seis meses, Félix va a los hospitales de París y Versalles y opera en secreto a 75 indigentes y prisioneros con la misma condición. Sin anestesia.
Muchos - no se sabe cuántos y se sospecha que casi todos - mueren y son enterrados al amanecer sin campanas.
Félix diseña un bisturí curvo de plata, a medida, el "bistouri à la royale".
18 de noviembre de 1686. Siete de la mañana.
En la sala estaban su esposa, su hijo, su confesor — por si moría —, sus médicos, y cuatro apotecarios - de los cuales dos le separan las piernas durante la cirugía. El ministro de guerra, Louvois, le sostiene la mano.
Cada uno de ellos había llegado a la sala de operaciones a las 5 de la mañana, para no levantar sospechas. Nadie en la Corte del Rey podía saber que lo estaban operando.
Luis XIV se acuesta boca abajo en la cama, con una almohada bajo el estómago.
Félix corta la carne viva, sin anestesia.
La operación dura tres horas.
En todo ese tiempo el Rey no gritó. Solo dijo "Mon Dieu" “mi dios” un par de veces.
Pero hacia el final de la tortura, en absoluta agonía, Luis le dice a Félix:
"¿Ya está, señores? Terminen y no me traten como a un rey; quiero curarme como si fuera un campesino".
Esa misma tarde, el Rey dio una reunión de consejo desde su cama. Como siempre.
La cirugía funcionó. Luis se recuperó.
Recompensó a Félix con tierras, un título nobiliario y una fortuna de lo que hoy serían casi dos millones de dólares.
Pero Félix quedó tan conmocionado por la experiencia, por la presión que sintió, que nunca más volvió a operar.
Igual lo más importante no fue la plata.
Fue que Luis financió un anfiteatro quirúrgico y elevó a los cirujanos al nivel de los médicos. Y en ese momento puso en movimiento, lo que en 1731 sería la Real Academia de Cirugía.
Y así comenzó la profesionalización de la cirugía moderna.
Y cambió la medicina para siempre.
Volvamos al avión.
Siguen siendo las tres de la mañana. Ya estoy mejor de la espalda. Ya puedo descansar.
Pero la invitación de hoy no es a tener gratitud por el Tylenol.
La invitación es a dejar de pelear contra la incomodidad. Contra el asiento.
El avión está en el aire. Lo maneja un piloto que no conozco. Y me esta llevando por el cielo, en una silla que hizo gente que tampoco conozco. Y no hay nada que yo pueda hacer al respecto.
De cierta forma, ya había elegido hace rato, ceder el control y confiar.
Y cuando conocemos la historia de Luis XIV, la pregunta que nos enseña a hacernos es: ¿qué control elegimos tener, y qué control elegimos ceder?
Luis XIV cedió todo el control sobre su cuerpo en la sala de operaciones, simplemente porque no daba más. Aceptó una cirugía que nunca antes se había practicado, sin anestesia, de alguien que no era médico.
Luis XIV construyó Versalles; dirigió guerras; controló a la nobleza y persiguió a los protestantes.
Todo planificado. Todo controlado.
Y casi todo terminó muy mal.
Pero su único acto de rendición — el que no planificó, el que no controló — fue su acto más trascendental en sus 72 años de reinado. El que cambió el mundo, profesionalizó la cirugía y le salvó la vida a millones y millones de personas.
Así que vos tampoco tenés que tener todo controlado.
Está bien cerrar los ojos. Soltar los hombros y sentir el alivio.
Nadie es rey en todo momento. Ni Luis XIV lo era.
Este es el Retrovisor, y hoy es un buen día.